Con los ojos clavados en el techo, amanece en blanco y negro con la banda sonora de los vehículos que empiezan a inundar la ciudad, esclavos sin cadenas montando el escenario de la vida cotidiana. Se oye algún grito de alguien que desconoce el volumen del alba y empieza la carrera hacia el bienestar a cambio de nuestro tiempo y nuestra vida.
Afilando mi mano con la lija de la cara, observo dos ojos hinchados por el insomnio frente al espejo, ese enemigo íntimo que me recibe frió y distante como siempre y me somete a un tercer grado riguroso, ¿acaso le he preguntado yo por qué tiene salpicaduras de dentífrico? No vale la pena comenzar el día discutiendo con el primero que te toca los huevos. Mirándome fijamente sé que me estoy desviando del camino, pero ¿de qué camino?
En la procesión hasta el trabajo, la radio me castiga con música de todo a cien, las noticias anuncian que ha subido la gasolina, veinte muertos en accidentes de tráfico, aumenta la inseguridad ciudadana y noticias de deportes, que a falta de religión o soma, cumple perfectamente su función narcotizante. Más opio para el pueblo.
A través del cristal del coche veo rostros somnolientos y desencajados en medio del atasco, enemigos anónimos que hacen rugir sus motores intentando llegar antes que yo, pero eso ya lo veremos, monos con pantalones.