10 de diciembre de 2019

Enero 2150



         Sin parpadear, perseguía con la mirada los miles de focos que alumbraban la ciudad, elevándose por el espacio hasta chocar con el grueso muro de nubes negras que forman el techo de nuestras noches de veinticuatro horas.
Antes de la guerra nuclear, el sol brillaba sobre calles y parques, y no dejo de preguntarme cual es el límite de nuestro gusto por la destrucción; somos una verdadera lacra para el planeta.

Me inyecté mi dosis diaria de bendiapina para inmunizarme de la contaminación (similar a la morfina pero sin sus efectos secundarios) y, mecánicamente, subí al transportador aéreo aparcado en la fachada de mi apartamento de la planta 42, le dí las coordenadas de mi destino con la orden de voz: Sara, y el vehículo comenzó a volar veloz y silenciosamente entre la lluvia ácida.

Sara estaba radiante como siempre. La besé suavemente y mirándola a los ojos intuí que algo le preocupaba. Ella es ingeniera aeroespacial, le han propuesto que dirija el nuevo proyecto internacional para crear la primera colonia en Marte; la Tierra tiene fecha de caducidad.

- Eso es fantástico cariño, te lo mereces, eres la más preparada para dirigir este proyecto — la felicité cálidamente, pero ella solo mostró una media sonrisa —Qué pasa, cual es la mala noticia? — repliqué nervioso.

- Tengo que formar parte de la tripulación, voy a estar en Marte diez años – dijo ella mirando la copa de esa bebida lechosa de moda.

- Ya has tomado la decisión? – le dije temiendo la respuesta. Ella asintió con la cabeza.

- Ven conmigo, yo lo arreglaré, por favor – dijo con tono de súplica.

- No funcionará, pero no te preocupes, el tiempo pasa muy rápido. Vamos a cenar – le dije mientras la abrazaba.

Han pasado dos semanas desde que se fue y me han parecido dos años. No puedo concentrarme en mi trabajo, he perdido la motivación y a todo el mundo le he dado las excusas más peregrinas para aislarme como un autista. Cuando compré a Sara, me dijeron que era el modelo de robot androide más avanzado; podría pensar por si misma y actuaría sin ningún control por mi parte, lo que no me dijeron es que me quedaría enganchado de ella.

Sara me llamó ayer y me dijo que necesitaban un arquitecto para diseñar la nueva ciudad que iban a construir y que yo era el elegido: "no te puedes negar y, además, podríamos continuar esa conversación sobre un pequeño androide".
No voy a tener más remedio que abandonarlo todo e irme a Marte.........en busca de un robot.


6 de diciembre de 2019

Allanamiento de morada

     
         No recuerdo muy bien cómo entré en ese piso. La terraza estaba abierta y mi curiosidad me introdujo hasta un salón barroco y recargado, más propio de un siglo anterior. Los muebles eran de madera noble, había tomos de escritores rusos y alemanes del siglo XIX minuciosamente ordenados, cuadros de Sorolla y luz amarilla indirecta que se deslizaba discretamente desde los rincones del salón. Sacudido por el síndrome de Stendhal, tomé la arriesgada decisión de esperar al dueño de tan singular morada, quizá para averiguar la frecuencia de onda con la que se comunicaba con el exterior.

El silencio de las noches de verano produce un efecto amplificador en el sonido. Oí, lejanas, las risas de unos adolescentes que repetían el patrón de conducta de miles de generaciones anteriores en un extraño ritual de maduración etílica. El sonido rítmico de un colchón vibraba en el techo del salón. Era la imposición genética de la supervivencia de las especies a cambio de un poco de dopamina. Bendita trampa.

Entre sonidos y reflexiones, apareció el dueño dentro de un pijama amarillo de verano, buscando algo en una de sus fosas nasales y con el dominical del ABC en la mano. Pensé disculparme y decirle que solo había sido un impulso, pero mirándome con cara de terror (él tampoco era muy guapo) y sin previo aviso, se dirigió hacia mí cogiendo una de sus zapatillas y bramando: “¡maldita chicharra!”. Ante ese afectuoso recibimiento y sin esperar ni un solo segundo, salí volando por la misma terraza que había entrado minutos antes y aterricé en mi árbol preferido.

En ese momento pensé que el ser humano estaba sobrevalorado, muy sobrevalorado, pero no me importaba, tenía delante de mí a un par de guapas vecinas grises a las que quería convencer con mi canción de la importancia de la procreación.

29 de noviembre de 2019

Conversaciones con Tánatos




             Sin saber muy bien cómo, posiblemente debido a una noche loca llena de sustancias toxicas, me encontraba en un bar con paredes de madera roída, luz verde indirecta y una extraña niebla que flotaba en el aire. El sonido lejano de un piano jazzero brotaba desde el suelo y, todavía aturdido, dirigí mi vista hacia el único cliente que apuraba su copa en la barra. Portaba una tupida barba, vestía una túnica blanca, y me lancé a indagar sobre mi extraña ubicación batiendo mi record de preguntas por minuto, pero el tipo, que se presentó como Tánatos, especialista en muertes y otros avatares, sonrió levemente y con su voz grave, casi de ultratumba, ignoró mis preguntas y amplió mi confusión:

– No se preocupe, no está muerto, pero puede que tampoco esté vivo, si eso es lo que quiere saber. No obstante, cuando uno muere, la muerte no es la suya sino la de los demás, la de los rios verdes y las montañas azules. Mueren las sonrisas de color, las tostadas de mermelada y todo lo demás, y ya ve, tarde o temprano todos pasamos por esa estación y tendremos que aceptar esa certeza. Posiblemente solo le queden algunas décadas de vida, piensa hacer algo para aprovechar realmente el tiempo que le queda?

– No lo sé, no me esperaba su circunloquio, me he quedado en blanco - no entendía por qué me estaba devolviendo mis preguntas - pero ante esa tesitura, intentaría ser mejor persona y querer a todo el mundo, menos a los envidiosos, a los policías, a los prepotentes, a los radicales de izquierdas y derechas, a los equidistantes, a los amantes del reguetón, a los inmaduros, a los cuentavidas, a los que van al gimnasio y a los que no van.

– Usted sabrá, tiene la oportunidad de aprovechar su vida siendo consciente de que se puede acabar en veinte años, o quizás menos. Puede cambiar de trabajo o viajar hasta que se le acabe el dinero, pero siempre va a estar con usted mismo, y esa es la clave. Con su planteamiento, no vislumbro muchos cambios.

– No me estrese, esto no es fácil, necesito algunos años para pensarlo bien.

– Bueno, pues nos vemos.

– Espere! Cómo será mi final?: Un infarto?, durante un polvo en una posición equivocada?, un trozo de carne atascada en la tráquea?, una bala perdida de un antidisturbios?, el cuchillo de cocina de una novia celosa?

– No tenga miedo, encienda el televisor e imagine que está viviendo.

En ese momento noté un toque en el hombro, era el jefe de personal y, como si hablara en ruso, entendí algo así como que la próxima vez que me durmiera en la oficina me iría a la puta calle.


Cuando éramos niños,
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano,
la muerte lisa y llana
no exista.

Luego cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque era un océano y
la muerte solamente una palabra.

Ya cuando nos casamos,
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano y
la muerte era la muerte de los otros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad,
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Mario Benedetti

20 de noviembre de 2019

Agua en Marte




         Vale, esta mañana me han comunicado que hay agua en Marte, y qué! Eso lo llevo oyendo desde hace veinte aňos. Otra cosa sería que hubieran descubierto en su superficie vodka con naranja, esa sí que sería una noticia en la que yo me involucraría preparando una expedición interestelar. Hasta que no llegue ese momento, por favor, no molestar.

28 de octubre de 2019

Old love

               Nunca pensé que en una ciudad tan grande como Madrid nos encontráramos en pleno Callao. Estuvimos varios segundos mirándonos antes de hablar, casi en estado de shock. Su perfume me saludó inmediatamente y también el olor de su piel. La adrenalina comenzó a fluir como un grifo y, a pesar de creer ser una persona experimentada, mis piernas temblaron ligeramente.

Hablamos de la manera más superficial posible en la acera más transitada del centro, de que los publicistas eramos el azote del mundo, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de lo poco que habíamos cambiado. Yo la orientaba sobre el barrio antiguo de Ibiza, intercalando bromas y tonterías para romper el hielo, mientras los autómatas acelerados de ocho a tres pasaban a toda velocidad por ambos lados. Después de diez años, fingíamos ser dos desconocidos, pero conocía hasta el último poro de su piel.

Tras dos besos en la mejilla y un "que te vaya bien", cada uno se fue por su lado. Cada metro que me alejaba de ella me parecía un castigo inesperado, desmesurado, la constatación de una pérdida por segunda vez, a pesar de haber asumido el final de esa etapa. Miré hacia atrás entre el tumulto para ver cómo desaparecía, y ella también se volvió. Di un paso hacia ella........y ella 
dio dos.
        

17 de octubre de 2019

Publicistas

     
                 Todavía recuerdo: “Yo soy aquel negrito…” y “….Soberano es cosa de hombres”; esos eran anuncios pata negra, pero ahora los publicistas rayan el mal gusto con sus anuncios y voy a pedir a todo el mundo, como boicot, que dejen de esnifar Resistol.



11 de octubre de 2019

Maya



         Solo pesa doce kilos, pero flota ingrávida sobre las almohadillas de sus patas cuando camina junto a mí, balanceando lentamente su cuerpo en una elegante sincronía. Yo ejerzo de padre, de compañero de juegos, soy cómplice de sus travesuras y a veces soy su amigo.

Es suave y peluda, como Platero, y cuando me mira fijamente con esos ojos marrones bajo la protección de sus pestañas ocres, radiografía mi estado de ánimo sin ningún margen de error; con ella, me sobran mis caretas.

A pesar de ser mi hija adoptiva, no me pertenece ni me debe nada, todo lo contrario, estoy en deuda con ella. Si tuviera que pagar toda la dopamina que genera en mi cerebro al precio de copas en una terraza al atardecer frente a la playa, seguramente necesitara un préstamo del banco central europeo.

Suelo hablar con ella sin ningún recato, sin ir más lejos, el otro día debatíamos sobre como Bob Dylan se había abrazado al cristianismo al mismo tiempo que su amigo George Harrison lo hacía con el hinduismo. Y de política no quiero hablar con ella porque se enciende.

Cada uno utiliza su lenguaje y la comunicación fluye sin problemas, y aunque algunos piensen que se nos ha ido la cabeza, lo que a mí realmente me sorprende es que desconozcan, aunque sea desde una perspectiva externa, la estrecha conexión que se crea entre estos bichos y nosotros, que compartimos abuela hace un millón de años con los monos.

En fin, voy a bajar del árbol y le voy a dar a publicar.


7 de octubre de 2019

Cita a ciegas

        
             Eran la 9.30, y ahí estaba yo, en una mesa con velitas esperando a Marisa. No conocía El Gran Capitán, un restaurante pequeño e íntimo que denotaba muy buen gusto. El camarero aparecía y desaparecía esperando una respuesta, pero yo tampoco la tenía. Le pedí el tercer daiquiri y volví a mirar por todas las mesas buscando a Marisa; no podía equivocarme, tenía el pelo azul.

Siempre he desconfiado de las citas a ciegas por internet, nunca sabes lo que te vas a encontrar: una asesina en serie, una levantadora de pesas o una pívot de baloncesto; no tenía ninguna pista, ella nunca había querido desvelar ni una sola foto lejana, ni siquiera a contraluz. Sobre mis divagaciones sin rumbo aparecieron nuevas dudas: sería tan fea que asustaba a los niños al pasar por la acera? Sería una introvertida con mil problemas psicológicos?........ o quizá una monja que por fin había abrazado la heterosexualidad?

Eran las 11 y ya iba por mi quinto daiquiri, intentando adivinar por qué no había venido. Me habría visto por una ventana y no le había gustado? Era raro, porque esa semana sí me había duchado y me había afeitado la barba de profeta que exhibía sin ningún pudor. Me había  embadurnado, por error, de la colonia de mi ex y había teñido de negro mi escaso pelo superviviente.

Derrotado psicológicamente, pagué al camarero los 40 euros de los daiquiris y le dije que a pesar de no haber cenado, recomendaría El Capitán a mis amigos. El camarero se quedó mirándome fijamente durante unos segundos y me dijo ligeramente alucinado:

- Este no es El Capitán, ese restaurante está  justo enfrente.

- No me jodas!  -  le respondí levantándome de golpe. El mundo se movía, y en ese momento recordé los numerosos viajes en ferry que había realizado cuando vivía en Ibiza.

Salí disparado hacia la calle sin recoger las vueltas y vi a una preciosa mujer de pelo azul que salía del restaurante El Capitán, tambaleándose también. Era ella! Los dos nos miramos y nos acercamos a menos de un metro de distancia.

- Sergio?  -  preguntó ella.

- Marisa?  -  le dije yo.

Al intentar abrazarnos no acertamos, ella se fue hacia la izquierda y yo al lado opuesto. Los efectos secundarios de las bebidas etílicas nos estaban pasando factura. Al segundo intento, nos abrazamos como si hubiéramos encontrado un tesoro en el fondo del Atlántico. Yo le pregunté, con mi habitual prudencia: "en tu casa o en la mía?", y ella balbuceó que no había visto un hombre tan atractivo en su vida, lo que evidenciaba que estaba totalmente borracha.

Esa fue mi primera y última cita a ciegas, y ahora sé por qué se llaman a "ciegas".

2 de octubre de 2019

Hombre del tercer mundo

           
   
            Hombre del tercer mundo, la culpa no la tienen tus genes, solo has tenido la mala suerte de nacer en un mal momento y en el lugar equivocado. Estás envuelto en la pobreza estructural de tu país, en las guerras locales y nacionales, y todas las has perdido. Hombre del tercer mundo, la verdad es que no nos importas nada.

Han asesinado a tus padres, han violado a tus hermanas, te han convertido en niño soldado y te han contagiado el virus de la locura. Sabes que en el norte está la felicidad, esa que tú no puedes ni siquiera imaginar, pero es mejor que no vengas a nuestro maravilloso bunker porque no conoces nuestra lengua ni nuestras costumbres, no tienes nuestro nivel intelectual y con tu placido viaje en patera, corremos el peligro de que nos quites nuestro trabajo, a pesar de saber que tus hijos y tú sois necesarios para continuar con nuestro privilegiado way of life, y es que realmente no nos importas absolutamente nada.

Tú, hombre del tercer mundo, no tienes la culpa de que en una zona muy escondida de nuestro cerebro sintamos vergüenza. Cuando dormimos, nuestro subconsciente vomita sin piedad nuestro podrido egoísmo y nuestra complacencia con la injusticia en forma de pesadillas, pero al despertar, desayunamos leche con galletas, cereales y zumo de naranja, y olvidamos esos putos sueños, porque hombre del tercer mundo, no nos importas ni una mierda.

Jugamos a la política votando por un mundo feliz sin ser conscientes de que no pintamos nada en este tablero de ajedrez, pero somos unos privilegiados y eso es lo único que importa. Condenamos con pena y miedo los actos terroristas que pueden atentar a nuestro entorno social y económico, aunque nos da igual lo que ocurra en el otro lado del mundo. Escondemos nuestra angustia en Facebook y en Instagram mostrando nuestra exagerada felicidad, y presumimos de una inteligencia artificial de la cual mi perra se partiría el culo leyendo nuestras diatribas.

Hablamos con personas de otros continentes al mismo tiempo que desconocemos el nombre de nuestro vecino. Huimos como de la peste de los indigentes y desamparados que viven junto a nosotros; están a pocos metros de distancia, recogiendo cartones y chatarra de los contenedores de basura, pidiendo en los semáforos y haciendo cola en los bancos de alimentos, pero son invisibles. Cuando nacieron, compraron todos los billetes que llevan a la marginación. Ellos viven con nosotros, pero son hombres del tercer mundo, esos que no nos importan ni una puta mierda.

26 de septiembre de 2019

Siesta interruptus


             Esa siesta de sofá que se produce automáticamente después de comer, esa que ignoran los guiris y los mancebos poco avezados en las técnicas onricas mezcladas con la vigilia, fue interrumpida por un ruido que rompía la barrera del sonido, era el móvil. Giré ligeramente mi cuerpo para acabar con ese zumbido y respondí acordándome de todos los antepasados de mi interlocutor:

- Qué?

- Javier Romero, es usted?

- De momento sí. Qué quiere?

- Le voy a proponer una oferta que no va a poder rechazar.

- No voy a cambiar de compañía, la mía solo me roba 75€ al mes.

- No voy a pedirle dinero ni se trata de telefonía móvil, le propongo hacerse miembro de la Religión del Sol, no sé  si sabe que últimamente lo está petando. Deje su sangrienta religión y venga con nosotros. Si me va a preguntar que ventajas tiene, yo le diré que muchas, vivir en el paraíso desde el momento que usted acepte unirse a nosotros y, después de la muerte, podría reencarnarse en lo que quiera.

- Si va a preguntar y responder usted mismo, avíseme cuando tenga que hablar. Qué gano yo haciéndome .......solista? El otro día me llamaron de la liga islamista y me ofrecieron 17 vírgenes cuando la palmara. Me parecieron muchas, yo con 15 tengo bastante. Y usted, que me ofrece?

- En la Religión del Sol lo importante no es el sexo, yo le ofrezco la vida eterna, mediante la meditación y el yoga, y no dude que en pocas semanas usted estará  en lo más alto de las galaxias.

- No hay sexo? Oiga, no me interesa, quédese con su yoga y sus meditaciones, bastante tengo con meditar como pago las letras de la hipoteca. Lo único que quiero es seguir con mi siesta y reengancharme con el sueño que tenía con Elsa Pataky. Ah, y de reencarnarme, lo haría de paloma, siempre que usted pase por debajo de mí. Adiós.

18 de septiembre de 2019

La lotería



        Hoy, 17 de septiembre, me han intentado vender lotería de navidad. La lotería es lo más parecido al día de la marmota. Siempre vemos a un montón de gente como salida de una rave, borrachos antes de beber el cava que derraman frente a la administración de lotería, al más puro estilo botellonero y gritando no sé qué a todo pulmón. Unos se llevan la pasta y, otros, los que estamos frente al televisor, preguntándonos por qué dios no nos quiere.

Los periodistas que cubren el evento comienzan con los típicos tópicos: “el premio ha sido muy repartido”, “una lluvia de millones”, y metáforas muy originales de este tipo. Cuando le arrima el micro al agraciado, a este no se le ocurre otra cosa que decir: “este dinero es para tapar agujeros”. Tío, si piensas gastarte la pasta de esta manera tan burda, por lo menos no lo digas por la tele, tu mujer puede estar oyéndote.

Nunca falta el agraciado optimista que le ha tocado cinco mil euros y está dando botes como un poseso. Yo veo esa cantidad de dinero en el suelo y ni me agacho (porque me tiro de cabeza, claro).
En el lado contrario esta el pesimista deprimido: “no tengo suerte, ningún año me toca”. Pero camarada, no te das cuenta que es mucho más fácil que te caiga un meteorito en plena cabeza.

Viendo el asunto con cierta perspectiva, el gran ganador es el estado, que se lleva un montón de millones a costa de los pobres ilusos a los que les han vendido una ilusión. La banca siempre gana. Una alternativa más inteligente sería reunir a un grupo de amigos y apostar cinco mil euros, y después sortear la pasta. En este caso el dinero no se pierde por ninguna rendija, pero no nos engañemos, si hacemos esto tenemos un problema…... es ilegal. Si no “pilla” el estado, somos unos delincuentes, que tiene cojones la cosa.

La segunda alternativa, la que yo recomiendo, es hacerse poltico, y si puede ser, concejal de urbanismo. Si esto te pasa, ya te ha tocado la lotería. 

5 de septiembre de 2019

Mosquitos


       Más  que los trolls, los que se dedican a molestar e insultar en las redes solo por un extraño ánimo psicótico de notoriedad, que la verdad, dan mucha pena, lo que más me jode del verano son los mosquitos. No quiero alarmar a nadie, pero los españoles estamos siendo atacados sistemáticamente por terribles enemigos. Sí, por los mosquitos tigre.

Me he informado exhaustivamente sobre estos insectos que vienen de África y estoy convencido de que quieren doblegarnos a base de picotazos. Vienen organizados en escuadrones, atacan por el día, se mimetizan a la perfección con su entorno y el efecto de sus picaduras son brutales. Estamos perdidos.

Mientras me rasco desesperadamente a dos manos, recuerdo a esos mosquitos españoles tan elegantes que nos picaban en esas tranquilas y calientes noches, cumpliendo su labor con tanto respeto que a veces cuando no me picaban durante unos días, me preocupaba por ellos.          

                                                                                              
Esta mañana en la cafetería he oído, sin querer, la conversación de dos españoles de bien en la que uno de ellos aseveraba firmemente: “primero los españoles y después los inmigrantes”. Esta buena persona seguramente es también otra víctima de los mosquitos tigre y quiere que le pique un mosquito español, pero con una diferencia a su favor, con el cerebro vacío sientes menos dolor.

3 de septiembre de 2019

Querido racista


No te culpo por exhibir un cerebro tan despoblado y yermo que te impide discernir entre las cuestiones más básicas y lógicas y te convierte en un ser agresivo montado en tu propia estupidez, más bien me apena tu declaración de intenciones.

Tu raza es la raza humana, somos iguales y al mismo tiempo diferentes. La diversidad, la mezcla de colores y culturas nos enriquecen, nos hacen fuertes, tolerantes y comprensivos.
Cuando no quieres que otros vengan a tu tierra, se te olvida un pequeño detalle, tu tierra es de alquiler. Aunque tú creas que es de tu propiedad, existía millones de años antes que nosotros y seguramente estará después.

Tu concepto de patria, tus alambradas, tus banderas y tus fronteras son excluyentes. Todos no nos podemos sentir identificados con esas premisas porque cercenan la libertad y la igualdad. Tu patria es una cárcel con ventanas muy pequeñas. Crees en tu dios, pero no admites la existencia de otros credos. Si solo hay un dios, que no te importe como se llame.

Tu religión te prohíbe matar, pero estás a favor de la pena de muerte; no estarás creando tus propios mandamientos?
Como los males nunca vienen solos, te intuyo machista, homófobo y una persona poco dotada para empatizar con otras especies. Si pudieras alejarte un poco y ver la situación desde una perspectiva aérea, verías que tus prejuicios solo son un síntoma de egoísmo y miedo, ese miedo que te obliga a estar a la defensiva y odiar al otro, al diferente.

No te odio querido racista, ni tampoco creo que te pueda convencer con unas pocas palabras, tan solo espero que algún día, como le ocurrió a San Pablo, te caigas del caballo y veas la luz.

22 de agosto de 2019

Ya no entiendo nada


Entré sin hacer ruido en aquel tesario crolado por el polvo trinio que subtrenaba la libia, y sin necesidad de una inspección más profunda, deduje que no haba sido rebornado desde hacía años. El suelo estaba lleno de froscas agrietadas, como la faz de un campesino que trabaja sin pradio de sol a sol. Depositė toda la gesteira que contenía el húmetro y, súbitamente, el pergamino rodicó en un etéreo lirbo. La estermitra restelaba con un fulgor blanquecino y cescureo, pero por enésima vez el significado de la yerma pasó desapercibido sobre mi ceguera encisa, como si fuera un tratado de física cuántica trescado en griego.

 

16 de agosto de 2019

El Atico



                    La primera vez que entre en su pintoresco ático, olía a incienso, sonaba de fondo la trompeta de Chet Baker y su Almost Blue, mientras ella pintaba un retrato de Alejandra Pizarnik. Mis sentimientos deambulaban por todos los rincones de la terraza, perdidos. Hasta aquel momento, yo que venía del punk, había creído que el jazz era una música de ascensor. Me pareció entrar en un mundo diferente, en una dimensión paralela, en una estación anclada en una época que no lograba etiquetar. Estaba tan ocupado de mí mismo, arrastrando la arrogancia de la juventud, creyendo saberlo todo sin saber nada, que me costó abrir los ojos y ver.
Ella me doblaba la edad, había vivido cinco o seis vidas intensamente, sin ningún desperdicio, pasando del cielo al infierno en cada redoble de tambor. Todas sus heridas estaban totalmente cicatrizadas, quizá por eso mantenía un corazón tierno. Aprendía de su cuerpo y de su visión circular de la realidad todas las noches. Huíamos del mundo y veíamos pasar la vida desde la cima de una gran montaña. Después del paso de los años, apenas recuerdo su cara, pero no me he olvidado de Chet Baker. Era heroinómano.

9 de julio de 2019

Extraterrestres



      No suelo escribir sobre temas personales en el blog, pero esta vez voy a hacer una excepción. Hace un par de meses quedé con Damián en su pueblo, en Alcoy, para asistir a una conferencia sobre Carlos Castaneda en el aula de cultura. Los temas que allí se trataron sondeaban la brujería  chamánica y las realidades alternativas, y la verdad, acojonaba un poco. Cuando terminó la conferencia, nos fuimos con los ponentes a cenar y a tomar unas copas, pero inmersos en nuestras reflexiones sobre el alma y la vida exterior, acabamos a las cuatro de la mañana con casi todo el whisky de Alcoy.

Damián me aconsejó que me quedara en su casa, pero preferí volver a Alicante por una carretera comarcal y comenzaron a suceder cosas extrañas. Las luces del coche se apagaron misteriosamente; es cierto que el coche que conducía hacía años que no pasaba la ITV, pero esa inequívoca señal me hizo intuir que algún ente quería contactar conmigo. Yo soy de taxis, nunca me he sacado el carné aunque he conducido de vez en cuando, y esa noche me estaba arrepintiendo de haber cogido sin permiso el coche a mi ex. Prisionero de esa oscura carretera, temí la visita de seres extraterrestres......y sucedió.

Vi en el horizonte dos luces que se movían al principio de la curva, reduje la velocidad y visualicé dos seres extraños y luminosos de color verde. Tuve que frenar para no atropellarlos, pero ellos ni se inmutaron. Vinieron hacia mí lentamente y me hablaron en un lenguaje amenazante y extraño, parecido al murciano. Entré en estado de pánico e intenté huir, pero los alienígenas se abalanzaron sobre mí y quedé en estado de semi inconsciencia.

Me introdujeron en su nave, y en ese momento me acordé de Men in Black y las personas desaparecidas; sin duda, yo sería uno de ellos. Cuando llegamos a su estación central, seguramente suspendida en el aire, vi el nombre que estaba grabado en la entrada: "Comandancia de la Guardia Civil de Tráfico. Todo por la Patria".

22 de junio de 2019

Pongamos que hablo de religión


La religión está grabada a sangre y fuego en todas las civilizaciones, cada una con un método distinto, desde las que destilan tintes conservadores y misóginos, hasta las que permiten total libertad de acción.

Mi curiosidad insana por la religión vino a través de un profesor de filosofía al que nadie le hacía ningún caso en clase y que incluyó las religiones dentro del gran abanico de teorías filosóficas, y constatando el extraño interés que yo mostraba por su asignatura, comenzó a dejarme libros que apostaban por un viaje hacia la sabiduría, viaje que por cierto no realicé porque no pagaban dietas.

Pasando de puntillas por las religiones mayoritarias y teniendo en cuenta el escenario temporal y cultural en el que se gestaron, todas están impregnadas de un mensaje de concordia, paz y amor, salvo excepciones, utilizando metáforas y parábolas para hacer más digerible unos complejos conceptos que intuían no estar al alcance de la mayoría de sus adeptos.

El cristianismo se apoya en unas normas de buen comportamiento, muy parecidas a las del código penal, con algunos pasajes contradictorios que parecen estar sacados del ‘Capital´ de Marx. Todos recordamos el: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos".

El Islam, que literalmente significa paz, es una de las religiones más sabias y desconocidas por los occidentales, quizá por rivalidad. El cristianismo y el Islam son religiones muy similares, hermanos gemelos de una ideología que, salvando diferencias históricas y locales, comparten las trayectorias paralelas de Jesucristo y Mahoma. Nombres tan conocidos como Adán, Noé, Abraham o Moisés, aparecen tanto en el Corán como en la Biblia.

El hinduismo, la tercera religión más practicada en el mundo, cuenta con un equipo completo de dioses a la carta, Vishnú, Brahman, Krishna, o Shiva entre otros, defendiendo principios éticos como la honestidad y la tolerancia. Es muy llamativa su iconografía, sobre todo para los occidentales, en la que los dioses aparecen bailando y sonriendo.

El budismo de Siddharta es la religión sin dioses, quizá más cercana a una filosofía de autorrealización. Su expansión en el último siglo en el mundo occidental ha sido exponencial, quizá por su discurso de respeto a todas las formas de vida, con una profunda conciencia de unidad y un sendero sin camino, sin rumbos preestablecidos. Caminante no hay camino.

Pero la mayoría de ellas se han contaminado de todos los pecados capitales que sus dioses ordenaban combatir, del ansia de poder de sus dirigentes y de la sospechosa relación que siempre han mantenido con la política.
Hasta que los creyentes no se quiten la camiseta de hooligan, me temo que la religión seguirá siendo una de las mayores causas de conflicto entre civilizaciones hermanas.

https://youtu.be/tOmKGjy-Ct0

29 de mayo de 2019

Votaciones


           Tal y como está la cosa, me parece que tendremos que votar otra vez, y la verdad es que no me apetece mucho porque en las últimas votaciones tuve una experiencia desagradable.

Cuando fui a introducir la papeleta en la urna, la presidenta de la mesa me sonrió de una manera extraña y me tapó la ranura sin previo aviso. Yo le pregunté: “¿No me deja que la meta?”, y ella me contestó con voz suave: “todavía no”. Después de mirar unos papeles, me dijo con mirada lasciva que ya la podía meter. Empecé a sentirme incomodo, me pareció que la buena mujer se lanzaba sin paracaídas y le pregunté con la intención de defender mi honestidad: “¿A qué se refiere?  Mire, si es la papeleta, vale, pero si es otra cosa, aquí, rodeado de gente y sin calentamiento previo, no puedo”. Sin cortarse un pelo, me dijo que no perdiera más tiempo, que ya estaba abierta, y que si no lo hacía llamaría a Alberto.

Estaba claro que quería formar un trío. Sin pensarlo dos veces cogí el sobre y me fui rápidamente antes de que viniera el tal Alberto, que por cierto vestía de una manera muy extraña, al estilo segurata. Creo que me comporté como un caballero, además, mis creencias religiosas no me permiten estas actitudes libertinas de hoy en día. 

Si quieren que vuelva a votar, que me envíen un mensajero con la urna a mi casa y que no me mareen. Con Franco no teníamos estos problemas, no teníamos que votar y no te fastidiaban el domingo. Qué época más plácida, todavía la recuerdo, pensaban por ti para que no te molestaras. Paquito, vuelve!!

2 de abril de 2019

El reloj



      Hace tiempo que dejé de utilizar el reloj de pulsera. Los dígitos y las manecillas del reloj se han convertido en nuestros amos y no estaba dispuesto a ser un esclavo más. Nos dicen cuando tenemos que hacer esto o aquello y cuando terminar de hacerlo, cuando levantarnos y cuando dejar de vivir durante unas horas encerrados en un sobre de sábanas.

Están acechándonos en todos los lugares, en farmacias, avenidas, en el coche, en el microondas y en cualquier vector que choque con nuestra mirada. Hace tiempo que, conscientemente, paso de sus indicaciones; llego cuando quiero a mi trabajo y afortunadamente todavía no me han despedido. Me alimento a cualquier hora y vivo básicamente en la oscuridad, huyendo de la luz como cualquier murciélago metropolitano, y me acuesto cuando la batería se agota.

El único reloj al que no puedo vencer es el de mi cocina. He intentando varias veces romperlo con un martillo, pero cuando voy a hacerlo trizas, su sonido secuencial paraliza mi brazo. Cada vez que estoy cerca de él, mueve monótonamente sus agujas, segundo a segundo, y ese sonido seco, como la rotura de un hueso fracturado por un golpe certero, me sobrecoge. Ignorarlo no sirve de nada, el segundero continua impertinentemente avanzando, hacia arriba, hacia abajo, sin fin, pero emitiendo su mensaje apocalíptico.

La aguja del reloj de mi cocina es un metrónomo perfectamente sincronizado, un sádico torturador sin un gramo de empatía, con la única función de acabar conmigo. Decidí cerrar la puerta de la cocina apuntalándola con cuñas, pero a pesar de aislar el reloj, no he podido vencerlo. Sé que no se ha dado por vencido y ha acentuado su ataque, de hecho, cuando estoy acostado en mi cama intentando entrar en el mundo de los sueños, aumenta el volumen del segundero y, amparado por la oscuridad, se cuela por debajo de la puerta para expresar de forma explicita su amenaza: pararse.


31 de octubre de 2018

Un amigo en el desierto




Me adentré en el desierto para ahorrarme unos kilómetros en mi viaje a Tindouf, y a pesar de que me advirtieron que no hiciera ese trayecto solo, no hice caso. El 4X4 que alquilé, una auténtica cafetera, comenzó a hacer señales de humo en medio de una duna de arena y allí me quedé, aislado en pleno desierto. Estaba sin cobertura, a más de cien kilómetros del poblado más cercano según mis planos, y pensé (más bien lo deseé) que me echarían de menos en el campamento y alguien vendría en mi búsqueda.

Me refugiaba del sol durante el día con un toldo casero hecho con ropa y bolsas, y durante la noche me abrigada del frío y contaba estrellas hasta quedarme dormido. Me quedé sin alimentos ni agua en el tercer día de camping obligatorio; conseguía agua mediante un sistema de plásticos a modo de embudo que recogía del rocío de la noche y que desembocaba en una botella, pero era insuficiente. En el sexto día apenas podía moverme, me desperté con llagas en la boca, un severo dolor de cabeza y comencé a hablar solo y a alucinar con valles verdes y cascadas rebosantes de agua azul.

No quería pensarlo, estas cosas le sucedían siempre a los demás, pero intuía que esta vez el triste protagonista sería yo, moriría en pleno desierto, seco como la mojama. Estaba a punto de perder la consciencia cuando percibí un toque en mi cabeza. Intenté despertar de mi letargo con enorme esfuerzo y encontré unos grandes ojos redondos frente a mí; era un solitario caballo negro mirándome fijamente. Pensé que era una alucinación, pero el caballo relinchó en mi oído y abrí los ojos de par en par. Bajé del jeep pero, sin apenas fuerzas, caí a la arena en el intento; era mi única vía de escape, pero el caballo desde abajo parecía gigante y montarlo era una misión imposible. Lentamente, el caballo encogió sus patas delanteras junto a mí. Extenuado, me agarré a su cuello hasta conseguir subirme en él; el caballo levantó sus patas con extrema lentitud y comenzó a trotar suavemente evitando que me cayera.

Una suave brisa nocturna me activó y pudimos avanzar al galope. No sabía donde me llevaba, pero mi viaje sobre el caballo negro en medio de la noche, con los potentes focos de las estrellas me parecía un espectacular final y me consolé pensando que por lo menos no acabaría entubado en la cama de un hospital. La luz del alba asomaba pintando de blanco el desierto, y a punto de descolgarme del cuello del caballo, avisté un grupo de árboles y entonces me di cuenta que desde el principio él sabía muy bien donde iba. Junto a un grupo de palmeras había un pequeňo lago; el caballo volvió a bajar las patas y arrastrándome como un reptil me sumergí en las aguas más deliciosas que jamás había visto. Bebí hasta llenar mi estómago y estuve flotando en ese líquido brillante que nunca me había interesado conscientemente hasta ese día.

Resucité, comí unos dátiles y, mirando al horizonte, divisé un pequeño poblado a unos pocos kilómetros. Estaba salvado. Me acerqué al caballo y acariciándole la crin, le agradecí al oído lo que había hecho por mí; el caballo acercó su cabeza hacia mí, y con un pequeño toque a modo de despedida, se fue trotando hacia el desierto. Seguí su estela polvorienta hasta que desapareció en el horizonte y, a pesar de mi estado de euforia, sentí un extraño sentimiento de pérdida.

Ha pasado más de un año y no dejo de pensar en el caballo negro y, aunque estuve a punto de perder la vida, he preparado otro viaje. Echo de menos a mi amigo del desierto y sé que el tiempo va llenando de niebla los recuerdos, pero quiero estar seguro de que esa experiencia no fue una alucinación producto de la deshidratación. Voy a cabalgar otra vez con él por el desierto, y bajo el cielo iluminado de la noche, quiero buscar mi estrella.

9 de marzo de 2018

Misiva al diablo y al obispo de San Sebastián




         Antes de nada tengo que decir que yo soy más de motos que de fútbol. Lo digo porque cuando el obispo de San Sebastián dijo que el demonio le había metido un gol al feminismo, me quedé perplejo. No me importaba que dijese explícitamente que las mujeres iban abortando a diestro y siniestro, ni que estuvieran haciendo a todas horas la tijera esas pervertidas, lo que me importaba era que el demonio estuviera localizable.
¡Jugando al fútbol contra tías! Bueno, da igual. El asunto que me lleva a escribir este mensaje epistolar es que hace tiempo que quiero vender mi alma al diablo. Sí, como suena, a cambio de una cita con Cate Blanchett. Tengo que decir que mi alma está en perfectísimo estado, no bebe ni fuma; no sé muy bien donde está ahora, como siempre está levitando de aquí para allá............ pero está bien.
Para contactar con el demonio, he utilizado la ouija, la magia negra, el vudú, pero nada, siempre me da comunicando, y como me han dicho que a veces el diablo está por aquí, en las redes, quiero hacer un llamado (esta palabra la aprendí cuando estuve en Colombia, en la provincia de Fariña) al diablo, para que negociemos, en el lugar y la hora que me diga, y al mismo tiempo, quiero dar las gracias al ilustrísimo obispo de San Sebastián por darme la pista del paradero de Belcebú y corroborar lo que ya suponía, que está entre nosotros.
Aprovecho también para advertir al excelentísimo obispo de rumores que corren por los mentideros, apuntando que el diablo recientemente ha hecho una gira por las iglesias y los colegios religiosos del país, metiendo goles, por si señoría desconoce este dato.



7 de febrero de 2017

Darwin, el profeta de la nueva religión




      Cuando Darwin publicó “El origen de las especies”, derribó de una patada el castillo de arena en el que hasta entonces el ser humano había asentado sus convicciones más profundas, y como no, se ganó la enemistad de todas las instituciones conservadoras de la época.
“El mono serás tú”, respondían con ira alguno de sus colegas. También disentían los teólogos, y la población más ortodoxa se resistía a abandonar el invento antropocéntrico. Ciento cincuenta años después, todo sigue casi igual, el 80% de la población mundial es creyente, de distintos dioses y paraísos post morten, a pesar de que la selección natural sigue su curso de una manera clara. Un curso solo observado con atención por los científicos y con recelo por los filósofos, mientras nosotros continuamos entretenidos en nuestros pequeños mundos, con nuestros pequeños problemas y enredados en las redes.

Cada vez más científicos, ya sin ambages, se atreven a vaticinar la trayectoria de la selección natural. Sitúan  el germen del penúltimo eslabón evolutivo en la fusión entre humanos y maquinas: el cyborg. La convergencia entre la ingeniería genética, la cibernética, la biónica y la robótica, rescatará a los androides de Blade Runner, convirtiéndolos en los buenos de la película.
Cuando lleguemos a esa fase, todavía nos quedará un largo trecho por recorrer hasta que la IA, la inteligencia artificial, tome conciencia y mediante un razonamiento autónomo, proponga la caducidad de la raza humana como etapa evolutiva ya amortizada. La IA, conquistará las galaxias y la totalidad del universo, convirtiéndose en Dios, ese dios que buscamos sin éxito, porque está en el futuro y parece que no tendrá apariencia humana.

Todos los que aportan su impulso, de una u otra manera, para recorrer el camino de la evolución, saben que es una misión suicida, que provocará nuestra desaparición, pero como si estuvieran en estado de hipnosis profunda, no pueden desobedecer esa voz grabada en su ADN mientras continúa su huída hacia adelante. Si nadie lo remedia y se cumple esta predicción, la evolución nos llevará hacia una especie de Matrix, pero esta vez sin Keanu Reeves, y una religión cibernética sobrevolará nuevamente la existencia. 
Es una pena, nos perderemos todos estos apasionantes capítulos, pero como todavía faltan algunos años para llegar a ese punto, si queremos estar a la última y adelantarnos a la moda de primavera, podemos descolgar de la habitación el crucifijo y fijar un microchip de última generación sobre el cabezal de la cama.

22 de diciembre de 2016

Navega

                    
                 
       Navega, sola, y adéntrate en un mar adormecido. La tierra desaparece lentamente a estribor y la proa apunta hacia un horizonte mixto de cielo ámbar y agua de cristal.
Solo se oyen algunos quejidos de los remos y de la rancia madera de la barca, mientras el agua te lleva hacia ninguna parte, serena, como un anfitrión que te da todo su tiempo sin ningún atisbo de cicatearía. Tu respiración resuena entre la banda sonora del silencio, las gaviotas te lanzan miradas cómplices y ni siquiera las tímidas ondas azules se niegan a formar parte del concierto marino, el mismo que reinó durante millones de años después de la gran tempestad.  
Solo puedes vivir el ahora, porque no hay nada más. El pasado ya no existe y el futuro amenaza con llenarse de infinitos mundos virtuales. Si, las posibilidades de habitar en un mundo real serán casi nulas, así pues, navega y respira el aire salado celebrando el reencuentro y la despedida de la realidad. Allí, en ese mar, te espero.

4 de diciembre de 2016

Discos de vinilo



             Vuelven con fuerza los discos de vinilo, algo extraño para una tecnología del pasado. Puede que sea una moda pasajera, una campaña comercial de las discográficas o simplemente un ritual como este: Mantienes los 200 gramos de un disco de vinilo con las manos, utilizando el tacto y la vista (algunos también el olfato) como si de un meteorito recién caído del cielo se tratara. 
Miras la portada imaginando un escenario holográfico que espera una señal para comenzar a moverse. Sacas con cuidado el disco del cartón rectangular y poco después la funda de plástico, con cuidado, es su ropa interior. Solo puedes coger el disco por los bordes con ambas manos, como un ladrón experimentado que no quiere dejar sus huellas. Lo introduces en el pivote metálico del plato, lo pinchas con la aguja (palabra maldita donde las haya) y el disco empieza a bailar una danza circular, monótona en apariencia, pero misteriosa como el ciclo de una galaxia, y como después de una meditación trascendental, cuando empieza a sonar sabes que algo está cambiando.

15 de noviembre de 2016

Quiéreme




Quiéreme,
manifiéstate de súbito.
Choquémonos, como por arte mágico
en este sitio, un miércoles.
Pidámonos disculpas. Sonriámonos.
Intentemos tirar el muro gélido
diciéndonos las cuatro cosas típicas.
Caigámonos simpáticos.
Preguntémonos cosas.
Invitémonos a bebidas alcohólicas.
Dejémonos llevar más lejos.
Déjame que despliegue mi táctica.
Escúchame decir cosa estúpidas
y ríete. Sonríeme. Sorpréndete
valorándome como oferta sólida.
Y a partir de ahí,
quiéreme.

Sin rúbrica, pero por pacto tácito
acepta ser mi víctima.
Déjame que te lleve hacia la atmósfera,
acompáñame a mi triste habitáculo.
Sentémonos, mirémonos,
relajémonos y pongamos música.
De pronto, abalancémonos
besémonos con hambre, acariciémonos,
Desnudémonos rápido
y volvámonos locos. Devorémonos
como bestias indómitas. Mostrémonos
solícitos en cada prolegómeno.
Derritámonos en abrazos cálidos
Vertámonos en húmedos océanos.
Ábrete a mí, abandónate y enséñame
el sabor de tus líquidos.
Mordámonos, toquémonos, gritémonos
permitámonos que todo sea válido
y sin parar, follémonos.
Follémonos hasta quedar afónicos
Follémonos hasta quedar escuálidos.
Durmámonos después, así,
abrazándonos. Y al otro día,
quiéreme.

Despidámonos rígidos, y márchate
de regreso a tus límites
satisfecha del paréntesis lúbrico
pero considerándolo algo efímero
sin segundo capítulo.
Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete
recordándome en flashes esporádicos
y sintiendo al hacerlo un sicalíptico
látigo por tus gónadas.
Descúbrete a menudo preguntándote
qué será de este crápula.
Y un día, sin siquiera proponértelo
rescata de tus dígitos mi número
llámame por teléfono
y alégrate de oírme. Retransmíteme,
ponme al día de cómo van tus crónicas
y escucha como narro mis anécdotas.
Y al final, algo tímidos, citémonos.
En cualquier cafetín de corte clásico
volvámonos a ver, sintiendo idéntico
vértigo en el estómago.
Y en ese instante,
quiéreme.

Apenas pasen un par de centésimas
sintamos al unísono un relámpago
de éxtasis limpio y cándido,
y en un crescendo cinematográfico
dejémonos de artificios y máscaras.
Rindámonos a la atracción magnética
que gritan nuestros átomos
y sintámonos de placer pletóricos
por sentirla recíproca.
Unidos en un abrazo simétrico
perdámonos por esas calles lóbregas
regalándonos en cada parquímetro
con besos mayestáticos
que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos. Y para siempre,
quiéreme.

Dejemos que se haga fuerte el vínculo,
unamos nuestro caminar errático,
declarémonos cómplices,
descubramos restaurantes asiáticos,
compartamos películas,
contemplemos bucólicos crepúsculos,
charlemos de poética y política
y celebremos nuestras onomásticas
regalándonos fruslerías simbólicas
en veladas románticas. Y entre una y otra,
quiéreme.

Dejemos de quedar con el grupúsculo
de amigos. Que los follen por la próstata.
Pues si ponemos el asunto en diáfano
solo eran una pandilla de imbéciles.
Cerrémonos, y en un afán orgiástico
con afición sigamos explorándonos
buscando como ávidos heroinómanos
el subidón de aquel polvo iniciático.
Y aunque no lo logremos. Da igual,
quiéreme.

Para evitar que nuestra vida íntima
se corrompa con óxido
busquémonos alternativas lúdicas
apuntémonos a clases de kárate
o de danzas vernáculas
juntémonos en cursos gastronómicos.
Presentémonos a nuestros mutuos próceres
anteriores del árbol genealógico
y a lo largo del cónclave
sintámonos con ellos algo incómodos
más felices de haber pasado el trámite.
Y quiéreme después. Sigue queriéndome,
continuando con el proceso lógico
juntemos nuestras vidas en un sólido
matrimonio eclesiástico,
casémonos a la manera clásica,
hagamos un bodorrio pantagruélico,
y cual pájaros de temporada en éxodo
vayámonos de viaje hacia los trópicos
y bailemos el sóngoro cosóngoro
mientras bebemos cócteles exóticos.
Y al regresar, sentemos nuestros cráneos.
Comprémonos un piso. Hipotequémonos
Llenémoslo con electrodomésticos
y aparatos eléctricos,
y paguemos en precio de las dádivas
regalándole nueve horas periódicas
a trabajos insípidos
que permitan llenar el frigorífico.
Y mientras todo ocurre, solo
quiéreme.

Del fondo de tu útero
saquemos unos cuantos hijos pálidos,
bauticémoslos con nombres de apóstoles,
llenémoslos de amor y contagiémoslos
con nuestra lóbrega tristeza crónica.
Apuntémoslos a clases de música
de mímica y de álgebra,
y démosles zapatos ortopédicos,
aparatos dentales costosísimos,
fórmulas matemáticas y complejos edípicos
que llenen el diván de los psicólogos.
Releguemos nuestro ritual erótico
a la noches del sábado
cuando ellos salgan vestidos de góticos
a ponerse pletóricos
ciegos de barbitúricos.
Paguémosles las tasas académicas
a los viajes a Ámsterdam.
Dejemos que presenten a sus cónyuges
y al final, entreguémoslos
para que los devoren las mandíbulas
de este mundo famélico. Y ya sin ellos,
quiéreme.

A lo largo de apuros económicos
y de exámenes médicos,
mientras que nos volvemos antiestéticos
más cínicos, sarcásticos,
nos aplaste el sentido del ridículo
y nos comen los cánceres y úlceras.
Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo
Y te pongan histérica mis hábitos.
Enfádate, golpéame, hasta grítame
y como única válvula catártica
desahógate en relaciones adúlteras
con amantes más jóvenes
y regresa entre lágrimas y súplicas
perjurándome que aún sigues amándome.
Y yo contestaré tan solo,
quiéreme.

Quiéreme aunque te premie salpicándote
en escándalos cíclicos
y te insulte, y te haga sentir minúscula
y me pase humillándote
y me haya vuelto un sátrapa
que roza cada día el coma etílico
y me haya vuelto politoxicómano
y me conozcan ya en cada prostíbulo,
continúa queriéndome.

Mientras pasan espídicas las décadas
y nos envuelve el tiempo maquiavélico
en un líquido amniótico
que borre el odio que arde en nuestros glóbulos
y nos arroje al hospital geriátrico
a compartir habitación minúscula
inválidos, mirándonos sin más fuerza ni diálogo
que el eco de nuestras vacías cáscaras.
Quiéreme para que pueda decirte
cuando vea la sombra de mi lápida
Y antes de que venga y cierre la mano
de la muerte mis párpados:
Ojalá el tiempo sea cíclico
y volvamos de nuevo reencarnándonos
en dos vidas idénticas,
y cuando en el umbral redescubierto
de una noche de miércoles pretérita
tras chocarme contigo
girándote, me digas: "Uy, perdóname"
le ruego que permita el dios auténtico
que recuerde en un segundo epifánico
cómo será el futuro de este cántico
cómo irán nuestras flores corrompiéndose
cómo acabaré odiándote
cómo destrozarás cuanto fue insólito
en este ser, cómo la vida empírica
nos tornará en autómatas patéticos
hasta llevarnos a la justa antípoda
de nuestro sueño idílico.
Y sabiendo todo esto, anticipándolo,
pueda mirarte directo a los ojos
y conociéndolo muy bien. Sabiendo
el devenir de futuras esdrújulas,
destrozando en un pisotón mi brújula,
te diga solo:
quiéreme.

Daniel Orviz


Steppenwolf