
Me he desviado del camino y no sé cual es la dirección correcta, intento encontrar referentes, pero no los tengo. Todos los mitos se han caído, los faros de la costa están apagados y no creo en las fantasías del viento, aunque debo reconocer que a veces he vivido en castillos de arena. La falta de fe es un hándicap y no me queda más remedio que valerme únicamente de la intuición, sin ninguna ayuda exterior, sin ningún ángel de la guarda que tapone el precipicio cuando esté a apunto de caer. Observo con curiosidad a los creyentes, casi diría que los espío, y sin previo aviso suena orgullosa la Primavera de Vivaldi, retándome y rodeando mi escepticismo. En esa fe, ellos se apoyan cuando les fallan las piernas y cuando la vista se nubla. ¡Qué irracional es!, pero sus efectos son tan sólidos como una roca, y para bien o para mal, yo he elegido abrir los ojos sin utilizar placebos.
Creemos en esto, en aquello y en lo demás, pero ¿qué más da lo que creamos? La Tierra va a seguir dando vueltas alrededor del Sol, y este alrededor de la Vía Láctea, a pesar de nuestras intrascendentes y microscópicas elucubraciones existenciales. Miro al cielo esperando una señal que me ilumine, pero que difícil es descifrar esas señales mágicas que aparecen como estrellas fugaces sobre las heridas del karma.
El viaje concluye en medio de preguntas sin respuesta, y antes de salir del coche, me pongo una de las siete máscaras que siempre me acompañan.