23 de junio de 2020

Bailando con gaviotas


          
        Las diferencias ecológicas que mantenía desde hacía meses con mi coche nos había llevado a una separación temporal, y como un ritual diario, inicié mi procesión al trabajo bajo la tibia luz del cielo, recorriendo a pie el paseo de la playa. El desenlace de la lucha que mantenía el alba con el amanecer desplegaba un manto rosado sobre el mar; las gaviotas sobrevolaban la playa con sus gritos de guerra y los empleados de los chiringuitos y cafeterías abrían perezosamente las persianas desparramando mesas y sillas entre una batería de sonidos de percusión, preparando un escenario artificial para turistas y ociosos sin rumbo.

Una gaviota que flotaba sobre una corriente cálida se posó a unos dos metros de mi, sobre la arena, y me acompañó en una trayectoria paralela durante un par de minutos. Me apoyé sobre la valla que separaba el paseo de la arena y enfoque mi mirada sobre la gaviota. Esperaba que se alejara ante la mirada de un humano, peligroso por definición, y en lugar de salir volando hacia el mar, se quedó mirándome fijamente. Sorprendido por la reacción de la gaviota, comence a hablarle, mirando a ambos lados para que nadie pensara que estaba haciendo lo que estaba haciendo, pero de ella no salió ni un graznido. Racionalizé el comportamiento de la gaviota, quizá debido al espacio que le hemos devuelto a los animales por el confinamiento y proseguí mi camino hasta la oficina.

Ya en el despacho, entre varios documentos apareció el libro Juan Salvador Gaviota que me regaló Karen, una irlandesa a la que perdí el rastro después de pasar dos intensas semanas con ella. Releí su reseña en la primera hoja del libro en la que decía 'nada es lo que parece ser'. Todavía pensando en ella, me llamó mi secretaria diciéndome que una señorita llamada Karen quería verme. Era una de esas casualidades que siempre quieres que te sucedan. Estaba radiante, llena de vida, y con su terrible spanglish me contó sus peripecias durante los dos últimos años. Decidí tomarme el día libre, y antes de subir a su coche para ir a mi apartamento, ella retiró disimuladamente una pluma de gaviota sobre su asiento.


6 comentarios:

  1. Las casualidades no existen, se ve en tu texto, y no te creerás que un segundo antes de que comentases en mi blog, yo leía: "Antropólogo Filantrópico" entre toda mi larga lista de blogs.

    SAludos.

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  2. Si es una casualidad que no existe, esto me hace pensar.

    Saludos

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  3. Qué bonito, Steppenwolf.

    Que queramos ver las señales o no, no impiden que estén ahí, dispuestas para ser interpretadas. Lo que pasa que a menudo intentamos disimular para ni siquiera nosotros ver que estamos haciendo lo que estamos haciendo (sí, me gustó esta frase).

    ¿Me crees si te digo que sentí un poco de envidia de Karen?

    Besos

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    1. No tengas envidia de Karen, me robó la cartera y se fue volando.

      Besos

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  4. Al final acabamos por encontrarle sentido a las cosas que nos pasan. :)

    Un abrazo!

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    1. Yo todavía no lo he conseguido, pero estoy en ello.

      Un beso

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Steppenwolf