Una muesca más en el cuaderno de bitácoras, otro punto de inflexión y una nueva bifurcación en el camino. El tiempo te agarra del brazo y te lleva hacia rutas desconocidas. No pares, no preguntes, aprovecha tu turno para introducirte sin miedo en la carretera que promete llevarte al Nirvana.
Sigues leyendo el pasado y cuelgas las fotos de tu memoria en un ejercicio de síntensis, pretendiendo determinar si respirar vale la pena; seguramente tú ya sabes que no tienes poder de decisión, que las ideas te piensan, que solo eres un espectador en este juego del destino, no pierdas el tiempo.
Las agujas de tu reloj giran en sentido inverso. Después de un oscuro martes viene la resaca del lunes, y a pesar de ser un animal antisocial, saludas a la gente con una sonrisa, ocultando discretamente tus colmillos. Puedes pasar por un ser humano a los ojos de los demás pero tu y yo sabemos que eso no es cierto, aunque digas que cada uno de nosotros es una miscelánea de razas sin pedigrí tan deshumanizada como la tuya.
Las sombras de la noche se enredan con tu presencia cuando apagas tu sed en aguas estancadas. Es obvio que los lagos cristalinos han quedado muy lejos de ti, más allá de tus recuerdos. El club de músicos muertos solicita tu presencia, pero todavía no te das por vencido, te refugias en los libros mágicos intentando encontrar desesperadamente una salida, buscando en cada palabra la clave de la salvación y los secretos de la luna llena.
Por fin decides poner en práctica la teoría del karma y en pocas horas atraviesas la tundra hasta llegar a la civilización. Sin apenas aliento, pretendes ingenuamente cambiar el mundo a golpe de utopía, derramando ladrones de tristeza y diseñadores de cielos rojos, construyendo bancos de sonrisas y convirtiendo a verdugos en poetas. Pero cuando te alcanza la noche, aúllas en el infierno y bebes, pero no olvidas.

