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2 de marzo de 2014

El borrador de recuerdos


        Hace quince años que iniciamos la investigación sobre el deterioro de la memoria y el síndrome de korsakoff, y gracias a los importantes avances que conseguimos, una empresa privada, la Clínica Borsay, se fijó en nosotros y así acabo nuestra precaria situación económica de becarios. Comencé trabajando junto al doctor Martín, tratando problemas crónicos de memoria con cobayas humanas mediante terapias electroconvulsivas, una técnica que utilizaba descargas eléctricas y que dejó como un vegetal a más de uno. Eran daños colaterales necesarios hasta llegar cinco años más tarde al definitivo TEC, un sistema borrador de recuerdos que nos permitía ver en la pantalla de un ordenador las secuencias de la memoria del paciente con nitidez y en riguroso orden cronológico. Podíamos borrar episodios no deseados e insertar nuevos recuerdos, construyendo por un módico precio el nuevo pasado de nuestros clientes. 

        Tuvimos que borrar secuencias horribles en las neuronas del hipocampo de los clientes: violaciones, asesinatos y todo tipo de sufrimientos físicos y psicológicos, pero después de una sesión de apenas dos horas con impulsos radioeléctricos sobre la zona seleccionada de la corteza cerebral, devolvíamos a la sociedad a individuos sanos y felices. El lanzamiento del TEC fue todo un éxito, pero con los primeros clientes comenzaron a aflorar extraños efectos secundarios, como con Malena, victima de malos tratos cuando era una niña. Le insertamos recuerdos de un mundo feliz, pero ella nunca fue capaz de adaptarse a la cruda realidad. Al cabo de unas semanas intentó suicidarse y fue recluida en un centro psiquiátrico.


        Bertrand, un administrativo de ocho a tres, nos pidió que borrásemos su aburrida vida de rata de biblioteca. Él quería acción y vaya si se la dimos; le suplantamos sus recuerdos por unos en los que su vida estaba llena de aventuras arriesgadas, chicas de playboy y peleas de karate donde siempre vencía a sus enemigos. El fin de semana siguiente a la operación, disfrutando de su nuevo pasado y de su luminosa vida, Bertrand estuvo en una discoteca de la playa. Además de no ligar con nadie, tuvo la mala fortuna de no sobrevivir a una pelea. Al funeral solo acudió el enterrador. 

        Como el doctor Jekyll, había experimentado conmigo mismo intentando olvidar de una vez a Virginia. Al principio todo fue bien, hasta que al inhalar por casualidad el perfume Rive Gauche, empecé a notar como se desvanecía mi memoria. Ese olor estaba asociado a ella y mi mente buscaba esa relación, pero siempre recibía el mismo mensaje: "ningún elemento coincide con el criterio de búsqueda". Había borrado todos sus recuerdos, pero los enlaces hacia ella seguían allí creando un bucle que me producía una amnesia temporal durante unos minutos, lo que me obligó a tener mis datos básicos en un block de notas de bolsillo que siempre iba conmigo, como un flotador en caso de naufragio. 

        A los pocos días, aparcando el coche en el garage, comencé a notar los efectos de la amnesia, quedando mi memoria en blanco. Sabía que era de manera temporal, así que me tranquilicé y mire mi block de notas de emergencia donde decía entre otras cosas que me llamaba Javier Romero y que vivía en el piso 3º-2. Cuando llegué a mi piso intente abrir con la llave, pero no entraba en la cerradura. ¿Me habría equivocado de llaves? Oí ruidos dentro del piso y supuse que sería mi actual pareja. Pulsé el timbre y a los pocos segundos me abrió un negro de color de mas de dos metros de altura, me miró sonriente y me dijo cariñosamente: "Hola Javier".

        ¡Joder! Es duro enterarse de esta manera, ¡me había convertido en homosexual! ¡Vivía con un negro! No lo entendía, a mí siempre me había gustado el pescado, y ahora......... Por un momento me imagine lanzando piropos a algún albañil descamisado: “que no me entere yo que ese culito pasa hambre” y cosas así. Debía afrontar el hecho y no esconder la cabeza como un avestruz. Pero ¿qué tenía que
hacer en estos casos con mi presunto novio?, ¿darle un beso? Esa opción me parecía repulsiva, pero dar la mano sería un protocolo frío y de ámbito comercial, y este no parecía el caso. Me fijé en su mano izquierda y me pareció que lucía un anillo como el mío. La posibilidad de que estuviéramos casados me dejó helado.

        Solo habían pasado dos segundos y probablemente había reflexionado más que Aristóteles y Platón juntos, o eso me había parecido a mí. Debía aceptar mi condición sexual actual y no podía comportarme como un racista homófobo, pero justo antes de hablar, oí una voz conocida desde el piso de enfrente, el 3º-3, y todos mis recuerdos volvieron de golpe: “Javier, te estoy esperando para cenar” dijo Claudia , mi novia. Entonces el piso equivocado era el 3º-2, el de Robert, mi vecino y jugador del equipo de baloncesto Estudiantes. Sin saber muy bien que decir delante del gigante, le pedí un sacacorchos, lo primero que se me ocurrió para salir del paso.

        Claudia me preguntó para que quería el sacacorchos, pero ignoré su pregunta y la abracé como lo hubiera hecho un pulpo, sondeando todas las lineas curvas de su cuerpo hasta que se me pasó el susto. Ese mismo día dejé mi trabajo y desde entonces conservo todos mis recuerdos, no solo los buenos y reconfortantes, sino también los recuerdos dolorosos y negativos, esos que utilizo como una brújula que me indica donde no ir.
                                                                            

15 de enero de 2014

Sustancias tóxicas


       Entre chute y chute podía hacer vida normal, hasta que la heroína le pasó factura. Los picos perdieron su magia y solo eran útiles para aliviar el mono. Hipólito estuvo veinte días debatiéndose entre la vida y la muerte en la UVI del Hospital de la Paz después de meterse un pico de heroína cortada con estricnina, y esa etapa de reflexión obligatoria le sirvió para desengancharse. Cuando le dieron el alta y como un acto automático de compensación, aumento su consumo de alcohol, de anfetaminas y de cocaína, embarcándose en un viaje enloquecido de viernes a domingo. El valium apenas le permitía dormir unas horas hasta aparecer en su trabajo con ojeras de vampiro y una palidez que Michael Jackson ya hubiera querido para él. Su mujer lo convenció para que ingresara en un centro de desintoxicación para politoxicómanos y consiguió curarse de sus adicciones en menos de un año, pero él ya no era el mismo ni su mujer tampoco, y un buen día ella se marchó. Había dejado una nota pegada al frigorífico que decía: “me voy de casa, esto no funciona”, pero él no podía entenderlo, el frigorífico enfriaba de puta madre. Poco después se dio cuenta de que se había quedado solo.

             

        Ante tanta adversidad, Poli intentó rehacer su vida apoyándose en una dieta vegetariana y en el deporte. Cada mañana corría durante dos horas, le daba igual que nevara, que fuera domingo o lunes, la salud era su nueva obsesión. Corría y pensaba en la cantidad de venenos que había ingerido cuando era adicto a la heroína, mientras respiraba a pleno pulmón el monóxido de carbono que vomitaba el tubo de escape del autobús de la linea 7. Se sentía orgulloso por haber derrotado a la cocaína, mientras le caía una fina lluvia ácida sobre la cabeza. Recordaba los dos años largos que llevaba sin probar ni una gota de alcohol, mientras reponía fuerzas comiendo una manzana con la piel llena de pesticidas. Cuando cruzó el río de aguas turbias que había junto a la central térmica, se encontró con una serpiente que presentaba mutaciones extrañas en su ADN, tenía dos cabezas y en lugar de cascabel usaba pandereta. Unos metros antes de llegar a su casa, cayó desplomado victima de un paro cardíaco. El forense que realizó la autopsia, declaró que su muerte fue debida a la ingesta de sustancias tóxicas de procedencia indeterminada.  


6 de enero de 2014

Un agujero en Navidad




      
      La Navidad siempre me ha parecido, como mínimo, una época arriesgada. Un periodo irreflexivo que nos transforma en actores secundarios dentro de la parodia religiosa de la familia unida, entre gambas, polvorones y un montón de alcohol. Durante estos días de botellón familiar, intentamos ser amables y generosos con los que están a nuestro alrededor, como si esta representación nos diera derecho a actuar de una manera menos comprensiva durante el resto del año. De manera progresiva, la fauna se va transformando y te puedes encontrar en plena cena con Martínez el facha, con Santa Teresa de Calcuta, o con el cultureta gafapastas que intenta venderte una película de Ingmar Bergman contra el aburrimiento.   
                                                                                                
       Debido a la inercia, esa noche me encaramé en el techo y observé desde un plano astral la cena de Jesucristo y los doce apóstoles; la maría no era nada del otro mundo pero perdí el hilo de lo que decía mi interlocutor sobre marejadas, anticiclones, marejadillas y una presentadora de Telecinco. Yo acompañaba sus conjeturas con leves movimientos rítmicos de cabeza, aunque no me importaban ni un capullo sus delirios climáticos, y mientras se incorporaban algunos tertulianos en tan interesante cháchara, pensaba en la teoría de la idealización de los desconocidos, esas personas a las que otorgamos el beneficio de la duda hasta que intuimos que sus esquemas mentales y sus mecanismos automáticos pertenecen a la misma especie de homínidos, seres extraños e imperfectos rodeados de problemas insolubles que están a medio camino entre el mono y el ser humano liberado, y como en una ley no escrita de igualdad universal, antes de terminar la tesis de maduración descubrimos que todos chapoteamos en la misma balsa.   

       Después de descorchar la enésima botella de cava, comencé a oír cosas como que "la realidad es una alucinación producida por la falta de alcohol", o que "la vida es una barca, como dijo Calderón de la mierda". Era evidente que el alcohol solapaba las ideas, y entre tanto desvarío que amenazaba con crecer indefinidamente, volví a deambular por realidades distintas montado en una voz en off que pedía con fuerza la aparición de un agujero negro que limpiara el escenario. En ese momento alguien dijo que en el estado de Colorado habían legalizado la marihuana para uso recreativo y empezó a cundir el pánico entre el personal más ebrio y ortodoxo. Discretamente me levanté de la mesa buscando la navidad y coincidí con ella en la cocina, quedándome accidentalmente encallado entre el frigorífico y sus pantalones vaqueros.



29 de julio de 2013

Barreras Generacionales



        Dicen que existen unas barreras entre generaciones que se forman como los arrecifes de coral y día a día las sedimentaciones construyen muros invisibles.
Carmen llevaba unos meses trabajando con nosotros, era guapa, extrovertida y sobre todo muy joven. Durante la interminable comida de navidad con los compañeros del banco y antes de los postres, decidimos escaparnos a un bar de copas cercano para fumarnos unos cigarros, y pongo a dios por testigo que no había por mi parte ninguna intención deshonesta en ese encuentro al más puro estilo Lost in Translation.

        En la terraza del bar me pidió mi dirección de twitter mientras tecleaba algo en el smartphone a una velocidad de vértigo. Le contesté que no tenía y en su cara aparecieron signos de incredulidad. Empezamos mal y para romper el silencio que se había creado, saqué el asunto de los políticos corruptos que habían arruinado el banco. Su respuesta me hizo abrir levemente la boca: "la política nunca me ha interesado, pero voto a los conservadores para que los zánganos no se aprovechen del trabajo de los demás". ¡Vaya por dios!

        Se declaró una apasionada del cine, y analizando sus filias y sus fobias cinematográficas me di cuenta de que todas sus predilecciones se situaban sistemáticamente en el siglo XXI.
        No le gustaban las películas de Woody Allen porque le parecían especialmente paridas para gafapastas introvertidos:  ".....y además, un tío que se ha casado con su hija......¿qué se puede esperar de él?”  Yo le dije que tenía razón, intentando crear cierta empatía. Le hablé de `Réquiem por un sueño´ y antes de acabar me dijo que las películas de yonkis le parecían repugnantes. 
Otro pinchazo en hueso, y sin darme ninguna tregua me bombardeó con historias del flickr, el mp4, las series de Antena 3, el myspace, el tuenti y la última película de Justin Timberlake, y sin entender muy bien lo que me decía, me sentí igual que una monja de clausura viendo un desfile de carrozas del orgullo.

        Pensé que las películas de ciencia ficción podrían ser el primer punto de encuentro y antes de confesarle mi fascinación por Blade Runner, me dijo que esa película pertenecía a la prehistoria y que le molaba más el Lobezno del Jackman. Dirigí la mirada al cielo para recibir indicaciones divinas y cambié de tercio con una película bélica: `Apocalypse Now´, pero el nombre le sonó a chino.

        Mi empeño por reducir nuestra distancia generacional estaba resultando un fracaso y probé en el terreno de la música, constatando que ella lo tenía muy claro: “Me encanta oír los 40 Principales y creo que El Canto del Loco ha tocado la cima de la música, el mismo día que sacó su último disco fue trending topic", dijo Carmen preguntándome por el tipo de música que me gustaba a mí. Oculté mi desconocimiento sobre los nuevos términos de audiencia y mi nulo interés por determinado pop actual y le dije que me gustaba todo, desde Joni Mitchell hasta José Gonzalez. Me miró como si hubiera blasfemado y me contestó con bastante sorna que José Gonzalez le sonaba a un mariachi y que yo era el segundo que ella supiera, además de su madre, que le gustaba Joni Mitchell. Solo se me ocurrió decirle que su madre tenía muy buen gusto, pero me acordé también del resto de su familia.

        Con cierto nerviosismo miramos el reloj al mismo tiempo mientras pagaba las copas. En ese momento vino a mi memoria una canción de Steely Dan que relataba la primera y única cita entre un músico de jazz que había pasado de los cuarenta y una veinteañera, y en la que ambos fueron incapaces de intercambiar un par de frases con sentido. 

24 de junio de 2013

Angel City



        Esa noche húmeda de verano fui solo al Angel City, un refinado disco-bar al aire libre en el puerto de Alicante, de tendencia retro, música de los sesenta y maduras con dinero, como Pilar. Ese día ella tenía una reunión de trabajo, o eso me había dicho, y decidí poner en orden mis ideas ejerciendo de rodriguez. Pilar era una adicta al deja vu del Angel City, seguramente porque rondaba los cincuenta. Los años iban pasando inexorablemente y a pesar de sus intentos con cremas anti-age, dietas y gimnasios, el tiempo no se dejaba sobornar. Le pedí al camarero un zumo y me senté en la mesa más alejada de la pista de baile, resguardado de los distorsionados sonidos agudos de los bafles y con una espectacular vista del centro de la ciudad temblando sobre el agua del puerto. Era el lugar perfecto para utilizar por primera vez el verbo pensar; después de veintiséis años, debía visitar mi centro de control y reprogramarlo.

      Cuando ya me encontraba inmerso en mis pensamientos, se acercó a mi mesa una señora en un lamentable estado etílico con la intención de sentarse; llovía sobre mojado. Con poca delicadeza le dije que se evaporara, añadiendo un gesto explícito con las dos manos para que no quedara ninguna duda. Respiré hondo para relajarme, activé todos los sentidos y el calor de esa noche de julio se acercó amistoso, como un aliado. Comencé a recibir oleadas de vapores salinos; la brisa fluía con olor a marisco del puerto; bocanadas de tabaco rubio se elevaban lentamente formando imágenes caprichosas frente a mis ojos, y no podía faltar una fragancia lejana e intermitente de pachuli. Solo desentonaba en ese universo perfecto, el desatinado baile que exhibían los voluntariosos cincuentones en la pista. Entre tanta madurez, vi a una chica morena que venía hacia mí y comencé a pensar que quizás lo más apropiado para meditar hubiera sido subir a la cara oscura del castillo.

  • Tú debes ser Jose Arcadio Buendía, ¿acierto? -- dijo sentándose a horcajadas en la silla.

  • ¿Como? …..  --  tardé en reaccionar pero respondí a su adivinanza -- así es, entonces tú debes ser Úrsula Iguarán.

  • ¡Vaya, si sabe leer!  -- dijo burlona -- ¿Por qué alguien como tú bebe zumos por la noche? -- me preguntó como si hubiera cometido un delito.

  • Porque las erecciones son más potentes -- le dije para espantarla.

  • ¿Que haces aquí?, dime la verdad. Esta es una discoteca para gente mayor -- me sermoneó ella que seguramente no tendría mas de dieciocho o diecinueve años.

  • Y tú.....¿ no deberías estar jugando en el parque? -- le repliqué.

  • ¿Jugando en el parque? Espero no estar hablando con un pervertido -- me dijo reprimiendo la risa -- para tu información, estoy con mi madre y con sus amigos celebrando su cumpleaños y he venido a averiguar si tú estás embalsamado como los otros.

    ¡Vaya que suerte! Me había tomado como un pasatiempo. Concentré mi mirada hacia la pista de baile sin apenas parpadear esperando que se aburriera y abandonara la mesa, pero ella se acercó un poco más y me dijo apuntándome con el dedo:

  • Solo, en una discoteca de carrozas........ eso indica que solo puedes ser dos cosas: o un espía, o …..

  • …..o un narcotraficante -- le completé la frase esnifando un polvo invisible.

  • No era narcotraficante la palabra que iba a decir, era gigoló.

        Me había cogido con la guardia baja, no sabía que hacía allí esa niñata interrogándome y riéndose de mi descaradamente. Caperucita se había acercado al lobo y por lo visto no se había dado cuenta, o peor: le daba igual, o mucho peor: el lobo era ella. Inició un monólogo en el que me negué a participar; estudiaba primero de medicina pero lo iba a dejar, decía que el cáncer le estaba ganando la partida a la medicina y no quería formar parte de un equipo perdedor, pero a mí me daba la impresión de que la niña de papá se había cansado de jugar a Jack el destripador con los fiambres en formol.

        Me dijo que la antropología sería su próximo destino. Esa declaración de intenciones me hizo abandonar mi mutismo: "casi nadie sabe a que coño se dedica un antropólogo, y para empezar, eso me gusta. Los antropólogos que conozco no buscan una cómoda situación económica, más bien buscan respuestas, una señal que les indique el camino, un salvoconducto para atravesar fronteras, o simplemente una vía para reconciliarse con nuestra especie". Cuando Virginia terminó su exposición, me pareció que su manera de pensar no era la de una niña `bien´ y que el Angel City nunca había brillado de esa manera. 

        Una atractiva mujer que yo conocía muy bien apareció entre las luces e interrumpió nuestra conversación, era su madre que había estado buscándola por toda la discoteca. Con su descaro habitual y tapándose la boca para ocultar la risa, Virginia mintió presentándome como Jose Arcadio, un compañero de la facultad, y a su madre me la presentó como Pilar, algo que yo ya sabía. Le dí dos castos besos y Pilar solo acertó a esbozar una sonrisa artificial, desencajada, de esas que aparecen cuando se quiere ocultar un oscuro secreto. Me despedí de Virginia con un hasta pronto, y mientras se marchaba, mis ojos se tornaron estrábicos mirando por un lado su cara sonriente, y por otro, sus ajustados pantalones vaqueros.
 

4 de junio de 2013

Crisis de identidad



        Recuerdo muy bien el momento en el que advertí la presencia de un intruso en mi interior, fue viendo un partido de fútbol por televisión. Durante el partido, incomprensiblemente mi mano derecha apretó el botón numero dos del mando a distancia, y sin poder evitarlo, me cargué un documental entero donde se podía ver detalladamente el apareamiento y la reproducción de las focas siberianas. Intenté varias veces volver al canal que emitía el fútbol, pero algo me lo impidió. Al principio me pareció un pasajero desdoblamiento de personalidad y no le di mayor importancia, pero progresivamente los síntomas se acentuaron y comencé a preocuparme. A veces podía sentir detrás de mi cabeza el aliento de un visitante oculto que me vigilaba y provocaba que mi calidad de vida se resintiera notablemente. Por ejemplo, cuando realizaba trucos de prestidigitador jugando a las cartas (hacer trampas dicen los ignorantes), existía la posibilidad de que el visitante pudiera delatarme y tirar por la borda mi reputación labrada durante tantos años. Era una situación estresante, y no digamos cuando realizaba actos inconfesables con una mujer, ahí estaba él, mirándonos, como un voyeur pervertido, impidiendo mi concentración y consecuentemente, corriendo el riesgo del temido gatillazo. 

        Ante el miedo a perder irremediablemente la cabeza, pedí ayuda a Damián, el bajista del grupo y creyente de todo lo que uno pueda creer en este mundo, desde los ovnis con marcianos verdes hasta la teletransportación física a otras dimensiones. Me aconsejó acudir al párroco del barrio de Malasaña, un sacerdote muy discreto que estaba especializado en exorcismos y que con toda seguridad solucionaría mi problema. Durante la sesión, me hizo vomitar una pasta verde que había ingerido unos minutos antes. Debía insultar a diestro y siniestro a cualquiera que estuviera junto a mí, y para terminar, el cura intentó girar mi cabeza 360 grados, argumentando que así el diablo saldría de mi cuerpo, pero la cabeza que estuvo a punto de rodar por el suelo fue la suya. El intento fue en vano y además el cura me denunció por agresión (yo le dije que había sido el diablo), pero el inquilino seguía dentro de mí.

        Con ciertas reservas y sin muchas esperanzas, visité a mi médico de cabecera. Me animó y me dijo que esos problemas eran de fácil solución y seguramente debidos a la crisis económica. Me dio unas pastillas para relajarme, pero fue un fracaso total. No vomite pasta verde como en el método exorcista, pero estuve quince días con problemas estomacales, y el okupa seguía allí.

        El padre de mi novia se interesó por mi problema y me invito a una sesión de yoga. Me presento a su profesor y este me aseguró que me curaría en una sesión; debería alejar de mi mente todos los pensamientos y cualquier elemento espurio que me impidiera reconocer al inquilino y sacarlo de mi interior. Me integré en la sesión con mi suegro y con un grupo de unos veinte jubilados con chándal que parecían sacados de una manifestación de yayoflautas, y después de las respiraciones y la relajación, el profesor comenzó a inducirnos hacia un estado de meditación, pero quedo abortado porque uno de los viejos soltó un sonoro pedo y la meditación se convirtió en risoterapia. Pero no desistí, cuando llegué a casa hice el ejercicio de yoga como me había indicado el profesor. Comencé a aislarme hasta conseguir parar todos los pensamientos y quedarme cara a cara con el huésped. Las peores previsiones se hicieron realidad, ese personaje oculto....... era yo, mi verdadero yo estaba prisionero en una jaula. Entonces ¿quién era el que estaba en la superficie? ¿quién era el del DNI?  Claramente, mi cuerpo había realizado un golpe de estado y quería eliminar mi conciencia.

        Debido a mi inclinación hacia las causas perdidas, cambié de bando y me identifiqué con mi yo interior, con mi conciencia. Yo sabía perfectamente que mi cuerpo pretendía todo el poder, pero no podía luchar a vida o muerte contra él, lo necesitaba para casi todo, él tenía la sartén por el mango y no me quedaba más remedio que negociar. Nos fuimos a tomar unas cervezas para relajar tensiones y llegar a un acuerdo, pero lo que sucedió allí merece un arduo esfuerzo de comprensión: después de tres horas de acaloradas discusiones, acabamos bebiendo tequila con limón y otros brebajes indescriptibles, algo que seguramente provocó la aparición de otros dos invitados: el alma, ese que pesa veintiún gramos, y el antimateria, incluido en la teoría de la física cuántica ("a cada unidad de materia le corresponde una unidad idéntica de antimateria”).  Al final, acabamos organizando una timba y jugando al poker durante toda la noche. 

         Ahora somos cinco, se nos ha unido mi ángel de la guarda; lo que se dice proteger, no protege, pero asusta. Y por fin, ahora toda va bien, solo he tenido que realizar algunos cambios, utilizar la  intuición y un poco de sentido común:  me he mudado a un piso de cinco habitaciones para que cada uno tenga su intimidad, he cambiado de novia (ahora salgo con una que esta pasando por una crisis de identidad), y por último, me he comprado un monovolumen de diez plazas, por si nos vamos los diez de picnic.


21 de marzo de 2013

Una crisis terrorífica


   
        Román, un mecánico barcelonés en paro, Carmen, sin profesión conocida, y la abuela de Carmen, una anciana con principios de alzheimer, sufrían el azote de la profecía de las vacas flacas. 
La crisis les había golpeado duramente, como a todos los peones de este tablero de ajedrez llamado economía global. Con la pensión de la abuela, el paro de Román y lo que ganaba Carmen limpiando el pub que estaba en los bajos de su edificio, conseguían llegar a fin de mes y pagar la hipoteca de manera casi milagrosa. A Tobi, un dálmata de tres años, también le había llegado los recortes, ya no lo llevaban al veterinario. Carmen lo justificaba diciendo que eso era cosa de urbanitas, que en su pueblo todos los perros estaban sanos hasta que les llegaba la hora, y sin ningún veterinario. Y por    supuesto a Lolo, un gato siamés, se le acabó su comida especial.

        En Noviembre de 2014 la situación se tornó más oscura. Los recortes del gobierno redujeron el importe de los subsidios de desempleo y las pensiones casi en un cincuenta por ciento, y además, Carmen dejó de trabajar en el pub, el dueño desapareció sin haberle pagado los dos últimos meses. Tuvieron que reducir los gastos al máximo, comer en los comedores sociales y pedir alimentos básicos en la cruz roja. Román que siempre había formado parte de la mayoritaria clase media, fue consecuente, y en ese momento formaba parte de la mayoritaria clase baja, pero lo importante era no perder el piso, haría lo que fuera necesario para evitar que el banco arruinase su vida. Tan solo pensar que podía convertirse en un sintecho arrastrando a toda su familia, le producía escalofríos.

        En Enero de 2015 se anunció la suspensión de los programas de asistencia alimentaria de Cruz Roja, Cáritas y comedores sociales. Los fondos y donaciones no llegaban al diez por ciento de lo que la población sin recursos demandaba. Toda la ayuda se canalizó desde cuarteles militares mediante cartillas de racionamiento, las cuales no garantizaban los escasos alimentos que allí se distribuían si no se guardaba cola con más de tres o cuatro días de antelación. Ante esta situación, no tuvieron más remedio que utilizar el escaso dinero del subsidio de desempleo y la pensión de la abuela para alimentos básicos, luz y agua, renunciando a pagar la hipoteca a la espera de mejores tiempos. Román comenzó a recoger chatarra y cartones de los contenedores de basura mediante un carro de madera que él mismo había fabricado, mientras que ellas recogían hierbas del Parque del Laberinto para cocinar sopas experimentales.

        Abril de 2015 fue un mes muy duro para ellos, el pesimismo se reflejaba todos los días a la hora de comer, apenas hablaban, solo la abuela balbuceaba algunas frases sin ton ni son. Tenían algo de leche que utilizaban para el desayuno y la cena, y el menú fijo para las comidas era pan y sopa de finas hierbas con sal. Antes de empezar a comer, el gato acudió para pedir las sobras y Román lo miró fijamente, después miró a Carmen, y esta a la abuela. Los tres se relamieron. La abuela fue la encargada de matarlo, pero al intentar darle un golpe en la cabeza, el gato se movió y la abuela se rompió dos dedos al golpear con el puño sobre el fregadero. Carmen le rompió el cuello al gato con gran destreza, como si fuera una experta en estas lides, entablilló los dedos de la vieja para evitar el copago del hospital y media hora después, el gato estaba desollado, cortado en piezas, y llenando de alegría esos platos de sopa con ….... carne.

        En junio de 2015 la crisis se agudizó más todavía. Apenas se podía transitar por las calles sin ser atracado, violado o asesinado, en medio de un escenario de basura y escombros habitado tan solo por las ratas, ya que los gatos habían desaparecido misteriosamente. Román y Carmen ya no hablaban, utilizaban un sistema de comunicación telepático para ahorrar energía. Habían perdido tantos kilos que parecían caricaturas de ellos mismos, absortos casi todo el día, mirando el televisor incluso cuando estaba apagado. Mientras sorbían la sopa de hierbas de manera ruidosa, la abuela disparató sobre una noticia que había visto en televisión: “en china se comen a los perros y dicen que tienen buen sabor”. En ese momento, Tobi dormía tranquilamente en su cesta, pero se despertó al sentir sus miradas torvas e inquisidoras, y sin un ápice de compasión fue reducido por los tres, lo llevaron a la bañera y lo mataron con un cuchillo jamonero. La alegría iluminó sus caras, había dálmata para una semana y mientras lo despiezaban, la abuela no pudo evitar salivar repetidamente. La comida fue espectacular, aderezada con ajos y finas hierbas, y mientras comían a dos carrillos, empezaron a experimentar una nueva forma de alimentarse hasta entonces desconocida para ellos, nuevos sabores y nuevos horizontes, rompiendo tabúes occidentales. El perro dálmata era un manjar de dioses.

        En septiembre de 2015, Román pidió al banco una refinanciación de la hipoteca, y a la semana siguiente vino la procuradora para conocer la situación económica familiar in situ. Quiso saber donde estaba la abuela, pero no tuvo una respuesta convincente. Román le dijo que se había ido unos días al pueblo de su hermana, pero la procuradora se levantó y le dijo que hasta que no apareciera la abuela no habría refinanciación. Sin duda, el dinero de su pensión era importante para el pago de la hipoteca. Cuando se dirigía hacia la puerta, Román le corto el paso con un fémur en las manos, mientras Carmen, imitando la voz de la abuela con la dentadura postiza en la mano, dijo: “procuradora, estoy aquí”. Aterrorizada, la procuradora se dio cuenta que de la abuela solo quedaban los huesos. El miedo provoco un goteo rítmico de orina sobre sus pies mientras Carmen babeaba e imaginaba los solomillos, chuletas e hígado que iban a degustar ese mismo día, y ella parecía estar en buen estado, no como las dos testigos de jehová que vinieron a visitarlos el mes pasado. La carne de las religiosas no estaba tierna, más bien les pareció algo reseca. Antes de que intentara escapar, Román la golpeó con fuerza con el fémur de la abuela. La procuradora quedó  semiinconsciente, pero vio como la introducían en la bañera y ordenaban meticulosamente un surtido de cuchillos, artilugios de carnicero y bolsas para el empaquetado de la carne; y como en una pesadilla, los oía hablar con voces graves y pausadas:

            --  Por favor Carmen, dame el cuchillo numero cuatro. 
            --  Toma, pero todavía está viva.
            --  Si, ya lo sé, pero por poco tiempo.


27 de febrero de 2013

Sicario Sunset



        Los reflejos del sol sobre la Smith and Wesson alumbraban las paredes de la habitación, simulando el efecto de las bolas de espejos de las discotecas. Era un ritual, Martín limpiaba y revisaba todos los mecanismos de la pistola un día antes de realizar el trabajo. Presionó el gatillo y comprobó el bloqueo del percutor, introdujo mecánicamente los diecisiete cartuchos en el cargador, con muescas en la punta de las balas para provocar un agujero de salida en el cuerpo de las víctimas del tamaño de una ciruela. Repasó meticulosamente todos los datos del empresario Enrique Byass, sobre todo el horario en el que iba a llegar al chalet de Las Rozas y su itinerario, ese era el momento en el que Byass estaría totalmente solo, porque un sicario profesional, y él lo era, siempre evita que los daños colaterales arruinen su trabajo. Salió a la terraza para contemplar como el sol buscaba otros continentes, se sentó en su sillón de mimbre y vio pasar todos los colores mágicos de la puesta de sol. Nunca había sentido esa atracción por los atardeceres, ni siquiera recordaba haber sido consciente de su existencia, pero desde hacia unos meses los contemplaba como si fueran estrenos de cine.

        Siguió desde una prudente distancia al Mercedes E550 que conducía el empresario, esperó a que llegara y cuando accionó el mando a distancia de la puerta del chalet, Martín aceleró su coche y entro junto a él, quedando los dos coches dentro del chalet. Byass comprendió al instante la situación y salió corriendo hacia la puerta trasera, pero Martín con las dos manos en su pistola le alcanzo en la espalda, Byass gateó moribundo hasta que Martín le puso la pipa en la cabeza y le descerrajó un tiro de gracia. Como ya le había pasado en su último “trabajo”, sintió una extraña sensación de repugnancia, como la que sienten los que ven a un muerto por primera vez.

        El aire se impregnó de un olor dulzón y nauseabundo. Martín lo conocía muy bien, era el olor de la sangre, esa que en sus primeros asesinatos formaba un charco armónico, pero ahora aparecía como una luz roja de alarma. La mayoría de sus víctimas eran voraces empresarios de la construcción, concejales corruptos, mafiosos y traficantes, y sus muertes nunca le habían importado un carajo, pero hoy sentía ganas de vomitar, esa cabeza destrozada no era el mejor aperitivo para cenar.
Salió del chalet y cambió de coche a unos pocos kilómetros de allí, se quito los guantes y el pasamontañas, y mientras conducía pasaron por su mente las caras de terror de sus ya treinta victimas, con la mirada inerte y sus manos intentando alcanzar alguna escapatoria. Esas víctimas ocupaban un lugar fijo en sus pesadillas todas las noches.

        Comenzó a matar hace diez años, a los veinticinco. Su segunda víctima fue un sicario duro y correoso que no merecía una muerte rápida. Ese fue el encargo, y le metió quince balazos. Empezó por las piernas, después le reventó las pelotas y acabó por el vientre. Esperó junto a su víctima hasta que murió, con todas sus tripas por el suelo y varios litros de sangre derramados por toda la casa. Cuando terminó, se ducho y se fue a comer. Eran otros tiempos, él era un depredador que vivía en la selva.

        Al salir de una curva vio un cuerpo sobre la carretera, bajó del coche y comprobó que era un perro atropellado, seguramente uno de los miles abandonados todos los años por sus dueños. Tenia las patas traseras rotas, varias costillas dañadas, y en su agonía, el perro sufría convulsiones. Martín arrancó el coche para irse, pero durante unos segundos se mantuvo allí mirando fijamente al perro. Volvió a parar el motor, lo subió con cuidado en el asiento trasero y lo llevó a una clínica veterinaria.
Después de una revisión inicial, el veterinario le confirmó que se salvaría, debería permanecer un par de semanas en la clínica y podría llevárselo si quería. Martín le dio al veterinario quinientos euros como adelanto, le dejo su teléfono para recoger al perro después de la operación y le pidió un formulario para realizar los trámites de la adopción.
Al despedirse, el veterinario le dio la mano y le dijo:

          -- Ojalá hubiera más hombres como usted, lo que ha hecho es un ejemplo de bondad.
        --Gracias, pero no me considero ningún ejemplo de bondad. No se fíe de las apariencias, puede que sea un asesino, quién sabe. – replicó Martín sonriendo
        -- No creo, usted es de esas personas en las que confiaría mi vida, lo dice mi intuición y no suele equivocarse. 
       
        Entró en el coche y cerro los ojos, sabía que las palabras del veterinario calificándolo de bondadoso habían destapado algo en su interior que inconscientemente ocultaba. Esas palabras habían sido como una carga de profundidad que tarde o temprano estallaría. Sí, no sabía como había ocurrido pero empezaba a amar la vida, desde su más amplio sentido, la vida en mayúsculas, pero ya era muy tarde. Lo único que sabía hacer era matar e intuía que la ley del karma no le permitiría vivir de incógnito. Su pensamiento buscó al perro que acababa de salvar, solo esperaba que alguien lo adoptara, alguien que amara la vida como él y que no tuviera un pasado.

        Al atardecer, Martín se sentó en el sillón de mimbre de la terraza de su ático del centro de Madrid, el cielo estaba despejado y su campo de visión era una espectacular puesta de sol que llenaba de luz rojiza la ciudad. Cuando el cielo se vistió de azul oscuro, sonó un disparo y se apagaron todas las luces.

23 de julio de 2012

Crónicas desde el infierno



              A veces nos sorprende, es caprichoso, absurdo, justiciero, y aunque luchemos con todas nuestras fuerzas, siempre acaba derrotándonos. Todo comienza como una comedia, poco a poco nos sumerge en el terreno del drama e inexorablemente acabamos en las garras de la tragedia. Estoy hablando del destino.


              Pero a veces el destino no sigue esa pauta. Nunca he contado lo que me sucedió aquel día, pero siempre hay una primera vez.................era una mañana fresca de marzo, las nubes pintaban de gris el monótono paisaje de la autopista y el zumbido del motor era la banda sonora de la película. 

               Durante todo el viaje tuve la sensación de que las cosas sucedían de una manera predeterminada, al margen de mi voluntad. En el aire flotaba una tensa calma que se rompió cuando la rueda izquierda delantera del Audi reventó, cruzando sin control la mediana. El coche impactó lateralmente contra una furgoneta negra, volviendo a cruzar la mediana hasta ser embestido violentamente por un trailer de gran tonelaje que circulaba en mi sentido original. El golpe me saco de la carretera y comencé a dar vueltas de campana. El coche aguantó bien el zarandeo de las primeras vueltas hasta que el sonido desapareció, y en la enésima vuelta de campana se apagaron las luces.

                A los pocos segundos, estaba en una de las múltiples colas que había en un pabellón vetusto y metálico, como un hangar de la segunda guerra mundial. Aturdido y confuso me preguntaba donde coño estaría, ¿en un nuevo Mauthausen producto de la crisis? Tenía algunas heridas superficiales pero ese lugar no era un hospital, y por más que lo intentaba, no conseguía recordar nada después del accidente. Quise preguntar a una anciana que estaba delante de mí, pero tenía clavado un hacha en la cabeza y preferí no importunarla. 
      Alguien me llamó por mi nombre en la mesa de al lado, alcé la vista y vi a un funcionario de pelo blanco indicándome con la mano que me acercara. Se llamaba Rodrigo y parecía recién salido de la película Casablanca. Me acerqué y le pregunté donde me encontraba, confesándole mi fundado temor de haber perdido la memoria. Sin inmutarse, el funcionario  me ordenó que me sentara, recitándome de memoria un texto estándar que habría repetido miles de veces en en el que decía de manera ambigua que me encontraba en una estación, en un proceso crucial que decidiría si mi destino final era el cielo o el infierno. Ante tal declaración, pensé y pregunté al mismo tiempo temiendo la respuesta:

        - ¿Estoy muerto? 

        - Técnicamente sí, igual que yo, igual que todos los que estamos aquí. Está en la estación de transición, también llamada purgatorio. Me llamo Rodrigo Pisano  - se presentó con un marcado acento porteño, los argentinos están en todas partes, pensé  - nuestra función es dirigir a cada difunto al lugar más adecuado para su nueva vida, dependiendo de los pecados que haya cometido, de sus merecimientos y de otro tipo de parámetros. Realizaré cien acusaciones sobre presuntos pecados de los que tenemos constancia y de los que usted debe defenderse. ¿Preparado? - me preguntó mirándome por encima de las gafas.

        - ¿Esto es un juicio? - le devolví la pregunta.

        - Si lo quiere llamar así, sí. En este caso, para usted es el juicio final.

        - Ah.... claro, estoy listo, adelante – le conteste preparando mentalmente la estrategia a la que debía jugar para ganarme el cielo: negar y mentir.

        El funcionario comenzó a leer mi curriculum completo, incluyendo hechos en los que me encontraba totalmente solo, luego era cierto, dios estaba en todas partes y mira que me lo habían dicho: "cree en dios, aunque solo sea por precaución".

        - Javier Romero, nacido en Madrid, …....... transbordo a la estación transitoria desde la autopista AP-7 por accidente de tráfico...........la primera acusación.........veo aquí que defraudó a hacienda100.000 € en el ejercicio 2005, ¿qué tiene que decir sobre esto?

          - Es falso, el banco en el que trabajaba inflaba las cifras de gastos pero nos pagaba menos y así conseguía pagar menos impuestos. Me imagino que me va a creer a mí antes que a un banquero, ¿no? 

          - Le creo Javier, todavía recuerdo el corralito cuando estaba vivo. Políticos y banqueros especulaban con nosotros a su antojo. Los que tienen la plata son los dueños y permiten que soñemos con un mundo democrático, pero no es una democracia real.

          El primer asalto lo había ganado, además había creado una atmósfera de complicidad. La táctica funcionaba.

          - Señor Romero, según mis datos, la sinceridad nunca fue su mejor virtud. ¿Es cierto?

          - Rodrigo, tendrá que convenir conmigo que decir la verdad es duro e hiriente, incluso se podría calificar como forma sádica de maltrato. Yo no soy un sádico, y si mis mentiras piadosas son un pecado, que conste en acta que son producto de mi amor por el prójimo – mentí descaradamente.

          El funcionario dio su veredicto positivo a mi defensa y ya estábamos en la tercera acusación, la guerra.

              
        - ¿Participo en la guerra de Irak de manera activa?

          La pregunta me pilló a contrapie, frío, sin capacidad de reacción. Pagaría lo que fuera por un método científico que me devolviera al pasado y evitar la vergüenza de haber sido un mercenario. Si encontrara esa fórmula, rectificaría más de un error aunque suene extraño. Ahora nadie se arrepiente de nada, si eres un asesino en serie no te arrepientes porque te ha servido para aprender. Sí, seguramente anatomía.

                Sabiendo que no podía seguir esquivando preguntas, decidí atajar y tocar la fibra sensible de Rodrigo, debía intentar que se sintiera identificado conmigo, que recordara que yo era solo un simple pecador, indefenso y desamparado, y como tal, una victima que merecía la redención y la gloria.

        - Rodrigo, permítame que le diga que por su manera de hablar y su mirada directa y certera, sé que usted es una persona que conoce perfectamente a cada difunto que tiene enfrente, ¿acierto?

        - Modestia aparte, cuando veo a alguien por primera vez, sé si es una alma pura o es un pecador empedernido, y siempre acierto.

        - Bien, pues hoy es viernes, ahórrese trabajo y certifique lo que esta viendo, dígame si merezco el cielo o el infierno. Sea cual sea su decisión la acataré sin rechistar y me declararé inocente o culpable, lo que proceda.


          - Señor Romero, si me pide sinceridad, allá va: usted merece ir al infierno, sobre todo por su desordenada vida sexual, pero tengo que decirle que se defiende mejor que algunos abogados que he conocido y si sigue con las preguntas, seguramente se salvará del infierno, pero ..... ¿está seguro del destino que prefiere?

                   El giro en el interrogatorio y el extraño comportamiento del funcionario me abrió los ojos, era el momento más importante de mi muerte y no podía fallar. Quise indagar sobre mis dos posibles destinos y me animé a pedir información reservada.

        -  ¿Que menús hay en el cielo, Rodrigo? ¿Hay conciertos de rock? ¿Sexo, aunque sea casto?


                                    - Romero, en el cielo no hay sexo, ni 
          los ángeles ni los humanos que ingresan en el cielo tienen ningún tipo de apéndice ni orificio de entrada, los deseos sexuales se subliman con los cantos gregorianos. Allí no es necesario comer ni beber, y todo el día se reza en infinitas columnas, como un gran ejercito de seres perfectos que se arrodillan al paso de dios. La población del cielo esta formada por las cúpulas del vaticano, políticos, personajes ricos e influyentes, delincuentes de cuello blanco, traficantes, y los millones de avispados que han trabajado su llegada al cielo como un plan de pensiones.

           La descripción que hizo Rodrigo del cielo, cambió mi punto de mira.

        - ¿Temperatura media del infierno?   - le pregunté con la intención de que se explayara.

        - Desde el año 1950 hay aire acondicionado,  - sonrió - el infierno es una estación parecida a la que vivíamos en la tierra, pero sin políticos ni religiosos, sin maleantes, sin dinero y sin propiedades. Cada uno trabaja en lo que realmente le gusta y las tareas menos demandadas son realizadas por robots fabricados por la colonia de japoneses residentes en el infierno. Todos los días hay festivales de jazz, blues, bossa, cine y fiestas de todo tipo. El sexo es uno de los productos principales de ocio, allí ya saben que eso del amor de pareja es un camelo, que solo es un proceso químico pasajero. Los productos autóctonos de la zona destacan por su calidad, plantaciones de  marihuana curativa y sobre todo los destilados de malta que ya están siendo exportados a la tierra, de estrangis por supuesto. Ah, de esto ni una sola palabra  - dijo el funcionario con el indice sobre la boca.

        - Confieso que merezco ir al infierno , adelante, proceda   -  la decisión ya la había tomado, solo rezaba para que el funcionario estuviera en lo cierto.

        Rodrigo se aclaró la voz y leyó de manera solemne un contrato que curiosamente ya tenia preparado, declarándome culpable y condenándome a pasar el resto de mis días en el infierno. 

         - ¿Alguna pregunta más antes de partir, Romero? 

        - ¿Voy a volar en primera o en clase turista? 

        - Al infierno se va en metro - Sonrió y me estrechó la mano. Sin duda fue el inicio de una gran amistad.

          ............... Sentado en una terraza acuática, puedo saborear el extraño color verde de este mar situado al sur del infierno. Jimi Hendrix toca la guitarra sobre un liviano puente de madera y juraría que ha mejorado con el tiempo, como los buenos vinos. Amy toma un whisky a palo seco, celebrando su primer aniversario. Ella tenía razón, no necesitaba la rehab, ahora es más valorada por todos. Una satánica compañía con bikini negro me quita la tablet justo antes de despedirme, y ........que le vamos a hacer, estoy a su entera disposición.
                              
                  
     

Steppenwolf