Más que los trolls, los que se dedican a molestar e insultar en las redes solo por un extraño ánimo psicótico de notoriedad, que la verdad, dan mucha pena, lo que más me jode del verano son los mosquitos. No quiero alarmar a nadie, pero los españoles estamos siendo atacados sistemáticamente por terribles enemigos. Sí, por los mosquitos tigre.
Me he informado exhaustivamente sobre estos insectos que vienen de África y estoy convencido de que quieren doblegarnos a base de picotazos. Vienen organizados en escuadrones, atacan por el día, se mimetizan a la perfección con su entorno y el efecto de sus picaduras son brutales. Estamos perdidos.
Mientras me rasco desesperadamente a dos manos, recuerdo a esos mosquitos españoles tan elegantes que nos picaban en esas tranquilas y calientes noches, cumpliendo su labor con tanto respeto que a veces cuando no me picaban durante unos días, me preocupaba por ellos.
Esta mañana en la cafetería he oído, sin querer, la conversación de dos españoles de bien en la que uno de ellos aseveraba firmemente: “primero los españoles y después los inmigrantes”. Esta buena persona seguramente es también otra víctima de los mosquitos tigre y quiere que le pique un mosquito español, pero con una diferencia a su favor, con el cerebro vacío sientes menos dolor.
No te culpo por exhibir un cerebro tan despoblado y yermo que te impide discernir entre las cuestiones más básicas y lógicas y te convierte en un ser agresivo montado en tu propia estupidez, más bien me apena tu declaración de intenciones. Tu raza es la raza humana, somos iguales y al mismo tiempo diferentes. La diversidad, la mezcla de colores y culturas nos enriquece, nos hace fuertes, tolerantes y comprensivos. Cuando no quieres que otros vengan a tu tierra, se te olvida un pequeño detalle, tu tierra es de alquiler. Aunque tú creas que es de tu propiedad, existía millones de años antes que nosotros y seguramente estará después. Tu concepto de patria, tus alambradas, tus banderas y tus fronteras son excluyentes. Todos no nos podemos sentir identificados con esas premisas porque cercenan la libertad y la igualdad. Tu patria es una cárcel con ventanas muy pequeñas. Crees en tu dios, pero no admites la existencia de otros credos. Si solo hay un dios, que no te importe como se llame. Tu religión te prohíbe matar, pero estás a favor de la pena de muerte; no estarás creando tus propios mandamientos? Como los males nunca vienen solos, te intuyo machista, homófobo y una persona poco dotada para empatizar con otras especies. Si pudieras alejarte un poco y ver la situación desde una perspectiva aérea, verías que tus prejuicios solo son un síntoma de egoísmo y miedo, ese miedo que te obliga a estar a la defensiva y odiar al otro, al diferente. No te odio querido racista, ni tampoco creo que te pueda convencer con unas pocas palabras, tan solo espero que algún día, como le ocurrió a San Pablo, te caigas del caballo y veas la luz.
Entré sin hacer ruido en aquel tesario crolado por el polvo trinio que subtrenaba la libia, y sin necesidad de una inspección más profunda, deduje que no haba sido rebornado desde hacía años. El suelo estaba lleno de froscas agrietadas, como la faz de un campesino que trabaja sin pradio de sol a sol. Depositė toda la gesteira que contenía el húmetro y, súbitamente, el pergamino rodicó en un etéreo lirbo. La estermitra restelaba con un fulgor blanquecino y cescureo, pero por enésima vez el significado de la yerma pasó desapercibido sobre mi ceguera encisa, como si fuera un tratado de física cuántica trescado en griego.
La
primera vez que entre en su pintoresco ático, olía a incienso, sonaba de fondo
la trompeta de Chet Baker y su Almost Blue, mientras ella pintaba un retrato de
Alejandra Pizarnik. Mis sentimientos deambulaban por todos los rincones de la
terraza, perdidos. Hasta aquel momento, yo que venía del punk, había creído que
el jazz era una música de ascensor. Me pareció entrar en un mundo diferente, en
una dimensión paralela, en una estación anclada en una época que no lograba
etiquetar. Estaba tan ocupado de mí mismo,
arrastrando la arrogancia de la juventud, creyendo saberlo todo sin saber nada,
que me costó abrir los ojos y ver.
Ella
me doblaba la edad, había vivido cinco o seis vidas intensamente, sin ningún
desperdicio, pasando del cielo al infierno en cada redoble de tambor. Todas sus
heridas estaban totalmente cicatrizadas, quizá por eso mantenía un corazón
tierno. Aprendía de su cuerpo y de su visión circular de la realidad todas las
noches. Huíamos del mundo y veíamos pasar la vida desde la cima de una gran
montaña. Después del paso de los años, apenas recuerdo su cara, pero no me he
olvidado de Chet Baker. Era heroinómano.
No suelo escribir sobre temas personales en el blog, pero esta vez voy a hacer una excepción. Hace un par de meses quedé con Damián en su pueblo, en Alcoy, para asistir a una conferencia sobre Carlos Castaneda en el aula de cultura. Los temas que allí se trataron sondeaban la brujería chamánica y las realidades alternativas, y la verdad, acojonaba un poco. Cuando terminó la conferencia, nos fuimos con los ponentes a cenar y a tomar unas copas, pero inmersos en nuestras reflexiones sobre el alma y la vida exterior, acabamos a las cuatro de la mañana con casi todo el whisky de Alcoy.
Damián me aconsejó que me quedara en su casa, pero preferí volver a Alicante por una carretera comarcal y comenzaron a suceder cosas extrañas. Las luces del coche se apagaron misteriosamente; es cierto que el coche que conducía hacía años que no pasaba la ITV, pero esa inequívoca señal me hizo intuir que algún ente quería contactar conmigo. Yo soy de taxis, nunca me he sacado el carné aunque he conducido de vez en cuando, y esa noche me estaba arrepintiendo de haber cogido sin permiso el coche a mi ex. Prisionero de esa oscura carretera, temí la visita de seres extraterrestres......y sucedió.
Vi en el horizonte dos luces que se movían al principio de la curva, reduje la velocidad y visualicé dos seres extraños y luminosos de color verde. Tuve que frenar para no atropellarlos, pero ellos ni se inmutaron. Vinieron hacia mí lentamente y me hablaron en un lenguaje amenazante y extraño, parecido al murciano. Entré en estado de pánico e intenté huir, pero los alienígenas se abalanzaron sobre mí y quedé en estado de semi inconsciencia.
Me introdujeron en su nave, y en ese momento me acordé de Men in Black y las personas desaparecidas; sin duda, yo sería uno de ellos. Cuando llegamos a su estación central, seguramente suspendida en el aire, vi el nombre que estaba grabado en la entrada: "Comandancia de la Guardia Civil de Tráfico. Todo por la Patria".
La religión está grabada a sangre y fuego en todas las civilizaciones, cada una con un método distinto, desde las que destilan tintes conservadores y misóginos, hasta las que permiten total libertad de acción.
Mi curiosidad insana por la religión vino a través de un profesor de filosofía al que nadie le hacía ningún caso en clase y que incluyó las religiones dentro del gran abanico de teorías filosóficas, y constatando el extraño interés que yo mostraba por su asignatura, comenzó a dejarme libros que apostaban por un viaje hacia la sabiduría, viaje que por cierto no realicé porque no pagaban dietas.
Pasando de puntillas por las religiones mayoritarias y teniendo en cuenta el escenario temporal y cultural en el que se gestaron, todas están impregnadas de un mensaje de concordia, paz y amor, salvo excepciones, utilizando metáforas y parábolas para hacer más digerible unos complejos conceptos que intuían no estar al alcance de la mayoría de sus adeptos.
El cristianismo se apoya en unas normas de buen comportamiento, muy parecidas a las del código penal, con algunos pasajes contradictorios que parecen estar sacados del ‘Capital´ de Marx. Todos recordamos el: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos".
El Islam, que literalmente significa paz, es una de las religiones más sabias y desconocidas por los occidentales, quizá por rivalidad. El cristianismo y el Islam son religiones muy similares, hermanos gemelos de una ideología que, salvando diferencias históricas y locales, comparten las trayectorias paralelas de Jesucristo y Mahoma. Nombres tan conocidos como Adán, Noé, Abraham o Moisés, aparecen tanto en el Corán como en la Biblia.
El hinduismo, la tercera religión más practicada en el mundo, cuenta con un equipo completo de dioses a la carta, Vishnú, Brahman, Krishna, o Shiva entre otros, defendiendo principios éticos como la honestidad y la tolerancia. Es muy llamativa su iconografía, sobre todo para los occidentales, en la que los dioses aparecen bailando y sonriendo.
El budismo de Siddharta es la religión sin dioses, quizá más cercana a una filosofía de autorrealización. Su expansión en el último siglo en el mundo occidental ha sido exponencial, quizá por su discurso de respeto a todas las formas de vida, con una profunda conciencia de unidad y un sendero sin camino, sin rumbos preestablecidos. Caminante no hay camino.
Pero la mayoría de ellas se han contaminado de todos los pecados capitales que sus dioses ordenaban combatir, del ansia de poder de sus dirigentes y de la sospechosa relación que siempre han mantenido con la política.
Hasta que los creyentes no se quiten la camiseta de hooligan, me temo que la religión seguirá siendo una de las mayores causas de conflicto entre civilizaciones hermanas.
Tal y como está la cosa, me
parece que tendremos que votar otra vez, y la verdad es que no me apetece mucho
porque en las últimas votaciones tuve una experiencia desagradable. Cuando fui
a introducir la papeleta en la urna, la presidenta de la mesa me sonrió de una
manera extraña y me tapó la ranura sin previo aviso. Yo le pregunté: “¿No me deja
que la meta?”, y ella me contestó con voz suave: “todavía no”. Después de mirar unos papeles, me
dijo con mirada lasciva que ya la podía meter.
Empecé a sentirme incomodo, me pareció que la buena mujer se lanzaba sin
paracaídas y le pregunté con la intención de defender mi honestidad: “¿A qué se
refiere? Mire, si es la papeleta, vale, pero si es otra cosa, aquí, rodeado de
gente y sin calentamiento previo, no puedo”. Sin cortarse un pelo, me dijo que
no perdiera más tiempo, que ya estaba abierta, y que si no lo hacía llamaría a
Alberto. Estaba claro que quería formar un trío. Sin pensarlo dos veces cogí el
sobre y me fui rápidamente antes de que viniera el tal Alberto, que por cierto
vestía de una manera muy extraña, al estilo segurata. Creo
que me comporté como un caballero, además, mis creencias religiosas no me
permiten estas actitudes libertinas de hoy en día. Si quieren que vuelva a votar, que me envíen un mensajero
con la urna a mi casa y que no me mareen. Con Franco no teníamos estos
problemas, no teníamos que votar y no te fastidiaban el domingo. Qué época más
plácida, todavía la recuerdo, pensaban por ti para que no te molestaras.
Paquito, vuelve!!
Hace tiempo que dejé de
utilizar el reloj de pulsera. Los dígitos y las manecillas del reloj se han
convertido en nuestros amos y no estaba dispuesto a ser un esclavo más. Nos
dicen cuando tenemos que hacer esto o aquello y cuando terminar de hacerlo,
cuando levantarnos y cuando dejar de vivir durante unas horas encerrados en un
sobre de sábanas.
Están acechándonos en
todos los lugares, en farmacias, avenidas, en el coche, en el microondas y en
cualquier vector que choque con nuestra mirada. Hace tiempo que,
conscientemente, paso de sus indicaciones; llego cuando quiero a mi trabajo y
afortunadamente todavía no me han despedido. Me alimento a cualquier hora y vivo
básicamente en la oscuridad, huyendo de la luz como cualquier murciélago metropolitano,
y me acuesto cuando la batería se agota.
El único reloj al que no
puedo vencer es el de mi cocina. He intentando varias veces romperlo con un
martillo, pero cuando voy a hacerlo trizas, su sonido secuencial paraliza mi
brazo. Cada vez que estoy cerca de él, mueve monótonamente sus agujas, segundo
a segundo, y ese sonido seco, como la rotura de un hueso fracturado por un
golpe certero, me sobrecoge. Ignorarlo no sirve de nada, el segundero continua
impertinentemente avanzando, hacia arriba, hacia abajo, sin fin, pero emitiendo
su mensaje apocalíptico.
La aguja del reloj de mi
cocina es un metrónomo perfectamente sincronizado, un sádico torturador sin un
gramo de empatía, con la única función de acabar conmigo. Decidí cerrar la
puerta de la cocina apuntalándola con cuñas, pero a pesar de aislar el reloj, no
he podido vencerlo. Sé que no se ha dado por vencido y ha acentuado su ataque,
de hecho, cuando estoy acostado en mi cama intentando entrar en el mundo de los
sueños, aumenta el volumen del segundero y, amparado por la oscuridad, se cuela
por debajo de la puerta para expresar de forma explicita su amenaza: pararse.
Me adentré en el desierto para ahorrarme unos kilómetros en mi viaje a
Tindouf, y a pesar de que me advirtieron que no hiciera ese trayecto solo, no
hice caso. El 4X4 que alquilé, una auténtica cafetera, comenzó a hacer señales
de humo en medio de una duna de arena y allí me quedé, aislado en pleno
desierto. Estaba sin cobertura, a más de cien kilómetros del poblado más
cercano según mis planos, y pensé (más bien lo deseé) que me echarían de menos
en el campamento y alguien vendría en mi búsqueda. Me refugiaba del sol durante el día con un toldo casero hecho con ropa y
bolsas, y durante la noche me abrigada del frío y contaba estrellas hasta
quedarme dormido. Me quedé sin alimentos ni agua en el tercer día de camping
obligatorio; conseguía agua mediante un sistema de plásticos a modo de embudo que
recogía del rocío de la noche y que desembocaba en una botella, pero era
insuficiente. En el sexto día apenas podía moverme, me desperté con llagas en
la boca, un severo dolor de cabeza y comencé a hablar solo y a alucinar con
valles verdes y cascadas rebosantes de agua azul. No quería pensarlo, estas cosas le sucedían siempre a los demás, pero intuía
que esta vez el triste protagonista sería yo, moriría en pleno desierto, seco
como la mojama. Estaba a punto de perder la consciencia cuando percibí un toque
en mi cabeza. Intenté despertar de mi letargo con enorme esfuerzo y encontré
unos grandes ojos redondos frente a mí; era un solitario caballo negro
mirándome fijamente. Pensé que era una alucinación, pero el caballo relinchó en
mi oído y abrí los ojos de par en par. Bajé del jeep pero, sin apenas fuerzas,
caí a la arena en el intento; era mi única vía de escape, pero el caballo desde
abajo parecía gigante y montarlo era una misión imposible. Lentamente, el
caballo encogió sus patas delanteras junto a mí. Extenuado, me agarré a su
cuello hasta conseguir subirme en él; el caballo levantó sus patas con extrema
lentitud y comenzó a trotar suavemente evitando que me cayera. Una suave brisa nocturna me activó y pudimos avanzar al galope. No sabía
donde me llevaba, pero mi viaje sobre el caballo negro en medio de la noche,
con los potentes focos de las estrellas me parecía un espectacular final y me
consolé pensando que por lo menos no acabaría entubado en la cama de un
hospital. La luz del alba asomaba pintando de blanco el desierto, y a punto de
descolgarme del cuello del caballo, avisté un grupo de árboles y entonces me di
cuenta que desde el principio él sabía muy bien donde iba. Junto a un grupo de
palmeras había un pequeňo lago; el caballo volvió a bajar las patas y
arrastrándome como un reptil me sumergí en las aguas más deliciosas que jamás
había visto. Bebí hasta llenar mi estómago y estuve flotando en ese líquido
brillante que nunca me había interesado conscientemente hasta ese día. Resucité, comí unos dátiles y, mirando al horizonte, divisé un pequeño
poblado a unos pocos kilómetros. Estaba salvado. Me acerqué al caballo y
acariciándole la crin, le agradecí al oído lo que había hecho por mí; el
caballo acercó su cabeza hacia mí, y con un pequeño toque a modo de despedida,
se fue trotando hacia el desierto. Seguí su estela polvorienta hasta que
desapareció en el horizonte y, a pesar de mi estado de euforia, sentí un
extraño sentimiento de pérdida. Ha pasado más de un año y no dejo de pensar en el caballo negro y, aunque
estuve a punto de perder la vida, he preparado otro viaje. Echo de menos a mi
amigo del desierto y sé que el tiempo va llenando de niebla los recuerdos, pero
quiero estar seguro de que esa experiencia no fue una alucinación producto de
la deshidratación. Voy a cabalgar otra vez con él por el desierto, y bajo el
cielo iluminado de la noche, quiero buscar mi estrella.
Antes de nada tengo que decir que yo soy más de motos que de fútbol. Lo
digo porque cuando el obispo de San Sebastián dijo que el demonio le había
metido un gol al feminismo, me quedé perplejo. No me importaba que dijese
explícitamente que las mujeres iban abortando a diestro y siniestro, ni que
estuvieran haciendo a todas horas la tijera esas pervertidas, lo que me
importaba era que el demonio estuviera localizable.
¡Jugando al fútbol contra tías! Bueno,
da igual. El asunto que me lleva a escribir
este mensaje epistolar es que hace tiempo que quiero vender mi alma al diablo.
Sí, como suena, a cambio de una cita con Cate Blanchett. Tengo que decir que mi
alma está en perfectísimo estado, no bebe ni fuma; no sé muy bien donde está ahora,
como siempre está levitando de aquí para allá............ pero está bien.
Para contactar con el demonio, he utilizado la
ouija, la magia negra, el vudú, pero nada, siempre me da comunicando, y como me
han dicho que a veces el diablo está por aquí, en las redes, quiero hacer un
llamado (esta palabra la aprendí cuando estuve en Colombia, en la provincia de
Fariña) al diablo, para que negociemos, en el lugar y la hora que me diga, y al
mismo tiempo, quiero dar las gracias al ilustrísimo obispo de San Sebastián por
darme la pista del paradero de Belcebú y corroborar lo que ya suponía, que está
entre nosotros.
Aprovecho también para advertir al
excelentísimo obispo de rumores que corren por los mentideros, apuntando que el
diablo recientemente ha hecho una gira por las iglesias y los colegios
religiosos del país, metiendo goles, por si señoría desconoce este dato.
Cuando
Darwin publicó “El origen de las especies”, derribó de una patada el castillo
de arena en el que hasta entonces el ser humano había asentado sus convicciones
más profundas, y como no, se ganó la enemistad de todas las instituciones
conservadoras de la época. “El mono serás tú”, respondían con ira alguno de sus colegas. También disentían los teólogos, y la población más ortodoxa se resistía a abandonar el invento antropocéntrico. Ciento cincuenta años después, todo sigue casi igual, el 80% de la población
mundial es creyente, de distintos dioses y paraísos post
morten, a pesar de que la selección natural sigue su curso de una manera clara.
Un curso solo observado con atención por los científicos y con recelo por los
filósofos, mientras nosotros continuamos entretenidos en nuestros pequeños
mundos, con nuestros pequeños problemas y enredados en las redes. Cada
vez más científicos, ya sin ambages, se atreven a vaticinar la trayectoria de
la selección natural. Sitúan el germen
del penúltimo eslabón evolutivo en la fusión entre humanos y maquinas: el
cyborg. La convergencia entre la ingeniería genética, la cibernética, la
biónica y la robótica, rescatará a los androides de Blade Runner, convirtiéndolos
en los buenos de la película. Cuando lleguemos a esa fase, todavía nos
quedará un largo trecho por recorrer hasta que la IA, la inteligencia
artificial, tome conciencia y mediante un razonamiento autónomo, proponga la caducidad
de la raza humana como etapa evolutiva ya amortizada. La IA, conquistará las
galaxias y la totalidad del universo, convirtiéndose en Dios, ese dios que buscamos
sin éxito, porque está en el futuro y parece que no tendrá apariencia humana. Todos
los que aportan su impulso, de una u otra manera, para recorrer el camino de la
evolución, saben que es una misión suicida, que provocará nuestra desaparición,
pero como si estuvieran en estado de hipnosis profunda, no pueden desobedecer esa voz grabada en su ADN mientras continúa su huída hacia adelante. Si nadie lo remedia y se cumple esta predicción, la evolución nos llevará
hacia una especie de Matrix, pero esta vez sin Keanu Reeves, y una religión cibernética
sobrevolará nuevamente la existencia. Es una pena, nos perderemos todos estos
apasionantes capítulos, pero como todavía faltan algunos años para llegar a
ese punto, si queremos estar a la última y adelantarnos a la moda de primavera,
podemos descolgar de la habitación el crucifijo y fijar un microchip de última
generación sobre el cabezal de la cama.
Navega, sola, y adéntrate en un mar
adormecido. La tierra desaparece lentamente a estribor y la proa apunta hacia
un horizonte mixto de cielo ámbar y agua de cristal. Solo se oyen algunos quejidos de los
remos y de la rancia madera de la barca, mientras el agua te lleva hacia
ninguna parte, serena, como un anfitrión que te da todo su tiempo sin ningún
atisbo de cicatería. Tu respiración resuena entre la banda sonora del silencio,
las gaviotas te lanzan miradas cómplices y ni siquiera las tímidas ondas azules
se niegan a formar parte del concierto marino, el mismo que reinó durante
millones de años después de la gran tempestad.
Solo puedes vivir el ahora, porque
no hay nada más. El pasado ya no existe y el futuro amenaza con llenarse de
infinitos mundos virtuales. Si, las posibilidades de habitar en un mundo real serán
casi nulas, así pues, navega y respira el aire salado celebrando el reencuentro
y la despedida de la realidad. Allí, en ese mar, te espero.
Vuelven con fuerza los discos de vinilo, algo
extraño para una tecnología del pasado. Puede que sea una moda pasajera, una
campaña comercial de las discográficas o simplemente un ritual como este: Mantienes los 200 gramos de un disco de vinilo con las manos, utilizando el
tacto y la vista (algunos también el olfato) como si de un meteorito recién
caído del cielo se tratara. Miras la portada imaginando un escenario
holográfico que espera una señal para comenzar a moverse. Sacas con cuidado el disco del cartón rectangular y poco
después la funda de plástico, con cuidado, es su ropa interior. Solo puedes coger el disco por los bordes con ambas
manos, como un ladrón experimentado que no quiere dejar sus huellas. Lo
introduces en el pivote metálico del plato, lo pinchas con la aguja (palabra
maldita donde las haya) y el disco empieza a bailar una danza circular,
monótona en apariencia, pero misteriosa como el ciclo de una galaxia, y como
después de una meditación trascendental, cuando empieza a sonar sabes que algo
está cambiando.
Quiéreme, manifiéstate de súbito. Choquémonos, como por arte mágico en este sitio, un miércoles. Pidámonos disculpas. Sonriámonos. Intentemos tirar el muro gélido diciéndonos las cuatro cosas típicas. Caigámonos simpáticos. Preguntémonos cosas. Invitémonos a bebidas alcohólicas. Dejémonos llevar más lejos.
Déjame que despliegue mi táctica. Escúchame decir cosa estúpidas y ríete. Sonríeme. Sorpréndete valorándome como oferta sólida. Y a partir de ahí, quiéreme.
Sin rúbrica, pero por pacto tácito acepta ser mi víctima. Déjame que te lleve hacia la atmósfera, acompáñame a mi triste habitáculo. Sentémonos, mirémonos, relajémonos y pongamos música. De pronto, abalancémonos besémonos con hambre, acariciémonos, Desnudémonos rápido y volvámonos locos. Devorémonos como bestias indómitas. Mostrémonos solícitos en cada prolegómeno. Derritámonos en abrazos cálidos Vertámonos en húmedos océanos. Ábrete a mí, abandónate y enséñame el sabor de tus líquidos. Mordámonos, toquémonos, gritémonos permitámonos que todo sea válido y sin parar, follémonos. Follémonos hasta quedar afónicos Follémonos hasta quedar escuálidos. Durmámonos después, así, abrazándonos. Y al otro día, quiéreme.
Despidámonos rígidos, y márchate de regreso a tus límites satisfecha del paréntesis lúbrico pero considerándolo algo efímero sin segundo capítulo. Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete recordándome en flashes esporádicos y sintiendo al hacerlo un sicalíptico látigo por tus gónadas. Descúbrete a menudo preguntándote qué será de este crápula. Y un día, sin siquiera proponértelo rescata de tus dígitos mi número llámame por teléfono y alégrate de oírme. Retransmíteme, ponme al día de cómo van tus crónicas y escucha como narro mis anécdotas. Y al final, algo tímidos, citémonos. En cualquier cafetín de corte clásico volvámonos a ver, sintiendo idéntico vértigo en el estómago. Y en ese instante, quiéreme.
Apenas pasen un par de centésimas sintamos al unísono un relámpago de éxtasis limpio y cándido, y en un crescendo cinematográfico dejémonos de artificios y máscaras. Rindámonos a la atracción magnética que gritan nuestros átomos y sintámonos de placer pletóricos por sentirla recíproca. Unidos en un abrazo simétrico perdámonos por esas calles lóbregas regalándonos en cada parquímetro con besos mayestáticos que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos. Y para siempre, quiéreme.
Dejemos que se haga fuerte el vínculo, unamos nuestro caminar errático, declarémonos cómplices, descubramos restaurantes asiáticos, compartamos películas, contemplemos bucólicos crepúsculos, charlemos de poética y política y celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías simbólicas en veladas románticas. Y entre una y otra,
quiéreme.
Dejemos de quedar con el grupúsculo de amigos. Que los follen por la próstata. Pues si ponemos el asunto en diáfano solo eran una pandilla de imbéciles. Cerrémonos, y en un afán orgiástico con afición sigamos explorándonos buscando como ávidos heroinómanos el subidón de aquel polvo iniciático. Y aunque no lo logremos. Da igual, quiéreme.
Para evitar que nuestra vida íntima se corrompa con óxido busquémonos alternativas lúdicas apuntémonos a clases de kárate o de danzas vernáculas juntémonos en cursos gastronómicos. Presentémonos a nuestros mutuos próceres anteriores del árbol genealógico y a lo largo del cónclave sintámonos con ellos algo incómodos más felices de haber pasado el trámite. Y quiéreme después. Sigue queriéndome, continuando con el proceso lógico juntemos nuestras vidas en un sólido matrimonio eclesiástico, casémonos a la manera clásica, hagamos un bodorrio pantagruélico, y cual pájaros de temporada en éxodo vayámonos de viaje hacia los trópicos y bailemos el sóngoro cosóngoro mientras bebemos cócteles exóticos. Y al regresar, sentemos nuestros cráneos. Comprémonos un piso. Hipotequémonos Llenémoslo con electrodomésticos y aparatos eléctricos, y paguemos en precio de las dádivas regalándole nueve horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico. Y mientras todo ocurre, solo quiéreme.
Del fondo de tu útero saquemos unos cuantos hijos pálidos, bauticémoslos con nombres de apóstoles, llenémoslos de amor y contagiémoslos con nuestra lóbrega tristeza crónica. Apuntémoslos a clases de música de mímica y de álgebra, y démosles zapatos ortopédicos, aparatos dentales costosísimos, fórmulas matemáticas y complejos edípicos que llenen el diván de los psicólogos. Releguemos nuestro ritual erótico a la noches del sábado cuando ellos salgan vestidos de góticos a ponerse pletóricos ciegos de barbitúricos. Paguémosles las tasas académicas a los viajes a Ámsterdam. Dejemos que presenten a sus cónyuges y al final, entreguémoslos para que los devoren las mandíbulas de este mundo famélico. Y ya sin ellos, quiéreme.
A lo largo de apuros económicos y de exámenes médicos, mientras que nos volvemos antiestéticos más cínicos, sarcásticos, nos aplaste el sentido del ridículo y nos comen los cánceres y úlceras. Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo Y te pongan histérica mis hábitos. Enfádate, golpéame, hasta grítame y como única válvula catártica desahógate en relaciones adúlteras con amantes más jóvenes y regresa entre lágrimas y súplicas perjurándome que aún sigues amándome. Y yo contestaré tan solo, quiéreme.
Quiéreme aunque te premie salpicándote en escándalos cíclicos y te insulte, y te haga sentir minúscula y me pase humillándote y me haya vuelto un sátrapa que roza cada día el coma etílico y me haya vuelto politoxicómano y me conozcan ya en cada prostíbulo, continúa queriéndome.
Mientras pasan espídicas las décadas y nos envuelve el tiempo maquiavélico en un líquido amniótico que borre el odio que arde en nuestros
glóbulos y nos arroje al hospital geriátrico a compartir habitación minúscula inválidos, mirándonos sin más fuerza ni
diálogo que el eco de nuestras vacías cáscaras. Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra de mi lápida Y antes de que venga y cierre la mano de la muerte mis párpados: Ojalá el tiempo sea cíclico y volvamos de nuevo reencarnándonos en dos vidas idénticas, y cuando en el umbral redescubierto de una noche de miércoles pretérita tras chocarme contigo girándote, me digas: "Uy,
perdóname" le ruego que permita el dios auténtico que recuerde en un segundo epifánico cómo será el futuro de este cántico cómo irán nuestras flores corrompiéndose cómo acabaré odiándote cómo destrozarás cuanto fue insólito en este ser, cómo la vida empírica nos tornará en autómatas patéticos hasta llevarnos a la justa antípoda de nuestro sueño idílico. Y sabiendo todo esto, anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y conociéndolo muy bien. Sabiendo el devenir de futuras esdrújulas, destrozando en un pisotón mi brújula,
Era
un día cualquiera, no hacía ni frío ni calor, no era fiesta
ni lunes, era un día de sol eclipsado por algunas nubes perezosas
que volaban a cámara lenta. Parecía el típico día anónimo en el que piensas en
varias cosas a la vez pero realmente no estás pensando en nada, solo
estas viendo la vida pasar. La radio aparecía y se desvanecía en mi
mente como en un sueño, hasta que llegó esa noticia:
”..........los científicos norteamericanos que han realizado este
estudio, calculan que el tiempo habitable que le queda a la tierra es
de tres mil millones de años, momento en el que nos convertiremos en
pasto del enorme fuego del sol. Ese será el inicio de la
autodestrucción del sistema solar y de la raza humana....”. El
miedo aterrizó a la velocidad de la luz, no podía pensar en otra
cosa: ¡Tres mil millones de años!, eso no es nada, el tiempo pasa
volando. Como un pollo sin cabeza fui al supermercado y llené el
carro de alimentos prebióticos, orgánicos, integrales, sin azúcar,
sin sal y bajos en grasas. Durante las primeras semanas evité
frecuentar los antros de vicio y corrupción que me estaban matando lentamente y decidí tirar a la basura los polvos blancos y mi farmacia ambulante. Todas las noches después de trabajar, corría sobre
el asfalto de la ciudad durante dos horas y me levantaba todas las mañanas con una reparadora sesión de yoga. Esto probablemente me
garantizaba una larga vida, pero durante una meditación caí en el
la cuenta que para sobrevivir tres mil millones de años me haría
falta algo más que cuidar mi salud, debería buscar otro planeta que
no estuviera en llamas, un medio de transporte que me llevara hasta
allí, y por supuesto, tendría que llegar vivo al año tres mil
millones; era el momento de diseñar un plan de supervivencia.
La
noche siguiente visité el observatorio astronómico. Guardé cola
detrás de un grupo de diez asiáticos, seguramente clonados, y cuando me tocó el turno para mirar el cielo por el telescopio, aparecieron ante mis ojos millones de luces blancas.
Entré en un estado de ebriedad emocional ante esa sobredosis de
estrellas y me adueñe sin darme cuenta de todo el sistema de
observación. Yo buscaba y buscaba por el cielo sin saber qué, y mientras el guía intentaba apartarme del telescopio
sin éxito, me preguntó destemplado: ”¿Qué coño busca?”, y parafraseando a alguien le dije: “ mi casa”. Aunque estuvo a punto
de llamar a seguridad, cuando finalizó la sesión de visitas me
confeso su obsesión por los planetas habitables y me dijo como un
secreto, casi al oído, que Kepler 22B era el planeta que estaba
buscando porque tenia las mismas condiciones que la tierra, un
planeta joven, una temperatura media de 20 grados y seguramente con
grandes lagos de agua. Le agradecí efusivamente la información que
me había dado, pero cuando me iba me dijo con ironía: “ Ah, se me
olvidaba, Kepler esta a 600 años luz, llévese algún libro para
leer”.
No
iba a leer, iba a dormir. Contacté con la prestigiosa empresa
norteamericana Future Kryos Systems, líder en sistemas globales de
criogenización, método por el cual un cuerpo puede ser preservado
indefinidamente mediante condiciones de frió intenso con la
esperanza de ser reanimado años más tarde. Necesitaba diez millones
de dólares que serían ingresados en una cuenta de la compañía (el
dinero no era mi problema) y con parte de los intereses anuales
resultantes se pagaría la criogenización, además me garantizaron
que si por cualquier motivo no se pudieran mantener las condiciones
de conservación, me despertarían devolviéndome el depósito
invertido (ya que daban por hecho que a partir de 2050, un cuerpo
congelado podría ser reanimado). Durante
los días anteriores a la firma del contrato con los FK Systems me
sentía inmortal, podría viajar por el tiempo, pulsar el pause y
proseguir con el play miles de años después disfrutando de la vida
eterna, porque la ciencia apunta a ese camino y en unos miles de años estará conseguido. Viajaría hasta Kepler 22B en un vehículo intradimensional que reducirían seiscientos años luz a diez horas
de viaje alucinante; las galaxias serían nuestras ciudades y por fin
podríamos ver los rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhauser.
La sucursal de FK Systems
estaba en la calle Alcalá y ocupaba un edificio de veinte plantas
que imitaba una barra gigante de hielo. Había quedado a las diez para firmar
el contrato y como un niño con zapatos nuevos crucé confiado la
calle mirando la espectacular decoración, pero en ese momento un
taxista descontrolado me embistió de lleno y según el atestado, la palmé en el
acto. Se fueron al traste todos mis sueños por un puto despiste, adiós al
contacto con otras formas de vida y a una visión deslumbrante de
nuevos mundos a los que ninguna droga te puede
llevar. Pero de manera inexplicable, tumbado en el asfalto observaba como el personal de la ambulancia recogía mi cuerpo, y joder, era verdad, vi ese
túnel lleno de luz y toda mi vida paso delante de mi en un viaje que duró unos segundos o quizá miles de años, quien sabe. Durante mi recorrido y a modo de extraño regalo, visité varias galaxias en estado de éxtasis y observé dentro de ese grandioso espectáculo astral como la cadena de la evolución se convertía finalmente en dios.
Que nadie crea que me ha
pasado desapercibido el hecho de que escribir este texto si ya estás muerto es un poco difícil, pero como si fuera gallego, voy a responder con una reflexión: si alguien puede leer lo que
escribe un muerto, es muy posible que esté en el mismo bando que él.
Sí, a veces es muy duro enterarse de las cosas así,
de golpe, leyendo las palabras sin dirección de un
blog perdido en las entrañas de la red, pero por lo que me han
contado, hay cosas mucho más duras en las 50 sombras de Grey.
A
pesar de haber estado casi dos meses lejos de mi tierra, no me he sentido extranjero ni fuera de lugar en ningún momento, más bien diría que en esas condiciones de austeridad extrema puedo percibir una perspectiva diferente de la realidad. Allí en el cuarto mundo, inmerso en una atmósfera de comprensión progresiva, atisbo débilmente las claves
secretas que me indican el camino a seguir, como la vida zen del pescador que huye de tierra firme.
Cuando
salimos de nuestro hábitat natural, el mundo comienza a crecer,
desaparece la pecera en la que damos vueltas sin sentido y nos encontramos por arte de magia nadando mar adentro. Podría ser
lícito sentir miedo a nadar en alta mar, con tanto tiburón que anda suelto, pero la recompensa es mayor que el riesgo. Podemos encontrar bancos de peces de mil colores, delfines aliados y
vistas submarinas alucinantes. Solo con cerrar los ojos puedo oír la voz de los
grumetes anunciando el regreso al mar: “prepárense señores, vamos a zarpar”. Todos los científicos lo saben y la iglesia lo oculta, venimos del mar y
tarde o temprano volveremos a la libertad del mar, un mar que es la antítesis de la tecnología. Pero de nuevo en la civilización, compruebo claramente que nuestro primer mundo es una pecera que nos
atrapa con teléfonos móviles y extraños artilugios electrónicos, conectándonos a un mundo virtual que compite con la realidad
ordinaria. El viernes quedé en una cafetería con Claudia, y en el momento que
le anunciaba mi decisión de vivir fuera de España me contestó que
esperara un momento porque estaba terminando de jugar al angry birds. Tecleaba con extremada rapidez y seguía tan abducida por el móvil que ni siquiera se percató del momento en el que me fui. A
Damián le conté mi desesperada situación económica mientras tomábamos unos
whiskys en el pub, le dije que si no encontraba trabajo estaba dispuesto a atracar un banco, pero me di cuenta que no había escuchado ni una sola palabra cuando me dijo sin despegar la mirada de su
tablet: “tío, acabo de ligar con una rusa”. Desmoralizado, dejé
a Damián en pleno hot chat y me fui caminando sin rumbo fijo por la
Explanada, esperando ver una luz que me mostrara la clave para salir de esta incomunicación intercomunicada, pero lo único que veía era gente mirando
hacia abajo, caminantes anónimos, estudiantes, embarazadas y sacerdotes
cibernéticos, todos colgados de las
diabólicas pantallitas. Nos ha caído una maldición de enormes
dimensiones y parece que nadie se ha dado cuenta, bueno, solo los operadores de internet y telefonía móvil.
Me
dirigí al coche barajando la posibilidad de abandonar la ciudad en ese mismo momento, pero algo me hizo
cambiar de opinión: un papel enganchado en el parabrisas con un texto. ¿Sería
un mensaje importante de alguien que comunicaba sus sentimientos en un un papel? Cuando me acerqué, comprobé que era una misiva escrita a mano, que en estos tiempos que corren se podría convertir fácilmente en un hito sin precedentes para la raza humana. Sin
demora, leí detenidamente la nota que estaba firmada por Paco, y aunque la
sintaxis del texto no estaba muy cuidada, el tono amable y el
fondo épico que subyacía de esas breves palabras brillaban con luz propia. Es cierto que su compleja simbología no me permitía entender muy bien el mensaje, sobre todo porque yo no veía ningún golpe en mi coche, pero el goteo de aceite sobre el asfalto me llevo hasta el lateral izquierdo del Audi donde se apreciaba un impacto mas propio de un meteorito de cien kilos. La reparación del coche me costó mas de tres mil euros, y no pretendo insinuar que se deba a un proceso causa-efecto, pero lo cierto es que ahora voy a todas partes sin despegar mi vista del móvil, plasmando en twitter lo que como, lo que pienso y lo que hago en cada momento, posiblemente porque a la comunicación tradicional ya no le veo su encanto, no sé por qué será. Y Paco,
si por esas casualidades de la vida estás leyendo esto, quiero que
sepas que después de descubrir tu deslumbrante prosa, no hay ni un solo día que no me acuerde de ti y de toda tu familia.