13 de febrero de 2020

Singles Bar (3/3)




                 Había recibido varias cartas y al principio era divertido: divagábamos, bromeábamos y a veces desvelábamos nuestros más íntimos secretos. Pero quizá debido a la tolerancia, que en términos médicos significa que cada vez necesitábamos una dosis mayor de contacto, nuestras cartas eran insuficientes y en el horizonte habían aparecido los ojos desafiantes del síndrome de abstinencia. Ayer recibí la última carta y, como siempre, la guardaba para leerla y saborearla al día siguiente mientras desayunaba, como el que espera durante la comida el momento del postre, y esa carta decía así: “…………....ya sé que hicimos un trato, pero no puedo mantenerlo, no quiero seguir con las cartas, quiero verte. Me da igual que nos odiemos dentro de dos o tres años y que nos tiremos los platos a la cabeza. Voy a ir el sábado por la mañana a tu casa, y si no me recibes y prefieres tirarme los platos directamente, lo entenderé, pero espero que sean de plástico”.
Reconocí inmediatamente mis antiguos nervios adolescentes y los pensamientos estresantes parecían no tener fin: “hoy es sábado, son las once y todavía no me he duchado”, “¿el vestido azul o los vaqueros?”, “debería ordenar un poco la casa”………....en ese preciso momento sonó el timbre y mis pulsaciones comenzaron a rebotar en mis venas. Mientras me abrochaba el batín y apartaba de mi cara los rizos, abrí la puerta casi temblando y ….……… era él. Nos miramos sin hablar durante unos segundos y comenzó a sonreír con sus ojos rasgados. Yo lo atraje hacia mí agarrándolo de la cintura mientras nos besábamos como si de esos besos dependiera nuestra vida. La cuenta atrás había comenzado, ya no queríamos una relación para siempre, solo queríamos quemarnos hasta que se acabara el combustible; todo tiene un final, era así de simple. 
No pudimos llegar a la habitación, esos diez metros de distancia eran kilómetros, pero nos acogió el pobre sofá del salón que no tenía culpa de nada.
                                                         ____________________

        Nunca había escrito un libro para nadie, y ahora soy lo que coloquialmente se llama ‘un negro’, pero lo que no imaginaba es que lo tuviera que escribir para una mujer y relatado en primera persona en un ejercicio de travestismo mental. El encargo era para Laura Lujan, presentadora del Canal Siete y mujer del dueño de Construcciones Hispania. Esa noche quedé con Víctor, mi excéntrico editor, en el lugar donde partió la historia, el Singles Bar, para recibir el esperado talón de cincuenta mil euros, tomar unas copas y también me pidió que llevara mi agenda porque iba a proponerme un encargo de otra mujer. A pesar de que no me hacía mucha gracia que mi nombre no apareciera por ningún lado, era dinero fácil por escribir algo más de doscientas paginas de historias románticas, muy alejadas de mi estilo y de los temas turbulentos en los que suelo sumergirme, además, Víctor siempre me ha ayudado en los peores momentos colocando mis libros en las principales librerías y, sin duda, su influencia ha contribuido positívamente en las criticas hacía mi; no podía negarme a sus extrañas peticiones.
Estaba anotando algunas modificaciones para una posible segunda edición del libro cuando mi copa cayo bruscamente empujada por el bolso de una pelirroja que pasaba junto a mi mesa. Me levanté inmediatamente intentando evitar que el whisky cayera sobre mis pantalones y le dije: ”no te preocupes, pediré otra copa, no pasa nada". Ella se sentó en la mesa de al lado y se disculpó diciéndome que no estaba teniendo una buena noche y estaba un poco descentrada. Después de intercambiar comentarios sobre el incidente, me pidió permiso para sentarse en mi mesa porque corríamos el riesgo de quedar afónicos. Era curioso, parecía que estábamos viviendo uno de los episodios del libro y además en el Singles Bar. Me preguntó si había arruinado lo que estaba escribiendo en su agenda, y yo le dije que solo eran apuntes para un libro.
¿Qué hace un escritor en un sitio como este? —preguntó.
Al oír su pregunta me quedé helado. ¡Estaba viviendo el mismo guion del libro, no podía ser! ¿Era una casualidad, era una fantasía, o quizá dios me enviaba un mensaje? Hasta ese día había sido un ateo pragmático que no creía en las casualidades, pero……¿cuál era la explicación?
Estoy esperando a mi editor……...se ha empeñado en quedar aquí en el Singles Bar ……...que es el punto de partida del libro —le respondí casi en estado de shock y sin saber muy bien lo que decía.
El motor turbo de mi cerebro se estaba gripando. Ese libro todavía no estaba a la venta y, además, nadie sabía que lo había escrito yo, ella no podía tener esa información. ¿Era posible escribir algo que sucedería exactamente en el futuro? ¿Sería humana esta guapa pelirroja? En medio de mi confusión, ella intentó taparse la boca pero no impidió que explotara su risa desbocada.
Soy Carmen, la prima de Víctor, todo es una broma, espero que no te enfades —me dijo riendo y besándome en la mejilla a modo de desagravio—, y para compensarte, aquí tengo un talón a tu nombre con mucho ceros.
Gracias —le dije riendo—, lo has hecho muy bien, me lo he tragado de principio a fin, creía que me estaba volviendo loco.
Yo también escribo; la verdad es que le pedí a Víctor que nos presentara, estaba deseando hablar contigo sobre tus libros, y después de leer el borrador de Singles Bar se me ocurrió la broma. Por cierto, si otra vez vuelves a escribir un libro encarnado en el sexo opuesto, creo que te podría enseñar varias armas de mujer que estoy segura que desconoces.
Vale, pero ¿tú que elegirías conmigo: amistad o sexo? —le pregunté sonriendo y parafraseando el texto del libro.
Eso tendrás que averiguarlo.

11 de febrero de 2020

Singles Bar (2/3)

          


        Estuvimos conversando de mesa a mesa sobre el incidente hasta que me pidió permiso para sentarse en mi mesa argumentando que corríamos el riego de quedarnos afónicos. De verbo fácil, irónico, atractivo y educado, no parecía pertenecer al tipo de ganado que abundaba en ese lugar. A mí pregunta sobre la agenda, me dijo que escribía apuntes para un libro. 

—¿Qué hace un escritor en un sitio como este? —le pregunté irónica.

—Podría preguntarte más o menos lo mismo, pero bueno, sí, soy un cuenta historias, por el día escribo y por la noche preparo lo que voy a escribir el día siguiente inspirándome en tugurios como este. Ahora estoy escribiendo sobre singles, por eso estoy aquí, para informarme de primera mano de todo lo que se cuece por aquí, haciendo casi de espía.


—No me incluyas en el grupo, estoy aquí..…....digamos que por una pésima elección —intenté salir de su mira telescópica.

Bueno, para que lo voy a negar, yo soy un single, estoy afortunadamente separado y poco a poco he desarrollado una clara alergia a los contratos. Cuando me invitan a una boda y veo a las víctimas, no puedo dejar de sentir pena por ellos.

—Sí, yo también estoy separada, y desde luego ya no busco al príncipe azul. La convivencia es complicada, y la relación de pareja eleva esta dificultad hasta el nivel diez; es tóxica, una lucha de egos, es un viaje destinado al fracaso. ¿Cuantos ejemplos quieres que te ponga sobre la mesa además del mío? —le dije riendo.

—Solo los que hayan tenido éxito, así acabamos antes —reía acompañando mi risa.


—No te interesará una mánager para relanzar tu carrera literariale pregunté con algo de sorna.

Gracias por tu proposición pero no te podría pagar, apenas puedo mantenerme yo. Si no fuera por el pluriempleo no podría vivir de mis libros, pero no me quejo, muy pocas personas pueden decir que trabajan en lo que les gusta, además, cuando escribo puedo ser Dios dentro del universo del libro. Decido quién es el protagonista, el color de ojos de ella, donde y cuando se van a producir los encuentros casuales de los personajes. Si quiero puedo hacer caer desde un cielo gris una fina lluvia sobre el asfalto de una calle vacía, y puedo desnudar los pensamientos de cualquier personaje solo con rescatar imágenes de sus sentimientos. Al fin y al cabo escribir es principalmente una terapia, un tubo de escape que evita que las dudas y las contradicciones se queden anquilosadas en el interior.

Me gustaba como desarrollaba sus argumentos, como movía sus manos y como cerraba sus ojos casi orientales cuando sonreía. Habían pasado dos horas a la velocidad de la luz y me sentía tan cómoda con su compañía que apenas escuchaba la desastrosa música del local, y si la gente que había a nuestro alrededor hubiera sido abducida por alienígenas, seguro que no me hubiera dado cuenta.


Aprovechando que hablo con Dios, ¿no podrías haber perfeccionado un poco más nuestro cerebro?, porque te has lucido con el ser humano, tu invento biológico le pregunté irónica.

Siempre me han malinterpretado, el humano es el malo dentro de mi creación dijo siguiendo la broma—, el matrimonio ‘hasta que la muerte nos separe’ del que hemos hablado, es producto de los homo sapiens, no mía. Científicos y psicólogos opinan que la atracción entre dos personas no dura más de tres años en el mejor de los casos. Para que funcione una pareja, dando por hecho que los cerebros estén mínimamente equilibrados, deberían convivir como máximo un par de días al mes, después, cada uno en su casa, y así estoy seguro que tenemos una pareja feliz para años. Puede que las relaciones sexuales y los vínculos de amistad funcionen mejor de manera separada, así sabríamos a que atenernos y que relación elegir sin tener que cargar con todo el pack. Esa es mi receta.

—Y tú, que elegirías conmigo: ¿amistad o sexo? —le dije con malicia.

—Contigo apostaría por una relación platónica, porque a pesar de no conocerte apenas, pareces tan especial que no me arriesgaría a perderte si primero consigo tenerte. Bueno, ahí va mi proposición: sexo durante una sola noche y comunicación mediante una carta escrita a mano, una vez al mes, y no vernos nunca más. ¿Qué me dices? me dijo mirándome directamente a los ojos.

¡Estaba hablando en serio! Era una proposición indecente, lo sabía, pero había algo en él y en sus palabras que me incitaba a participar en el juego. Después de mantener su mirada, sonreí y acepté su trato con un beso. 

Acabamos en su casa, y esa noche descubrí que era la persona que había estado esperando toda mi vida......…..pero habíamos acordamos no volver a vernos.

9 de febrero de 2020

Singles Bar (1/3)



         Siempre me he considerado una mujer activa e involucrada en diversos proyectos, pero parece que con el paso de los años me he quedado en punto muerto. Puede que el cambio hormonal y la falta de dopamina producida por la maldita menopausia me haya robado parte de la ilusión y el coraje necesario para seguir en primera línea, además, mis relaciones personales están a mitad de camino entre el desastre y la inactividad, lo que me lleva a estar a un paso de tirar la toalla. Después de casi veinte años de un matrimonio que prometía, pero que acabó siendo anodino y rutinario, y de varias relaciones que no duraron más de seis meses, a mis cincuenta años ya no estoy dispuesta a aceptar actitudes machistas de aquellos que se declaran feministas en público pero que en el fondo no quieren perder los privilegios heredados del macho ibérico.

Desde que acabó el verano est
uve viviendo el día de la marmota: de casa al trabajo, del trabajo a casa, un par de horas en internet, series de Netflix y vuelta a empezar. Pero decidí cortar el círculo vicioso abandonando las redes y jubilando la televisión para apuntarme a la vida real a tumba abierta. Todavía me considero un mujer atractiva, pero no estoy dispuesta a pasar por un casting de autoestima constante porque una sociedad patriarcal nos pida una puesta en escena impecable en cada momento: depilaciones, peluquería o maquillaje, como si tuviéramos que estar siempre dispuestas para rodar Pretty Woman. Enfundada en mi chándal de runner novata, regresé del footing agotada, reflejando en mi rostro los gestos de dolor de este invento llamado ejercicio físico, con el pelo chorreando de sudor, la boca seca por la deshidratación y la ropa interior empapada. Si, esa soy yo, la original, un ser humano diferente al resto e inevitablemente igual a todos los demás.

Cándida es otra separada
de la que suelo huir habitualmente; experta en quedadas de singles y otros saraos, y a pesar de que nunca me ha dado buen pálpito, ese día me convenció para ir al Singles Bar, un disco-pub situado en la playa. Antes de abandonar el parking y todavía dentro de su desordenado coche, Cándida comenzó a prepararse para el combate en un ritual de gestos automáticos, acicalándose el cabello, utilizando mecánicamente el carmín y el spray de colonia, colocándose con precisión el sujetador y pasando revista al resto de sus armas. Siempre había tenido la dudosa virtud de elegir mal, me sucede de serie, y parecía que esta vez no iba a ser una excepción. Pero bueno, ya estábamos allí.


La estrategia de Cándida, que actuaba de maestra de ceremonias,
era bastante previsible. Insistió en que nos sentáramos en el centro de la gran barra que había junto a la pista de baile, y a los a los pocos minutos ya teníamos a dos individuos junto a nosotras. Parecían salidos de alguna película de Santiago Segura, vestidos con ropa 'moderna' y con un aliento alcohólico muy acusado. Cándida ya los conocía y comenzó a hacer manitas, totalmente desinhibida, con uno de ellos. El que me tocó a mí me contaba historias fantásticas de superhéroes: “La última vez que estuve con una mujer me dijo que no sabía lo que era un hombre hasta que estuvo conmigo”. Este era el nivel.
Haciendo de tripas corazón, los acompañé brevemente a la pista bailando el 'despacito'. Cándida me separó ligeramente de ellos y me propuso que nos fuéramos los cuatro a su casa, pero viendo el panorama, le contesté que ni de coña. Ella me miró durante unos segundos con cara de fastidio y me dijo que se iba con uno de ellos. El otro cromañón había oído la conversación y me endosó un codazo diciendo: “Venga, no te hagas la estrecha”, a lo que contesté sin elaborar demasiado mi respuesta: “¿Por qué no te vas a tomar por culo y compruebas si te gusta?". Recibí miradas poco amistosas y los tres desaparecieron dejándome sola en medio de la barra de un bar de singles.
Estaba fuera de lugar, en el sitio erróneo y con las personas equivocadas, como era habitual en mí. Me sentía extraña con los más jóvenes, demasiado joven con los de mi edad, incomoda cuando estaba rodeada de gente y, cuando estaba sola, echaba de menos a esa persona a la que no encontraba. Buscaba ese ente misterioso llamado 'mi sitio' y parecía que en ese antro no lo iba a encontrar.

Huyendo de los focos, me dirigí a la mesa más escondida posible, sincronizando el tiempo que iba a permanecer en el Singles Bar con el sorbo final de mi gin tonic. Para colmo de males, tiré con el bolso la copa que había en la mesa de al lado sobre la única persona que no gritaba en ese puto club y que estaba escribiendo algo en una agenda. ¡Tierra, trágame!
Antes de disculparme, se levantó con su agenda chorreando de whisky y me dijo: "No te preocupes, pediré otra copa y limpiarán la mesa; ojalá todo se solucionara tan fácilmente,
¿no crees?"

16 de enero de 2020

Pop



         El pop es como el azúcar, hay que tomarlo con cuidado, esporádicamente, y si a pesar de todo decides realizar este consumo, que sea de calidad. Solo tienes que subirte en la cadencia lenta y sencilla de ritmos y compases 4/4 y cerrar los ojos, firmar la paz contigo mismo y dejar que lo que tenga que suceder, suceda. Dale una oportunidad a tu conciencia observadora, no malgastes tu tiempo, ofrece tu mano y muéstranos una sonrisa a pesar de todo.
Hay canciones que guardan archivos en nuestro cerebro, y un enlace dispara una avalancha de imágenes y sentimientos cuando las oímos. Dentro de cada canción especial hay una historia nuestra.

27 de diciembre de 2019

El morbo



          Los niños correteaban sin tregua esa mañana de domingo de 1890 en la polvorienta Plaza Mayor. Los puestos de regaliz, coco y frutos secos estaban situados muy cerca de las vallas de madera que separaba a la muchedumbre del patíbulo, donde el verdugo, con la cara ya cubierta por el antifaz, esperaba al reo que se acercaba en carreta desde la cárcel. Las mujeres murmuraban formando corros, y sus maridos, ataviados con sus mejores trajes, vituperaban al condenado que se acercaba acompañado por el cura y por tres funcionarios.

Llegó el momento clave. El condenado, con la soga en el cuello, gritaba, lloraba e insultaba al verdugo, pero el desenlace fue rápido. Se produjo un silencio sepulcral en la plaza cuando el condenado cayó de golpe y, después de unos segundos de balanceo, murió empalmado, siguiendo la misma pauta de anteriores ahorcamientos.

Después del espectáculo, cada uno volvió a su rutina: los niños al descampado, los hombres a la bodega y las mujeres a sus casas. Los últimos en retirarse fueron los polticos y las cadenas de televisión, orgullosos del trabajo bien hecho. El show había convertido el dolor ajeno en dinero y en un montón de votos del rebaño.

16 de diciembre de 2019

Do the right thing


         Viendo la guerra de guerrillas de Barcelona, intentaba averiguar quién era el culpable de la situación: el irresponsable Torra y sus independentistas?, Sánchez?, la gasolina de Casado y Rivera?, el comunista? Todos echan la culpa a los demás y temo que, por descarte, el culpable pueda ser yo. Para aclarar mis ideas he ido a Twitter, he leído todos los diarios de internet, además del ABC y la Razón, y ahora estoy totalmente perdido.

Con toda seguridad la posverdad ha venido para quedarse, la manipulación de las mentes es un negocio. La mayoría de la información que recibimos es interesada, está inclinada hacia un lado o son fakes, y haciendo un balance de los elementos que han modelado nuestro cerebro, tampoco podemos aferrarnos a nuestra supuesta independencia de pensamiento: el 50% es influencia genética, el 20% lo ocupa nuestro entorno social, 10% libros, discos y obras de arte (el Interviú principalmente), 10% anuncios, redes y mensajes subliminales y el otro 10%: la encíclica anual del Papa. Si estos porcentajes son relativamente veraces, no tenemos ninguna capacidad para pensar por nosotros mismos ni podemos discernir entre lo correcto y lo erróneo.

Quienes son los buenos y los malos en las guerras?, suponiendo que haya buenos. Google y su inteligencia artificial planea crear clases sociales más diferenciadas? También tengo serias dudas sobre la realidad y la moralidad de mis decisiones. Dostoievski decía algo así como que ante los ojos de la belleza no existen diferencias entre el bien y el mal, y una de dos, o estaba como yo, o lo tenía muy claro.

Cuando intuyo en voz alta que los estamentos religiosos solo intentan controlar y manipular a las masas, no sé si estoy faltando al respeto a creyentes que persiguen el bien (para ellos?) o solo estoy intentando encontrar mi propio Dios. Mis críticas al capitalismo, del cual formo parte (como mínimo de una manera indirecta), y a las polticas liberales que fomentan la desigualdad, quizá están alentando a los vagos a vivir del esfuerzo de los demás, lastrando el lícito proyecto económico y social de los miembros mas ambiciosos de nuestra comunidad. Cuando he intervenido en una huelga, seguro que he arruinado el día a gente que solo quería realizar su trabajo rutinario, y cuando me he quedado en casa ante una manifestación justa y necesaria, probablemente habré caído en la indolencia de esperar que el mundo cambie sentado en mi sillón, y además, mi amigo Lao Tse me dice que no haga nada.

Ni siquiera el yoga me ha ayudado a reforzar la clarividencia. La meditación elimina los árboles dentro del bosque en el que estamos situados para poder ver con claridad, pero los árboles desaparecen y en el horizonte mi yo no aparece, no existe, es el síndrome del hombre invisible. Me duele reconocercerme en esta célebre frase del Fary: "solo sé que no sé nada", porque esta certeza consciente te puede dejar noqueado durante unos dias.

Ante estos síntomas de ignorancia, no me queda más remedio que admitir que si salgo de mi zona de confort, no sé lo que ocurre en el mundo. Sé que las redes existen, pero no puedo adivinar de qué manera están configuradas y cuál es el riesgo que corro en estos lugares tan peligrosos; no tengo ni idea de como hacer un cocido ni como funciona una cremallera, incluso los libros que he leído me han transmitido un mensaje y su contrario, acabando de lleno en la confusión. Creo que lo único que puedo hacer es fingir conocer todo lo que me rodea y aparentar que mi bagaje cultural acumulado (inexistente), me permite diferenciar entre el bien y el mal, a pesar de no tener ni idea de quién soy.

10 de diciembre de 2019

Enero 2150



         Sin parpadear, perseguía con la mirada los miles de focos que alumbraban la ciudad, elevándose por el espacio hasta chocar con el grueso muro de nubes negras que forman el techo de nuestras noches de veinticuatro horas.
Antes de la guerra nuclear, el sol brillaba sobre calles y parques, y no dejo de preguntarme cual es el límite de nuestro gusto por la destrucción; somos una verdadera lacra para el planeta.

Me inyecté mi dosis diaria de bendiapina para inmunizarme de la contaminación (similar a la morfina pero sin sus efectos secundarios) y, mecánicamente, subí al transportador aéreo aparcado en la fachada de mi apartamento de la planta 42, le dí las coordenadas de mi destino con la orden de voz: Sara, y el vehículo comenzó a volar veloz y silenciosamente entre la lluvia ácida.

Sara estaba radiante como siempre. La besé suavemente y mirándola a los ojos intuí que algo le preocupaba. Ella es ingeniera aeroespacial, le han propuesto que dirija el nuevo proyecto internacional para crear la primera colonia en Marte; la Tierra tiene fecha de caducidad.

- Eso es fantástico cariño, te lo mereces, eres la más preparada para dirigir este proyecto — la felicité cálidamente, pero ella solo mostró una media sonrisa —Qué pasa, cual es la mala noticia? — repliqué nervioso.

- Tengo que formar parte de la tripulación, voy a estar en Marte diez años – dijo ella mirando la copa de esa bebida lechosa de moda.

- Ya has tomado la decisión? – le dije temiendo la respuesta. Ella asintió con la cabeza.

- Ven conmigo, yo lo arreglaré, por favor – dijo con tono de súplica.

- No funcionará, pero no te preocupes, el tiempo pasa muy rápido. Vamos a cenar – le dije mientras la abrazaba.

Han pasado dos semanas desde que se fue y me han parecido dos años. No puedo concentrarme en mi trabajo, he perdido la motivación y a todo el mundo le he dado las excusas más peregrinas para aislarme como un autista. Cuando compré a Sara, me dijeron que era el modelo de robot androide más avanzado; podría pensar por si misma y actuaría sin ningún control por mi parte, lo que no me dijeron es que me quedaría enganchado de ella.

Sara me llamó ayer y me dijo que necesitaban un arquitecto para diseñar la nueva ciudad que iban a construir y que yo era el elegido: "no te puedes negar y, además, podríamos continuar esa conversación sobre un pequeño androide".
No voy a tener más remedio que abandonarlo todo e irme a Marte.........en busca de un robot.


6 de diciembre de 2019

Allanamiento de morada

     
         No recuerdo muy bien cómo entré en ese piso. La terraza estaba abierta y mi curiosidad me introdujo hasta un salón barroco y recargado, más propio de un siglo anterior. Los muebles eran de madera noble, había tomos de escritores rusos y alemanes del siglo XIX minuciosamente ordenados, cuadros de Sorolla y luz amarilla indirecta que se deslizaba discretamente desde los rincones del salón. Sacudido por el síndrome de Stendhal, tomé la arriesgada decisión de esperar al dueño de tan singular morada, quizá para averiguar la frecuencia de onda con la que se comunicaba con el exterior.

El silencio de las noches de verano produce un efecto amplificador en el sonido. Oí, lejanas, las risas de unos adolescentes que repetían el patrón de conducta de miles de generaciones anteriores en un extraño ritual de maduración etílica. El sonido rítmico de un colchón vibraba en el techo del salón. Era la imposición genética de la supervivencia de las especies a cambio de un poco de dopamina. Bendita trampa.

Entre sonidos y reflexiones, apareció el dueño dentro de un pijama amarillo de verano, buscando algo en una de sus fosas nasales y con el dominical del ABC en la mano. Pensé disculparme y decirle que solo había sido un impulso, pero mirándome con cara de terror (él tampoco era muy guapo) y sin previo aviso, se dirigió hacia mí cogiendo una de sus zapatillas y bramando: “¡maldita chicharra!”. Ante ese afectuoso recibimiento y sin esperar ni un solo segundo, salí volando por la misma terraza que había entrado minutos antes y aterricé en mi árbol preferido.

En ese momento pensé que el ser humano estaba sobrevalorado, muy sobrevalorado, pero no me importaba, tenía delante de mí a un par de guapas vecinas grises a las que quería convencer con mi canción de la importancia de la procreación.

29 de noviembre de 2019

Conversaciones con Tánatos




             Sin saber muy bien cómo, posiblemente debido a una noche loca llena de sustancias toxicas, me encontraba en un bar con paredes de madera roída, luz verde indirecta y una extraña niebla que flotaba en el aire. El sonido lejano de un piano jazzero brotaba desde el suelo y, todavía aturdido, dirigí mi vista hacia el único cliente que apuraba su copa en la barra. Portaba una tupida barba, vestía una túnica blanca, y me lancé a indagar sobre mi extraña ubicación batiendo mi record de preguntas por minuto, pero el tipo, que se presentó como Tánatos, especialista en muertes y otros avatares, sonrió levemente y con su voz grave, casi de ultratumba, ignoró mis preguntas y amplió mi confusión:

– No se preocupe, no está muerto, pero puede que tampoco esté vivo, si eso es lo que quiere saber. No obstante, cuando uno muere, la muerte no es la suya sino la de los demás, la de los rios verdes y las montañas azules. Mueren las sonrisas de color, las tostadas de mermelada y todo lo demás, y ya ve, tarde o temprano todos pasamos por esa estación y tendremos que aceptar esa certeza. Posiblemente solo le queden algunas décadas de vida, piensa hacer algo para aprovechar realmente el tiempo que le queda?

– No lo sé, no me esperaba su circunloquio, me he quedado en blanco - no entendía por qué me estaba devolviendo mis preguntas - pero ante esa tesitura, intentaría ser mejor persona y querer a todo el mundo, menos a los envidiosos, a los policías, a los prepotentes, a los radicales de izquierdas y derechas, a los equidistantes, a los amantes del reguetón, a los inmaduros, a los cuentavidas, a los que van al gimnasio y a los que no van.

– Usted sabrá, tiene la oportunidad de aprovechar su vida siendo consciente de que se puede acabar en veinte años, o quizás menos. Puede cambiar de trabajo o viajar hasta que se le acabe el dinero, pero siempre va a estar con usted mismo, y esa es la clave. Con su planteamiento, no vislumbro muchos cambios.

– No me estrese, esto no es fácil, necesito algunos años para pensarlo bien.

– Bueno, pues nos vemos.

– Espere! Cómo será mi final?: Un infarto?, durante un polvo en una posición equivocada?, un trozo de carne atascada en la tráquea?, una bala perdida de un antidisturbios?, el cuchillo de cocina de una novia celosa?

– No tenga miedo, encienda el televisor e imagine que está viviendo.

En ese momento noté un toque en el hombro, era el jefe de personal y, como si hablara en ruso, entendí algo así como que la próxima vez que me durmiera en la oficina me iría a la puta calle.


Cuando éramos niños,
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano,
la muerte lisa y llana
no exista.

Luego cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque era un océano y
la muerte solamente una palabra.

Ya cuando nos casamos,
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano y
la muerte era la muerte de los otros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad,
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Mario Benedetti

20 de noviembre de 2019

Agua en Marte




         Vale, esta mañana me han comunicado que hay agua en Marte, y qué! Eso lo llevo oyendo desde hace veinte aňos. Otra cosa sería que hubieran descubierto en su superficie vodka con naranja, esa sí que sería una noticia en la que yo me involucraría preparando una expedición interestelar. Hasta que no llegue ese momento, por favor, no molestar.

28 de octubre de 2019

Old love

               Nunca pensé que en una ciudad tan grande como Madrid nos encontráramos en pleno Callao. Estuvimos varios segundos mirándonos antes de hablar, casi en estado de shock. Su perfume me saludó inmediatamente y también el olor de su piel. La adrenalina comenzó a fluir como un grifo y, a pesar de creer ser una persona experimentada, mis piernas temblaron ligeramente.

Hablamos de la manera más superficial posible en la acera más transitada del centro, de que los publicistas eramos el azote del mundo, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de lo poco que habíamos cambiado. Yo la orientaba sobre el barrio antiguo de Ibiza, intercalando bromas y tonterías para romper el hielo, mientras los autómatas acelerados de ocho a tres pasaban a toda velocidad por ambos lados. Después de diez años, fingíamos ser dos desconocidos, pero conocía hasta el último poro de su piel.

Tras dos besos en las mejillas y un "que te vaya bien", cada uno se fue por su lado. Cada metro que me alejaba de ella me parecía un castigo inesperado, desmesurado, la constatación de una pérdida por segunda vez, a pesar de haber asumido el final de esa etapa. Miré hacia atrás entre el tumulto para ver cómo desaparecía, y ella también se volvió. Di un paso hacia ella........y ella 
dio dos.
        

17 de octubre de 2019

Publicistas

     
                 Todavía recuerdo: “Yo soy aquel negrito…” y “….Soberano es cosa de hombres”; esos eran anuncios pata negra, pero ahora los publicistas rayan el mal gusto con sus anuncios y voy a pedir a todo el mundo, como boicot, que dejen de esnifar Resistol.



11 de octubre de 2019

Maya



         Solo pesa doce kilos, pero flota ingrávida sobre las almohadillas de sus patas cuando camina junto a mí, balanceando lentamente su cuerpo en una elegante sincronía. Yo ejerzo de padre, de compañero de juegos, soy cómplice de sus travesuras y a veces soy su amigo.

Es suave y peluda, como Platero, y cuando me mira fijamente con esos ojos marrones bajo la protección de sus pestañas ocres, radiografía mi estado de ánimo sin ningún margen de error; con ella, me sobran mis caretas.

A pesar de ser mi hija adoptiva, no me pertenece ni me debe nada, todo lo contrario, estoy en deuda con ella. Si tuviera que pagar toda la dopamina que genera en mi cerebro al precio de copas en una terraza al atardecer frente a la playa, seguramente necesitara un préstamo del banco central europeo.

Suelo hablar con ella sin ningún recato, sin ir más lejos, el otro día debatíamos sobre como Bob Dylan se había abrazado al cristianismo al mismo tiempo que su amigo George Harrison lo hacía con el hinduismo. Y de política no quiero hablar con ella porque se enciende.

Cada uno utiliza su lenguaje y la comunicación fluye sin problemas, y aunque algunos piensen que se nos ha ido la cabeza, lo que a mí realmente me sorprende es que desconozcan, aunque sea desde una perspectiva externa, la estrecha conexión que se crea entre estos bichos y nosotros, que compartimos abuela hace un millón de años con los monos.

En fin, voy a bajar del árbol y le voy a dar a publicar.


7 de octubre de 2019

Cita a ciegas

        
             Eran la 9.30, y ahí estaba yo, en una mesa con velitas esperando a Marisa. No conocía El Gran Capitán, un restaurante pequeño e íntimo que denotaba muy buen gusto. El camarero aparecía y desaparecía esperando una respuesta, pero yo tampoco la tenía. Le pedí el tercer daiquiri y volví a mirar por todas las mesas buscando a Marisa; no podía equivocarme, tenía el pelo azul.

Siempre he desconfiado de las citas a ciegas por internet, nunca sabes lo que te vas a encontrar: una asesina en serie, una levantadora de pesas o una pívot de baloncesto; no tenía ninguna pista, ella nunca había querido desvelar ni una sola foto lejana, ni siquiera a contraluz. Sobre mis divagaciones sin rumbo aparecieron nuevas dudas: sería tan fea que asustaba a los niños al pasar por la acera? Sería una introvertida con mil problemas psicológicos?........ o quizá una monja que por fin había abrazado la heterosexualidad?

Eran las 11 y ya iba por mi quinto daiquiri, intentando adivinar por qué no había venido. Me habría visto por una ventana y no le había gustado? Era raro, porque esa semana sí me había duchado y me había afeitado la barba de profeta que exhibía sin ningún pudor. Me había  embadurnado, por error, de la colonia de mi ex y había teñido de negro mi escaso pelo superviviente.

Derrotado psicológicamente, pagué al camarero los 40 euros de los daiquiris y le dije que a pesar de no haber cenado, recomendaría El Capitán a mis amigos. El camarero se quedó mirándome fijamente durante unos segundos y me dijo ligeramente alucinado:

- Este no es El Capitán, ese restaurante está  justo enfrente.

- No me jodas!  -  le respondí levantándome de golpe. El mundo se movía, y en ese momento recordé los numerosos viajes en ferry que había realizado cuando vivía en Ibiza.

Salí disparado hacia la calle sin recoger las vueltas y vi a una preciosa mujer de pelo azul que salía del restaurante El Capitán, tambaleándose también. Era ella! Los dos nos miramos y nos acercamos a menos de un metro de distancia.

- Sergio?  -  preguntó ella.

- Marisa?  -  le dije yo.

Al intentar abrazarnos no acertamos, ella se fue hacia la izquierda y yo al lado opuesto. Los efectos secundarios de las bebidas etílicas nos estaban pasando factura. Al segundo intento, nos abrazamos como si hubiéramos encontrado un tesoro en el fondo del Atlántico. Yo le pregunté, con mi habitual prudencia: "en tu casa o en la mía?", y ella balbuceó que no había visto un hombre tan atractivo en su vida, lo que evidenciaba que estaba totalmente borracha.

Esa fue mi primera y última cita a ciegas, y ahora sé por qué se llaman a "ciegas".

2 de octubre de 2019

Hombre del tercer mundo

           
   
            Hombre del tercer mundo, la culpa no la tienen tus genes, solo has tenido la mala suerte de nacer en un mal momento y en el lugar equivocado. Estás envuelto en la pobreza estructural de tu país, en las guerras locales y nacionales, y todas las has perdido. Hombre del tercer mundo, la verdad es que no nos importas nada.

Han asesinado a tus padres, han violado a tus hermanas, te han convertido en niño soldado y te han contagiado el virus de la locura. Sabes que en el norte está la felicidad, esa que tú no puedes ni siquiera imaginar, pero es mejor que no vengas a nuestro maravilloso bunker porque no conoces nuestra lengua ni nuestras costumbres, no tienes nuestro nivel intelectual y con tu placido viaje en patera, corremos el peligro de que nos quites nuestro trabajo, a pesar de saber que tus hijos y tú sois necesarios para continuar con nuestro privilegiado way of life, y es que realmente no nos importas absolutamente nada.

Tú, hombre del tercer mundo, no tienes la culpa de que en una zona muy escondida de nuestro cerebro sintamos vergüenza. Cuando dormimos, nuestro subconsciente vomita sin piedad nuestro podrido egoísmo y nuestra complacencia con la injusticia en forma de pesadillas, pero al despertar, desayunamos leche con galletas, cereales y zumo de naranja, y olvidamos esos putos sueños, porque hombre del tercer mundo, no nos importas ni una mierda.

Jugamos a la política votando por un mundo feliz sin ser conscientes de que no pintamos nada en este tablero de ajedrez, pero somos unos privilegiados y eso es lo único que importa. Condenamos con pena y miedo los actos terroristas que pueden atentar a nuestro entorno social y económico, aunque nos da igual lo que ocurra en el otro lado del mundo. Escondemos nuestra angustia en Facebook y en Instagram mostrando nuestra exagerada felicidad, y presumimos de una inteligencia artificial de la cual mi perra se partiría el culo leyendo nuestras diatribas.

Hablamos con personas de otros continentes al mismo tiempo que desconocemos el nombre de nuestro vecino. Huimos como de la peste de los indigentes y desamparados que viven junto a nosotros; están a pocos metros de distancia, recogiendo cartones y chatarra de los contenedores de basura, pidiendo en los semáforos y haciendo cola en los bancos de alimentos, pero son invisibles. Cuando nacieron, compraron todos los billetes que llevan a la marginación. Ellos viven con nosotros, pero son hombres del tercer mundo, esos que no nos importan ni una puta mierda.

26 de septiembre de 2019

Siesta interruptus


             Esa siesta de sofá que se produce automáticamente después de comer, esa que ignoran los guiris y los mancebos poco avezados en las técnicas onricas mezcladas con la vigilia, fue interrumpida por un ruido que rompía la barrera del sonido, era el móvil. Giré ligeramente mi cuerpo para acabar con ese zumbido y respondí acordándome de todos los antepasados de mi interlocutor:

- Qué?

- Javier Romero, es usted?

- De momento sí. Qué quiere?

- Le voy a proponer una oferta que no va a poder rechazar.

- No voy a cambiar de compañía, la mía solo me roba 75€ al mes.

- No voy a pedirle dinero ni se trata de telefonía móvil, le propongo hacerse miembro de la Religión del Sol, no sé  si sabe que últimamente lo está petando. Deje su sangrienta religión y venga con nosotros. Si me va a preguntar que ventajas tiene, yo le diré que muchas, vivir en el paraíso desde el momento que usted acepte unirse a nosotros y, después de la muerte, podría reencarnarse en lo que quiera.

- Si va a preguntar y responder usted mismo, avíseme cuando tenga que hablar. Qué gano yo haciéndome .......solista? El otro día me llamaron de la liga islamista y me ofrecieron 17 vírgenes cuando la palmara. Me parecieron muchas, yo con 15 tengo bastante. Y usted, que me ofrece?

- En la Religión del Sol lo importante no es el sexo, yo le ofrezco la vida eterna, mediante la meditación y el yoga, y no dude que en pocas semanas usted estará  en lo más alto de las galaxias.

- No hay sexo? Oiga, no me interesa, quédese con su yoga y sus meditaciones, bastante tengo con meditar como pago las letras de la hipoteca. Lo único que quiero es seguir con mi siesta y reengancharme con el sueño que tenía con Elsa Pataky. Ah, y de reencarnarme, lo haría de paloma, siempre que usted pase por debajo de mí. Adiós.

18 de septiembre de 2019

La lotería



        Hoy, 17 de septiembre, me han intentado vender lotería de navidad. La lotería es lo más parecido al día de la marmota. Siempre vemos a un montón de gente como salida de una rave, borrachos antes de beber el cava que derraman frente a la administración de lotería, al más puro estilo botellonero y gritando no sé qué a todo pulmón. Unos se llevan la pasta y, otros, los que estamos frente al televisor, preguntándonos por qué dios no nos quiere.

Los periodistas que cubren el evento comienzan con los típicos tópicos: “el premio ha sido muy repartido”, “una lluvia de millones”, y metáforas muy originales de este tipo. Cuando le arrima el micro al agraciado, a este no se le ocurre otra cosa que decir: “este dinero es para tapar agujeros”. Tío, si piensas gastarte la pasta de esta manera tan burda, por lo menos no lo digas por la tele, tu mujer puede estar oyéndote.

Nunca falta el agraciado optimista que le ha tocado cinco mil euros y está dando botes como un poseso. Yo veo esa cantidad de dinero en el suelo y ni me agacho (porque me tiro de cabeza, claro).
En el lado contrario esta el pesimista deprimido: “no tengo suerte, ningún año me toca”. Pero camarada, no te das cuenta que es mucho más fácil que te caiga un meteorito en plena cabeza.

Viendo el asunto con cierta perspectiva, el gran ganador es el estado, que se lleva un montón de millones a costa de los pobres ilusos a los que les han vendido una ilusión. La banca siempre gana. Una alternativa más inteligente sería reunir a un grupo de amigos y apostar cinco mil euros, y después sortear la pasta. En este caso el dinero no se pierde por ninguna rendija, pero no nos engañemos, si hacemos esto tenemos un problema…... es ilegal. Si no “pilla” el estado, somos unos delincuentes, que tiene cojones la cosa.

La segunda alternativa, la que yo recomiendo, es hacerse poltico, y si puede ser, concejal de urbanismo. Si esto te pasa, ya te ha tocado la lotería. 

5 de septiembre de 2019

Mosquitos


       Más  que los trolls, los que se dedican a molestar e insultar en las redes solo por un extraño ánimo psicótico de notoriedad, que la verdad, dan mucha pena, lo que más me jode del verano son los mosquitos. No quiero alarmar a nadie, pero los españoles estamos siendo atacados sistemáticamente por terribles enemigos. Sí, por los mosquitos tigre.

Me he informado exhaustivamente sobre estos insectos que vienen de África y estoy convencido de que quieren doblegarnos a base de picotazos. Vienen organizados en escuadrones, atacan por el día, se mimetizan a la perfección con su entorno y el efecto de sus picaduras son brutales. Estamos perdidos.

Mientras me rasco desesperadamente a dos manos, recuerdo a esos mosquitos españoles tan elegantes que nos picaban en esas tranquilas y calientes noches, cumpliendo su labor con tanto respeto que a veces cuando no me picaban durante unos días, me preocupaba por ellos.          

                                                                                              
Esta mañana en la cafetería he oído, sin querer, la conversación de dos españoles de bien en la que uno de ellos aseveraba firmemente: “primero los españoles y después los inmigrantes”. Esta buena persona seguramente es también otra víctima de los mosquitos tigre y quiere que le pique un mosquito español, pero con una diferencia a su favor, con el cerebro vacío sientes menos dolor.

3 de septiembre de 2019

Querido racista


No te culpo por exhibir un cerebro tan despoblado y yermo que te impide discernir entre las cuestiones más básicas y lógicas y te convierte en un ser agresivo montado en tu propia estupidez, más bien me apena tu declaración de intenciones.

Tu raza es la raza humana, somos iguales y al mismo tiempo diferentes. La diversidad, la mezcla de colores y culturas nos enriquecen, nos hacen fuertes, tolerantes y comprensivos.
Cuando no quieres que otros vengan a tu tierra, se te olvida un pequeño detalle, tu tierra es de alquiler. Aunque tú creas que es de tu propiedad, existía millones de años antes que nosotros y seguramente estará después.

Tu concepto de patria, tus alambradas, tus banderas y tus fronteras son excluyentes. Todos no nos podemos sentir identificados con esas premisas porque cercenan la libertad y la igualdad. Tu patria es una cárcel con ventanas muy pequeñas. Crees en tu dios, pero no admites la existencia de otros credos. Si solo hay un dios, que no te importe como se llame.

Tu religión te prohíbe matar, pero estás a favor de la pena de muerte; no estarás creando tus propios mandamientos?
Como los males nunca vienen solos, te intuyo machista, homófobo y una persona poco dotada para empatizar con otras especies. Si pudieras alejarte un poco y ver la situación desde una perspectiva aérea, verías que tus prejuicios solo son un síntoma de egoísmo y miedo, ese miedo que te obliga a estar a la defensiva y odiar al otro, al diferente.

No te odio querido racista, ni tampoco creo que te pueda convencer con unas pocas palabras, tan solo espero que algún día, como le ocurrió a San Pablo, te caigas del caballo y veas la luz.

22 de agosto de 2019

Ya no entiendo nada


Entré sin hacer ruido en aquel tesario crolado por el polvo trinio que subtrenaba la libia, y sin necesidad de una inspección más profunda, deduje que no haba sido rebornado desde hacía años. El suelo estaba lleno de froscas agrietadas, como la faz de un campesino que trabaja sin pradio de sol a sol. Depositė toda la gesteira que contenía el húmetro y, súbitamente, el pergamino rodicó en un etéreo lirbo. La estermitra restelaba con un fulgor blanquecino y cescureo, pero por enésima vez el significado de la yerma pasó desapercibido sobre mi ceguera encisa, como si fuera un tratado de física cuántica trescado en griego.

 

16 de agosto de 2019

El Atico



                    La primera vez que entre en su pintoresco ático, olía a incienso, sonaba de fondo la trompeta de Chet Baker y su Almost Blue, mientras ella pintaba un retrato de Alejandra Pizarnik. Mis sentimientos deambulaban por todos los rincones de la terraza, perdidos. Hasta aquel momento, yo que venía del punk, había creído que el jazz era una música de ascensor. Me pareció entrar en un mundo diferente, en una dimensión paralela, en una estación anclada en una época que no lograba etiquetar. Estaba tan ocupado de mí mismo, arrastrando la arrogancia de la juventud, creyendo saberlo todo sin saber nada, que me costó abrir los ojos y ver.
Ella me doblaba la edad, había vivido cinco o seis vidas intensamente, sin ningún desperdicio, pasando del cielo al infierno en cada redoble de tambor. Todas sus heridas estaban totalmente cicatrizadas, quizá por eso mantenía un corazón tierno. Aprendía de su cuerpo y de su visión circular de la realidad todas las noches. Huíamos del mundo y veíamos pasar la vida desde la cima de una gran montaña. Después del paso de los años, apenas recuerdo su cara, pero no me he olvidado de Chet Baker. Era heroinómano.

9 de julio de 2019

Extraterrestres



      No suelo escribir sobre temas personales en el blog, pero esta vez voy a hacer una excepción. Hace un par de meses quedé con Damián en su pueblo, en Alcoy, para asistir a una conferencia sobre Carlos Castaneda en el aula de cultura. Los temas que allí se trataron sondeaban la brujería  chamánica y las realidades alternativas, y la verdad, acojonaba un poco. Cuando terminó la conferencia, nos fuimos con los ponentes a cenar y a tomar unas copas, pero inmersos en nuestras reflexiones sobre el alma y la vida exterior, acabamos a las cuatro de la mañana con casi todo el whisky de Alcoy.

Damián me aconsejó que me quedara en su casa, pero preferí volver a Alicante por una carretera comarcal y comenzaron a suceder cosas extrañas. Las luces del coche se apagaron misteriosamente; es cierto que el coche que conducía hacía años que no pasaba la ITV, pero esa inequívoca señal me hizo intuir que algún ente quería contactar conmigo. Yo soy de taxis, nunca me he sacado el carné aunque he conducido de vez en cuando, y esa noche me estaba arrepintiendo de haber cogido sin permiso el coche a mi ex. Prisionero de esa oscura carretera, temí la visita de seres extraterrestres......y sucedió.

Vi en el horizonte dos luces que se movían al principio de la curva, reduje la velocidad y visualicé dos seres extraños y luminosos de color verde. Tuve que frenar para no atropellarlos, pero ellos ni se inmutaron. Vinieron hacia mí lentamente y me hablaron en un lenguaje amenazante y extraño, parecido al murciano. Entré en estado de pánico e intenté huir, pero los alienígenas se abalanzaron sobre mí y quedé en estado de semi inconsciencia.

Me introdujeron en su nave, y en ese momento me acordé de Men in Black y las personas desaparecidas; sin duda, yo sería uno de ellos. Cuando llegamos a su estación central, seguramente suspendida en el aire, vi el nombre que estaba grabado en la entrada: "Comandancia de la Guardia Civil de Tráfico. Todo por la Patria".

22 de junio de 2019

Pongamos que hablo de religión


La religión está grabada a sangre y fuego en todas las civilizaciones, cada una con un método distinto, desde las que destilan tintes conservadores y misóginos, hasta las que permiten total libertad de acción.

Mi curiosidad insana por la religión vino a través de un profesor de filosofía al que nadie le hacía ningún caso en clase y que incluyó las religiones dentro del gran abanico de teorías filosóficas, y constatando el extraño interés que yo mostraba por su asignatura, comenzó a dejarme libros que apostaban por un viaje hacia la sabiduría, viaje que por cierto no realicé porque no pagaban dietas.

Pasando de puntillas por las religiones mayoritarias y teniendo en cuenta el escenario temporal y cultural en el que se gestaron, todas están impregnadas de un mensaje de concordia, paz y amor, salvo excepciones, utilizando metáforas y parábolas para hacer más digerible unos complejos conceptos que intuían no estar al alcance de la mayoría de sus adeptos.

El cristianismo se apoya en unas normas de buen comportamiento, muy parecidas a las del código penal, con algunos pasajes contradictorios que parecen estar sacados del ‘Capital´ de Marx. Todos recordamos el: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos".

El Islam, que literalmente significa paz, es una de las religiones más sabias y desconocidas por los occidentales, quizá por rivalidad. El cristianismo y el Islam son religiones muy similares, hermanos gemelos de una ideología que, salvando diferencias históricas y locales, comparten las trayectorias paralelas de Jesucristo y Mahoma. Nombres tan conocidos como Adán, Noé, Abraham o Moisés, aparecen tanto en el Corán como en la Biblia.

El hinduismo, la tercera religión más practicada en el mundo, cuenta con un equipo completo de dioses a la carta, Vishnú, Brahman, Krishna, o Shiva entre otros, defendiendo principios éticos como la honestidad y la tolerancia. Es muy llamativa su iconografía, sobre todo para los occidentales, en la que los dioses aparecen bailando y sonriendo.

El budismo de Siddharta es la religión sin dioses, quizá más cercana a una filosofía de autorrealización. Su expansión en el último siglo en el mundo occidental ha sido exponencial, quizá por su discurso de respeto a todas las formas de vida, con una profunda conciencia de unidad y un sendero sin camino, sin rumbos preestablecidos. Caminante no hay camino.

Pero la mayoría de ellas se han contaminado de todos los pecados capitales que sus dioses ordenaban combatir, del ansia de poder de sus dirigentes y de la sospechosa relación que siempre han mantenido con la política.
Hasta que los creyentes no se quiten la camiseta de hooligan, me temo que la religión seguirá siendo una de las mayores causas de conflicto entre civilizaciones hermanas.

https://youtu.be/tOmKGjy-Ct0

29 de mayo de 2019

Votaciones


           Tal y como está la cosa, me parece que tendremos que votar otra vez, y la verdad es que no me apetece mucho porque en las últimas votaciones tuve una experiencia desagradable.

Cuando fui a introducir la papeleta en la urna, la presidenta de la mesa me sonrió de una manera extraña y me tapó la ranura sin previo aviso. Yo le pregunté: “¿No me deja que la meta?”, y ella me contestó con voz suave: “todavía no”. Después de mirar unos papeles, me dijo con mirada lasciva que ya la podía meter. Empecé a sentirme incomodo, me pareció que la buena mujer se lanzaba sin paracaídas y le pregunté con la intención de defender mi honestidad: “¿A qué se refiere?  Mire, si es la papeleta, vale, pero si es otra cosa, aquí, rodeado de gente y sin calentamiento previo, no puedo”. Sin cortarse un pelo, me dijo que no perdiera más tiempo, que ya estaba abierta, y que si no lo hacía llamaría a Alberto.

Estaba claro que quería formar un trío. Sin pensarlo dos veces cogí el sobre y me fui rápidamente antes de que viniera el tal Alberto, que por cierto vestía de una manera muy extraña, al estilo segurata. Creo que me comporté como un caballero, además, mis creencias religiosas no me permiten estas actitudes libertinas de hoy en día. 

Si quieren que vuelva a votar, que me envíen un mensajero con la urna a mi casa y que no me mareen. Con Franco no teníamos estos problemas, no teníamos que votar y no te fastidiaban el domingo. Qué época más plácida, todavía la recuerdo, pensaban por ti para que no te molestaras. Paquito, vuelve!!

2 de abril de 2019

El reloj



      Hace tiempo que dejé de utilizar el reloj de pulsera. Los dígitos y las manecillas del reloj se han convertido en nuestros amos y no estaba dispuesto a ser un esclavo más. Nos dicen cuando tenemos que hacer esto o aquello y cuando terminar de hacerlo, cuando levantarnos y cuando dejar de vivir durante unas horas encerrados en un sobre de sábanas.

Están acechándonos en todos los lugares, en farmacias, avenidas, en el coche, en el microondas y en cualquier vector que choque con nuestra mirada. Hace tiempo que, conscientemente, paso de sus indicaciones; llego cuando quiero a mi trabajo y afortunadamente todavía no me han despedido. Me alimento a cualquier hora y vivo básicamente en la oscuridad, huyendo de la luz como cualquier murciélago metropolitano, y me acuesto cuando la batería se agota.

El único reloj al que no puedo vencer es el de mi cocina. He intentando varias veces romperlo con un martillo, pero cuando voy a hacerlo trizas, su sonido secuencial paraliza mi brazo. Cada vez que estoy cerca de él, mueve monótonamente sus agujas, segundo a segundo, y ese sonido seco, como la rotura de un hueso fracturado por un golpe certero, me sobrecoge. Ignorarlo no sirve de nada, el segundero continua impertinentemente avanzando, hacia arriba, hacia abajo, sin fin, pero emitiendo su mensaje apocalíptico.

La aguja del reloj de mi cocina es un metrónomo perfectamente sincronizado, un sádico torturador sin un gramo de empatía, con la única función de acabar conmigo. Decidí cerrar la puerta de la cocina apuntalándola con cuñas, pero a pesar de aislar el reloj, no he podido vencerlo. Sé que no se ha dado por vencido y ha acentuado su ataque, de hecho, cuando estoy acostado en mi cama intentando entrar en el mundo de los sueños, aumenta el volumen del segundero y, amparado por la oscuridad, se cuela por debajo de la puerta para expresar de forma explicita su amenaza: pararse.


31 de octubre de 2018

Un amigo en el desierto




Me adentré en el desierto para ahorrarme unos kilómetros en mi viaje a Tindouf, y a pesar de que me advirtieron que no hiciera ese trayecto solo, no hice caso. El 4X4 que alquilé, una auténtica cafetera, comenzó a hacer señales de humo en medio de una duna de arena y allí me quedé, aislado en pleno desierto. Estaba sin cobertura, a más de cien kilómetros del poblado más cercano según mis planos, y pensé (más bien lo deseé) que me echarían de menos en el campamento y alguien vendría en mi búsqueda.

Me refugiaba del sol durante el día con un toldo casero hecho con ropa y bolsas, y durante la noche me abrigada del frío y contaba estrellas hasta quedarme dormido. Me quedé sin alimentos ni agua en el tercer día de camping obligatorio; conseguía agua mediante un sistema de plásticos a modo de embudo que recogía del rocío de la noche y que desembocaba en una botella, pero era insuficiente. En el sexto día apenas podía moverme, me desperté con llagas en la boca, un severo dolor de cabeza y comencé a hablar solo y a alucinar con valles verdes y cascadas rebosantes de agua azul.

No quería pensarlo, estas cosas le sucedían siempre a los demás, pero intuía que esta vez el triste protagonista sería yo, moriría en pleno desierto, seco como la mojama. Estaba a punto de perder la consciencia cuando percibí un toque en mi cabeza. Intenté despertar de mi letargo con enorme esfuerzo y encontré unos grandes ojos redondos frente a mí; era un solitario caballo negro mirándome fijamente. Pensé que era una alucinación, pero el caballo relinchó en mi oído y abrí los ojos de par en par. Bajé del jeep pero, sin apenas fuerzas, caí a la arena en el intento; era mi única vía de escape, pero el caballo desde abajo parecía gigante y montarlo era una misión imposible. Lentamente, el caballo encogió sus patas delanteras junto a mí. Extenuado, me agarré a su cuello hasta conseguir subirme en él; el caballo levantó sus patas con extrema lentitud y comenzó a trotar suavemente evitando que me cayera.

Una suave brisa nocturna me activó y pudimos avanzar al galope. No sabía donde me llevaba, pero mi viaje sobre el caballo negro en medio de la noche, con los potentes focos de las estrellas me parecía un espectacular final y me consolé pensando que por lo menos no acabaría entubado en la cama de un hospital. La luz del alba asomaba pintando de blanco el desierto, y a punto de descolgarme del cuello del caballo, avisté un grupo de árboles y entonces me di cuenta que desde el principio él sabía muy bien donde iba. Junto a un grupo de palmeras había un pequeňo lago; el caballo volvió a bajar las patas y arrastrándome como un reptil me sumergí en las aguas más deliciosas que jamás había visto. Bebí hasta llenar mi estómago y estuve flotando en ese líquido brillante que nunca me había interesado conscientemente hasta ese día.

Resucité, comí unos dátiles y, mirando al horizonte, divisé un pequeño poblado a unos pocos kilómetros. Estaba salvado. Me acerqué al caballo y acariciándole la crin, le agradecí al oído lo que había hecho por mí; el caballo acercó su cabeza hacia mí, y con un pequeño toque a modo de despedida, se fue trotando hacia el desierto. Seguí su estela polvorienta hasta que desapareció en el horizonte y, a pesar de mi estado de euforia, sentí un extraño sentimiento de pérdida.

Ha pasado más de un año y no dejo de pensar en el caballo negro y, aunque estuve a punto de perder la vida, he preparado otro viaje. Echo de menos a mi amigo del desierto y sé que el tiempo va llenando de niebla los recuerdos, pero quiero estar seguro de que esa experiencia no fue una alucinación producto de la deshidratación. Voy a cabalgar otra vez con él por el desierto, y bajo el cielo iluminado de la noche, quiero buscar mi estrella.

Steppenwolf