Cucharadas de limón se mezclaban con el deseo blanco, bajo un cielo mojado que observaba minuciosamente los grilletes que esclavizan a los ángeles caídos. Ella vino del frío siendo todavía una niña, de una tierra donde el sol es extranjero, sin protección, tan frágil, tan vulnerable, tan pálida y tan flaca, vendiendo jirones de piel a cincuenta euros el completo.
La providencia siempre le fue esquiva y el destino la volvió a herir, esta vez accediendo a su deseo de conocer las profundidades del alma a través de grutas mugrientas y de las estrechas galerías del conocimiento envenenado.
El lago onírico, donde los sueños sueñan con la dama negra, la envolvió en la más absoluta oscuridad, y detrás de una noche vino otra. Las cuerdas que sostenían sus latidos se rompían lentamente mientras los buitres volaban sobre ella, pero un buen día salió el sol.
