1 de noviembre de 2020

El viaje

 


          La música circulaba por los cables de mis auriculares dentro de ese tren que se movía por la superficie de la tierra sin apenas producir ningún traqueteo. Las imágenes de las llanuras interminables de La Mancha parecían repetirse en bucle. Las aldeas y los molinos de viento aparecían y se perdían lentamente por el horizonte, como el tiempo que se derrama sobre los relojes de Dalí.

Mi vagón era una muestra de ADN de un mundo condensado en ochenta metros cuadrados. En la zona central se concentraban humanos anónimos de color gris, esos a los que llamamos la gente y que somos nosotros mismos. A la derecha, una pareja con el cabello nevado repetía el mismo ritual de incomunicación de los últimos treinta años; ella hablaba y hablaba, y el mantenía su mirada perdida, quizás analizando las múltiples vidas posibles que ya nunca vivirá. En el fondo del vagón, una madre combatía sin tregua contra sus dos niños enfarlopados, quien sabe si añorando la vida tutelada con niñeras electrónicas del mundo feliz de Huxley. Frente a mí, una misteriosa cuarentañera compartía su mirada entre un libro y la visión monótona y apasionante al mismo tiempo que nos regalaban esas grandes ventanas.

La portada del libro decía que estaba leyendo 'Black Friday y los compradores compulsivos'. Intenté hacer acopio de todos los datos que mis sentidos podían captar e intenté hacer un retrato psicológico sobre ella. La lectura de un ensayo sobre economía y sociología indicaba una curiosidad antropológica no muy usual en estos tiempos. Esnifé discretamente su perfume, sin duda era Rive Gauche, con su efecto alucinógeno que te transporta sin darte cuenta a los jardines del Edén. Su pelo negro caía escalonadamente sobre sus hombros. Las formaciones esféricas que dibujaban sus pechos sobre una blusa pálida eran sin duda un discurso sobre el movimiento circular de las galaxias, y la línea divisoria que dibujaba la falda sobre sus piernas me llevó a imaginar a una diosa desnuda frente a mi.

No acostumbro a lanzar miradas lascivas, pero esa mujer estaba rompiendo las cadenas que me atan a un mundo civilizado. Enumeré todas las opciones para establecer un contacto real y poder estar con ella en un lugar más tranquilo para conocernos mejor. Algo me decía que ese día viajaríamos hasta el cielo y Dios nos miraría a los ojos. Esa mujer, seguramente, estuvo conmigo en el inicio del Big Bang y también durante el largo viaje hasta la tierra, pero no podía determinar si siempre habíamos estado unidos o ella era una completa desconocida proveniente de otro universo paralelo. Ante esa disyuntiva, decidí iniciar la conversación para averiguarlo, pero antes de abrir la boca, ella se adelantó diciéndome:

- Por qué me miras así, Javier? Estamos llegando a Madrid, por favor, abróchate el botón de la camisa, sabes que a mis padres no les gusta que vistas de cualquier manera para ir a la ópera. 



4 comentarios:

  1. A la ópera hay que ir bien vestido... (qué tontería) Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, con smoking y su correspondiente pajarita, pero creo que nuestro amigo Javier mira a la luna antes que a su dedo. Besos

      Eliminar
  2. Está bien que tus fantasías sean con tu pareja.
    Creo que nunca he visto un paisaje con molinos en la vida real.

    ResponderEliminar
  3. Y es algo que no te puedes perder, en los paisajes desérticos de La Mancha puedes ver miles de molinos, la mayoría eólicos, pero también los molinos fantasmagóricos del Quijote cubiertos de cal

    ResponderEliminar

Steppenwolf