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31 de marzo de 2021

El viejito aranés

 



         Siempre que puedo, me escapo unos días a los Pirineos catalanes (cuando no hay pandemias), y no ha habido ni una sola vez que no me haya quedado al borde del síndrome de Stendhal mirando las gigantescas montañas que rodean el valle, casi verticales y cubiertas de su habitual manto blanco. Sin duda, es un escenario más cercano a la fantasía que a la realidad ordinaria.

En una excursión con rumbo incierto, junto a la estrecha y escarpada carretera de montaña en la que nos encontrábamos, nos topamos con un pequeño pueblo de no más de cincuenta habitantes, con una vieja iglesia presidiéndolo y cuatro pequeñas calles de viviendas aplastadas por el tiempo. Varios perros nos recibieron, y frente a nosotros había un viejito sentado en una silla de esparto junto a la puerta de su casa, viendo la vida pasar. Bajé del coche y le pedí información sobre un pueblo abandonado que figuraba en nuestro mapa local.

El viejo hablaba una mezcla de aranés, catalán y español que no impidió la comunicación. Era un conversador nato y, tras sus detalladas indicaciones, se interesó por nosotros y por nuestro viaje. En medio de la cháchara, intenté averiguar que opinaba sobre su increíble entorno, si todavía le seguía sorprendiendo ese paraíso, y él me respondió algo así como: "la visión del mar desde una playa vacía tampoco debe estar mal”. No sé si como una reflexión sobre lo que tenemos y somos incapaces de apreciar, pero el viejito me devolvió mi propia pregunta.

Steppenwolf