No te culpo por exhibir un cerebro tan despoblado y yermo que te impide discernir entre las cuestiones más básicas y lógicas y te convierte en un ser agresivo montado en tu propia estupidez, más bien me apena tu declaración de intenciones.
Tu raza es la raza humana, somos iguales y al mismo tiempo diferentes. La diversidad, la mezcla de colores y culturas nos enriquece, nos hace fuertes, tolerantes y comprensivos.
Cuando no quieres que otros vengan a tu tierra, se te olvida un pequeño detalle, tu tierra es de alquiler. Aunque tú creas que es de tu propiedad, existía millones de años antes que nosotros y seguramente estará después.
Tu concepto de patria, tus alambradas, tus banderas y tus fronteras son excluyentes. Todos no nos podemos sentir identificados con esas premisas porque cercenan la libertad y la igualdad. Tu patria es una cárcel con ventanas muy pequeñas. Crees en tu dios, pero no admites la existencia de otros credos. Si solo hay un dios, que no te importe como se llame.
Tu religión te prohíbe matar, pero estás a favor de la pena de muerte; no estarás creando tus propios mandamientos?
Como los males nunca vienen solos, te intuyo machista, homófobo y una persona poco dotada para empatizar con otras especies. Si pudieras alejarte un poco y ver la situación desde una perspectiva aérea, verías que tus prejuicios solo son un síntoma de egoísmo y miedo, ese miedo que te obliga a estar a la defensiva y odiar al otro, al diferente.
No te odio querido racista, ni tampoco creo que te pueda convencer con unas pocas palabras, tan solo espero que algún día, como le ocurrió a San Pablo, te caigas del caballo y veas la luz.