Tengo que reconocerlo, soy un atracador. Mientras espero el momento del atraco, viajo por mi memoria recordando como se produjo esta transformación. Todo empezó cuando fui despedido del banco después de una fusión. Tras varios meses de lunes al sol, la separación fue un mazazo, un jarro de agua fría. Ella se cansó de mí y yo seguía colgado de ella. Quede encerrado en una pesadilla de la que no podía despertar, me sentía victima de una maldición, de un hechizo de magia negra. Pintaban bastos y para colmo, las facturas, las multas y los avisos de embargo acudían como un bombardeo masivo, sin compasión. La angustia fue apoderándose de mí, estaba sumergido en la desidia y cada día más hundido, si no conseguía dinero rápidamente, estaría en pocas semanas durmiendo en la calle. Después de varias infructuosas entrevistas de trabajo, una luz se encendió en mi cabeza y supe en que sector quería trabajar, en mi mente solo había una palabra escrita en letras de neón: ATRACO.
Llamé a Damián y a Marta, parados y desesperados como yo, con la moral por los suelos. Les propuse crear una sociedad para traspasar fondos desde los bancos a personas necesitadas. Esas personas necesitadas de momento éramos nosotros, y ese traspaso de fondos se llamaba atraco a bancos y a furgones blindados. No se lo tomaron en serio y tardaron varios días en reaccionar. Tras desarrollar el proyecto, poco a poco fuimos reclutando a los mejores atracadores, valorando sobretodo su perfil personal. En pocos meses éramos una grupo armado, organizado y disciplinado, con armas y explosivos suficientes para volar paredes de acero, pero siempre con la premisa de evitar daños colaterales y bajas humanas.
Los minutos anteriores al atraco eran los más tensos:
me ajustaba el chaleco antibalas, sacaba minuciosamente el pasamontañas del bolsillo de la chaqueta y repasaba cien veces todos los detalles. Miraba el reloj otra vez, era la hora y las pulsaciones se disparaban. Los ocho componentes del comando arrancamos los dos camiones, y sin miedo pero con la adrenalina fluyendo con fuerza por las venas, preparábamos la emboscada del furgón blindado.
Cuando trabajaba en el banco robaba a pensionistas, a familias con problemas para llegar a fin de mes y preparaba desahucios para expulsar a las victimas que no podían pagar la hipoteca de sus pisos. El banco se quedaba con el piso y con el dinero que habían pagado anteriormente la víctima, y a pesar de no ser un negocio redondo para los banqueros, todos sabemos que la banca siempre gana. Ahora ayudaba al proceso de devolución del dinero que los bancos habían robado anteriormente a la gente. Era de justicia, no me sentía un ladrón, en todo caso un transportista.
En el momento del atraco, el furgón apenas opuso resistencia, incluso diría que había cierta sonrisa cómplice entre los guardias de seguridad de la compañía. Era el décimo atraco en un año y cada vez sucedían de una manera más surrealista, como si de una silenciosa fiesta popular se tratara. Todo el dinero "recaudado" sería utilizado para crear cooperativas, subvencionar centros de rehabilitación social y laboral, para la concesión de microcréditos que ayudarían a mover lentamente el complicado engranaje económico desde abajo. Nuestros trabajadores y colaboradores aumentan sin parar porque juntos podemos, porque somos la nueva mafia con tentáculos de seda, somos la marea que suave y firmemente ocupa de nuevo la playa que le pertenece, somos la tormenta que alejará de nuestros bolsillos a los corruptos.
