26 de julio de 2016

Nuevas Elecciones





      
     Sin ánimo de alardear, creo que he creado la mejor empresa de encuestas electorales. Le dedico todo el tiempo que puedo, de 10 a 12, porque en verano trabajar por la tarde no es aconsejable. Dirijo un importante equipo de profesionales…….bueno, de momento una secretaria becaria, y como oficina utilizo la casa de mi suegra y también su teléfono para sondear a la población

Alguien me ha dicho que no tengo futuro en este negocio, pero en estas terceras elecciones voy a clavar los resultados. En mi currículum figura la famosa encuesta de: “9 de cada 10 dentistas aconsejan los chicles sin azúcar”. Un autentico maquina ese dentista partidario de las caries, un tío sincero que me inspiró en nuevas técnicas para cocinar los resultados: unos dados de poker y el horóscopo del ABC. He calculado el margen de error, un 60 %, y no creo que falle más que las empresas que se encargaron de las últimas encuestas electorales, porque pondría la mano en el fuego que esos sondeos fueron cocinados en un after reggetoniano.

Twitter y Facebook son otras fuentes de información importante para sondear datos y también son la evidencia de que se está perdiendo la educación en la red, esa que aprendimos los que estudiamos en colegios religiosos (todavía recuerdo emocionado el 'con flores a María') y que no nos permite soltar exabruptos a diestro y siniestro como mi amigo Damián, que argumentando que los lideres políticos y sus partidos siguen mareando la perdiz intentando salvar el culo, ayer publicó en el face: “si hay terceras elecciones les va a votar su puta madre”. Esto confirma que la clave de estas nuevas elecciones será la abstención, y no me refiero a la de los diestros, porque ellos votan aunque un alien ande suelto por las calles. 

Al margen de aspectos crematísticos, porque espero forrarme en estos comicios, que conste que todo lo hago por España. …….y un poco también por Panamá.


19 de junio de 2016

Hombre del tercer mundo


            Hombre del tercer mundo, la culpa no la tienen tus genes, solo has tenido la mala suerte de nacer en un mal momento y en el lugar equivocado. Estás envuelto en la locura de guerras locales, nacionales y en la enésima guerra mundial que siempre has perdido. Hombre del tercer mundo, no nos importas nada.

Han asesinado a tus padres, han violado a tus hermanas, te han convertido en niño soldado y te han contagiado el virus de la locura. Sabes que en el norte hay un mundo feliz que tú no puedes siquiera imaginar, pero es mejor que no vengas a nuestro maravilloso bunker porque no conoces nuestra lengua ni nuestras costumbres, no tienes nuestro nivel intelectual y con tu placido viaje en patera de primera, corremos el peligro de que nos quites nuestro trabajo, a pesar de saber que tú y tus hijos son necesarios para continuar con nuestro privilegiado way of life, y es que realmente no nos importas absolutamente nada.

Tú, hombre del tercer mundo, tienes la culpa de que en una zona muy escondida de nuestro cerebro sintamos vergüenza. Cuando dormimos, nuestro subconsciente vomita sin piedad nuestro podrido egoísmo y nuestra complacencia con la injusticia en forma de pesadillas, pero al despertar, desayunamos nuestro sentimiento de culpa con galletas, cereales y zumo de naranja, y olvidamos esos putos sueños, porque hombre del tercer mundo, no nos importas ni una mierda.

Jugamos a la política sin ser conscientes de que no pintamos nada en este tablero de ajedrez, pero somos unos privilegiados, y eso es lo único que nos importa. Condenamos con pena y miedo los actos terroristas que pueden atentar a nuestro estatus social y económico. Escondemos nuestra angustia en las redes sociales mostrando nuestra felicidad, y presumimos de una inteligencia artificial de la cual mi perra se partiría el culo leyendo nuestras diatribas.

Hablamos con personas de otros continentes al mismo tiempo que desconocemos el nombre de nuestro vecino. Huimos como de la peste de los indigentes y desamparados que viven junto a nosotros; están a pocos metros de distancia, recogiendo cartones y chatarra de los contenedores de basura, pidiendo en los semáforos y haciendo cola en los bancos de alimentos. Cuando nacieron, compraron todos los billetes que llevan a la marginación. Ellos viven con nosotros, pero son hombres del tercer mundo, esos que no nos importan ni una puta mierda.


5 de agosto de 2014

Kepler 22B


        Era un día cualquiera, no hacía ni frío ni calor, no era fiesta ni lunes, era un día de sol eclipsado por algunas nubes perezosas que volaban a cámara lenta. Parecía el típico día anónimo en el que piensas en varias cosas a la vez pero realmente no estás pensando en nada, solo estas viendo la vida pasar. La radio aparecía y se desvanecía en mi mente como en un sueño, hasta que llegó esa noticia: ”..........los científicos norteamericanos que han realizado este estudio, calculan que el tiempo habitable que le queda a la tierra es de tres mil millones de años, momento en el que nos convertiremos en pasto del enorme fuego del sol. Ese será el inicio de la autodestrucción del sistema solar y de la raza humana....”.


El miedo aterrizó a la velocidad de la luz, no podía pensar en otra cosa: ¡Tres mil millones de años!, eso no es nada, el tiempo pasa volando. Como un pollo sin cabeza fui al supermercado y llené el carro de alimentos prebióticos, orgánicos, integrales, sin azúcar, sin sal y bajos en grasas. Durante las primeras semanas evité frecuentar los antros de vicio y corrupción que me estaban matando lentamente y decidí tirar a la basura los polvos blancos y mi farmacia ambulante. Todas las noches después de trabajar, corría sobre el asfalto de la ciudad durante dos horas y me levantaba todas las mañanas con una reparadora sesión de yoga. Esto probablemente me garantizaba una larga vida, pero durante una meditación caí en el la cuenta que para sobrevivir tres mil millones de años me haría falta algo más que cuidar mi salud, debería buscar otro planeta que no estuviera en llamas, un medio de transporte que me llevara hasta allí, y por supuesto, tendría que llegar vivo al año tres mil millones; era el momento de diseñar un plan de supervivencia.


La noche siguiente visité el observatorio astronómico. Guardé cola detrás de un grupo de diez asiáticos, seguramente clonados, y cuando me tocó el turno para mirar el cielo por el 
telescopio, aparecieron ante mis ojos millones de luces blancas. Entré en un estado de ebriedad emocional ante esa sobredosis de estrellas y me adueñe sin darme cuenta de todo el sistema de observación. Yo buscaba y buscaba por el cielo sin saber qué, y mientras el guía intentaba apartarme del telescopio sin éxito, me preguntó destemplado: ”¿Qué coño busca?”,  y parafraseando a alguien le dije: “ mi casa”. Aunque estuvo a punto de llamar a seguridad, cuando finalizó la sesión de visitas me confeso su obsesión por los planetas habitables y me dijo como un secreto, casi al oído, que Kepler 22B era el planeta que estaba buscando porque tenia las mismas condiciones que la tierra, un planeta joven, una temperatura media de 20 grados y seguramente con grandes lagos de agua. Le agradecí efusivamente la información que me había dado, pero cuando me iba me dijo con ironía: “ Ah, se me olvidaba, Kepler esta a 600 años luz, llévese algún libro para leer”.

No iba a leer, iba a dormir. Contacté con la prestigiosa empresa norteamericana Future Kryos Systems, líder en sistemas globales de criogenización, método por el cual un cuerpo puede ser preservado indefinidamente mediante condiciones de frió intenso con la esperanza de ser reanimado años más tarde. Necesitaba diez millones de dólares que serían ingresados en una cuenta de la compañía (el dinero no era mi problema) y con parte de los intereses anuales resultantes se pagaría la criogenización, además me garantizaron que si por cualquier motivo no se pudieran mantener las condiciones de conservación, me despertarían devolviéndome el depósito invertido (ya que daban por hecho que a partir de 2050, un cuerpo congelado podría ser reanimado). Durante los días anteriores a la firma del contrato con los FK Systems me sentía inmortal, podría viajar por el tiempo, pulsar el pause y proseguir con el play miles de años después disfrutando de la vida eterna, porque la ciencia apunta a ese camino y en unos miles de años estará conseguido. Viajaría hasta Kepler 22B en un vehículo intradimensional que reducirían seiscientos años luz a diez horas de viaje alucinante; las galaxias serían nuestras ciudades y por fin podríamos ver los rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhauser.

La sucursal de FK Systems estaba en la calle Alcalá y ocupaba un edificio de veinte plantas que imitaba una barra gigante de hielo. Había quedado a las diez para firmar el contrato y como un niño con zapatos nuevos crucé confiado la calle mirando la espectacular decoración, pero en ese momento un taxista descontrolado me embistió de lleno y según el atestado, la palmé en el acto. Se fueron al traste todos mis sueños por un puto despiste, adiós al contacto con otras formas de vida y a una visión deslumbrante de nuevos mundos a los que ninguna droga te puede llevar. Pero de manera inexplicable, tumbado en el asfalto observaba como el personal de la ambulancia recogía mi cuerpo, y joder, era verdad, vi ese túnel lleno de luz y toda mi vida paso delante de mi en un viaje que duró unos segundos o quizá miles de años, quien sabe. Durante mi recorrido y a modo de extraño regalo, visité varias galaxias en estado de éxtasis y observé dentro de ese grandioso espectáculo astral como la cadena de la evolución se convertía finalmente en dios.

Que nadie crea que me ha pasado desapercibido el hecho de que escribir este texto si ya estás muerto es un poco difícil, pero como si fuera gallego, voy a responder con una reflexión: si alguien puede leer lo que escribe un muerto, es muy posible que esté en el mismo bando que él. Sí, a veces es muy duro enterarse de las cosas así, de golpe, leyendo las palabras sin dirección de un blog perdido en las entrañas de la red, pero por lo que me han contado, hay cosas mucho más duras en las 50 sombras de Grey. 


24 de junio de 2014

Adictos al móvil


             A pesar de haber estado casi dos meses lejos de mi tierra, no me he sentido extranjero ni fuera de lugar en ningún momento, más bien diría que en esas condiciones de austeridad extrema puedo percibir una perspectiva diferente de la realidad. Allí en el cuarto mundo, inmerso en una atmósfera de comprensión progresiva, atisbo débilmente las claves secretas que me indican el camino a seguir, como la vida zen del pescador que huye de tierra firme. 

Cuando salimos de nuestro hábitat natural, el mundo comienza a crecer, desaparece la pecera en la que damos vueltas sin sentido y nos encontramos por arte de magia nadando mar adentro. Podría ser lícito sentir miedo a nadar en alta mar, con tanto tiburón que anda suelto, pero la recompensa es mayor que el riesgo. Podemos encontrar bancos de peces de mil colores, delfines aliados y vistas submarinas alucinantes. Solo con cerrar los ojos puedo oír la voz de los grumetes anunciando el regreso al mar: “prepárense señores, vamos a zarpar”. Todos los científicos lo saben y la iglesia lo oculta, venimos del mar y tarde o temprano volveremos a la libertad del mar, un mar que es la antítesis de la tecnología. Pero de nuevo en la civilización, compruebo claramente que nuestro primer mundo es una pecera que nos atrapa con teléfonos móviles y extraños artilugios electrónicos, conectándonos a un mundo virtual que compite con la realidad ordinaria.

El viernes quedé en una cafetería con Claudia, y en el momento que le anunciaba mi decisión de vivir fuera de España me contestó que esperara un momento porque estaba terminando de jugar al angry birds. Tecleaba con extremada rapidez y seguía tan abducida por el móvil que ni siquiera se percató del momento en el que me fui.
A Damián le conté mi desesperada situación económica mientras tomábamos unos whiskys en el pub, le dije que si no encontraba trabajo estaba dispuesto a atracar un banco, pero me di cuenta que no había escuchado ni una sola palabra cuando me dijo sin despegar la mirada de su tablet: “tío, acabo de ligar con una rusa”. Desmoralizado, dejé a Damián en pleno hot chat y me fui caminando sin rumbo fijo por la Explanada, esperando ver una luz que me mostrara la clave para salir de esta incomunicación intercomunicada, pero lo único que veía era gente mirando hacia abajo, caminantes anónimos, estudiantes, embarazadas y sacerdotes cibernéticos, todos colgados de las diabólicas pantallitas. Nos ha caído una maldición de enormes dimensiones y parece que nadie se ha dado cuenta, bueno, solo los operadores de internet y telefonía móvil.

Me dirigí al coche barajando la posibilidad de abandonar la ciudad en ese mismo momento, pero algo me hizo cambiar de opinión: un papel enganchado en el parabrisas con un texto. ¿Sería un mensaje importante de alguien que comunicaba sus sentimientos en un un papel? Cuando me acerqué, comprobé que era una misiva escrita a mano, que en estos tiempos que corren se podría convertir fácilmente en un hito sin precedentes para la raza humana. Sin demora, leí detenidamente la nota que estaba firmada por Paco, y aunque la sintaxis del texto no estaba muy cuidada, el tono amable y el fondo épico que subyacía de esas breves palabras brillaban con luz propia. Es cierto que su compleja simbología no me permitía entender muy bien el mensaje, sobre todo porque yo no veía ningún golpe en mi coche, pero el goteo de aceite sobre el asfalto me llevo hasta el lateral izquierdo del Audi donde se apreciaba un impacto mas propio de un meteorito de cien kilos. 

La reparación del coche me costó mas de tres mil euros, y no pretendo insinuar que se deba a un proceso causa-efecto, pero lo cierto es que ahora voy a todas partes sin despegar mi vista del móvil, plasmando en twitter lo que como, lo que pienso y lo que hago en cada momento, posiblemente porque a la comunicación tradicional ya no le veo su encanto, no sé por qué será. Y Paco, si por esas casualidades de la vida estás leyendo esto, quiero que sepas que después de descubrir tu deslumbrante prosa, no hay ni un solo día que no me acuerde de ti y de toda tu familia.


24 de abril de 2014

El payaso




           No podía dejar pasar esta fecha tan señalada sin recordar el día del libro, esos libros secretos y mágicos que nos han hecho progresar en nuestro nivel de consciencia, los que nos han hecho volar, sentir y reír como si nos hubiéramos fumado toda la maría que utilizaba Bob Marley en sus conciertos, aunque hoy he necesitado el nivel siete de consciencia para sobrevivir a la certeza de que el libro de Belén Esteban se ha convertido en un best seller en la feria del libro de San Jordi
Una sonrisa es una buena tarjeta de presentación en sociedad, y el disfraz de payaso, la mejor manera para conseguir pasar desapercibido en esta selva.

                                                                                                                  

13 de abril de 2014

Enemigo mio



         No hay nada que nos una más que un enemigo común, no importa si el enemigo es injusto o lo somos nosotros. Unidos ganaremos las elecciones, recuperaremos nuestra tierra, aplastaremos a los herejes con la bendición de dios, nos vengaremos de ese o de aquel sin piedad, y todo lo que se nos ocurra, pero lo más importante es tener un enemigo. Nos da igual que sea un enemigo terrible, cruel, sanguinario, cercano, o quizá un enemigo imaginario y abstracto, cualquiera es bueno. ¿Qué sería de nosotros sin enemigos?, no lo quiero ni pensar. No puedo imaginar a una suegra sin el bala perdida de su yerno, al Barsa sin el centralismo del Real Madrid, a los americanos sin el peligro atómico de los rusos, a los gatos sin las torpes embestidas de los perros, al trabajador sin el yugo del empresario, ni a Dios sin la desenfadada concupiscencia de Satanás.     
                                                                                         
Podríamos hacer una lista de nuestros enemigos y si todos ellos fueran abducidos por una nave extraterrestre, por esas cosas del destino, posiblemente poco después aparecerían otros ocupando el lugar de los anteriores. Ante este escenario me atrevería a decir que la lucha contra nuestros enemigos no nos solucionaría ningún problema, es más, gastaríamos inútilmente unas energías que podríamos utilizar en otras cosas más placenteras como por ejemplo hacer el amor y no la guerra, que ya lo dijo Aznar; entonces, ¿donde está el problema?  Seguramente si miramos hacía adentro y deshojamos las capas que nos impiden ver, aparecerá la respuesta. 

Sartre acuñó la frase de "el infierno son los otros", intentando explicar las limitaciones de nuestra libertad por los otros, por las leyes y las normas que nos prohíben y nos marcan un camino obligatorio. Sería pretencioso contradecir a Sartre, pero añadiría que ese infierno, el otro, el enemigo, es una proyección de nosotros mismos y una escenificación de nuestro miedo hacia lo exterior. Si aceptáramos esta hipótesis, la confrontación contra el enemigo sería un error; debe haber otra manera de actuar en la que no haya vencedores ni vencidos y que nos permita converger en un mismo camino, y únicamente nuestra comprensión nos puede llevar hacia él. 

Un gran reto para superar el síndrome del enemigo es sin duda la convivencia con nuestro enemigo íntimo, con nuestra pareja. Cuantos factores deben encajar para que una relación de pareja no sea un infierno y cuantas batallas silenciosas debemos disputar y ganar, como la de reactivar nuestra curiosidad por todo lo que nos rodea, la necesidad de acrecentar nuestra consciencia para conquistar lo invisible y el adiestramiento para domesticar nuestro orgullo y dejar de defender a capa y espada el honor de ese impostor que siempre sale muy poco favorecido en las fotos del carnet de identidad, y todo esto hay que hacerlo por duplicado. Es una verdadera prueba de fuego.

 No lo entiendo, juro que antes de que se colara este tratado de filosofía barata con reminiscencias de Elena Francis, iba a contar por qué Pancho, mi gato, estaba interesado por el estado de salud de mi perro Diego, pero bueno, creo que la sangre no llegará al río. Un día de estos los invitaré a comer, porque no existe casi nada que no se pueda solucionar sentados frente a una mesa, sin mucha luz, con un poco de charla tranquila y una copa de vino.

25 de marzo de 2014

Cucharadas de limón

       

        Cucharadas de limón se mezclaban con el deseo blanco, bajo un cielo mojado que observaba minuciosamente los grilletes que esclavizan a los ángeles caídos. Ella vino del frío siendo todavía una niña, de una tierra donde el sol es extranjero, sin protección, tan frágil, tan vulnerable, tan pálida y tan flaca, vendiendo jirones de piel a cincuenta euros el completo.   

        La providencia siempre le fue esquiva y el destino la volvió a herir, esta vez accediendo a su deseo de conocer las profundidades del alma a través de grutas mugrientas y de las estrechas galerías del conocimiento envenenado.
El lago onírico, donde los sueños sueñan con la dama negra, la envolvió en la más absoluta oscuridad, y detrás de una noche vino otra. Las cuerdas que sostenían sus latidos se rompían lentamente mientras los buitres volaban sobre ella, pero un buen día salió el sol.   

        Agitando su plumaje anaranjado, renació de sus cenizas como el ave Fénix para recomponer todas las piezas del puzzle esparcidas sobre su soledad. Al fin y al cabo ella solo es una flor que ha crecido entre la basura, como todas las demás, pero vuela por encima de las que mirando hacia arriba la desprecian. Ahora, la dignidad juega con su pelo rubio y su sonrisa ilumina la cara oculta de la luna.


16 de marzo de 2014

Problemas de comunicación


        No desvelamos ningún secreto si decimos que siempre hemos tenido problemas de comunicación por las diferentes interpretaciones que hacemos de una misma palabra, de una frase o de una mirada; cuantos malentendidos y cuantas guerras se podrían haber evitado si comprendiéramos lo que nos quiere decir el otro........ o la otra.

        Lo mismo podemos decir de la comunicación con los extranjeros, esos que hablan lenguas extrañas, como por ejemplo el inglés. Las malas lenguas confirman que ostentamos el dudoso honor de hablar el peor inglés de Europa, y nuestros políticos y otros personajes siniestros nos lo demuestran a diario. Una completa encuesta realizada a tres personas, nos revela información importante sobre lo que piensan los españoles al respecto: dos de los encuestados proponen cursos intensivos de español a los ingleses que visiten España, y el último cree que los que hablan ingles se lo inventan.

        De aquellos polvos vienen estos lodos, y es que todavía recuerdo a Botín, el presidente del Banco de Santander, hablando como un Sioux ante los inversores internacionales, o a Aznar, que no se conformo con maltratar el idioma de los hijos de la Gran Bretaña, sino que intento inventar el idioma tejano con aquel inolvidable “estamos trabajando en ellooo”, y si alguien podía mejorar la linea marcada por el expresidente, esa persona estaba en casa. Ana botella mejoró esa perla de Aznar, y vaya si lo logró; la habilidad con el inglés es algo que le viene de familia y presentando la candidatura olímpica de Madrid, la lió parda con el famoso “relaxing cup of café con leche”. 

        Oír hablar ingles a los presidentes Zapatero y Rajoy es una sensación muy fuerte; esos balbuceos en spanglish, más que risa, ponen los pelos de punta. Pero todo tiene un límite y una nueva generación viene a redimirnos del desastre lingüístico. Nuestros jóvenes pronuncian el inglés como nadie (yoniualquer, pleiesteison o feirbu), y que decir del dominio de este idioma por nuestros futbolistas internacionales: “...de vol tu mi......”

2 de marzo de 2014

El borrador de recuerdos


        Hace quince años que iniciamos la investigación sobre el deterioro de la memoria y el síndrome de korsakoff, y gracias a los importantes avances que conseguimos, una empresa privada, la Clínica Borsay, se fijó en nosotros y así acabo nuestra precaria situación económica de becarios. Comencé trabajando junto al doctor Martín, tratando problemas crónicos de memoria con cobayas humanas mediante terapias electroconvulsivas, una técnica que utilizaba descargas eléctricas y que dejó como un vegetal a más de uno. Eran daños colaterales necesarios hasta llegar cinco años más tarde al definitivo TEC, un sistema borrador de recuerdos que nos permitía ver en la pantalla de un ordenador las secuencias de la memoria del paciente con nitidez y en riguroso orden cronológico. Podíamos borrar episodios no deseados e insertar nuevos recuerdos, construyendo por un módico precio el nuevo pasado de nuestros clientes. 

        Tuvimos que borrar secuencias horribles en las neuronas del hipocampo de los clientes: violaciones, asesinatos y todo tipo de sufrimientos físicos y psicológicos, pero después de una sesión de apenas dos horas con impulsos radioeléctricos sobre la zona seleccionada de la corteza cerebral, devolvíamos a la sociedad a individuos sanos y felices. El lanzamiento del TEC fue todo un éxito, pero con los primeros clientes comenzaron a aflorar extraños efectos secundarios, como con Malena, victima de malos tratos cuando era una niña. Le insertamos recuerdos de un mundo feliz, pero ella nunca fue capaz de adaptarse a la cruda realidad. Al cabo de unas semanas intentó suicidarse y fue recluida en un centro psiquiátrico.


        Bertrand, un administrativo de ocho a tres, nos pidió que borrásemos su aburrida vida de rata de biblioteca. Él quería acción y vaya si se la dimos; le suplantamos sus recuerdos por unos en los que su vida estaba llena de aventuras arriesgadas, chicas de playboy y peleas de karate donde siempre vencía a sus enemigos. El fin de semana siguiente a la operación, disfrutando de su nuevo pasado y de su luminosa vida, Bertrand estuvo en una discoteca de la playa. Además de no ligar con nadie, tuvo la mala fortuna de no sobrevivir a una pelea. Al funeral solo acudió el enterrador. 

        Como el doctor Jekyll, había experimentado conmigo mismo intentando olvidar de una vez a Virginia. Al principio todo fue bien, hasta que al inhalar por casualidad el perfume Rive Gauche, empecé a notar como se desvanecía mi memoria. Ese olor estaba asociado a ella y mi mente buscaba esa relación, pero siempre recibía el mismo mensaje: "ningún elemento coincide con el criterio de búsqueda". Había borrado todos sus recuerdos, pero los enlaces hacia ella seguían allí creando un bucle que me producía una amnesia temporal durante unos minutos, lo que me obligó a tener mis datos básicos en un block de notas de bolsillo que siempre iba conmigo, como un flotador en caso de naufragio. 

        A los pocos días, aparcando el coche en el garage, comencé a notar los efectos de la amnesia, quedando mi memoria en blanco. Sabía que era de manera temporal, así que me tranquilicé y mire mi block de notas de emergencia donde decía entre otras cosas que me llamaba Javier Romero y que vivía en el piso 3º-2. Cuando llegué a mi piso intente abrir con la llave, pero no entraba en la cerradura. ¿Me habría equivocado de llaves? Oí ruidos dentro del piso y supuse que sería mi actual pareja. Pulsé el timbre y a los pocos segundos me abrió un negro de color de mas de dos metros de altura, me miró sonriente y me dijo cariñosamente: "Hola Javier".

        ¡Joder! Es duro enterarse de esta manera, ¡me había convertido en homosexual! ¡Vivía con un negro! No lo entendía, a mí siempre me había gustado el pescado, y ahora......... Por un momento me imagine lanzando piropos a algún albañil descamisado: “que no me entere yo que ese culito pasa hambre” y cosas así. Debía afrontar el hecho y no esconder la cabeza como un avestruz. Pero ¿qué tenía que
hacer en estos casos con mi presunto novio?, ¿darle un beso? Esa opción me parecía repulsiva, pero dar la mano sería un protocolo frío y de ámbito comercial, y este no parecía el caso. Me fijé en su mano izquierda y me pareció que lucía un anillo como el mío. La posibilidad de que estuviéramos casados me dejó helado.

        Solo habían pasado dos segundos y probablemente había reflexionado más que Aristóteles y Platón juntos, o eso me había parecido a mí. Debía aceptar mi condición sexual actual y no podía comportarme como un racista homófobo, pero justo antes de hablar, oí una voz conocida desde el piso de enfrente, el 3º-3, y todos mis recuerdos volvieron de golpe: “Javier, te estoy esperando para cenar” dijo Claudia , mi novia. Entonces el piso equivocado era el 3º-2, el de Robert, mi vecino y jugador del equipo de baloncesto Estudiantes. Sin saber muy bien que decir delante del gigante, le pedí un sacacorchos, lo primero que se me ocurrió para salir del paso.

        Claudia me preguntó para que quería el sacacorchos, pero ignoré su pregunta y la abracé como lo hubiera hecho un pulpo, sondeando todas las lineas curvas de su cuerpo hasta que se me pasó el susto. Ese mismo día dejé mi trabajo y desde entonces conservo todos mis recuerdos, no solo los buenos y reconfortantes, sino también los recuerdos dolorosos y negativos, esos que utilizo como una brújula que me indica donde no ir.
                                                                            

2 de febrero de 2014

And no religion too

       
      Si el nivel de despropósitos avanza con la inercia actual, es posible que tengan razón los que dicen que con Franco se malvivía mejor. Si agudizamos los sentidos, podremos sentir como se acercan los tambores que anuncian la llegada del pasado, podremos olfatear el sonido rancio del narrador del Nodo en los cines de doble sesión y avistar a lo lejos la nube decibèlica que se eleva sobre los colegios de educación primaria entonando el cara al sol. El Capitán Trueno defenderá la dignidad y el honor, Elena Francis aconsejará sobre el amor casto, la televisión emitirá en blanco y negro series de Bonanza y Crónicas de un pueblo, los policías se apuntarán a la moda gris de primavera y las mujeres volverán a ser un cero a la izquierda,

        La represión sexual se estrenará en un cine de Perpiñan, el sudor reseco viajará en los tranvías roñosos de los años sesenta y la semana santa nos dejará sin música. Repicarán las campanas anunciando la misa de doce y un pegajoso olor a incienso húmedo recibirá a los feligreses para una nueva reprogramación. Crucifijos por doquier, figuras religiosas entre miradas iconoclastas y exorcistas expulsando a diablos: ”...yo renuncio a satanás...”.   El coche de Carrero volará sobre el cielo azul de Madrid, Franco nos deleitará con soflamas embaucadoras luciendo su voz de pito, distorsionando los recuerdos (de militar golpista a salvador de la patria) y  anestesiando a la población con inyecciones de fútbol y toros.

        Aún haciendo un gran esfuerzo de empatía, no puedo comprender como alguien que cree en historias tan surrealistas como las que acarrea la religión, esté empeñado en implantar esas creencias al resto de los mortales de manera obligatoria, con lo que eso conlleva: adoración, sumisión, "....tu eres mi pastor, yo soy tu siervo", "por mi culpa..." y una larga lista de palabras más propias de un manual de prácticas sadomasoquistas. Ningún gobierno puede obligar a sus ciudadanos a aceptar una religión y sus normas mediante la fuerza o leyes impuestas. Replicantes azulados, vosotros podéis creer en lo que queráis, a mí me parece bien, así pues, dejarnos que nosotros creamos en el desembarco de alienígenas sobre Ganímedes, en la ciencia, o que no creamos en ninguna absurda doctrina engendrada por fumadores de opio.

        ¿Es tan difícil entender que la política es una cosa y el credo de cada uno, otra? ¿No es más lógico y sencillo situar la religión en el ámbito privado sin interferir en un escenario público y social? Todavía recuerdo como hace un montón de años, los que se confesaban ateos, no se casaban por la iglesia o no bautizaban a sus hijos, era mal vistos o incluso marginados por los religiosos más radicales; ojalá que no volvamos allí.

        Llamarme raro, pero a mi me da que la monja de la foto, la de la nariz de perro perdiguero, está intentando olfatear clínicas abortivas clandestinas. Si esto sigue así, existe la posibilidad de que  la masturbación sea declarada genocidio, vamos, que estamos jodidos.
Políticos de doble moral, estáis legislando al dictado de barrigas orondas y de sotanas negras y fucsias, cada día hay más ojos abiertos y más gente cansada de manipulaciones. Es tiempo de cambio.  


15 de enero de 2014

Sustancias tóxicas


       Entre chute y chute podía hacer vida normal, hasta que la heroína le pasó factura. Los picos perdieron su magia y solo eran útiles para aliviar el mono. Hipólito estuvo veinte días debatiéndose entre la vida y la muerte en la UVI del Hospital de la Paz después de meterse un pico de heroína cortada con estricnina, y esa etapa de reflexión obligatoria le sirvió para desengancharse. Cuando le dieron el alta y como un acto automático de compensación, aumento su consumo de alcohol, de anfetaminas y de cocaína, embarcándose en un viaje enloquecido de viernes a domingo. El valium apenas le permitía dormir unas horas hasta aparecer en su trabajo con ojeras de vampiro y una palidez que Michael Jackson ya hubiera querido para él. Su mujer lo convenció para que ingresara en un centro de desintoxicación para politoxicómanos y consiguió curarse de sus adicciones en menos de un año, pero él ya no era el mismo ni su mujer tampoco, y un buen día ella se marchó. Había dejado una nota pegada al frigorífico que decía: “me voy de casa, esto no funciona”, pero él no podía entenderlo, el frigorífico enfriaba de puta madre. Poco después se dio cuenta de que se había quedado solo.

             

        Ante tanta adversidad, Poli intentó rehacer su vida apoyándose en una dieta vegetariana y en el deporte. Cada mañana corría durante dos horas, le daba igual que nevara, que fuera domingo o lunes, la salud era su nueva obsesión. Corría y pensaba en la cantidad de venenos que había ingerido cuando era adicto a la heroína, mientras respiraba a pleno pulmón el monóxido de carbono que vomitaba el tubo de escape del autobús de la linea 7. Se sentía orgulloso por haber derrotado a la cocaína, mientras le caía una fina lluvia ácida sobre la cabeza. Recordaba los dos años largos que llevaba sin probar ni una gota de alcohol, mientras reponía fuerzas comiendo una manzana con la piel llena de pesticidas. Cuando cruzó el río de aguas turbias que había junto a la central térmica, se encontró con una serpiente que presentaba mutaciones extrañas en su ADN, tenía dos cabezas y en lugar de cascabel usaba pandereta. Unos metros antes de llegar a su casa, cayó desplomado victima de un paro cardíaco. El forense que realizó la autopsia, declaró que su muerte fue debida a la ingesta de sustancias tóxicas de procedencia indeterminada.  


6 de enero de 2014

Un agujero en Navidad




      
      La Navidad siempre me ha parecido, como mínimo, una época arriesgada. Un periodo irreflexivo que nos transforma en actores secundarios dentro de la parodia religiosa de la familia unida, entre gambas, polvorones y un montón de alcohol. Durante estos días de botellón familiar, intentamos ser amables y generosos con los que están a nuestro alrededor, como si esta representación nos diera derecho a actuar de una manera menos comprensiva durante el resto del año. De manera progresiva, la fauna se va transformando y te puedes encontrar en plena cena con Martínez el facha, con Santa Teresa de Calcuta, o con el cultureta gafapastas que intenta venderte una película de Ingmar Bergman contra el aburrimiento.   
                                                                                                
       Debido a la inercia, esa noche me encaramé en el techo y observé desde un plano astral la cena de Jesucristo y los doce apóstoles; la maría no era nada del otro mundo pero perdí el hilo de lo que decía mi interlocutor sobre marejadas, anticiclones, marejadillas y una presentadora de Telecinco. Yo acompañaba sus conjeturas con leves movimientos rítmicos de cabeza, aunque no me importaban ni un capullo sus delirios climáticos, y mientras se incorporaban algunos tertulianos en tan interesante cháchara, pensaba en la teoría de la idealización de los desconocidos, esas personas a las que otorgamos el beneficio de la duda hasta que intuimos que sus esquemas mentales y sus mecanismos automáticos pertenecen a la misma especie de homínidos, seres extraños e imperfectos rodeados de problemas insolubles que están a medio camino entre el mono y el ser humano liberado, y como en una ley no escrita de igualdad universal, antes de terminar la tesis de maduración descubrimos que todos chapoteamos en la misma balsa.   

       Después de descorchar la enésima botella de cava, comencé a oír cosas como que "la realidad es una alucinación producida por la falta de alcohol", o que "la vida es una barca, como dijo Calderón de la mierda". Era evidente que el alcohol solapaba las ideas, y entre tanto desvarío que amenazaba con crecer indefinidamente, volví a deambular por realidades distintas montado en una voz en off que pedía con fuerza la aparición de un agujero negro que limpiara el escenario. En ese momento alguien dijo que en el estado de Colorado habían legalizado la marihuana para uso recreativo y empezó a cundir el pánico entre el personal más ebrio y ortodoxo. Discretamente me levanté de la mesa buscando la navidad y coincidí con ella en la cocina, quedándome accidentalmente encallado entre el frigorífico y sus pantalones vaqueros.


17 de diciembre de 2013

¿Ley de inseguridad ciudadana?


        El vértigo que sientes cuando el coche patina levemente sobre una placa de hielo y rezas oraciones blasfemas para que no se desplace hacia ningún lado, lo he sentido cuando he leído el anteproyecto de la ley para la protección de la seguridad ciudadana que amenaza con fuertes multas a quien se manifieste pacíficamente sin permiso y otras cosas como esta:   “Las manifestaciones efectuadas a través de cualquier medio de difusión cuya finalidad sean las injurias o calumnias a las instituciones públicas, autoridades, agentes de la autoridad o empleados públicos, cuando no constituyan delito..."(infracción grave: hasta 600.000€, leve: hasta 1.000 €).

        Este regreso a las cavernas tiene un tufillo casposo que recuerda a otros tiempos, porque en pleno siglo XXI es como mínimo anacrónico que nos puedan sancionar por manifestar nuestra opinión "en cualquier medio", esto incluye a periodistas, redes sociales, blogueros y cualquier bicho viviente que hiera la sensibilidad de las autoridades. Si esta escalada de derechización salvaje continua en progresión, no me sorprendería nada que en breve nos presenten un anteproyecto de ley donde se ampare la tortura, eso sí, siempre por nuestro bien y con eufemismos como: "reeducación mental y física de los detenidos", o quizá vuelva la censura a su máximo esplendor sobrevolando nuestras cabezas, con sus alas negras y su pico afilado, dispuesta a aterrizar a las primeras de cambio, amenazando con azotar a cualquier perroflauta radical que se atreva a mirar a los ojos de las autoridades y a pensar por sí mismo. 

       Cualquiera que haya ojeado los artículos de esta desproporcionada ley de seguridad ciudadana, se tiene que preguntar cosas como: ¿Sabrá el gobierno algo fundamental que nosotros ignoramos? ¿Temen un estallido social? ¿Existe una voluntad decidida para construir una pseudo-dictadura democrática? Sea lo que fuere, la ley representa una merma de los derechos ciudadanos, un recorte de las libertades a todos los niveles, excepto para políticos y banqueros, y un intento de cerrar la boca a cualquier manifestante mediante una nueva herramienta donde los jueces quedarán al margen y los sancionados estarán en manos del político de turno o de la policía. Si se persigue a los vándalos que agreden y rompen escaparates, no se entiende el afán de ampliar el radio de acción de la ley hasta aquellos que con su presencia o sus palabras manifiestan una disconformidad de manera pacífica. Quizá hubiera sido más adecuado dirigir esta ley hacia algunos elementos descontrolados de las fuerzas de seguridad de porra fácil o de miembros de la administración que con sus comportamientos chulescos azuzan el clima de confrontación. Es decir, la ley viene a decirnos que si no estamos de acuerdo con las medidas impuestas por los bancos o las autoridades, no debemos manifestarnos porque entonces nos puede caer todo el peso de la ley y algún par de porrazos. Pagar impuestos, votar y callar, es lo que "ellos" nos proponen. 

        A pesar de ser un agnóstico tirando a ateo, rezo todas las noches y cuento las bolitas del rosario como si de un bingo religioso se tratara para que la ley definitiva de seguridad ciudadana no sea de carácter retroactivo, porque si es así, más de uno tendrá que ir borrando contenidos "inapropiados" que ha vertido en la red, como yo mismo. Para que voy a negarlo, antes me divertían las apariciones de los políticos, era como ver un trailer de una película de los hermanos Marx, con ese humor tan absurdo y surrealista, pero ahora tengo pesadillas provocadas seguramente por el dichoso borrador de la ley de seguridad ciudadana. Sueño que el sistema político se cae a pedazos, que los seguratas nos detienen a su criterio, que el gobierno compra camiones cisterna antidisturbios, como en tiempos del blanco y negro. En mis pesadillas aparece, como no, el ministro Montoro amenazando con desvelar las vergüenzas financieras de los medios de comunicación no afines a su credo. Y también aparecen en mis sueños peticiones surrealistas, como que para tocar música en las calles de Madrid, la Botella exige un casting. Pero cuando despierto y compruebo que las pesadillas permanecen en la realidad ordinaria, siempre me acuerdo de mi amiga Paca, Paca Garse. 


28 de noviembre de 2013

Los ojos del cielo


        La urbanización de Amelia consta de tres bloques de diez plantas cada uno. Hay dos cámaras de vigilancia por bloque y ocho para zonas comunes, y las catorce cámaras las puede ver en su televisor como el resto de canales de televisi
ón. Si realizáramos un sondeo sobre el share de estos canales en la comunidad de propietarios, seguramente estaría en segundo lugar, muy cerca de los reality shows de Telecinco.


        Amelia pasa la mayor parte de su tiempo intentando conocer la vida y desventuras de los demás, y ahora está esperando que llegue Jon, su nuevo vecino, para averiguar algo más sobre él. La última vez vino acompañado por una pelandusca que parecía estar borracha. ¡La que armaron! Y lo peor, todavía no sabe de donde saca el dinero, porque apenas sale de casa y se pasa todo el día pegado al ordenador.

Jon llegó a su casa después de desayunar, sacó las llaves, y a pesar de que a veces no advierte ni el estruendo de una bomba, oyó un sonido casi imperceptible que ya había etiquetado anteriormente, era la mirilla de la vecina de enfrente, de Amelia. Antes de cerrar la puerta, levantó la mano enseñando sus dedos indice y meñique a modo de saludo heavy y sacando la lengua hasta la campanilla le regaló la mueca más horrorosa que pudo. La mirilla se cerró súbitamente.

       Jon Noriega es un detective privado, pero no vigila a la gente ataviado en una gabardina y con gafas de sol, él es un hacker y espía por Internet. Es un trabajo arduo y rutinario, y para desengrasar y como hobby, entra en todos los ordenadores que quiere, para fisgonear, para hacer travesuras y enterarse de como funcionan las vidas de los demás, de hecho, tiene en el escritorio de su ordenador un archivo con el que puede visualizar la cámara web de su vecina Belén.
Hackear las cámaras web es uno de los trabajos espías más sencillos que uno puede imaginar. Con unos conocimientos básicos de informática y un mínimo contacto con el ordenador de la víctima, lanzamos un troyano mediante un email, el Flux o el Nuclear Rat por ejemplo, y ya podemos ver y grabar durante las veinticuatro horas del día la cámara en cuestión. Jon lleva más de tres largos meses espiando a Peter Green y está a punto de provocar un terremoto político de consecuencias imprevisibles.

          Peter Green es el embajador estadounidense en España. Está casado, tiene dos hijos adolescentes y fama de ser ultra religioso, homófobo y políticamente reaccionario. Green en realidad es un espía, como casi todos los embajadores. Ha conseguido información sensible sobre políticos y banqueros españoles que ya ha mandado a Washington para facilitar la presión y ayudar a los intereses americanos en España, pero Jon le ha seguido la pista y en unas semanas el chantaje del embajador será publicado en los periódicos más importantes del mundo. Por cierto, Green tenía escondida una revista de Barazoku en una carpeta del ordenador, y es que le pasa a todos los diestros, su moral nunca es acompañada por sus instintos sexuales.

           Quizá estamos demasiado ocupados intentando evitar que políticos y banqueros nos roben hasta la dignidad y no le damos importancia al hecho de estar vigilados por miles de cámaras y dispositivos móviles. Cada vez que salimos a la calle, cuando pagamos con tarjeta, cada pregunta que le hacemos a google y cada vez que encendemos nuestro smartphone, estamos dejando huellas indelebles en discos duros tan lejanos y profundos como el océano Pacífico. De seres anónimos, pasaremos a protagonizar el papel principal del Show de Truman, el deseo oculto de más de uno.

        Algunos piensan que esos puntos brillantes que a veces recorren el cielo pueden ser ovnis o aviones militares, pero no, son satélites espías. En condiciones óptimas podemos verlos a simple vista, son los nuevos satélites NGEO (Next Generatión Electro Optical). Leerán nuestros labios, detectarán nuestra presencia en nuestra propia casa con sus cámaras térmicas y rebañarán hasta la última gota de nuestra intimidad. A partir de ahora sería conveniente salir de casa pulcros y 
presentables por si estamos siendo grabados, y si es posible, vamos a evitar rascarnos la bragueta. Que nadie piense que esto va a ser otro Gran Hermano, será el nacimiento del nuevo dios, el omnipresente, el que todo lo ve.
                                                      
Polaris - Zero 7

14 de noviembre de 2013

Una noche en Barcelona




        La ultima vez que estuve en en Barcelona con motivo de la Fira, me alojé en un hotel cercano para no tener que utilizar el coche. Después de cenar con los colegas de profesión y tomar algunas copas, me dirigí al hotel entre las estrechas y oscuras calles del centro de Barcelona. Voluntariamente desorientado, absorbí el aire de las calles y me mezclé con el enjambre multicolor de las Ramblas. Cuando estaba a punto de llegar, vi como se acercaba corriendo un individuo con gorra y una porra en la mano. Sin presentaciones previas y levantando un tubo metálico, me dijo con los ojos desorbitados:

        - Dame la cartera y el reloj o te doy un palo que te dejo tieso. Rápido!

        - Joder, que susto, por un momento creí que era un mosso de escuadra – le dije aliviado.

        - Oiga, me insulta con esa insinuación, yo no voy pegando palizas por ahí, soy un delincuente honrado que se gana el pan con el sudor de su frente – contestó airado.

        - No era mi intención ofenderle, señor......delincuente, pero ya sabe que hoy en día nadie puede estar seguro por la calle. Bueno, estará muy ocupado y no quiero hacerle perder más tiempo, aquí tiene la cartera y el reloj, y por cierto, tengo que confesarle que nunca me habían atracado tan profesionalmente – Este último halago le hizo bajar la guardia.

        - Aguánteme el palo que me voy a probar el reloj – me dijo el atracador guardándose
mi cartera en el bolsillo trasero de su pantalón mientras miraba fascinado el Lotus. En ese momento vi la oportunidad para recuperar mis pertenencias, me lo puso a huevo.

        - Lo siento señor delincuente, devuélvame lo que me ha robado o le abro la cabeza - le hablé con firmeza mientras levantaba amenazante el tubo de hierro.

        Me miró aturdido durante unos segundos sin entender muy bien el cambio de papeles, hasta que oímos un ¡alto!, eran dos mossos de escuadra que se acercaban. El delincuente me quito el tubo de hierro, lo tiro entre dos coches y me dijo que me fuera por la calle de la izquierda que él se iría por la derecha. Me deseo suerte y me dijo que si necesitaba algo que fuera al barrio del Raval y preguntara por él, pero no no pude entender su nombre porque su voz se iba distorsionando por el efecto Doppler a la misma velocidad que se alejaba mi cartera y mi reloj. Salimos corriendo a ritmo de cien metros libres a pesar de que los mossos no corrían, decidieron no dividirse y nos dejaron escapar. Cuando vi que no me seguían, mi cerebro empezó a funcionar y me pregunté por qué corría, y esa pregunta fue dura. No había hecho absolutamente nada, solo era la víctima de  un atraco, y además, estaba sin dinero ni documentación. Corría y corría sin notar el menor cansancio, quizá porque la adrenalina había salido de sus depósitos y no quería perderse lo mejor de la película.

        Me dirigí al Raval por la Avenida del Paralelo y durante mi carrera aparecieron por mi mente preguntas extrañas que no esperaban respuesta, quizá solo buscaban desfilar en el teatro de la consciencia a lomos de unas cuantas miles de neuronas: ¿De quien huimos?  ¿Quienes son nuestros enemigos?  ¿Por qué desde hace unos años me duelen las rodillas? Incluso aparecieron intercalados ese tipo de pensamientos vacíos y edulcorados que acaban subiéndose en la canción de un anuncio de patatas fritas.

29 de octubre de 2013

Una hora gratis



        Ese sábado por la mañana estuve haciendo gestiones telefónicas, mandé por email un montón de curriculums y me pateé todas las tiendas de la calle Mayor sin éxito. Después de tres años sigo en paro, sin un trabajo estable y sin ninguna perspectiva para conseguirlo a corto plazo, y además, tengo que templar mis nervios cada vez que veo por televisión al ministro `Montoro Sex Pistols´ asegurando ver la luz al final del túnel, pero la verdad es que nunca le he hecho ni puto caso. Creo que este tío toma mucha medicación, se le nota en la voz y en las tonterías que dice un día sí y otro también. La realidad a pie de calle es otra, está llena de cadáveres andantes, de tiendas cerradas, de carteles que se venden y de una falta de ilusión que no recordaban ni los más viejos de la ciudad, de esta ciudad donde los carros de Mercadona llenos de chatarra atascan la circulación en las calles mientras sus nuevos dueños escarban en los apestosos contenedores de basura.

        Nubarrones negros planean sobre nuestro futuro, sí, pero por lo menos ese sábado nos consolamos viendo el partido Barsa-Madrid: birras, whisky y Mary Jane. Las risas acompañaron la locura del gol y también las maldiciones blasfemas cuando el gol era en contra, pero aunque quisimos ocultarlo, nuestras miradas delataban desesperación, y es que el opio del pueblo solo es un escondite transitorio. El partido de fútbol no fue mi único consuelo, esa noche nos daban una hora y esa si que era una gran noticia. Damián decía que solo era una devolución de la hora que nos habían quitado en abril, pero a mí me daba igual, a las tres de la madrugada las agujas del reloj volverían a marcar las dos en punto. Retroceder en el tiempo entra en la categoría de la magia y debía pensar con celeridad lo que iba a hacer durante esa hora.

        Pensé que durante esa hora regalada, un baño nocturno en la playa podría ser una buena idea. El día anterior habíamos llegado a los veintinueve grados, podía nadar mar adentro durante media hora para volver viendo las luces de la ciudad rebotando en el agua hasta chocar en mis ojos, sería una experiencia excitante y única. O quizá podía jugarme en el casino los últimos cinco mil euros que me quedaban. Sincronizaría las vibraciones de la ruleta con mi respiración y en el ultimo minuto de esa hora me lo jugaría todo a un número, esperando ansioso que los giros contrapuestos de la bola y la ruleta coincidan en el 10 negro. Un río de adrenalina derraparía por las curvas de mis venas, y si acertaba, solucionaría durante un par de años mis problemas económicos, sin sudores nocturnos ni pesadillas con los ministros del PP. Pero no quería ocultar la realidad, estadísticamente tenía muchas más probabilidades de acabar en la ruina total. Mi futuro dependería de una bolita caprichosa, aunque pensándolo bien, siempre dependemos de factores externos que no podemos controlar, o dicho de manera bucólica, solo somos hojas de otoño a merced del viento.

        Descarté todas esas peligrosas opciones y quedé con Claudia a las tres de la madrugada. Le dije que era una sorpresa muy especial, que cuando cerrara el pub viniera corriendo a mi casa, pero no quise decirle que el motivo de la sorpresa era que nuestro gobierno nos había regalado una hora coincidiendo con el cambio de horario, porque Claudia es un poco rara y seguramente no lo hubiera entendido. Me gasté más de doscientos euros en dos latas de caviar de Beluga y una botella de Moet Chandon, la ocasión lo valía. Apagué las luces de la terraza del ático, quedando únicamente alumbrada por la luz pálida de la luna y de algunas estrellas en blanco y negro, y de fondo sonaba la trompeta de Miles Davis tocando el Autumn Leaves. Todo estaba ya preparado, estaríamos follando en la tumbona toda la hora, como si el mundo fuera a explotar en mil pedazos al finalizar esa hora extra.

        Antes de continuar con mi relato quiero aclarar la utilización del verbo follar. Hay gente que considera malsonante esta palabra para describir el acto sexual, pero debo decir en mi descargo que he rechazado utilizar eufemismos porque me parecen mucho más radicales y ofensivos que el verbo inicial. Vamos a ver:
Hacer el amor: Como la realización de un trabajo manual llamado amor no está mal, pero esta expresión no tiene ni un gramo de pasión, pues bien, a la mierda con hacer el amor.
Joder: Incluye connotaciones agresivas que no refleja el respetuoso verbo follar, también lo deseché.
Yacer: Si utilizamos este verbo muerto, inevitablemente se enfriarán nuestros ánimos: “¡vamos a yacer!”  Si alguien lo ha utilizado temerariamente o por error, es mejor que la fiesta la deje para otro día, además corre el riesgo de que lo tomen por necrófilo.
Fornicar: Un verbo que resuena a pecado original por todas partes, ¡y por dios!, no podemos empezar una buena faena de esta guisa.
Mantener relaciones sexuales: Una frase impertinentemente larga, carente de alma e inapropiada, o copular, que recuerda a el apareamiento de las hormigas tibetanas.
En la jerga de a pie, tenemos una gran cantidad de expresiones plebeyas que también he desechado porque intentan sustituir, sin la categoría necesaria, al auténtico verbo follar: pegar un polvo, acostarse con, echar un kiki, meterla en caliente, zumbar, ponerla mirando a Cuenca, chingar, etc, etc, etc.

        Una vez aclarado este contencioso lingüístico, vuelvo al relato de los hechos: ......una hora gratis es un botín. Seguramente cabría la vida entera de la tierra, desde que era solo una simple mezcolanza de materias desechadas por el sol, hasta el día que volvamos a reunirnos con nuestra estrella en el panteón estelar de la vía láctea. Una voz desde la calle interrumpió mis pensamientos espaciales, me acerqué corriendo a la terraza para ver si era Claudia, pero en la semioscuridad no calculé bien el impulso y durante unas décimas de segundo interminables fui deslizándome lentamente hacia el exterior hasta caer. Seguramente el miedo y la desesperación consiguieron que me pudiera agarrar a la barra metálica del toldo del piso de abajo, y después de un balanceo, rompí el cristal de la terraza acristalada con los pies y entré en el salón de mi nuevo vecino al que no conocía de nada, pero para mi desgracia era policía y no creyó que fuera su vecino ni tampoco se explicaba por qué había entrado en su casa sin llamar. Le relaté paso a paso la caída, le dije que no tenía la documentación encima porque estaba en mi piso, pero las llaves también estaban allí. Todos mis intentos fueron infructuosos, pero tampoco podía esperar un índice elevado de comprensión por su parte, era un policía. Me esposó y me llevó personalmente a comisaría.

        Antes de salir del edificio me encontré con Claudia, y su cara pálida como la tiza al verme esposado añadió más zozobra a mi estado ya muy agitado. Le dije que era un malentendido, que no se preocupara y que llamara a mi abogado. Le aseguré que en media hora estaría en casa, pero ni ella ni yo creímos en mi afirmación. A las tres de la madrugada que volvían a ser las dos por el cambio horario, ingresé en una celda común de la comisaría.

        Esa hora que en un principio iba a ser inolvidable, la iba a pasar con tres maleantes, soportando el hedor que residía permanentemente en la celda, y como paradigma de la pintura naíf, nos acompañaban las numerosas zurraspas y versos peregrinos que decoraban las paredes de la celda. Empecé a desmoralizarme y pensé que los momentos anodinos y de poca calidad no debería ser vividos. Estaba dispuesto a pedir la devolución de la hora, como esos regalos siniestros que a veces recibimos y no sabemos como quitárnoslos de encima, hasta que entablé conversación con mis colegas de celda y a los pocos minutos estábamos debatiendo apasionadamente, intercambiando nuestras distintas maneras de ver el tinglao, y todos mis prejuicios sobre ellos se derrumbaron. Fue una experiencia intensa y surrealista, todavía recuerdo las risas flotantes y los lazos que se formaron durante esa hora mágica hasta que vino mi abogado y a regañadientes abandoné el calabozo, no sin antes intercambiar los números de teléfono. Hoy todavía nos vemos de vez en cuando para organizar algún que otro trabajo, pero eso ya es otra historia.
    

Steppenwolf