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14 de noviembre de 2013

Una noche en Barcelona




        La ultima vez que estuve en en Barcelona con motivo de la Fira, me alojé en un hotel cercano para no tener que utilizar el coche. Después de cenar con los colegas de profesión y tomar algunas copas, me dirigí al hotel entre las estrechas y oscuras calles del centro de Barcelona. Voluntariamente desorientado, absorbí el aire de las calles y me mezclé con el enjambre multicolor de las Ramblas. Cuando estaba a punto de llegar, vi como se acercaba corriendo un individuo con gorra y una porra en la mano. Sin presentaciones previas y levantando un tubo metálico, me dijo con los ojos desorbitados:

        - Dame la cartera y el reloj o te doy un palo que te dejo tieso. Rápido!

        - Joder, que susto, por un momento creí que era un mosso de escuadra – le dije aliviado.

        - Oiga, me insulta con esa insinuación, yo no voy pegando palizas por ahí, soy un delincuente honrado que se gana el pan con el sudor de su frente – contestó airado.

        - No era mi intención ofenderle, señor......delincuente, pero ya sabe que hoy en día nadie puede estar seguro por la calle. Bueno, estará muy ocupado y no quiero hacerle perder más tiempo, aquí tiene la cartera y el reloj, y por cierto, tengo que confesarle que nunca me habían atracado tan profesionalmente – Este último halago le hizo bajar la guardia.

        - Aguánteme el palo que me voy a probar el reloj – me dijo el atracador guardándose
mi cartera en el bolsillo trasero de su pantalón mientras miraba fascinado el Lotus. En ese momento vi la oportunidad para recuperar mis pertenencias, me lo puso a huevo.

        - Lo siento señor delincuente, devuélvame lo que me ha robado o le abro la cabeza - le hablé con firmeza mientras levantaba amenazante el tubo de hierro.

        Me miró aturdido durante unos segundos sin entender muy bien el cambio de papeles, hasta que oímos un ¡alto!, eran dos mossos de escuadra que se acercaban. El delincuente me quito el tubo de hierro, lo tiro entre dos coches y me dijo que me fuera por la calle de la izquierda que él se iría por la derecha. Me deseo suerte y me dijo que si necesitaba algo que fuera al barrio del Raval y preguntara por él, pero no no pude entender su nombre porque su voz se iba distorsionando por el efecto Doppler a la misma velocidad que se alejaba mi cartera y mi reloj. Salimos corriendo a ritmo de cien metros libres a pesar de que los mossos no corrían, decidieron no dividirse y nos dejaron escapar. Cuando vi que no me seguían, mi cerebro empezó a funcionar y me pregunté por qué corría, y esa pregunta fue dura. No había hecho absolutamente nada, solo era la víctima de  un atraco, y además, estaba sin dinero ni documentación. Corría y corría sin notar el menor cansancio, quizá porque la adrenalina había salido de sus depósitos y no quería perderse lo mejor de la película.

        Me dirigí al Raval por la Avenida del Paralelo y durante mi carrera aparecieron por mi mente preguntas extrañas que no esperaban respuesta, quizá solo buscaban desfilar en el teatro de la consciencia a lomos de unas cuantas miles de neuronas: ¿De quien huimos?  ¿Quienes son nuestros enemigos?  ¿Por qué desde hace unos años me duelen las rodillas? Incluso aparecieron intercalados ese tipo de pensamientos vacíos y edulcorados que acaban subiéndose en la canción de un anuncio de patatas fritas.

17 de marzo de 2011

Atraco



        Tengo que reconocerlo, soy un atracador. Mientras espero el momento del atraco, viajo por mi memoria recordando como se produjo esta transformación. Todo empezó cuando fui despedido del banco después de una fusión. Tras varios meses de lunes al sol, la separación fue un mazazo, un jarro de agua fría. Ella se cansó de mí y yo seguía colgado de ella. Quede encerrado en una pesadilla de la que no podía despertar, me sentía victima de una maldición, de un hechizo de magia negra. Pintaban bastos y para colmo, las facturas, las multas y los avisos de embargo acudían como un bombardeo masivo, sin compasión. La angustia fue apoderándose de mí, estaba sumergido en la desidia y cada día más hundido, si no conseguía dinero rápidamente, estaría en pocas semanas durmiendo en la calle. Después de varias infructuosas entrevistas de trabajo, una luz se encendió en mi cabeza y supe en que sector quería trabajar, en mi mente solo había una palabra escrita en letras de neón: ATRACO.

Llamé a Damián y a Marta, parados y desesperados como yo, con la moral por los suelos. Les propuse crear una sociedad para traspasar fondos desde los bancos a personas necesitadas. Esas personas necesitadas de momento éramos nosotros, y ese traspaso de fondos se llamaba atraco a bancos y a furgones blindados. No se lo tomaron en serio y tardaron varios días en reaccionar.  Tras desarrollar el proyecto, poco a poco fuimos reclutando a los mejores atracadores, valorando sobretodo su perfil personal. En pocos meses éramos una grupo armado, organizado y disciplinado, con armas y explosivos suficientes para volar paredes de acero, pero siempre con la premisa de evitar daños colaterales y bajas humanas.
   
Los minutos anteriores al atraco eran los más tensos: 
me ajustaba el chaleco antibalas, sacaba minuciosamente el pasamontañas del bolsillo de la chaqueta y repasaba cien veces todos los detalles. Miraba el reloj otra vez, era la hora y las pulsaciones se disparaban. Los ocho componentes del comando arrancamos los dos camiones, y sin miedo pero con la adrenalina fluyendo con fuerza por las venas, preparábamos la emboscada del furgón blindado. 

Cuando trabajaba en el banco robaba a pensionistas, a familias con problemas para llegar a fin de mes y preparaba desahucios para expulsar a las victimas que no podían pagar la hipoteca de sus pisos. El banco se quedaba con el piso y con el dinero que habían pagado anteriormente la víctima, y a pesar de no ser un negocio redondo para los banqueros, todos sabemos que la banca siempre gana. Ahora ayudaba al proceso de devolución del dinero que los bancos habían robado anteriormente a la gente. Era de justicia, no me sentía un ladrón, en todo caso un transportista. 

        En el momento del atraco, el furgón apenas opuso resistencia, incluso diría que había cierta sonrisa cómplice entre los guardias de seguridad de la compañía. Era el décimo atraco en un año y cada vez sucedían de una manera más surrealista, como si de una silenciosa fiesta popular se tratara. Todo el dinero "recaudado" sería utilizado para crear cooperativas, subvencionar centros de rehabilitación social y laboral, para la concesión de microcréditos que ayudarían a mover lentamente el complicado engranaje económico desde abajo. Nuestros trabajadores y colaboradores aumentan sin parar porque juntos podemos, porque somos la nueva mafia con tentáculos de seda, somos la marea que suave y firmemente ocupa de nuevo la playa que le pertenece, somos la tormenta que alejará de nuestros bolsillos a los corruptos.

Steppenwolf