Hace tiempo que dejé de
utilizar el reloj de pulsera. Los dígitos y las manecillas del reloj se han
convertido en nuestros amos y no estaba dispuesto a ser un esclavo más. Nos
dicen cuando tenemos que hacer esto o aquello y cuando terminar de hacerlo,
cuando levantarnos y cuando dejar de vivir durante unas horas encerrados en un
sobre de sábanas.
Están acechándonos en
todos los lugares, en farmacias, avenidas, en el coche, en el microondas y en
cualquier vector que choque con nuestra mirada. Hace tiempo que,
conscientemente, paso de sus indicaciones; llego cuando quiero a mi trabajo y
afortunadamente todavía no me han despedido. Me alimento a cualquier hora y vivo
básicamente en la oscuridad, huyendo de la luz como cualquier murciélago metropolitano,
y me acuesto cuando la batería se agota.
El único reloj al que no
puedo vencer es el de mi cocina. He intentando varias veces romperlo con un
martillo, pero cuando voy a hacerlo trizas, su sonido secuencial paraliza mi
brazo. Cada vez que estoy cerca de él, mueve monótonamente sus agujas, segundo
a segundo, y ese sonido seco, como la rotura de un hueso fracturado por un
golpe certero, me sobrecoge. Ignorarlo no sirve de nada, el segundero continua
impertinentemente avanzando, hacia arriba, hacia abajo, sin fin, pero emitiendo
su mensaje apocalíptico.
La aguja del reloj de mi
cocina es un metrónomo perfectamente sincronizado, un sádico torturador sin un
gramo de empatía, con la única función de acabar conmigo. Decidí cerrar la
puerta de la cocina apuntalándola con cuñas, pero a pesar de aislar el reloj, no
he podido vencerlo. Sé que no se ha dado por vencido y ha acentuado su ataque,
de hecho, cuando estoy acostado en mi cama intentando entrar en el mundo de los
sueños, aumenta el volumen del segundero y, amparado por la oscuridad, se cuela
por debajo de la puerta para expresar de forma explicita su amenaza: pararse.
Volver a la civilización es zambullirse en un mundo dinámico, vertiginoso y permanentemente cambiante. Todo es diferente con el paso del tiempo, pero el sol siempre es el mismo. Una explosión silenciosa nos aniquila lentamente y es posible que en un momento de lucidez veamos sus efectos, correremos el velo y descubriremos a millones de pilotos en sus naves espaciales lanzando desesperados maydays, y en el rostro de los mayores veremos con nitidez el dolor y la soledad que han acumulado durante años y que sus escasos momentos de felicidad no han podido neutralizar. Han sido derrotados por el tiempo.
Observo con resignación como desaparecen los sueños y los ideales, como el paso del tiempo en lugar de hacernos más sabios y tolerantes nos esclaviza todavía más a un mundo material y descubre nuestros instintos más básicos. Desearía negarlo, pero adivino en las canas infiltradas, en las arrugas traicioneras y en las tripas henchidas, la bandera blanca de la rendición. Otra generación vencida por el tiempo.
La maison en petits cubes es un entrañable cortometraje que refleja de una manera sutil las etapas de la vida desde un enfoque retrospectivo. Realizado intencionadamente en dos dimensiones, utiliza el agua como una alegoría del tiempo, las plantas del edificio como la lucha por la supervivencia y la inmersión en el agua como un recorrido nostálgico y sereno por los recuerdos. Este corto es un constructor de sentimientos, es fácil comprobarlo.
Hace
seis meses que vivo con Claudia, una de las camareras del pub
irlandés. No tenemos planes a largo plazo, ¿para qué? La vida es
demasiado caprichosa y volátil como para intentar reconducir todos los
parámetros que nos rodean mediante una planificación.
Tengo dieciocho años más que ella, sé que todas las relaciones tienen fecha de caducidad, pero la diferencia de edad me hace pensar
más de lo habitual. El paso del tiempo me ha cogido desprevenido y ahora lo considero un enemigo, una maldición, una enfermedad progresiva e irreversible. De
repente y sin previo aviso empiezan a hablarte de usted, y la primera vez
duele, ya no eres joven, te lo acaban de confirmar. Sí, vivir es perjudicial para la salud. Cuando miro hacia
atrás, todos los años de mi vida parecen haber transcurrido en solo unas horas. Me repito que lo mejor puede estar por
venir, que la experiencia me permitirá vivir el momento, pero la
angustia existencial me lo pone difícil, aparece camuflada en una cana reivindicativa o en el manto de hojas muertas de un parque vacío, y esa angustia me recuerda que ahora viene la cuesta abajo.
Mi
vida actual es sencilla, he introducido novedades en mis actividades y me he especializado en programas
de lavadora con centrifugado, en productos de limpieza, me defiendo en la cocina, paseo a mi perro Diego, ayudo en el pub, y a veces consigo mirar a mi alrededor con los ojos de un niño. Con Claudia he recompuesto mi vida de nuevo, pero a menudo miro el horizonte con recelo, como si temiera ver aparecer en algún momento un tsunami imparable.
A
veces imagino un cambio de dirección en el tiempo para evitar lo
inevitable, a lo Benjamin Button, para huir del paso del tiempo y
revivir etapas que quedaron desiertas, incompletas, desconocidas,
como si quisiera alumbrar lagunas de memoria. Intento sobrepasar la velocidad
de la luz cuando hago footing, corriendo cada vez más rápido
y así conseguir retroceder en el tiempo, pero a diez kilómetros por hora no espero grandes resultados.
La semana pasada
conocí a un anciano cuando paseaba a Diego por el parque, delgado y con una gorra marrón que
dejaba entrever su escaso pelo blanco. Estaba sentado en un banco y
de vez en cuando mascullaba alguna palabra ininteligible. Diego se
acercó a él como si esperase una respuesta y el viejo comenzó a hablarle pausadamente hasta dejarlo casi hipnotizado. En lugar de contar las típicas batallitas, describía situaciones actuales con claridad, alumbrando esas preguntas que flotan en el aire sin respuesta. Se
había quedado solo. Año tras año había ido perdiendo a sus amigos, después a su
mujer, y así hasta quedar aislado lentamente, como cualquier viejito de
su edad, marginado por viejo.
El
concepto de amistad lo tenía muy claro: -- Siempre estamos solos, a
pesar del gesto altruista de nuestros amigos intentando acompañar
nuestra soledad. Hablaba
frecuentemente sobre la realización personal, dando prioridad a la
búsqueda de una armonización interior antes que a la ciega persecución de la
felicidad:
--La distancia que hay entre una persona "común" y
la persona realizada, es equiparable a la que existe entre el chimpancé
y la persona común. Los mensajes del viejo no estaban sacados de
un libro de autoayuda, sino más bien de la experiencia y la
observación lúcida.
Al
día siguiente estuve pensativo e inquieto, como si el viejo tuviera las respuestas que buscaba, pero al
mismo tiempo me negara a conocerlas. Eran las seis de la tarde y él
estaba sentado en el mismo banco. Me saludó con un toque de su dedo
indice en la gorra y proseguimos la charla del día anterior. Comencé hablándole de temas intrascendentes para romper el hielo y después estuvimos unos segundos en silencio, el viejo estaba esperando que
disparara mi pregunta y lo hice sin más preámbulos: --¿Que me puede decir sobre el ocaso, la vejez, sobre el paso del tiempo? - él se quitó la
gorra, se rascó la cabeza y dijo: -¡Vaya pregunta! El tiempo no
es el que marca nuestro reloj, ni es el mismo para todos, es relativo y subjetivo. Podríamos considerar nuestra vida como un gran cuadro, poco a poco recorremos todas sus zonas en un breve paseo, podemos modificar la velocidad de movimiento, mirar hacia atrás e imaginar el futuro, pero el tiempo siempre ha estado allí. Todos somos viejos o jóvenes dependiendo de la zona
del cuadro donde estemos. Cuanto más
cerca estemos de la vejez, más cerca estaremos de una nueva juventud. Derivando la cuestión a una relación personal, la edad
siempre debe ser algo circunstancial y secundario, da igual que
tengas veintisiete o cincuenta años, la química que surge en una relación no tiene nada que ver con la edad, y si no fuera así, la relación no pasaría el control de calidad y sería mejor
abandonarla. Para saber que es el tiempo, debemos observar detenidamente un segundo e intentar pararlo, todo el mundo lo ha parado alguna vez sin darse cuenta.
Cerré los ojos imaginando ese cuadro gigante y cuando los abrí, el viejo ya no estaba. Todavía desconcertado y sin saber muy bien por qué, observé el movimiento del segundero de
mi reloj, empecé a oír el tic-tac de la aguja, al principio casi imperceptible,
pero cada vez más fuerte, hasta sonar como un tambor marcando pesadamente el ritmo de una enorme maquinaria. Y en el segundo veinticinco, el tiempo se paró. Me
inundó un silencio ensordecedor, nada se
movía, Diego estaba inmóvil junto a mí y la gente del parque estaba
detenida. Lo que yo veía en ese momento era un gran cuadro tridimensional. Tenía razón el
viejo, se podía parar el tiempo. Comencé a andar hacía atrás y
pude ver hora a hora toda mi vida hasta ese día, como las viñetas de un gran
cómic, como las confesiones de los que han estado en coma. Me entretuve viendo mis años de color, mi infancia corría y buscaba la adolescencia, hasta llegar a los veinte años. Mis primeros años con Virginia aparecieron en el centro del cuadro, quizá los mejores años de mi vida, éramos inocentes y soñadores. La
prudencia me decía que debía quedarme en el presente, pero la curiosidad me hizo avanzar hacia el futuro y los años fueron pasando frente a mí mientras lentamente envejecía. En el último tramo de mi vida vi a un anciano esperando un tren en la estación, por un momento me pareció que giró su cara y me sonrió. Su sonrisa era el mensaje; me invadió una extraña tristeza, y por miedo a perder la razón, regresé al segundo veinticinco de mi reloj. El sonido volvió a navegar por el aire, los niños corrían sin rumbo fijo, mi perro olisqueaba restos de un bocadillo abandonado y las hojas de los arboles caían lentamente como paracaidistas preparando su aterrizaje.
El tiempo me había dejado husmear entre bastidores, permitiéndome conocer su secreto: el tiempo duerme en el futuro, solo es un decorado que necesitamos para ubicar los acontecimientos. Si comparamos nuestro ciclo vital con el del sol, cinco mil millones de años, podría decirse que somos como algunos tipos de mariposas que solo viven un día.
Ahora valoro mucho más los días de tormenta, las sombras, los minutos colgados entre dos fases, las miradas fugaces, los pequeños detalles que se esconden en ese cuadro, y lo más
importante, he dejado de tomar las pastillas para dormir, esas que me
producían extrañas alucinaciones cuando paseaba por el parque.
Cuando alguien nos pregunte cual es nuestra profesión, quizá deberíamos contestarle que somos viajeros en el tiempo. Todas nuestras acciones están encaminadas a seguir en este viaje, nuestra travesía a través del tiempo es el objetivo principal, lo demás es secundario. El tiempo es el lazo y la característica fundamental de nuestra vida, sin él no correría el agua, ni giraría el sol, seguramente formaríamos parte de un gran cuadro inmóvil. El tiempo es la clave de nuestra existencia, a pesar de pensar constantemente en el futuro, vivir habitualmente en el pasado y dejar que nuestra vida se derrame sobre un suelo lleno de tiempo perdido. La teoría de Einstein puso a prueba nuestro entendimiento y nuestra razón, demostrando que no estábamos preparados para aceptar que el tiempo pudiera ser una vía para cruzar dimensiones. La relatividad desveló lo que ya adivinábamos, que el tiempo no corre a la misma velocidad para todos ni en todas las condiciones, es subjetivo y relativo, muy rápido cuando estás en el cielo y tremendamente lento cuando te atrapa el tedio. Algunos dirán que estos planteamientos son muy relativos y seguramente Einstein estaría de acuerdo con ellos. La posibilidad matemática de poder viajar por el tiempo ha activado la mente de escritores, guionistas y científicos que pretenden mediante aceleradores de partículas que elementos subatómicos viajen una milésima de segundo al pasado, buscando el portal por el que podrían llegar los viajeros del tiempo en el futuro, como si de un puerto se tratara. El momento de este descubrimiento sería el límite temporal, nada podría viajar a una época anterior. Todas las formulas matemáticas que enlazan espacio y tiempo, llegan a conclusiones sorprendentes: El espacio puede ser curvo y esférico, igual que los planetas, los átomos y todas las formas básicas de vida. Un viajero en el espacio, dependiendo de su velocidad y de la gravedad a la que es sometido, puede torsionar su propio tiempo como lo haría una pelota sobre una red flexible. Los satélites GPS lanzados al espacio dan fe de este fenómeno, su velocidad y la menor gravedad, atrasan el reloj del satélite con relación al reloj terrestre. Todos alguna vez hemos imaginado retroceder en el tiempo para deshacer errores cometidos o rectificar una decisión equivocada, o hemos deseado también visitar el futuro y dar respuesta a muchas preguntas acumuladas, pero el presente es un escenario enorme, en él vive la vida, el ahora y aquí. El presente es suficiente. Utilizaré los recuerdos y la imaginación para desplazarme por el tiempo y si alguna vez me preguntan donde está el pasado o el futuro, no mentiré, únicamente diré que no existen.