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13 de septiembre de 2012

Domingo triste




        La mañana se ha despertado muy fría para un mes de septiembre, como si el verano hubiera perdido el norte. La leche humeante dialoga de manera rutinaria con el aceite que recorre la tostada y mi gato también reclama su desayuno con la mirada, sin dejar traslucir ningún sentimiento, aceptando las cosas tal como son. Intuyo que él sabe más de lo que creo y seguramente los dos pretendemos saber menos de lo que realmente sabemos, quizá porque a veces nos hace daño y simplemente dejamos que ciertas cosas se nos olviden lentamente. Él parece que lo ha conseguido, pero yo todavía no.


        Mis pensamientos juegan al ajedrez con la luz que se desliza por el gres de la cocina y alumbra un copo de cereales que cae desde la mesa. Inconscientemente comienzo a contar las milésimas de segundo que tarda su vuelo hasta que choca sin remedio contra el suelo, pero yo sigo la jugada esperando un desenlace excepcional, una señal que me guíe, que me indique el camino, pero solo veo a mi gato comiéndose el cereal sin ningún remordimiento.

        Un halo narcótico rodea a estos domingos lluviosos, con sus mañanas oscuras y grises que se comportan como notas de música confinadas bajo las teclas de un piano, esperando que alguien las libere. Vuelvo a la cama buscando sueños mágicos, pero los rugidos de la tormenta me lo impide. Las gotas de agua que se agarran al cristal de la ventana me piden una ayuda que yo no puedo prestarles, no puedo impedir que se pierdan por los desagües. Después de haber volado orgullosas entre la tierra y el cielo, convertidas en nubes blancas como el algodón y también en oscuras y amenazantes como el Réquiem de Mozart, acabar en las cloacas es un triste final. 

        Como un náufrago, intento enviar mensajes codificados en botellas de palabras, pero hoy no se me ocurre nada. 

27 de febrero de 2011

Domingo por la mañana



          Este mes de Enero ha sido muy oscuro y frío, como esas noches polares de Islandia con una luz crepuscular continua donde la serotonina escasea y la ilusión pierde gas. Los músculos de la cara que utilizo para sonreír se han vuelto perezosos y alguno no acude a la llamada hipócrita del cerebro, convirtiendo una sonrisa en una mueca parecida a la del joker, esperpéntica y pintada con dolor. Y para colmo, ayer fue mi cumpleaños. Llegó como un cuervo negro con graznidos inconexos, acrecentando mi angustia existencial y recordándome que estoy mas cerca del epílogo. Sin mucho empeño, llamé a Damián para tomar unas copas y salir de esta inercia negativa, pero no pude agarrarme a este clavo ardiendo porque él estaba más deprimido que yo. Tuve que sacar fuerzas de flaqueza y subirle el ánimo. Después de la euforia del whisky y lo demás, asomaron chispazos de lucidez para ayudarnos a asumir los reveses que sufrimos como una factura ineludible que hay que pagar. Nadie pasa de incógnito por la pasarela, hay que pagar.

        El sol de esta mañana de domingo me ha llevado a la playa de Campello, andando tranquilo por el centro del paseo, sin prisas ni objetivos, sin filtros ni ansiedad, en un viaje turístico por mis sentimientos, deshojando capas de realidad hasta descubrir los colores brillantes que ve un niño. Por alguna razón inexplicable ha cambiado mi forma de ver las cosas en veinticuatro horas, y hasta me siento afortunado y vivo.
Desayunaba en la terraza de una cafetería mientras compartía miradas entre un libro de Jung, la gente que pasaba frente a mí y las palmeras de la playa, pero esa calma se rompió cuando una camarera derramó el zumo de naranja sobre el libro,
:
        - Perdona, te traeré otro zumo, y siento lo del libro - dijo la camarera tuteándome.
        - No te preocupes, me has hecho un favor, este libro es infumable - le dije con toda sinceridad.

        Después de traerme la cuenta, me dio un libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Me negué a aceptarlo pero ella insistió aduciendo que no era un pago por el accidente de mi libro, sino un bookcrossing, una vez que lo leyera debía dejarlo de manera anónima en otro lugar. En la primera página había un número de teléfono, pero no quise preguntar. Acepté el libro y le dí las gracias mirándola a los ojos mientras toda la gente que había a nuestro alrededor desaparecía.
       

Steppenwolf