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11 de octubre de 2019

Maya



         Solo pesa doce kilos, pero flota ingrávida sobre las almohadillas de sus patas cuando camina junto a mí, balanceando lentamente su cuerpo en una elegante sincronía. Yo ejerzo de padre, de compañero de juegos, soy cómplice de sus travesuras y a veces soy su amigo.

Es suave y peluda, como Platero, y cuando me mira fijamente con esos ojos marrones bajo la protección de sus pestañas ocres, radiografía mi estado de ánimo sin ningún margen de error; con ella, me sobran mis caretas.

A pesar de ser mi hija adoptiva, no me pertenece ni me debe nada, todo lo contrario, estoy en deuda con ella. Si tuviera que pagar toda la dopamina que genera en mi cerebro al precio de copas en una terraza al atardecer frente a la playa, seguramente necesitara un préstamo del banco central europeo.

Suelo hablar con ella sin ningún recato, sin ir más lejos, el otro día debatíamos sobre como Bob Dylan se había abrazado al cristianismo al mismo tiempo que su amigo George Harrison lo hacía con el hinduismo. Y de política no quiero hablar con ella porque se enciende.

Cada uno utiliza su lenguaje y la comunicación fluye sin problemas, y aunque algunos piensen que se nos ha ido la cabeza, lo que a mí realmente me sorprende es que desconozcan, aunque sea desde una perspectiva externa, la estrecha conexión que se crea entre estos bichos y nosotros, que compartimos abuela por última vez hace un millón de años con los monos.

En fin, voy a bajar del árbol y le voy a dar a publicar.



Steppenwolf