Hablamos de la manera más superficial posible en la acera más transitada del centro, de que los publicistas eramos el azote del mundo, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de lo poco que habíamos cambiado. Yo la orientaba sobre el barrio antiguo de Ibiza, intercalando bromas y tonterías para romper el hielo, mientras los autómatas acelerados de ocho a tres pasaban a toda velocidad por ambos lados. Después de diez años, fingíamos ser dos desconocidos, pero conocía hasta el último poro de su piel.
Tras dos besos en la mejilla y un "que te vaya bien", cada uno se fue por su lado. Cada metro que me alejaba de ella me parecía un castigo inesperado, desmesurado, la constatación de una pérdida por segunda vez, a pesar de haber asumido el final de esa etapa. Miré hacia atrás entre el tumulto para ver cómo desaparecía, y ella también se volvió. Di un paso hacia ella........y ella
dio dos.