17 de mayo de 2020

Wake up



    Cuando me dirigía al quiosco para comprar el ABC, como todos los días, Dios descendió lentamente del cielo con música de Tangerine Dream y se plantó frente a mí ataviado con una túnica blanca y luciendo su larga barba. Al principio me asusté un poco, temía que me ordenara grabar en piedra algunos mandamientos o algo así, más que nada porque estaba de vacaciones y al día siguiente me iba a Ibiza. Irradiando un haz de luz blanca sobre toda la avenida, se dirigió a mí y me dijo:

—¿Por qué has perdido la fe, había puesto mi confianza en ti? —el sonido grave de su voz retumbó sobre el suelo. Me parecía que no se andaba con rodeos y utilicé una estrategia defensiva.

—Lo siento, no sabía que existías. Nunca he tenido noticias de ti, podías haberme mandado un email o un wasap  —le contesté a modo de excusa, pero él siguió con lo suyo.

—Si hubieras creído en mí te hubiera acogido en el cielo, pero ahora me veo en la obligación de condenarte a pasar el resto de tu vida en el infierno  —rápidamente me di cuenta de que no había tenido un buen día y, de perdidos al río, quise que supiera lo que pensaba:

—Si eres tan sabio y nos has hecho a tu imagen y semejanza, ¿como es posible que hayamos salido, siendo benévolo, tan peligrosos, no habrá fallado algo en tu experimento biológico? Deberías saber que no somos masocas, que no nos gusta pasarlo mal, ¿por qué no nos echas un cable de verdad, como hacía Superman?  —por el modo en el que me miró, me temí lo peor. En ese momento sonó el estridente pitido de un aparato satánico y la amenaza de Dios se cumplió, era el infierno y marcaba las 07.00

Steppenwolf