31 de marzo de 2021
El viejito aranés
11 de marzo de 2021
Radiografía de la estupidez
Las estadísticas nos cuentan que se ha disparado el consumo de ansiolíticos. En este estudio no se incluye el continente africano ni los países en banca rota, porque sus necesidades conviven con la miseria y no hay tiempo para pastillas ni dinero para vacunas. Los últimos análisis de las aguas residuales de nuestras ciudades revelan un aumento del consumo de alcohol y otras drogas que no pasan por el filtro de hacienda; vinagre para las heridas. Es una clara evidencia de que la felicidad artificial de nuestro primer mundo se está desmoronando, mientras la dicotomía entre economía y vida sigue sin resolverse.
De los efectos nocivos de la pandemia no se salva nadie. La menguante clase media, esa que apenas duerme ante la posibilidad de perder su estatus por la crisis económica, se aferra a un clavo ardiendo para poder continuar con el estilo de vida que les permita viajar a la costa, realizar compras compulsivas y engullir copiosas comidas. Y que decir de los mochufas, subgénero de una clase reciente sin etiquetar todavía, que expanden a todo volumen sus conversaciones intrascendentes; negacionistas de la lucidez aspirando a formar parte de una nueva burguesía por la gracia de sus pequeñas propiedades y de sus coches de montaña para ciudad.
Mientras tanto, las farmacéuticas, revestidas como salvadoras de la humanidad, se frotan las manos ante el inmenso botín que van a amasar vendiendo sus 'inventos' al mejor postor. Este virus está mostrando la realidad que solemos ignorar. En un momento donde la unión transversal global sería nuestro bote salvavidas, el egoísmo y la estupidez flotan como una mancha de aceite sobre el agua.
16 de febrero de 2021
Ola de calor
13 de agosto. En las noticias advirtieron de la ola de calor extrema que íbamos a sufrir en la provincia de Alicante, acompañada de la calima procedente del desierto del Sahara. No les concedí el beneficio de la duda y supuse que esa previsión era producto de pronósticos apresurados de los meteorólogos becarios que durante el mes de agosto sustituyen a los titulares. Esa mañana me desperté sudando. Abrí los ojos y miré fijamente al techo con la insoportable sensación que me produce no saber que hice la noche anterior. La habitación estaba muy caliente y decidí abrir las persianas para que se ventilara, pero recibí un fogonazo de aire hirviendo. Sin darle mucha importancia me introduje en la ducha, pero no había agua. Me puse la camiseta de los Ramones, un pantalón corto vaquero, unas chanclas y las gafas de sol. Desayunar era mi próximo destino.
Ademas del enorme calor, que me enrojeció la piel instantáneamente al salir a la calle, un silencio sepulcral inundaba toda la avenida, roto únicamente por el crepitar de las hojas de los ficus que, literalmente, se deshacían sobre mí por el calor. El color amarillento del cielo me hizo recordar las imágenes de las sondas que transmiten desde Marte. Aceleré el paso para llegar lo antes posible a la cafetería, pero en mi cabeza ya no estaba el desayuno, pensaba únicamente en el aire acondicionado que lógicamente estaría funcionando a su máxima potencia. Regaba el suelo con mi sudor, las sandalias se pegaban a un asfalto viscoso y comencé a quedarme sin saliva. Al doblar la esquina advertí la presencia de una pareja de jubilados tendidos en el suelo, totalmente deshidratados. Eran madrileños, por la sombrilla y las sillas playeras que estaban esparcidas junto a ellos y, sin perder ni un segundo, rebusqué en sus bolsas buscando agua, pero el resultado fue negativo. Cogí la gorra del fallecido para proteger mi cabeza del sol y me armé de valor, solo quedaban unos cien metros hasta la cafetería y quería llegar vivo.
La cafetería era virtualmente un horno y el espectáculo dantesco que vi era la representación del Guernica de Picasso. Decenas de cuerpos esparcidos por el suelo con los ojos abiertos y otros apilados junto a los grifos de cerveza y agua de los que no salia ni una gota. Le quite el burka a una monja inerte que estaba tendida en el suelo y me lo enfundé recordando el libro de Vázquez Figueroa, Tuareg, donde el protagonista utilizaba todos los recursos disponibles para evitar el calor asesino del desierto. Calculé mis opciones en décimas de segundo y decidí regresar a mi casa para apurar el escaso líquido que me quedara, y si tenía que morir, por lo menos estaría rodeado de los discos del Boss.
Cuando estaba a punto de llegar, caí al suelo casi desmayado junto a un Mercedes 4X4. Evidentemente era el final, pero antes de tirar la toalla, una idea salvadora me alumbró. Me introduje reptando debajo del motor del Mercedes y, con las pocas fuerzas que me quedaban, solté el tubo que suministraba el agua a los limpiaparabrisas y ...........mucho mejor que un mojito. Gracias a este recurso de supervivencia logré llegar a mi casa justo en el momento en el que volvió el suministro de luz y agua a la ciudad. Pasé el resto del día junto al aire acondicionado viendo documentales de viajes a la Antártida y al espacio, donde la temperatura, en invierno y en verano, es de 270 grados bajo cero.
25 de enero de 2021
La dictadura de la economía
Nos hemos acostumbrado a malvivir con él y lo consideramos un mal inevitable. Me refiero al capitalismo moderno y global, un sofisticado sistema explotador, contrario a la democracia, que solo persigue beneficios a toda costa. Las entidades supranacionales corporativas han adquirido tanto poder que son capaces de guiar el rumbo de cualquier gobierno con solo una llamada telefónica, porque todos los países, sin excepción, están endeudados con el capital internacional.
El capitalismo siempre ha ostentado el poder de una u otra manera. Desde el inicio de la andadura del homo sapiens, los privilegios de unos pocos, y por lo tanto la creación de la desigualdad, ha sido un hecho recurrente. Algunos filósofos y pensadores se han sumado a la teoría del ‘sálvese quien pueda’. Sin ir más lejos, mi admirado Federico Nietzche veneraba la idea del superhombre en la cual nos vendía, como algo natural, la 'derivación' de los mas débiles para no contaminar las semillas nobles y puras, pero eso sí, disfrazando su peligroso discurso supremacista con una bella prosa poética que yo nunca me he tragado.
El sistema
capitalista actual, no solo es la raíz de los graves problemas de
convivencia entre civilizaciones y personas, sino que amenaza con
destruir el planeta, al que trata como un mero recurso para su
beneficio. La preocupación por el cambio climático no es una moda.
Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el capitalismo salvaje
está lapidando nuestro ecosistema. La idea de un crecimiento
ilimitado es una estupidez que nos está llevando al desastre. A la
vaca apenas le queda leche, pero bueno, ya se encargan los lobbys
negacionistas de engañar al personal y calificar de exageraciones
esas alarmas ecológicas. Utilizan a rajatabla el 'carpe diem',
aunque cada año suba progresivamente la temperatura global de un
planeta que muestra sus heridas en los crecientes desastres
climáticos. Caricaturizando el hecho de la progresiva destrucción
de la tierra, es algo así como el suicida que se tira desde la
planta 60ª de un edificio, y un limpia cristales situado en la
planta 30ª le pregunta mientras cae: ‘¿Cómo va todo?’, y el
suicida le responde: ‘de momento bien’.
La trama
capitalista tiene mil caras y combate a sus detractores diseñando
barreras defensivas mediante la manipulación, consiguiendo que buena
parte de la sociedad se sienta identificada con un sistema cuasi
dictatorial. Si hay que conseguir un importante botín, no hay
barreras, se actúa por lo civil o por lo criminal. Se derrocan
gobiernos si es necesario o se utiliza a los ejércitos afines
argumentando haber encontrado cualquier arma de destrucción masiva
para que realicen el trabajo sucio. Cuando llega la crisis,
frecuentemente provocada por la saturación y la avaricia de los
mercados financieros, quien tiene que pagar los platos rotos de los
recortes y los ajustes estructurales económicos son los países del
tercer mundo, y en nuestra privilegiada sociedad occidental, los
ciudadanos de a pie.
La inacción y la resignación de los damnificados ante esta locomotora destructora, es la actitud ideal para el capitalismo, el actual 'presidente' del mundo, imponiendo una ley de la selva que promete conflictos. Quizá mediante la concienciación, la cultura como arma defensiva, la unión de fuerzas y la solidaridad, puede que se atisbe una tibia luz en el horizonte. El poder y los recursos del planeta deben estar repartidos y gestionados por la gente, y no recaer en una élite depredadora. Eso es la democracia.
14 de enero de 2021
Revolución
Mientras
buscaba restos de bocadillos en la playa, una gata negra, erguida
sobre el techo de un chiringuito, se dirigió a mi utilizando un
extraño
idioma
que, increiblemente,
entendí
sin
problemas.
Con la calma de una figura de porcelana, afirmó
que conociendo el gusto musical de cada uno podía hacer un retrato
psicológico del sujeto con muy poco margen de error. Su
curiosa exposición me
hizo lanzarme a su encuentro sin sopesar las consecuencias, como
solemos hacer los inocentes mejores amigos del hombre sobre una
pelota de tenis.
La
invité a mover
ficha. Sonrió
ligeramente y
enumeró con los dedos de sus patas delanteras sus géneros
preferidos entre los que estaban: el soul, el funk, el jazz, el rock,
el reggae, la bossa nova, música afro, clásica, americana y alguna
más que ahora no recuerdo. Era la típica respuesta escondida tras
la tinta de un calamar. Con los movimientos de mi morro, intentaba
olfatear el sentido de sus palabras, pero intuía que el asunto de la
música era solo un pretexto. Sabía que me estaba tendiendo una
trampa retórica y esperé a que ampliara su mensaje para desvelar la
incógnita X.
Ella
leyó mi pensamiento y, sentándose sobre sus patas traseras,
argumentó su discurso de manera escalonada cual profesor de
filosofía: 'las etiquetas que le damos a las cosas son atajos,
artilugios para facilitar el entendimiento de nuestro perezoso
cerebro. No hay límites ni divisiones desde un punto de vista
atemporal. Ni tú eres un perro, ni yo
una
gata ni tu dueño un ser
humano, aunque alguna vez lo hayamos creído, solo somos una mezcla
uniforme que se mueve dentro de una espiral que llamamos tiempo. Tú
y yo, si
quieres,
vamos a luchar contra la principal pandemia que estamos sufriendo
desde hace miles de años: los humanos. Pero dicho esto, si te gusta
el reggeton ya te puedes ir con
tu dueño'.
Nunca
había oído hablar a un gato de esa manera. Bueno, de ninguna. Me
describió su plan que en un principio me pareció bastante
disparatado, pero me mantuvo con la boca abierta durante esos breves
minutos. Se despidió dándome su número de wasap y, mirando hacia
ambos lados, me aconsejó que lo usara mientras
el enemigo
estuviera roncando y su móvil accesible. Cuando me confirmó que no
íbamos a estar solos en esta revolución, recordé por un momento a
Ed Norton y Brad Pitt en El Club de la Lucha. Regresé sospechando
que esos restos de bocadillo contenían algún producto alucinógeno
debido a
la
labor de las
incansables bacterias, y
no sé por qué, cuando vi a mi
dueño
lanzarme un plato volador, supe que esta vez lo iba a recoger él.
1 de noviembre de 2020
El viaje
La música circulaba por los cables de mis auriculares dentro de ese tren que se movía por la superficie de la tierra sin apenas producir ningún traqueteo. Las imágenes de las llanuras interminables de La Mancha parecían repetirse en bucle. Las aldeas y los molinos de viento aparecían y se perdían lentamente por el horizonte, como el tiempo que se derrama sobre los relojes de Dalí.
Mi vagón era una muestra de ADN de un mundo condensado en ochenta metros cuadrados. En la zona central se concentraban humanos anónimos de color gris, esos a los que llamamos la gente y que somos nosotros mismos. A la derecha, una pareja con el cabello nevado repetía el mismo ritual de incomunicación de los últimos treinta años; ella hablaba y hablaba, y el mantenía su mirada perdida, quizás analizando las múltiples vidas posibles que ya nunca vivirá. En el fondo del vagón, una madre combatía sin tregua contra sus dos niños enfarlopados, quien sabe si añorando la vida tutelada con niñeras electrónicas del mundo feliz de Huxley. Frente a mí, una misteriosa cuarentañera compartía su mirada entre un libro y la visión monótona y apasionante al mismo tiempo que nos regalaban esas grandes ventanas.
La portada del libro decía que estaba leyendo 'Black Friday y los compradores compulsivos'. Intenté hacer acopio de todos los datos que mis sentidos podían captar para realizar un retrato psicológico sobre ella. La lectura de un ensayo sobre economía y sociología indicaba una curiosidad antropológica no muy usual en estos tiempos. Esnifé discretamente su perfume, sin duda era Rive Gauche, con su efecto alucinógeno que te transporta sin darte cuenta a los jardines del Edén. Su pelo negro caía escalonadamente sobre sus hombros. Las formaciones esféricas que dibujaban sus pechos sobre una blusa pálida eran, sin duda, un discurso sobre el movimiento circular de las galaxias, y la línea divisoria que dibujaba la falda sobre sus piernas me llevó a imaginar a una diosa desnuda frente a mi.
No acostumbro a lanzar miradas lascivas, pero esa mujer estaba rompiendo las cadenas que me ataban a un mundo civilizado. Enumeré todas las opciones para establecer un contacto real y poder estar con ella en un lugar más tranquilo para conocernos mejor. Algo me decía que ese día viajaríamos hasta el cielo y Dios nos miraría a los ojos. Esa mujer, seguramente, estuvo conmigo en el inicio del Big Bang y también durante el largo viaje hasta la tierra, pero no podía determinar si siempre habíamos estado unidos, o ella era una completa desconocida proveniente de otro universo paralelo. Ante esa disyuntiva, decidí iniciar la conversación para averiguarlo, pero antes de abrir la boca, ella se adelantó diciéndome:
–- Por qué me miras así, Javier? Estamos llegando a Madrid, por favor, abróchate el botón de la camisa, sabes que a mis padres no les gusta que vistas de cualquier manera para ir a la ópera.
15 de octubre de 2020
Querida marquesa
Querida marquesa, aunque no me guste el dato, me he documentado y he llegado a la conclusión de que comparto el 99,99% de mi ADN con usted, pero me resisto a creer que seamos como dos gotas de agua, no porque usted sea patricia y yo plebeyo ni porque su diáfano discurso supremacista me ubique en las antípodas de su visión sobre las relaciones humanas. Debe haber algún desencuentro en nuestro enlazado molecular, en nuestra trama neuronal que nos hace diferentes, como la materia y la antimateria, como la cara y la cruz, como el oxígeno y el hidrógeno del agua; todos forman parte del mismo catálogo, de la misma unidad, pero unos viven en la noche y otros en el día de ese sol que no entiende nuestros parámetros.
Los mensajes que fluyen producto de los escasos chispazos de clarividencia, van diseñando nuestros cerebros, y a algunos nos dicen que esas pequeñas guerras que intenta inocular en el el núcleo de fricción de las dos Españas, son luchas infructuosas. Marquesa, no me voy a andar con rodeos, lo que necesita es amor, el amor que surge entre las hojas de primavera y el rocío del alba que unen sus esencias de manera desinteresada, pero claro, probablemente para usted esta percepción solo sea un desvarío. Si alguna vez sus más profundas convicciones no son satisfechas, venga a nuestro secta, será bienvenida, pero recuerde que nosotros solo robamos cuando lo necesitamos, como la marea que recupera legítimamente su playa.
Marquesa, ábrase entera (mentalmente) y olvide su tóxico odio hacia los que se resisten a ser dominados por su gremio, no me refiero al PP ni a VOX, sino a los marqueses sin fronteras. Deje que el amor se expanda más allá del reducido grupo de humanos de su cuerda, recuerde que desde un punto de vista galáctico, no existe arriba o abajo ni izquierda o derecha. No se empeñe obsesivamente en obtener por todos los medios el papel de la bruja en Blancanieves o de la madrastra en La Cenicienta, porque ya sabe que estos personajes encarnan las fuerzas del mal. Tampoco le aconsejo que utilice estrategias que ya utilizó el partido Nacionalsocialista para conseguir ser apoyada por una mayoría sin criterio, y ya sabe como acabó la película. Como le ocurrió a Nietzsche, acabará cegada por la luz, pero en su caso, por la que desprenden las farolas de la calle Génova.
31 de julio de 2020
Siete y medio
Durante el lento trayecto, se sentía prisionero entre coches estraños y conductores buscando petróleo en sus fosas nasales. Podia presenciar, de soslayo, una alucinante mezcla de colores sobre el temprano mar a la izquierda de la carretera, pero a nadie le importaba la visión del paraiso, todos estaban inmersos en los pequeños problemas de sus pequeños mundos. Él sabe que la gente ordinaria no está para tonterías filosóficas, solo están diseñados para lo de siempre desde hace más de cien mil años, sin evolución aparente, y presiente que los avances tecnológicos solo son una tapadera que cubre nuestra ignorancia.
Los pensamientos fluían de manera aleatoria desde las rejillas del aire acondicionado de su coche. Su ex se habia vuelto a casar con un escritor; había leído su último libro y había llegado a la conclusión de que después de 'Los pilares de la tierra', ese libro era la mayor mierda que habia leído en su vida. Su mujer siempre había elegido mal, y ese pensamiento le perseguía en los momentos más inoportunos. Le gustaría pulsar la tecla de reinicio y comenzar de nuevo, pero esa tecla no funcionaba.
Cuanto más conoce a la gente (y a él mismo), más quiere a su perro. Su hija es concejal de VOX en Valencia y su hijo se ha integrado en una secta religiosa en la India. Después de meditaciones profundas, sospecha que el destino de cada uno está escrito, pero quiere averiguar quién lo ha escrito para intercambiar algunas palabras con él.
24 de julio de 2020
Línea Roja
Explosiones de supernovas. Montañas majestuosas sobresaliendo entre ríos bulliciosos. Millones de estrellas decorando el cielo de la noche. Rayos de sol filtrados por ramas formando abanicos de colores.
¿Realmente, quién eres? ¿Por qué permites la violencia, es una ley universal? ¿De dónde proviene la crueldad, está incrustada en ti? ¿Eres la misma que alienta el amor y la bondad?
6 de julio de 2020
Escritor
Te imagino en la escena del crimen como el reportero de la sección de sucesos; durante la danza del sexo, serías la masturbación; en la batalla, estarías ubicado en la retaguardia. Ante la explícita alegría que desprende el sol de abril, solo alcanzarías el rango de bufón, y frente a las fauces terribles de la tragedia, encarnarías el rol de plañidera. Tú no vives, solo finges vivir.
Utilizas tu vanidosa mente para elaborar palabras laberínticas que se desvanecen en el vacío, como la insoportable intrascendencia de un crucigrama. Los sentimientos no se empaquetan ni se venden con un lazo, porque viven el ahora y aquí y no son transferibles. Podrías enumerar una lista de sensaciones y una sucesión de acontecimientos, pero no puedes descodificar en palabras la voz del corazón, la extraña subjetividad de los sentidos ni la magia de lo invisible, aunque lo intentes. Escritor, no escribas, vive!
23 de junio de 2020
Bailando con gaviotas
17 de mayo de 2020
Wake up
—¿Por qué has perdido la fe, había puesto mi confianza en ti? —el sonido grave de su voz retumbó sobre el suelo. Me parecía que no se andaba con rodeos y utilicé una estrategia defensiva.
—Lo siento, no sabía que existías. Nunca he tenido noticias de ti, podías haberme mandado un email o un wasap —le contesté a modo de excusa, pero él siguió con lo suyo.
—Si hubieras creído en mí te hubiera acogido en el cielo, pero ahora me veo en la obligación de condenarte a pasar el resto de tu vida en el infierno —rápidamente me di cuenta de que no había tenido un buen día y, de perdidos al río, quise que supiera lo que pensaba:
—Si eres tan sabio y nos has hecho a tu imagen y semejanza, ¿como es posible que hayamos salido, siendo benévolo, tan peligrosos, no habrá fallado algo en tu experimento biológico? Deberías saber que no somos masocas, que no nos gusta pasarlo mal, ¿por qué no nos echas un cable de verdad, como hacía Superman? —por el modo en el que me miró, me temí lo peor. En ese momento sonó el estridente pitido de un aparato satánico y la amenaza de Dios se cumplió, era el infierno y marcaba las 07.00
10 de abril de 2020
Justicieros de Balcón
Esta tragedia quizá saque lo mejor de nosotros, incluso puede que nos conciencie de que formamos parte de una enorme comunidad global donde el dolor de una parte es el dolor de todos, o que nos aleje del egoísmo más rancio y nos anime a respetar, sin excepción, todo lo que nos rodea; pero no olvidemos que también puede aflorar lo peor de nosotros mismos.
Me refiero a los justicieros de balcón, los que lanzan gritos amenazantes a cualquier humano que se atreva a circular por la vía pública. Esos vigilantes de la legalidad vigente se sientes enfundados con el uniforme de policía o de la Gestapo, vaya usted a saber, con un pensamiento recurrente: "si yo no puedo, tú tampoco".
Te pueden insultar si al sacar al perro creen que has sobrepasado el límite de tiempo, y no dudan en marcar el 091, como si se tratara de una Smith and Wesson, ante cualquier anomalía que ellos creen detectar.
Eso sí, a las 8 de la tarde están sin falta en sus balcones aplaudiendo con fervor a los sanitarios que, efectivamente, salvan nuestras vidas arriesgando las suyas, pero a algunos se les olvida que sus votos propician el desmantelamiento de la sanidad pública, esa que ahora aplauden.
29 de marzo de 2020
Enemigos invisibles
Perdido entre tés y otras hierbas milagrosas, la dependienta de la herboristería me rescató y me convenció para que comprara un bote de probióticos con el argumento de que este producto era mucho más potente que los modestos antioxidantes que contenía el té y, además, me garantizaba una salud de hierro durante un par de meses. Leyendo las breves instrucciones que tenía el bote, me quedé perplejo, alucinado: cada cápsula contenía 15 billones de bacterias amistosas.
Esto no lo sabe nadie, pero tengo la manía de contar todas las cosas, por ejemplo, cuando voy a hacer una paella, cuento uno por uno todos los granos de arroz, no puedo evitarlo, es una información que debo conocer, pero eso de contar 15 billones de bacterias es para quitarse el sombrero.
Sin pensarlo dos veces, llamé al laboratorio sueco que fabrica los probióticos, con mi inglés de my taylor is rich, para conocer a mi alma gemela, a esa persona que había contado las bacterias de cada cápsula, pero de manera imprevista, mi interlocutor me recomendó una conocida práctica homosexual y me colgó. Los suecos tienen fama de ser muy civilizados pero realmente no tienen educación.
---------------------------------
Paciencia, prudencia y mucho ánimo, y no olvidéis la clase de zumba online todas las mañanas.
13 de febrero de 2020
Singles Bar (3/3)
No pudimos llegar a la habitación, esos diez metros de distancia eran kilómetros, pero nos acogió el pobre sofá del salón que no tenía culpa de nada.
11 de febrero de 2020
Singles Bar (2/3)
9 de febrero de 2020
Singles Bar (1/3)
Desde que acabó el verano estuve viviendo el día de la marmota: de casa al trabajo, del trabajo a casa, un par de horas en internet, series de Netflix y vuelta a empezar. Pero decidí cortar el círculo vicioso abandonando las redes y jubilando la televisión para apuntarme a la vida real a tumba abierta. Todavía me considero un mujer atractiva, pero no estoy dispuesta a pasar por un casting de autoestima constante porque una sociedad patriarcal nos pida una puesta en escena impecable en cada momento: depilaciones, peluquería o maquillaje, como si tuviéramos que estar siempre dispuestas para rodar Pretty Woman. Enfundada en mi chándal de runner novata, regresé del footing agotada, reflejando en mi rostro los gestos de dolor de este invento llamado ejercicio físico, con el pelo chorreando de sudor, la boca seca por la deshidratación y la ropa interior empapada. Si, esa soy yo, la original, un ser humano diferente al resto e inevitablemente igual a todos los demás.
Cándida es otra separada de la que suelo huir habitualmente; experta en quedadas de singles y otros saraos, y a pesar de que nunca me ha dado buen pálpito, ese día me convenció para ir al Singles Bar, un disco-pub situado en la playa. Antes de abandonar el parking y todavía dentro de su desordenado coche, Cándida comenzó a prepararse para el combate en un ritual de gestos automáticos, acicalándose el cabello, utilizando mecánicamente el carmín y el spray de colonia, colocándose con precisión el sujetador y pasando revista al resto de sus armas. Siempre había tenido la dudosa virtud de elegir mal, me sucede de serie, y parecía que esta vez no iba a ser una excepción. Pero bueno, ya estábamos allí.
La estrategia de Cándida, que actuaba de maestra de ceremonias, era bastante previsible. Insistió en que nos sentáramos en el centro de la gran barra que había junto a la pista de baile, y a los a los pocos minutos ya teníamos a dos individuos junto a nosotras. Parecían salidos de alguna película de Santiago Segura, vestidos con ropa 'moderna' y con un aliento alcohólico muy acusado. Cándida ya los conocía y comenzó a hacer manitas, totalmente desinhibida, con uno de ellos. El que me tocó a mí me contaba historias fantásticas de superhéroes: “La última vez que estuve con una mujer me dijo que no sabía lo que era un hombre hasta que estuvo conmigo”. Este era el nivel.
Huyendo de los focos, me dirigí a la mesa más escondida posible, sincronizando el tiempo que iba a permanecer en el Singles Bar con el sorbo final de mi gin tonic. Para colmo de males, tiré con el bolso la copa que había en la mesa de al lado sobre la única persona que no gritaba en ese puto club y que estaba escribiendo algo en una agenda. ¡Tierra, trágame!
Antes de disculparme, se levantó con su agenda chorreando de whisky y me dijo: "No te preocupes, pediré otra copa y limpiarán la mesa; ojalá todo se solucionara tan fácilmente, ¿no crees?"
16 de enero de 2020
Pop
27 de diciembre de 2019
El morbo
Los niños correteaban sin tregua esa mañana de domingo de 1890 en la polvorienta Plaza Mayor. Los puestos de regaliz, coco y frutos secos estaban situados muy cerca de las vallas de madera que separaba a la muchedumbre del patíbulo, donde el verdugo, con la cara ya cubierta por el antifaz, esperaba al reo que se acercaba en carreta desde la cárcel. Las mujeres murmuraban formando corros, y sus maridos, ataviados con sus mejores trajes, vituperaban al condenado que se acercaba acompañado por el cura y por tres funcionarios.
Llegó el momento clave. El condenado, con la soga en el cuello, gritaba, lloraba e insultaba al verdugo, pero el desenlace fue rápido. Se produjo un silencio sepulcral en la plaza cuando el condenado cayó de golpe y, después de unos segundos de balanceo, murió empalmado, siguiendo la misma pauta de anteriores ahorcamientos.
Después del espectáculo, cada uno volvió a su rutina: los niños al descampado, los hombres a la bodega y las mujeres a sus casas. Los últimos en retirarse fueron los polticos y las cadenas de televisión, orgullosos del trabajo bien hecho. El show había convertido el dolor ajeno en dinero y en un montón de votos del rebaño.
16 de diciembre de 2019
Do the right thing
Con toda seguridad la posverdad ha venido para quedarse, la manipulación de las mentes es un negocio. La mayoría de la información que recibimos es interesada, está inclinada hacia un lado o son fakes, y haciendo un balance de los elementos que han modelado nuestro cerebro, tampoco podemos aferrarnos a nuestra supuesta independencia de pensamiento: el 50% es influencia genética, el 20% lo ocupa nuestro entorno social, 10% libros, discos y obras de arte (el Interviú principalmente), 10% anuncios, redes y mensajes subliminales y el otro 10%: la encíclica anual del Papa. Si estos porcentajes son relativamente veraces, no tenemos ninguna capacidad para pensar por nosotros mismos ni podemos discernir entre lo correcto y lo erróneo.
Quienes son los buenos y los malos en las guerras?, suponiendo que haya buenos. Google y su inteligencia artificial planea crear clases sociales más diferenciadas? También tengo serias dudas sobre la realidad y la moralidad de mis decisiones. Dostoievski decía algo así como que ante los ojos de la belleza no existen diferencias entre el bien y el mal, y una de dos, o estaba como yo, o lo tenía muy claro.
Cuando intuyo en voz alta que los estamentos religiosos solo intentan controlar y manipular a las masas, no sé si estoy faltando al respeto a creyentes que persiguen el bien (para ellos?) o solo estoy intentando encontrar mi propio Dios. Mis críticas al capitalismo, del cual formo parte (como mínimo de una manera indirecta), y a las polticas liberales que fomentan la desigualdad, quizá están alentando a los vagos a vivir del esfuerzo de los demás, lastrando el lícito proyecto económico y social de los miembros mas ambiciosos de nuestra comunidad. Cuando he intervenido en una huelga, seguro que he arruinado el día a gente que solo quería realizar su trabajo rutinario, y cuando me he quedado en casa ante una manifestación justa y necesaria, probablemente habré caído en la indolencia de esperar que el mundo cambie sentado en mi sillón, y además, mi amigo Lao Tse me dice que no haga nada.
Ni siquiera el yoga me ha ayudado a reforzar la clarividencia. La meditación elimina los árboles dentro del bosque en el que estamos situados para poder ver con claridad, pero los árboles desaparecen y en el horizonte mi yo no aparece, no existe, es el síndrome del hombre invisible. Me duele reconocercerme en esta célebre frase del Fary: "solo sé que no sé nada", porque esta certeza consciente te puede dejar noqueado durante unos dias.
Ante estos síntomas de ignorancia, no me queda más remedio que admitir que si salgo de mi zona de confort, no sé lo que ocurre en el mundo. Sé que las redes existen, pero no puedo adivinar de qué manera están configuradas y cuál es el riesgo que corro en estos lugares tan peligrosos; no tengo ni idea de como hacer un cocido ni como funciona una cremallera, incluso los libros que he leído me han transmitido un mensaje y su contrario, acabando de lleno en la confusión. Creo que lo único que puedo hacer es fingir conocer todo lo que me rodea y aparentar que mi bagaje cultural acumulado (inexistente), me permite diferenciar entre el bien y el mal, a pesar de no tener ni idea de quién soy.
10 de diciembre de 2019
Enero 2150
Sin parpadear, perseguía con la mirada los miles de focos que alumbraban la ciudad, elevándose por el espacio hasta chocar con el grueso muro de nubes negras que forman el techo de nuestras noches de veinticuatro horas.
Antes de la guerra nuclear, el sol brillaba sobre calles y parques, y no dejo de preguntarme cual es el límite de nuestro gusto por la destrucción; somos una verdadera lacra para el planeta.
Me inyecté mi dosis diaria de bendiapina para inmunizarme de la contaminación (similar a la morfina pero sin sus efectos secundarios) y, mecánicamente, subí al transportador aéreo aparcado en la fachada de mi apartamento de la planta 42, le dí las coordenadas de mi destino con la orden de voz: Sara, y el vehículo comenzó a volar veloz y silenciosamente entre la lluvia ácida.
Sara estaba radiante como siempre. La besé suavemente y mirándola a los ojos intuí que algo le preocupaba. Ella es ingeniera aeroespacial, le han propuesto que dirija el nuevo proyecto internacional para crear la primera colonia en Marte; la Tierra tiene fecha de caducidad.
- Eso es fantástico cariño, te lo mereces, eres la más preparada para dirigir este proyecto — la felicité cálidamente, pero ella solo mostró una media sonrisa —Qué pasa, cual es la mala noticia? — repliqué nervioso.
- Tengo que formar parte de la tripulación, voy a estar en Marte diez años – dijo ella mirando la copa de esa bebida lechosa de moda.
- Ya has tomado la decisión? – le dije temiendo la respuesta. Ella asintió con la cabeza.
- Ven conmigo, yo lo arreglaré, por favor – dijo con tono de súplica.
- No funcionará, pero no te preocupes, el tiempo pasa muy rápido. Vamos a cenar – le dije mientras la abrazaba.
Han pasado dos semanas desde que se fue y me han parecido dos años. No puedo concentrarme en mi trabajo, he perdido la motivación y a todo el mundo le he dado las excusas más peregrinas para aislarme como un autista. Cuando compré a Sara, me dijeron que era el modelo de robot androide más avanzado; podría pensar por si misma y actuaría sin ningún control por mi parte, lo que no me dijeron es que me quedaría enganchado de ella.
Sara me llamó ayer y me dijo que necesitaban un arquitecto para diseñar la nueva ciudad que iban a construir y que yo era el elegido: "no te puedes negar y, además, podríamos continuar esa conversación sobre un pequeño androide".
No voy a tener más remedio que abandonarlo todo e irme a Marte.........en busca de un robot.
6 de diciembre de 2019
Allanamiento de morada
No recuerdo muy bien cómo entré en ese piso. La terraza estaba abierta y mi curiosidad me introdujo hasta un salón barroco y recargado, más propio de un siglo anterior. Los muebles eran de madera noble, había tomos de escritores rusos y alemanes del siglo XIX minuciosamente ordenados, cuadros de Sorolla y luz amarilla indirecta que se deslizaba discretamente desde los rincones del salón. Sacudido por el síndrome de Stendhal, tomé la arriesgada decisión de esperar al dueño de tan singular morada, quizá para averiguar la frecuencia de onda con la que se comunicaba con el exterior.
El silencio de las noches de verano produce un efecto amplificador en el sonido. Oí, lejanas, las risas de unos adolescentes que repetían el patrón de conducta de miles de generaciones anteriores en un extraño ritual de maduración etílica. El sonido rítmico de un colchón vibraba en el techo del salón. Era la imposición genética de la supervivencia de las especies a cambio de un poco de dopamina. Bendita trampa.
Entre sonidos y reflexiones, apareció el dueño dentro de un pijama amarillo de verano, buscando algo en una de sus fosas nasales y con el dominical del ABC en la mano. Pensé disculparme y decirle que solo había sido un impulso, pero mirándome con cara de terror (él tampoco era muy guapo) y sin previo aviso, se dirigió hacia mí cogiendo una de sus zapatillas y bramando: “¡maldita chicharra!”. Ante ese afectuoso recibimiento y sin esperar ni un solo segundo, salí volando por la misma terraza que había entrado minutos antes y aterricé en mi árbol preferido.
En ese momento pensé que el ser humano estaba sobrevalorado, muy sobrevalorado, pero no me importaba, tenía delante de mí a un par de guapas vecinas grises a las que quería convencer con mi canción de la importancia de la procreación.
