Navega, sola, y adéntrate en un mar
adormecido. La tierra desaparece lentamente a estribor y la proa apunta hacia
un horizonte mixto de cielo ámbar y agua de cristal. Solo se oyen algunos quejidos de los
remos y de la rancia madera de la barca, mientras el agua te lleva hacia
ninguna parte, serena, como un anfitrión que te da todo su tiempo sin ningún
atisbo de cicatería. Tu respiración resuena entre la banda sonora del silencio,
las gaviotas te lanzan miradas cómplices y ni siquiera las tímidas ondas azules
se niegan a formar parte del concierto marino, el mismo que reinó durante
millones de años después de la gran tempestad.
Solo puedes vivir el ahora, porque
no hay nada más. El pasado ya no existe y el futuro amenaza con llenarse de
infinitos mundos virtuales. Si, las posibilidades de habitar en un mundo real serán
casi nulas, así pues, navega y respira el aire salado celebrando el reencuentro
y la despedida de la realidad. Allí, en ese mar, te espero.
Quiéreme, manifiéstate de súbito. Choquémonos, como por arte mágico en este sitio, un miércoles. Pidámonos disculpas. Sonriámonos. Intentemos tirar el muro gélido diciéndonos las cuatro cosas típicas. Caigámonos simpáticos. Preguntémonos cosas. Invitémonos a bebidas alcohólicas. Dejémonos llevar más lejos.
Déjame que despliegue mi táctica. Escúchame decir cosa estúpidas y ríete. Sonríeme. Sorpréndete valorándome como oferta sólida. Y a partir de ahí, quiéreme.
Sin rúbrica, pero por pacto tácito acepta ser mi víctima. Déjame que te lleve hacia la atmósfera, acompáñame a mi triste habitáculo. Sentémonos, mirémonos, relajémonos y pongamos música. De pronto, abalancémonos besémonos con hambre, acariciémonos, Desnudémonos rápido y volvámonos locos. Devorémonos como bestias indómitas. Mostrémonos solícitos en cada prolegómeno. Derritámonos en abrazos cálidos Vertámonos en húmedos océanos. Ábrete a mí, abandónate y enséñame el sabor de tus líquidos. Mordámonos, toquémonos, gritémonos permitámonos que todo sea válido y sin parar, follémonos. Follémonos hasta quedar afónicos Follémonos hasta quedar escuálidos. Durmámonos después, así, abrazándonos. Y al otro día, quiéreme.
Despidámonos rígidos, y márchate de regreso a tus límites satisfecha del paréntesis lúbrico pero considerándolo algo efímero sin segundo capítulo. Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete recordándome en flashes esporádicos y sintiendo al hacerlo un sicalíptico látigo por tus gónadas. Descúbrete a menudo preguntándote qué será de este crápula. Y un día, sin siquiera proponértelo rescata de tus dígitos mi número llámame por teléfono y alégrate de oírme. Retransmíteme, ponme al día de cómo van tus crónicas y escucha como narro mis anécdotas. Y al final, algo tímidos, citémonos. En cualquier cafetín de corte clásico volvámonos a ver, sintiendo idéntico vértigo en el estómago. Y en ese instante, quiéreme.
Apenas pasen un par de centésimas sintamos al unísono un relámpago de éxtasis limpio y cándido, y en un crescendo cinematográfico dejémonos de artificios y máscaras. Rindámonos a la atracción magnética que gritan nuestros átomos y sintámonos de placer pletóricos por sentirla recíproca. Unidos en un abrazo simétrico perdámonos por esas calles lóbregas regalándonos en cada parquímetro con besos mayestáticos que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos. Y para siempre, quiéreme.
Dejemos que se haga fuerte el vínculo, unamos nuestro caminar errático, declarémonos cómplices, descubramos restaurantes asiáticos, compartamos películas, contemplemos bucólicos crepúsculos, charlemos de poética y política y celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías simbólicas en veladas románticas. Y entre una y otra,
quiéreme.
Dejemos de quedar con el grupúsculo de amigos. Que los follen por la próstata. Pues si ponemos el asunto en diáfano solo eran una pandilla de imbéciles. Cerrémonos, y en un afán orgiástico con afición sigamos explorándonos buscando como ávidos heroinómanos el subidón de aquel polvo iniciático. Y aunque no lo logremos. Da igual, quiéreme.
Para evitar que nuestra vida íntima se corrompa con óxido busquémonos alternativas lúdicas apuntémonos a clases de kárate o de danzas vernáculas juntémonos en cursos gastronómicos. Presentémonos a nuestros mutuos próceres anteriores del árbol genealógico y a lo largo del cónclave sintámonos con ellos algo incómodos más felices de haber pasado el trámite. Y quiéreme después. Sigue queriéndome, continuando con el proceso lógico juntemos nuestras vidas en un sólido matrimonio eclesiástico, casémonos a la manera clásica, hagamos un bodorrio pantagruélico, y cual pájaros de temporada en éxodo vayámonos de viaje hacia los trópicos y bailemos el sóngoro cosóngoro mientras bebemos cócteles exóticos. Y al regresar, sentemos nuestros cráneos. Comprémonos un piso. Hipotequémonos Llenémoslo con electrodomésticos y aparatos eléctricos, y paguemos en precio de las dádivas regalándole nueve horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico. Y mientras todo ocurre, solo quiéreme.
Del fondo de tu útero saquemos unos cuantos hijos pálidos, bauticémoslos con nombres de apóstoles, llenémoslos de amor y contagiémoslos con nuestra lóbrega tristeza crónica. Apuntémoslos a clases de música de mímica y de álgebra, y démosles zapatos ortopédicos, aparatos dentales costosísimos, fórmulas matemáticas y complejos edípicos que llenen el diván de los psicólogos. Releguemos nuestro ritual erótico a la noches del sábado cuando ellos salgan vestidos de góticos a ponerse pletóricos ciegos de barbitúricos. Paguémosles las tasas académicas a los viajes a Ámsterdam. Dejemos que presenten a sus cónyuges y al final, entreguémoslos para que los devoren las mandíbulas de este mundo famélico. Y ya sin ellos, quiéreme.
A lo largo de apuros económicos y de exámenes médicos, mientras que nos volvemos antiestéticos más cínicos, sarcásticos, nos aplaste el sentido del ridículo y nos comen los cánceres y úlceras. Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo Y te pongan histérica mis hábitos. Enfádate, golpéame, hasta grítame y como única válvula catártica desahógate en relaciones adúlteras con amantes más jóvenes y regresa entre lágrimas y súplicas perjurándome que aún sigues amándome. Y yo contestaré tan solo, quiéreme.
Quiéreme aunque te premie salpicándote en escándalos cíclicos y te insulte, y te haga sentir minúscula y me pase humillándote y me haya vuelto un sátrapa que roza cada día el coma etílico y me haya vuelto politoxicómano y me conozcan ya en cada prostíbulo, continúa queriéndome.
Mientras pasan espídicas las décadas y nos envuelve el tiempo maquiavélico en un líquido amniótico que borre el odio que arde en nuestros
glóbulos y nos arroje al hospital geriátrico a compartir habitación minúscula inválidos, mirándonos sin más fuerza ni
diálogo que el eco de nuestras vacías cáscaras. Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra de mi lápida Y antes de que venga y cierre la mano de la muerte mis párpados: Ojalá el tiempo sea cíclico y volvamos de nuevo reencarnándonos en dos vidas idénticas, y cuando en el umbral redescubierto de una noche de miércoles pretérita tras chocarme contigo girándote, me digas: "Uy,
perdóname" le ruego que permita el dios auténtico que recuerde en un segundo epifánico cómo será el futuro de este cántico cómo irán nuestras flores corrompiéndose cómo acabaré odiándote cómo destrozarás cuanto fue insólito en este ser, cómo la vida empírica nos tornará en autómatas patéticos hasta llevarnos a la justa antípoda de nuestro sueño idílico. Y sabiendo todo esto, anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y conociéndolo muy bien. Sabiendo el devenir de futuras esdrújulas, destrozando en un pisotón mi brújula,
Morena y menuda, con zapatillas y vaqueros raídos, solía estar sentada frente al lago huyendo de la multitud, siempre en el mismo banco y con un libro sin letras. La conocí un invierno lluvioso, un día en el que el cielo coloreaba el lago de gris sobre un fondo sepia. Ahora nos vemos casi todos los días y compartimos secretos sobre hechizos y brujería.
Cuando estoy con ella, toda mi atención se centra en esos intensos silencios sugerentes que recita con maestría. Su mirada cómplice siempre deriva en una sonrisa melancólica, y sin despedidas, desaparece dejando una estela de luz blanca en un horizonte cambiante. Ella vive muy cerca de nosotros, entre la nieve y el fuego, rodeada de magia. Fiel espectadora de tormentas, pasea bajo la lluvia con su paraguas transparente, oyendo el murmullo del agua y fundiéndose con el delicado aroma de la tierra mojada, y a pesar de ser una diosa solitaria, siempre se hace acompañar por el silencio y por todas nuestras causas perdidas.
Busco la lluvia en el norte de la Vía Láctea, donde las gotas caen hacia ninguna parte con la cadencia lenta y armónica del cristal líquido. Busco la lluvia que se apodera de los tejados y las calles, del aire y de tu aliento cálido y humeante. Busco la lluvia torrencial y desatada que drena el enfangado subconsciente, esa que repiquetea en el suelo bailando a ritmo de bossa nova.
Lluvia ingrávida y etérea, perfumada con lavanda, habitante del reino de la tristeza sabia, de la melancolía serena y la felicidad húmeda. Lluvia que cauteriza las heridas del alma provocadas por el odio ciego y por la soledad salvaje, y esa lluvia me indicará el camino hacia los Pirineos Catalanes, a Ordesa, a Donosti y al Botxo, a Cantabria, a Llanes, a Covadonga y a las rías gallegas, y por supuesto, espero mal tiempo.
¿Cuando dejarán de matar animales bajo el vergonzoso amparo del arte y de la noble cacería? Los animales no son payasos ni su habitat natural son las jaulas. Pienso, reflexiono y deseo que de una vez se ponga fin a la tortura sistemática de los animales solo por diversión, y si los niños quieren ver animales, habrá que llevarlos a reservas naturales, a África, yo que sé. Hay que cerrar los circos y zoológicos, por respeto a ellos y a nosotros mismos.
Herida la fiesta nacional ya prohibida,
los toros aplauden, el respetable llora. Hoy es la despedida, la ultima corrida,
pero hay mejores plazas a estas horas,
y ahora me encuentro en tu guarida.
Aterrizo entre el humo de la niebla,
hechicera privada de magia negra,
mantis religiosa, depredadora nocturna,
disfrazada con tu mascara veneciana ,
fingiendo ser una niña mimada.
No me ofrezcáis vuestros prejuicios, son pesados fardos que arrastran los masoquistas con patética resignación. No me apoyo en la tristeza ni en la melancolía, tan solo me sitúo lejos de la envidia y de la vanidad, de las risas histéricas y de las lagrimas de miedo. Vivo sin remordimientos, sin creer en nada, sin fe y sin esperanza, sin la morbosa dependencia de la manada. No venero a mitos ni persigo sublimes ideales, porque nada me importa, todo me sobra, excepto tú. Viajo sobre las rojas redes de un universo carnal, y me elevo sobre vuestras miradas y sobre las leyes temporales que sin criterio alguno creáis y volvéis a destruir como castillos de arena. Rechazo los grilletes con cadenas que me ofrece la fundación humana y vuestros refugios apilados en la ciudad del miedo.
No formo parte del rebaño que adora a vuestros dioses de barro, no soy blanco ni soy negro porque no entiendo de colores, no soy de aquí ni de allí porque no distingo las fronteras, no pasto junto al rebaño porque no bailo al son de los tambores. Solo dependo de ti.
Y como un depredador hambriento de tu cuerpo, te busco en el azote del huracán, en el bramido del mar chocando contra las rocas y en la furia del rayo que vomita truenos justicieros. Como un asesino desesperado, me aferro a tu cintura desnuda cabalgando en la tormenta y asedio tu volcán incandescente derramando mi lava voluptuosa en el fuego de tu herida que se abre lasciva para mí.