22 de agosto de 2019

Ya no entiendo nada


Entré sin hacer ruido en aquel tesario crolado por el polvo trinio que subtrenaba la libia, y sin necesidad de una inspección más profunda, deduje que no haba sido rebornado desde hacía años. El suelo estaba lleno de froscas agrietadas, como la faz de un campesino que trabaja sin pradio de sol a sol. Depositė toda la gesteira que contenía el húmetro y, súbitamente, el pergamino rodicó en un etéreo lirbo. La estermitra restelaba con un fulgor blanquecino y cescureo, pero por enésima vez el significado de la yerma pasó desapercibido sobre mi ceguera encisa, como si fuera un tratado de física cuántica trescado en griego.

 

16 de agosto de 2019

El Atico



                    La primera vez que entre en su pintoresco ático, olía a incienso, sonaba de fondo la trompeta de Chet Baker y su Almost Blue, mientras ella pintaba un retrato de Alejandra Pizarnik. Mis sentimientos deambulaban por todos los rincones de la terraza, perdidos. Hasta aquel momento, yo que venía del punk, había creído que el jazz era una música de ascensor. Me pareció entrar en un mundo diferente, en una dimensión paralela, en una estación anclada en una época que no lograba etiquetar. Estaba tan ocupado de mí mismo, arrastrando la arrogancia de la juventud, creyendo saberlo todo sin saber nada, que me costó abrir los ojos y ver.
Ella me doblaba la edad, había vivido cinco o seis vidas intensamente, sin ningún desperdicio, pasando del cielo al infierno en cada redoble de tambor. Todas sus heridas estaban totalmente cicatrizadas, quizá por eso mantenía un corazón tierno. Aprendía de su cuerpo y de su visión circular de la realidad todas las noches. Huíamos del mundo y veíamos pasar la vida desde la cima de una gran montaña. Después del paso de los años, apenas recuerdo su cara, pero no me he olvidado de Chet Baker. Era heroinómano.

9 de julio de 2019

Extraterrestres



      No suelo escribir sobre temas personales en el blog, pero esta vez voy a hacer una excepción. Hace un par de meses quedé con Damián en su pueblo, en Alcoy, para asistir a una conferencia sobre Carlos Castaneda en el aula de cultura. Los temas que allí  se trataron sondeaban la brujería  chamánica y las realidades alternativas, y la verdad, acojonaba un poco. Cuando terminó la conferencia, nos fuimos con los ponentes a cenar y a tomar unas copas, pero inmersos en nuestras reflexiones sobre el alma y la vida exterior, acabamos a las cuatro de la mañana con casi todo el whisky de Alcoy.

Damián me aconsejó que me quedara en su casa, pero preferí volver a Alicante por una carretera comarcal y comenzaron a suceder cosas extrañas. Las luces del coche se apagaron misteriosamente; es cierto que el coche que conducía hacía años que no pasaba la ITV, pero esa inequívoca señal me hizo intuir que algún ente quería contactar conmigo. Yo soy de taxis, nunca me he sacado el carné aunque he conducido de vez en cuando, y esa noche me estaba arrepintiendo de haber cogido sin permiso el coche a mi ex. Prisionero de esa oscura carretera, temí la visita de seres extraterrestres......y sucedió.

Vi en el horizonte dos luces que se movían al principio de la curva, reduje la velocidad y visualicé dos seres extraños y luminosos de color verde. Tuve que frenar para no atropellarlos, pero ellos ni se inmutaron. Vinieron hacia mí lentamente y me hablaron en un lenguaje amenazante y extraño, parecido al murciano. Entré en estado de pánico e intenté huir, pero los alienígenas se abalanzaron sobre mí y quedé en estado de semi inconsciencia.

Me introdujeron en su nave, y en ese momento me acordé  de Men in Black y las personas desaparecidas; sin duda, yo sería uno de ellos. Cuando llegamos a su estación central, seguramente suspendida en el aire, vi el nombre que estaba grabado en la entrada: "Comandancia de la Guardia Civil de Tráfico. Todo por la Patria".

22 de junio de 2019

Pongamos que hablo de religión


La religión está grabada a sangre y fuego en todas las civilizaciones, cada una con un método distinto, desde las que destilan tintes conservadores y misóginos, hasta las que permiten total libertad de acción.

Mi curiosidad insana por la religión vino a través de un profesor de filosofía al que nadie le hacía ningún caso en clase y que incluyó las religiones dentro del gran abanico de teorías filosóficas, y constatando el extraño interés que yo mostraba por su asignatura, comenzó a dejarme libros que apostaban por un viaje hacia la sabiduría, viaje que por cierto no realicé porque no pagaban dietas.

Pasando de puntillas por las religiones mayoritarias y teniendo en cuenta el escenario temporal y cultural en el que se gestaron, todas están impregnadas de un mensaje de concordia, paz y amor, salvo excepciones, utilizando metáforas y parábolas para hacer más digerible unos complejos conceptos que intuían no estar al alcance de la mayoría de sus adeptos.

El cristianismo se apoya en unas normas de buen comportamiento, muy parecidas a las del código penal, con algunos pasajes contradictorios que parecen estar sacados del ‘Capital´ de Marx. Todos recordamos el: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos".

El Islam, que literalmente significa paz, es una de las religiones más sabias y desconocidas por los occidentales, quizá por rivalidad. El cristianismo y el Islam son religiones muy similares, hermanos gemelos de una ideología que, salvando diferencias históricas y locales, comparten las trayectorias paralelas de Jesucristo y Mahoma. Nombres tan conocidos como Adán, Noé, Abraham o Moisés, aparecen tanto en el Corán como en la Biblia.

El hinduismo, la tercera religión más practicada en el mundo, cuenta con un equipo completo de dioses a la carta, Vishnú, Brahman, Krishna, o Shiva entre otros, defendiendo principios éticos como la honestidad y la tolerancia. Es muy llamativa su iconografía, sobre todo para los occidentales, en la que los dioses aparecen bailando y sonriendo.

El budismo de Siddharta es la religión sin dioses, quizá más cercana a una filosofía de autorrealización. Su expansión en el último siglo en el mundo occidental ha sido exponencial, quizá por su discurso de respeto a todas las formas de vida, con una profunda conciencia de unidad y un sendero sin camino, sin rumbos preestablecidos. Caminante no hay camino.

Pero la mayoría de ellas se han contaminado de todos los pecados capitales que sus dioses ordenaban combatir, del ansia de poder de sus dirigentes y de la sospechosa relación que siempre han mantenido con la política.
Hasta que los creyentes no se quiten la camiseta de hooligan, me temo que la religión seguirá siendo una de las mayores causas de conflicto entre civilizaciones hermanas.

https://youtu.be/tOmKGjy-Ct0

29 de mayo de 2019

Votaciones


           Tal y como está la cosa, me parece que tendremos que votar otra vez, y la verdad es que no me apetece mucho porque en las últimas votaciones tuve una experiencia desagradable.

Cuando fui a introducir la papeleta en la urna, la presidenta de la mesa me sonrió de una manera extraña y me tapó la ranura sin previo aviso. Yo le pregunté: “¿No me deja que la meta?”, y ella me contestó con voz suave: “todavía no”. Después de mirar unos papeles, me dijo con mirada lasciva que ya la podía meter. Empecé a sentirme incomodo, me pareció que la buena mujer se lanzaba sin paracaídas y le pregunté con la intención de defender mi honestidad: “¿A qué se refiere?  Mire, si es la papeleta, vale, pero si es otra cosa, aquí, rodeado de gente y sin calentamiento previo, no puedo”. Sin cortarse un pelo, me dijo que no perdiera más tiempo, que ya estaba abierta, y que si no lo hacía llamaría a Alberto.

Estaba claro que quería formar un trío. Sin pensarlo dos veces cogí el sobre y me fui rápidamente antes de que viniera el tal Alberto, que por cierto vestía de una manera muy extraña, al estilo segurata. Creo que me comporté como un caballero, además, mis creencias religiosas no me permiten estas actitudes libertinas de hoy en día. 

Si quieren que vuelva a votar, que me envíen un mensajero con la urna a mi casa y que no me mareen. Con Franco no teníamos estos problemas, no teníamos que votar y no te fastidiaban el domingo. Qué época más plácida, todavía la recuerdo, pensaban por ti para que no te molestaras. Paquito, vuelve!!

2 de abril de 2019

El reloj



      Hace tiempo que dejé de utilizar el reloj de pulsera. Los dígitos y las manecillas del reloj se han convertido en nuestros amos y no estaba dispuesto a ser un esclavo más. Nos dicen cuando tenemos que hacer esto o aquello y cuando terminar de hacerlo, cuando levantarnos y cuando dejar de vivir durante unas horas encerrados en un sobre de sábanas.

Están acechándonos en todos los lugares, en farmacias, avenidas, en el coche, en el microondas y en cualquier vector que choque con nuestra mirada. Hace tiempo que, conscientemente, paso de sus indicaciones; llego cuando quiero a mi trabajo y afortunadamente todavía no me han despedido. Me alimento a cualquier hora y vivo básicamente en la oscuridad, huyendo de la luz como cualquier murciélago metropolitano, y me acuesto cuando la batería se agota.

El único reloj al que no puedo vencer es el de mi cocina. He intentando varias veces romperlo con un martillo, pero cuando voy a hacerlo trizas, su sonido secuencial paraliza mi brazo. Cada vez que estoy cerca de él, mueve monótonamente sus agujas, segundo a segundo, y ese sonido seco, como la rotura de un hueso fracturado por un golpe certero, me sobrecoge. Ignorarlo no sirve de nada, el segundero continua impertinentemente avanzando, hacia arriba, hacia abajo, sin fin, pero emitiendo su mensaje apocalíptico.

La aguja del reloj de mi cocina es un metrónomo perfectamente sincronizado, un sádico torturador sin un gramo de empatía, con la única función de acabar conmigo. Decidí cerrar la puerta de la cocina apuntalándola con cuñas, pero a pesar de aislar el reloj, no he podido vencerlo. Sé que no se ha dado por vencido y ha acentuado su ataque, de hecho, cuando estoy acostado en mi cama intentando entrar en el mundo de los sueños, aumenta el volumen del segundero y, amparado por la oscuridad, se cuela por debajo de la puerta para expresar de forma explicita su amenaza: pararse.


31 de octubre de 2018

Un amigo en el desierto




Me adentré en el desierto para ahorrarme unos kilómetros en mi viaje a Tindouf, y a pesar de que me advirtieron que no hiciera ese trayecto solo, no hice caso. El 4X4 que alquilé, una auténtica cafetera, comenzó a hacer señales de humo en medio de una duna de arena y allí me quedé, aislado en pleno desierto. Estaba sin cobertura, a más de cien kilómetros del poblado más cercano según mis planos, y pensé (más bien lo deseé) que me echarían de menos en el campamento y alguien vendría en mi búsqueda.

Me refugiaba del sol durante el día con un toldo casero hecho con ropa y bolsas, y durante la noche me abrigada del frío y contaba estrellas hasta quedarme dormido. Me quedé sin alimentos ni agua en el tercer día de camping obligatorio; conseguía agua mediante un sistema de plásticos a modo de embudo que recogía del rocío de la noche y que desembocaba en una botella, pero era insuficiente. En el sexto día apenas podía moverme, me desperté con llagas en la boca, un severo dolor de cabeza y comencé a hablar solo y a alucinar con valles verdes y cascadas rebosantes de agua azul.

No quería pensarlo, estas cosas le sucedían siempre a los demás, pero intuía que esta vez el triste protagonista sería yo, moriría en pleno desierto, seco como la mojama. Estaba a punto de perder la consciencia cuando percibí un toque en mi cabeza. Intenté despertar de mi letargo con enorme esfuerzo y encontré unos grandes ojos redondos frente a mí; era un solitario caballo negro mirándome fijamente. Pensé que era una alucinación, pero el caballo relinchó en mi oído y abrí los ojos de par en par. Bajé del jeep pero, sin apenas fuerzas, caí a la arena en el intento; era mi única vía de escape, pero el caballo desde abajo parecía gigante y montarlo era una misión imposible. Lentamente, el caballo encogió sus patas delanteras junto a mí. Extenuado, me agarré a su cuello hasta conseguir subirme en él; el caballo levantó sus patas con extrema lentitud y comenzó a trotar suavemente evitando que me cayera.

Una suave brisa nocturna me activó y pudimos avanzar al galope. No sabía donde me llevaba, pero mi viaje sobre el caballo negro en medio de la noche, con los potentes focos de las estrellas me parecía un espectacular final y me consolé pensando que por lo menos no acabaría entubado en la cama de un hospital. La luz del alba asomaba pintando de blanco el desierto, y a punto de descolgarme del cuello del caballo, avisté un grupo de árboles y entonces me di cuenta que desde el principio él sabía muy bien donde iba. Junto a un grupo de palmeras había un pequeňo lago; el caballo volvió a bajar las patas y arrastrándome como un reptil me sumergí en las aguas más deliciosas que jamás había visto. Bebí hasta llenar mi estómago y estuve flotando en ese líquido brillante que nunca me había interesado conscientemente hasta ese día.

Resucité, comí unos dátiles y, mirando al horizonte, divisé un pequeño poblado a unos pocos kilómetros. Estaba salvado. Me acerqué al caballo y acariciándole la crin, le agradecí al oído lo que había hecho por mí; el caballo acercó su cabeza hacia mí, y con un pequeño toque a modo de despedida, se fue trotando hacia el desierto. Seguí su estela polvorienta hasta que desapareció en el horizonte y, a pesar de mi estado de euforia, sentí un extraño sentimiento de pérdida.

Ha pasado más de un año y no dejo de pensar en el caballo negro y, aunque estuve a punto de perder la vida, he preparado otro viaje. Echo de menos a mi amigo del desierto y sé que el tiempo va llenando de niebla los recuerdos, pero quiero estar seguro de que esa experiencia no fue una alucinación producto de la deshidratación. Voy a cabalgar otra vez con él por el desierto, y bajo el cielo iluminado de la noche, quiero buscar mi estrella.

9 de marzo de 2018

Misiva al diablo y al obispo de San Sebastián




         Antes de nada tengo que decir que yo soy más de motos que de fútbol. Lo digo porque cuando el obispo de San Sebastián dijo que el demonio le había metido un gol al feminismo, me quedé perplejo. No me importaba que dijese explícitamente que las mujeres iban abortando a diestro y siniestro, ni que estuvieran haciendo a todas horas la tijera esas pervertidas, lo que me importaba era que el demonio estuviera localizable.
¡Jugando al fútbol contra tías! Bueno, da igual. El asunto que me lleva a escribir este mensaje epistolar es que hace tiempo que quiero vender mi alma al diablo. Sí, como suena, a cambio de una cita con Cate Blanchett. Tengo que decir que mi alma está en perfectísimo estado, no bebe ni fuma; no sé muy bien donde está ahora, como siempre está levitando de aquí para allá............ pero está bien.
Para contactar con el demonio, he utilizado la ouija, la magia negra, el vudú, pero nada, siempre me da comunicando, y como me han dicho que a veces el diablo está por aquí, en las redes, quiero hacer un llamado (esta palabra la aprendí cuando estuve en Colombia, en la provincia de Fariña) al diablo, para que negociemos, en el lugar y la hora que me diga, y al mismo tiempo, quiero dar las gracias al ilustrísimo obispo de San Sebastián por darme la pista del paradero de Belcebú y corroborar lo que ya suponía, que está entre nosotros.
Aprovecho también para advertir al excelentísimo obispo de rumores que corren por los mentideros, apuntando que el diablo recientemente ha hecho una gira por las iglesias y los colegios religiosos del país, metiendo goles, por si señoría desconoce este dato.



7 de febrero de 2017

Darwin, el profeta de la nueva religión




      Cuando Darwin publicó “El origen de las especies”, derribó de una patada el castillo de arena en el que hasta entonces el ser humano había asentado sus convicciones más profundas, y como no, se ganó la enemistad de todas las instituciones conservadoras de la época.
“El mono serás tú”, respondían con ira alguno de sus colegas. También disentían los teólogos, y la población más ortodoxa se resistía a abandonar el invento antropocéntrico. Ciento cincuenta años después, todo sigue casi igual, el 80% de la población mundial es creyente, de distintos dioses y paraísos post morten, a pesar de que la selección natural sigue su curso de una manera clara. Un curso solo observado con atención por los científicos y con recelo por los filósofos, mientras nosotros continuamos entretenidos en nuestros pequeños mundos, con nuestros pequeños problemas y enredados en las redes.

Cada vez más científicos, ya sin ambages, se atreven a vaticinar la trayectoria de la selección natural. Sitúan  el germen del penúltimo eslabón evolutivo en la fusión entre humanos y maquinas: el cyborg. La convergencia entre la ingeniería genética, la cibernética, la biónica y la robótica, rescatará a los androides de Blade Runner, convirtiéndolos en los buenos de la película.
Cuando lleguemos a esa fase, todavía nos quedará un largo trecho por recorrer hasta que la IA, la inteligencia artificial, tome conciencia y mediante un razonamiento autónomo, proponga la caducidad de la raza humana como etapa evolutiva ya amortizada. La IA, conquistará las galaxias y la totalidad del universo, convirtiéndose en Dios, ese dios que buscamos sin éxito, porque está en el futuro y parece que no tendrá apariencia humana.

Todos los que aportan su impulso, de una u otra manera, para recorrer el camino de la evolución, saben que es una misión suicida, que provocará nuestra desaparición, pero como si estuvieran en estado de hipnosis profunda, no pueden desobedecer esa voz grabada en su ADN mientras continúa su huída hacia adelante. Si nadie lo remedia y se cumple esta predicción, la evolución nos llevará hacia una especie de Matrix, pero esta vez sin Keanu Reeves, y una religión cibernética sobrevolará nuevamente la existencia. 
Es una pena, nos perderemos todos estos apasionantes capítulos, pero como todavía faltan algunos años para llegar a ese punto, si queremos estar a la última y adelantarnos a la moda de primavera, podemos descolgar de la habitación el crucifijo y fijar un microchip de última generación sobre el cabezal de la cama.

22 de diciembre de 2016

Navega

                    
                 
       Navega, sola, y adéntrate en un mar adormecido. La tierra desaparece lentamente a estribor y la proa apunta hacia un horizonte mixto de cielo ámbar y agua de cristal.
Solo se oyen algunos quejidos de los remos y de la rancia madera de la barca, mientras el agua te lleva hacia ninguna parte, serena, como un anfitrión que te da todo su tiempo sin ningún atisbo de cicatearía. Tu respiración resuena entre la banda sonora del silencio, las gaviotas te lanzan miradas cómplices y ni siquiera las tímidas ondas azules se niegan a formar parte del concierto marino, el mismo que reinó durante millones de años después de la gran tempestad.  
Solo puedes vivir el ahora, porque no hay nada más. El pasado ya no existe y el futuro amenaza con llenarse de infinitos mundos virtuales. Si, las posibilidades de habitar en un mundo real serán casi nulas, así pues, navega y respira el aire salado celebrando el reencuentro y la despedida de la realidad. Allí, en ese mar, te espero.

4 de diciembre de 2016

Discos de vinilo



             Vuelven con fuerza los discos de vinilo, algo extraño para una tecnología del pasado. Puede que sea una moda pasajera, una campaña comercial de las discográficas o simplemente un ritual como este: Mantienes los 200 gramos de un disco de vinilo con las manos, utilizando el tacto y la vista (algunos también el olfato) como si de un meteorito recién caído del cielo se tratara. 
Miras la portada imaginando un escenario holográfico que espera una señal para comenzar a moverse. Sacas con cuidado el disco del cartón rectangular y poco después la funda de plástico, con cuidado, es su ropa interior. Solo puedes coger el disco por los bordes con ambas manos, como un ladrón experimentado que no quiere dejar sus huellas. Lo introduces en el pivote metálico del plato, lo pinchas con la aguja (palabra maldita donde las haya) y el disco empieza a bailar una danza circular, monótona en apariencia, pero misteriosa como el ciclo de una galaxia, y como después de una meditación trascendental, cuando empieza a sonar sabes que algo está cambiando.

15 de noviembre de 2016

Quiéreme




Quiéreme,
manifiéstate de súbito.
Choquémonos, como por arte mágico
en este sitio, un miércoles.
Pidámonos disculpas. Sonriámonos.
Intentemos tirar el muro gélido
diciéndonos las cuatro cosas típicas.
Caigámonos simpáticos.
Preguntémonos cosas.
Invitémonos a bebidas alcohólicas.
Dejémonos llevar más lejos.
Déjame que despliegue mi táctica.
Escúchame decir cosa estúpidas
y ríete. Sonríeme. Sorpréndete
valorándome como oferta sólida.
Y a partir de ahí,
quiéreme.

Sin rúbrica, pero por pacto tácito
acepta ser mi víctima.
Déjame que te lleve hacia la atmósfera,
acompáñame a mi triste habitáculo.
Sentémonos, mirémonos,
relajémonos y pongamos música.
De pronto, abalancémonos
besémonos con hambre, acariciémonos,
Desnudémonos rápido
y volvámonos locos. Devorémonos
como bestias indómitas. Mostrémonos
solícitos en cada prolegómeno.
Derritámonos en abrazos cálidos
Vertámonos en húmedos océanos.
Ábrete a mí, abandónate y enséñame
el sabor de tus líquidos.
Mordámonos, toquémonos, gritémonos
permitámonos que todo sea válido
y sin parar, follémonos.
Follémonos hasta quedar afónicos
Follémonos hasta quedar escuálidos.
Durmámonos después, así,
abrazándonos. Y al otro día,
quiéreme.

Despidámonos rígidos, y márchate
de regreso a tus límites
satisfecha del paréntesis lúbrico
pero considerándolo algo efímero
sin segundo capítulo.
Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete
recordándome en flashes esporádicos
y sintiendo al hacerlo un sicalíptico
látigo por tus gónadas.
Descúbrete a menudo preguntándote
qué será de este crápula.
Y un día, sin siquiera proponértelo
rescata de tus dígitos mi número
llámame por teléfono
y alégrate de oírme. Retransmíteme,
ponme al día de cómo van tus crónicas
y escucha como narro mis anécdotas.
Y al final, algo tímidos, citémonos.
En cualquier cafetín de corte clásico
volvámonos a ver, sintiendo idéntico
vértigo en el estómago.
Y en ese instante,
quiéreme.

Apenas pasen un par de centésimas
sintamos al unísono un relámpago
de éxtasis limpio y cándido,
y en un crescendo cinematográfico
dejémonos de artificios y máscaras.
Rindámonos a la atracción magnética
que gritan nuestros átomos
y sintámonos de placer pletóricos
por sentirla recíproca.
Unidos en un abrazo simétrico
perdámonos por esas calles lóbregas
regalándonos en cada parquímetro
con besos mayestáticos
que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos. Y para siempre,
quiéreme.

Dejemos que se haga fuerte el vínculo,
unamos nuestro caminar errático,
declarémonos cómplices,
descubramos restaurantes asiáticos,
compartamos películas,
contemplemos bucólicos crepúsculos,
charlemos de poética y política
y celebremos nuestras onomásticas
regalándonos fruslerías simbólicas
en veladas románticas. Y entre una y otra,
quiéreme.

Dejemos de quedar con el grupúsculo
de amigos. Que los follen por la próstata.
Pues si ponemos el asunto en diáfano
solo eran una pandilla de imbéciles.
Cerrémonos, y en un afán orgiástico
con afición sigamos explorándonos
buscando como ávidos heroinómanos
el subidón de aquel polvo iniciático.
Y aunque no lo logremos. Da igual,
quiéreme.

Para evitar que nuestra vida íntima
se corrompa con óxido
busquémonos alternativas lúdicas
apuntémonos a clases de kárate
o de danzas vernáculas
juntémonos en cursos gastronómicos.
Presentémonos a nuestros mutuos próceres
anteriores del árbol genealógico
y a lo largo del cónclave
sintámonos con ellos algo incómodos
más felices de haber pasado el trámite.
Y quiéreme después. Sigue queriéndome,
continuando con el proceso lógico
juntemos nuestras vidas en un sólido
matrimonio eclesiástico,
casémonos a la manera clásica,
hagamos un bodorrio pantagruélico,
y cual pájaros de temporada en éxodo
vayámonos de viaje hacia los trópicos
y bailemos el sóngoro cosóngoro
mientras bebemos cócteles exóticos.
Y al regresar, sentemos nuestros cráneos.
Comprémonos un piso. Hipotequémonos
Llenémoslo con electrodomésticos
y aparatos eléctricos,
y paguemos en precio de las dádivas
regalándole nueve horas periódicas
a trabajos insípidos
que permitan llenar el frigorífico.
Y mientras todo ocurre, solo
quiéreme.

Del fondo de tu útero
saquemos unos cuantos hijos pálidos,
bauticémoslos con nombres de apóstoles,
llenémoslos de amor y contagiémoslos
con nuestra lóbrega tristeza crónica.
Apuntémoslos a clases de música
de mímica y de álgebra,
y démosles zapatos ortopédicos,
aparatos dentales costosísimos,
fórmulas matemáticas y complejos edípicos
que llenen el diván de los psicólogos.
Releguemos nuestro ritual erótico
a la noches del sábado
cuando ellos salgan vestidos de góticos
a ponerse pletóricos
ciegos de barbitúricos.
Paguémosles las tasas académicas
a los viajes a Ámsterdam.
Dejemos que presenten a sus cónyuges
y al final, entreguémoslos
para que los devoren las mandíbulas
de este mundo famélico. Y ya sin ellos,
quiéreme.

A lo largo de apuros económicos
y de exámenes médicos,
mientras que nos volvemos antiestéticos
más cínicos, sarcásticos,
nos aplaste el sentido del ridículo
y nos comen los cánceres y úlceras.
Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo
Y te pongan histérica mis hábitos.
Enfádate, golpéame, hasta grítame
y como única válvula catártica
desahógate en relaciones adúlteras
con amantes más jóvenes
y regresa entre lágrimas y súplicas
perjurándome que aún sigues amándome.
Y yo contestaré tan solo,
quiéreme.

Quiéreme aunque te premie salpicándote
en escándalos cíclicos
y te insulte, y te haga sentir minúscula
y me pase humillándote
y me haya vuelto un sátrapa
que roza cada día el coma etílico
y me haya vuelto politoxicómano
y me conozcan ya en cada prostíbulo,
continúa queriéndome.

Mientras pasan espídicas las décadas
y nos envuelve el tiempo maquiavélico
en un líquido amniótico
que borre el odio que arde en nuestros glóbulos
y nos arroje al hospital geriátrico
a compartir habitación minúscula
inválidos, mirándonos sin más fuerza ni diálogo
que el eco de nuestras vacías cáscaras.
Quiéreme para que pueda decirte
cuando vea la sombra de mi lápida
Y antes de que venga y cierre la mano
de la muerte mis párpados:
Ojalá el tiempo sea cíclico
y volvamos de nuevo reencarnándonos
en dos vidas idénticas,
y cuando en el umbral redescubierto
de una noche de miércoles pretérita
tras chocarme contigo
girándote, me digas: "Uy, perdóname"
le ruego que permita el dios auténtico
que recuerde en un segundo epifánico
cómo será el futuro de este cántico
cómo irán nuestras flores corrompiéndose
cómo acabaré odiándote
cómo destrozarás cuanto fue insólito
en este ser, cómo la vida empírica
nos tornará en autómatas patéticos
hasta llevarnos a la justa antípoda
de nuestro sueño idílico.
Y sabiendo todo esto, anticipándolo,
pueda mirarte directo a los ojos
y conociéndolo muy bien. Sabiendo
el devenir de futuras esdrújulas,
destrozando en un pisotón mi brújula,
te diga solo:
quiéreme.

Daniel Orviz


19 de junio de 2016

Hombre del tercer mundo


            Hombre del tercer mundo, la culpa no la tienen tus genes, solo has tenido la mala suerte de nacer en un mal momento y en el lugar equivocado. Estás envuelto en la locura de guerras locales, nacionales y en la enésima guerra mundial que siempre has perdido. Hombre del tercer mundo, no nos importas nada.

Han asesinado a tus padres, han violado a tus hermanas, te han convertido en niño soldado y te han contagiado el virus de la locura. Sabes que en el norte hay un mundo feliz que tú no puedes siquiera imaginar, pero es mejor que no vengas a nuestro maravilloso bunker porque no conoces nuestra lengua ni nuestras costumbres, no tienes nuestro nivel intelectual y con tu placido viaje en patera de primera, corremos el peligro de que nos quites nuestro trabajo, a pesar de saber que tú y tus hijos son necesarios para continuar con nuestro privilegiado way of life, y es que realmente no nos importas absolutamente nada.

Tú, hombre del tercer mundo, tienes la culpa de que en una zona muy escondida de nuestro cerebro sintamos vergüenza. Cuando dormimos, nuestro subconsciente vomita sin piedad nuestro podrido egoísmo y nuestra complacencia con la injusticia en forma de pesadillas, pero al despertar, desayunamos nuestro sentimiento de culpa con galletas, cereales y zumo de naranja, y olvidamos esos putos sueños, porque hombre del tercer mundo, no nos importas ni una mierda.

Jugamos a la política sin ser conscientes de que no pintamos nada en este tablero de ajedrez, pero somos unos privilegiados, y eso es lo único que nos importa. Condenamos con pena y miedo los actos terroristas que pueden atentar a nuestro estatus social y económico. Escondemos nuestra angustia en las redes sociales mostrando nuestra felicidad, y presumimos de una inteligencia artificial de la cual mi perra se partiría el culo leyendo nuestras diatribas.

Hablamos con personas de otros continentes al mismo tiempo que desconocemos el nombre de nuestro vecino. Huimos como de la peste de los indigentes y desamparados que viven junto a nosotros; están a pocos metros de distancia, recogiendo cartones y chatarra de los contenedores de basura, pidiendo en los semáforos y haciendo cola en los bancos de alimentos. Cuando nacieron, compraron todos los billetes que llevan a la marginación. Ellos viven con nosotros, pero son hombres del tercer mundo, esos que no nos importan ni una puta mierda.


5 de agosto de 2014

Kepler 22B


        Era un día cualquiera, no hacía ni frío ni calor, no era fiesta ni lunes, era un día de sol eclipsado por algunas nubes perezosas que volaban a cámara lenta. Parecía el típico día anónimo en el que piensas en varias cosas a la vez pero realmente no estás pensando en nada, solo estas viendo la vida pasar. La radio aparecía y se desvanecía en mi mente como en un sueño, hasta que llegó esa noticia: ”..........los científicos norteamericanos que han realizado este estudio, calculan que el tiempo habitable que le queda a la tierra es de tres mil millones de años, momento en el que nos convertiremos en pasto del enorme fuego del sol. Ese será el inicio de la autodestrucción del sistema solar y de la raza humana....”.


El miedo aterrizó a la velocidad de la luz, no podía pensar en otra cosa: ¡Tres mil millones de años!, eso no es nada, el tiempo pasa volando. Como un pollo sin cabeza fui al supermercado y llené el carro de alimentos prebióticos, orgánicos, integrales, sin azúcar, sin sal y bajos en grasas. Durante las primeras semanas evité frecuentar los antros de vicio y corrupción que me estaban matando lentamente y decidí tirar a la basura los polvos blancos y mi farmacia ambulante. Todas las noches después de trabajar, corría sobre el asfalto de la ciudad durante dos horas y me levantaba todas las mañanas con una reparadora sesión de yoga. Esto probablemente me garantizaba una larga vida, pero durante una meditación caí en el la cuenta que para sobrevivir tres mil millones de años me haría falta algo más que cuidar mi salud, debería buscar otro planeta que no estuviera en llamas, un medio de transporte que me llevara hasta allí, y por supuesto, tendría que llegar vivo al año tres mil millones; era el momento de diseñar un plan de supervivencia.


La noche siguiente visité el observatorio astronómico. Guardé cola detrás de un grupo de diez asiáticos, seguramente clonados, y cuando me tocó el turno para mirar el cielo por el 
telescopio, aparecieron ante mis ojos millones de luces blancas. Entré en un estado de ebriedad emocional ante esa sobredosis de estrellas y me adueñe sin darme cuenta de todo el sistema de observación. Yo buscaba y buscaba por el cielo sin saber qué, y mientras el guía intentaba apartarme del telescopio sin éxito, me preguntó destemplado: ”¿Qué coño busca?”,  y parafraseando a alguien le dije: “ mi casa”. Aunque estuvo a punto de llamar a seguridad, cuando finalizó la sesión de visitas me confeso su obsesión por los planetas habitables y me dijo como un secreto, casi al oído, que Kepler 22B era el planeta que estaba buscando porque tenia las mismas condiciones que la tierra, un planeta joven, una temperatura media de 20 grados y seguramente con grandes lagos de agua. Le agradecí efusivamente la información que me había dado, pero cuando me iba me dijo con ironía: “ Ah, se me olvidaba, Kepler esta a 600 años luz, llévese algún libro para leer”.

No iba a leer, iba a dormir. Contacté con la prestigiosa empresa norteamericana Future Kryos Systems, líder en sistemas globales de criogenización, método por el cual un cuerpo puede ser preservado indefinidamente mediante condiciones de frió intenso con la esperanza de ser reanimado años más tarde. Necesitaba diez millones de dólares que serían ingresados en una cuenta de la compañía (el dinero no era mi problema) y con parte de los intereses anuales resultantes se pagaría la criogenización, además me garantizaron que si por cualquier motivo no se pudieran mantener las condiciones de conservación, me despertarían devolviéndome el depósito invertido (ya que daban por hecho que a partir de 2050, un cuerpo congelado podría ser reanimado). Durante los días anteriores a la firma del contrato con los FK Systems me sentía inmortal, podría viajar por el tiempo, pulsar el pause y proseguir con el play miles de años después disfrutando de la vida eterna, porque la ciencia apunta a ese camino y en unos miles de años estará conseguido. Viajaría hasta Kepler 22B en un vehículo intradimensional que reducirían seiscientos años luz a diez horas de viaje alucinante; las galaxias serían nuestras ciudades y por fin podríamos ver los rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhauser.

La sucursal de FK Systems estaba en la calle Alcalá y ocupaba un edificio de veinte plantas que imitaba una barra gigante de hielo. Había quedado a las diez para firmar el contrato y como un niño con zapatos nuevos crucé confiado la calle mirando la espectacular decoración, pero en ese momento un taxista descontrolado me embistió de lleno y según el atestado, la palmé en el acto. Se fueron al traste todos mis sueños por un puto despiste, adiós al contacto con otras formas de vida y a una visión deslumbrante de nuevos mundos a los que ninguna droga te puede llevar. Pero de manera inexplicable, tumbado en el asfalto observaba como el personal de la ambulancia recogía mi cuerpo, y joder, era verdad, vi ese túnel lleno de luz y toda mi vida paso delante de mi en un viaje que duró unos segundos o quizá miles de años, quien sabe. Durante mi recorrido y a modo de extraño regalo, visité varias galaxias en estado de éxtasis y observé dentro de ese grandioso espectáculo astral como la cadena de la evolución se convertía finalmente en dios.

Que nadie crea que me ha pasado desapercibido el hecho de que escribir este texto si ya estás muerto es un poco difícil, pero como si fuera gallego, voy a responder con una reflexión: si alguien puede leer lo que escribe un muerto, es muy posible que esté en el mismo bando que él. Sí, a veces es muy duro enterarse de las cosas así, de golpe, leyendo las palabras sin dirección de un blog perdido en las entrañas de la red, pero por lo que me han contado, hay cosas mucho más duras en las 50 sombras de Grey. 


24 de junio de 2014

Adictos al móvil


             A pesar de haber estado casi dos meses lejos de mi tierra, no me he sentido extranjero ni fuera de lugar en ningún momento, más bien diría que en esas condiciones de austeridad extrema puedo percibir una perspectiva diferente de la realidad. Allí en el cuarto mundo, inmerso en una atmósfera de comprensión progresiva, atisbo débilmente las claves secretas que me indican el camino a seguir, como la vida zen del pescador que huye de tierra firme. 

Cuando salimos de nuestro hábitat natural, el mundo comienza a crecer, desaparece la pecera en la que damos vueltas sin sentido y nos encontramos por arte de magia nadando mar adentro. Podría ser lícito sentir miedo a nadar en alta mar, con tanto tiburón que anda suelto, pero la recompensa es mayor que el riesgo. Podemos encontrar bancos de peces de mil colores, delfines aliados y vistas submarinas alucinantes. Solo con cerrar los ojos puedo oír la voz de los grumetes anunciando el regreso al mar: “prepárense señores, vamos a zarpar”. Todos los científicos lo saben y la iglesia lo oculta, venimos del mar y tarde o temprano volveremos a la libertad del mar, un mar que es la antítesis de la tecnología. Pero de nuevo en la civilización, compruebo claramente que nuestro primer mundo es una pecera que nos atrapa con teléfonos móviles y extraños artilugios electrónicos, conectándonos a un mundo virtual que compite con la realidad ordinaria.

El viernes quedé en una cafetería con Claudia, y en el momento que le anunciaba mi decisión de vivir fuera de España me contestó que esperara un momento porque estaba terminando de jugar al angry birds. Tecleaba con extremada rapidez y seguía tan abducida por el móvil que ni siquiera se percató del momento en el que me fui.
A Damián le conté mi desesperada situación económica mientras tomábamos unos whiskys en el pub, le dije que si no encontraba trabajo estaba dispuesto a atracar un banco, pero me di cuenta que no había escuchado ni una sola palabra cuando me dijo sin despegar la mirada de su tablet: “tío, acabo de ligar con una rusa”. Desmoralizado, dejé a Damián en pleno hot chat y me fui caminando sin rumbo fijo por la Explanada, esperando ver una luz que me mostrara la clave para salir de esta incomunicación intercomunicada, pero lo único que veía era gente mirando hacia abajo, caminantes anónimos, estudiantes, embarazadas y sacerdotes cibernéticos, todos colgados de las diabólicas pantallitas. Nos ha caído una maldición de enormes dimensiones y parece que nadie se ha dado cuenta, bueno, solo los operadores de internet y telefonía móvil.

Me dirigí al coche barajando la posibilidad de abandonar la ciudad en ese mismo momento, pero algo me hizo cambiar de opinión: un papel enganchado en el parabrisas con un texto. ¿Sería un mensaje importante de alguien que comunicaba sus sentimientos en un un papel? Cuando me acerqué, comprobé que era una misiva escrita a mano, que en estos tiempos que corren se podría convertir fácilmente en un hito sin precedentes para la raza humana. Sin demora, leí detenidamente la nota que estaba firmada por Paco, y aunque la sintaxis del texto no estaba muy cuidada, el tono amable y el fondo épico que subyacía de esas breves palabras brillaban con luz propia. Es cierto que su compleja simbología no me permitía entender muy bien el mensaje, sobre todo porque yo no veía ningún golpe en mi coche, pero el goteo de aceite sobre el asfalto me llevo hasta el lateral izquierdo del Audi donde se apreciaba un impacto mas propio de un meteorito de cien kilos. 

La reparación del coche me costó mas de tres mil euros, y no pretendo insinuar que se deba a un proceso causa-efecto, pero lo cierto es que ahora voy a todas partes sin despegar mi vista del móvil, plasmando en twitter lo que como, lo que pienso y lo que hago en cada momento, posiblemente porque a la comunicación tradicional ya no le veo su encanto, no sé por qué será. Y Paco, si por esas casualidades de la vida estás leyendo esto, quiero que sepas que después de descubrir tu deslumbrante prosa, no hay ni un solo día que no me acuerde de ti y de toda tu familia.


24 de abril de 2014

El payaso




           No podía dejar pasar esta fecha tan señalada sin recordar el día del libro, esos libros secretos y mágicos que nos han hecho progresar en nuestro nivel de consciencia, los que nos han hecho volar, sentir y reír como si nos hubiéramos fumado toda la maría que utilizaba Bob Marley en sus conciertos, aunque hoy he necesitado el nivel siete de consciencia para sobrevivir a la certeza de que el libro de Belén Esteban se ha convertido en un best seller en la feria del libro de San Jordi
Una sonrisa es una buena tarjeta de presentación en sociedad, y el disfraz de payaso, la mejor manera para conseguir pasar desapercibido en esta selva.

                                                                                                                  

13 de abril de 2014

Enemigo mio



         No hay nada que nos una más que un enemigo común, no importa si el enemigo es injusto o lo somos nosotros. Unidos ganaremos las elecciones, recuperaremos nuestra tierra, aplastaremos a los herejes con la bendición de dios, nos vengaremos de ese o de aquel sin piedad, y todo lo que se nos ocurra, pero lo más importante es tener un enemigo. Nos da igual que sea un enemigo terrible, cruel, sanguinario, cercano, o quizá un enemigo imaginario y abstracto, cualquiera es bueno. ¿Qué sería de nosotros sin enemigos?, no lo quiero ni pensar. No puedo imaginar a una suegra sin el bala perdida de su yerno, al Barsa sin el centralismo del Real Madrid, a los americanos sin el peligro atómico de los rusos, a los gatos sin las torpes embestidas de los perros, al trabajador sin el yugo del empresario, ni a Dios sin la desenfadada concupiscencia de Satanás.     
                                                                                         
Podríamos hacer una lista de nuestros enemigos y si todos ellos fueran abducidos por una nave extraterrestre, por esas cosas del destino, posiblemente poco después aparecerían otros ocupando el lugar de los anteriores. Ante este escenario me atrevería a decir que la lucha contra nuestros enemigos no nos solucionaría ningún problema, es más, gastaríamos inútilmente unas energías que podríamos utilizar en otras cosas más placenteras como por ejemplo hacer el amor y no la guerra, que ya lo dijo Aznar; entonces, ¿donde está el problema?  Seguramente si miramos hacía adentro y deshojamos las capas que nos impiden ver, aparecerá la respuesta. 

Sartre acuñó la frase de "el infierno son los otros", intentando explicar las limitaciones de nuestra libertad por los otros, por las leyes y las normas que nos prohíben y nos marcan un camino obligatorio. Sería pretencioso contradecir a Sartre, pero añadiría que ese infierno, el otro, el enemigo, es una proyección de nosotros mismos y una escenificación de nuestro miedo hacia lo exterior. Si aceptáramos esta hipótesis, la confrontación contra el enemigo sería un error; debe haber otra manera de actuar en la que no haya vencedores ni vencidos y que nos permita converger en un mismo camino, y únicamente nuestra comprensión nos puede llevar hacia él. 

Un gran reto para superar el síndrome del enemigo es sin duda la convivencia con nuestro enemigo íntimo, con nuestra pareja. Cuantos factores deben encajar para que una relación de pareja no sea un infierno y cuantas batallas silenciosas debemos disputar y ganar, como la de reactivar nuestra curiosidad por todo lo que nos rodea, la necesidad de acrecentar nuestra consciencia para conquistar lo invisible y el adiestramiento para domesticar nuestro orgullo y dejar de defender a capa y espada el honor de ese impostor que siempre sale muy poco favorecido en las fotos del carnet de identidad, y todo esto hay que hacerlo por duplicado. Es una verdadera prueba de fuego.

 No lo entiendo, juro que antes de que se colara este tratado de filosofía barata con reminiscencias de Elena Francis, iba a contar por qué Pancho, mi gato, estaba interesado por el estado de salud de mi perro Diego, pero bueno, creo que la sangre no llegará al río. Un día de estos les invitaré a comer, porque no existe casi nada que no se pueda solucionar sentados frente a una mesa, sin mucha luz, con un poco de charla tranquila y una copa de vino.

Steppenwolf