21 de mayo de 2013

Share




        Sasha observaba desde el primer banco la boda de sus amigos Petrus y Marian, una ceremonia que llenaba de luces de colores y música electrónica la iglesia, convirtiendo la boda en un pequeño festival. Un escalofrió recorrió su espalda cuando Petrus metió el anillo en el dedo de su futura mujer. Instintivamente, Sasha desplegó el dedo anular de su mano izquierda.
Sin un punto de partida, comenzó a divagar imaginando la convivencia de sus amigos después de diez duros años de casados. Puede que sintiera envidia, felicidad o pena, no lo sabía a ciencia cierta, pero compartir la vida con alguien, con lo que eso conlleva, incluyendo la cara oculta de cada uno, las inseguridades, los ronquidos......... podía ser una actividad de riesgo. Cada vez le parecía menos apetecible la vida en pareja, mas bien, se sintió afortunada con su soltería.

        Ella hizo de celestina y propició el encuentro de los novios sin proponérselo. Sasha le contaba a Petrus maravillas de Marian, tantas, que este acabó enamorándose de ella sin apenas conocerla. Marian era su mejor amiga, y él era su novio, el que la tuvo al borde del psiquiatra cuando la dejó por su amiga, aunque después de 100 noches y ningún día, Sasha lo superó pensando que por lo menos no acabaría en manos de una zorra, sino en los brazos de Marian, su compañera de piso y de juergas hasta el amanecer. Sasha todavía recuerda como antes de acostarse, siempre compartían la ultima sonrisa.

        Cuando acabó la ceremonia, los novios salieron radiantes de la iglesia, recibiendo una intensa lluvia de arroz como un anticipo de otros tipos de lluvias que les caerían en el reino de Belcebú. Sasha besó en la mejilla al novio, le sonrió y le envió una potente mirada de rayos gamma. Después besó a la novia, y disimuladamente, la traviesa Marian le obsequió con un cariñoso pellizco en la zona más curvada de su cuerpo, activándole el pulsador del punto G. 

         Cada vez es mas frecuente que los robots androides se casen. Es evidente que a pesar de disponer de una gran inteligencia evolutiva, han heredado las mismas taras y cometen los mismos errores que sus padres, los ya desaparecidos humanos.

5 de mayo de 2013

La aguja y la raya


    

    
        Algo me indica que se esta acabando la gasolina, quizá la aguja esté en la raya marcando la reserva. Más que un dato empírico es un sentimiento que se solidifica en el aire, tan real como una roca, tan implacable como una tormenta perfecta, pero esta vez no es George Clooney el que se va a ahogar. Aprendés a competir, a conseguir, a ganar, pero nadie te enseña a dejar que el río siga su curso, a abandonar y a decir adiós.

        La realidad se decodifica en la mente y se convierte en un mar de datos que fluye a tumba abierta sobre un universo onírico, y puede que el cerebro se equivoque en su proceso, pero también tengo serias dudas sobre la realidad absoluta. No sé si fue real, pero todavía veo el resplandor de esa luz amarilla que se colaba por la ventana de la habitación rellenando el fondo de su silueta negra. La noche nos presentó sin palabras, eramos dos extraños pero nos conocíamos muy bien, y a pesar de que ninguno de los dos encendió la luz, nuestros cuerpos se acoplaron como las piezas de un puzzle. 
Todo acaba, sin excepción, y aquejado de un ataque de responsabilidad, me negué a seguirla por el lado salvaje, por los caminos psicotrópicos y por las noches desnudas. Sus labios no hablaron, pero oí una voz que dijo adiós.
      
        La gente es así, siempre tan extraña, cómicos surrealistas parodiándose a si mismos y empapados del queroseno tóxico que flota sobre los aeropuertos del deseo. La gente dice, la gente hace, la gente piensa; la gente, extraño término para referirnos a nosotros mismos.
Cuando la ilusión es esclava, cuando la suerte se acaba, cuando todo se convierte en nada y la aguja está en la raya, quizá sea el momento de decir adiós.



11 de abril de 2013

Desengrasando


 El daño que están provocando los recortes en educación son incalculables. Los efectos negativos llegan con carácter retroactivo, solo hay que ver la misiva que ha escrito el presidente de mi comunidad de propietarios, el señor Comino, notario y abogado del estado, en la que se puede apreciar el ocaso de su sintaxis. Hecho de menos su habitual verbo cultivado, su agudeza mental para desmenuzar en unos pocos segundos los sentimientos que anidan en las regiones más profundas del alma. Y ahora, al cruzarnos en la escalera, solo me regala frases como esta: “me leio el marca y dise que muriño se va pa la inguelaterra”.

Parece ser que este virus de las tinieblas culturales es contagioso. Vecino tras vecino van cayendo en las garras de la enfermedad, caracterizada por un deterioro intelectual y una agresividad superlativa. Y nosotros, los que todavía no hemos sido contagiados, esperamos con miedo el terrible momento del contagio. Aunque ahora que lo pienso..... estoy viendo un partido de fútbol cada día.... me han crecido los colmillos y las uñas.... me ha salido pelo por la zona de los pómulos, y los gruñidos que emito cuando estoy conduciendo son muy preocupantes. Hes posivle que el birus de los tigeretasos cunturales se este cevando conmiguo, enseguro que estoi contajiao.

 Junto al vacío cultural, la crispación también amenaza con extenderse a toda la población, de hecho, la situación se está desmadrando tanto que un solo ejemplo personal servirá para visualizar el panorama actual:

Estaba en mi casa tranquilamente fabricando un misil atómico de largo alcance, y al advertir la ausencia de detonadores en mi radio de acción, me adentré en el territorio de mi vecino para pedirle algunos detonadores chinos. Me los dio a cambio de una granada de mano, y mientras me enseñaba orgulloso sus cinco misiles tierra-aire que ya había construido, me dijo: “si tienen huevos los americanos, que vengan ahora presumiendo de su arsenal de rifles y pistolas domésticas”.  Las diferencias entre los ciudadanos ya no se solucionan mediante el diálogo o en los juzgados, sino que se dirimen mediante lanzamientos de misiles atómicos; algo dramático, pero efectivo.
Cuando salí de casa de mi vecino, la luz se desvaneció, oí una voz misteriosa, y como le sucedió a San Pablo, de la oscuridad emergió una luz cegadora que me habló de esta manera: “No te tomes la vida muy en serio, recuerda que después de la tormenta viene la calma”. Me quedé perplejo al oírlo y pensé que lógicamente sería la voz de Dios. Ante un momento tan especial, quise aprovechar la oportunidad y me atreví a hacerle una pregunta que tenía guardada durante años:  “Dios, ¿si todo lo que hay en el universo lo has creado tú, porque has creado el cannabis? Lo habrás hecho por algo, ¿no?” 
Pero no era dios, era el electricista de la comunidad. Hizo un curso de Hare Krishna por correspondencia, y ante el apagón, me alumbraba con una linterna e intentaba orientarme espiritualmente. Le hice caso, y desde entonces todas las tormentas me las tomo con calma, como él me dijo, y por supuesto, he dejado de fabricar misiles. Eso si, he comprado una motosierra por si vienen los del banco. 

    Ya que estamos casi huérfanos de cultura, de dinero, de derechos básicos y sin apenas protección social, no es conveniente ahondar más en la herida, es hora de darnos una tregua, de desengrasar y de reír, aunque no tengamos muchos motivos. Primero, de nosotros mismos (por lo menos no serán los políticos y los banqueros los únicos), porque algunos pasajes de nuestra vida podrían formar parte de una serie de humor. Y después, nos podemos reír de todo lo que nos pase por...... la imaginación, porque de momento nadie ha privatizado la risa ni la libertad de expresión. De momento.  

  

21 de marzo de 2013

Una crisis terrorífica


   
        Román, un mecánico barcelonés en paro, Carmen, sin profesión conocida, y la abuela de Carmen, una anciana con principios de alzheimer, sufrían el azote de la profecía de las vacas flacas. 
La crisis les había golpeado duramente, como a todos los peones de este tablero de ajedrez llamado economía global. Con la pensión de la abuela, el paro de Román y lo que ganaba Carmen limpiando el pub que estaba en los bajos de su edificio, conseguían llegar a fin de mes y pagar la hipoteca de manera casi milagrosa. A Tobi, un dálmata de tres años, también le había llegado los recortes, ya no lo llevaban al veterinario. Carmen lo justificaba diciendo que eso era cosa de urbanitas, que en su pueblo todos los perros estaban sanos hasta que les llegaba la hora, y sin ningún veterinario. Y por    supuesto a Lolo, un gato siamés, se le acabó su comida especial.

        En Noviembre de 2014 la situación se tornó más oscura. Los recortes del gobierno redujeron el importe de los subsidios de desempleo y las pensiones casi en un cincuenta por ciento, y además, Carmen dejó de trabajar en el pub, el dueño desapareció sin haberle pagado los dos últimos meses. Tuvieron que reducir los gastos al máximo, comer en los comedores sociales y pedir alimentos básicos en la cruz roja. Román que siempre había formado parte de la mayoritaria clase media, fue consecuente, y en ese momento formaba parte de la mayoritaria clase baja, pero lo importante era no perder el piso, haría lo que fuera necesario para evitar que el banco arruinase su vida. Tan solo pensar que podía convertirse en un sintecho arrastrando a toda su familia, le producía escalofríos.

        En Enero de 2015 se anunció la suspensión de los programas de asistencia alimentaria de Cruz Roja, Cáritas y comedores sociales. Los fondos y donaciones no llegaban al diez por ciento de lo que la población sin recursos demandaba. Toda la ayuda se canalizó desde cuarteles militares mediante cartillas de racionamiento, las cuales no garantizaban los escasos alimentos que allí se distribuían si no se guardaba cola con más de tres o cuatro días de antelación. Ante esta situación, no tuvieron más remedio que utilizar el escaso dinero del subsidio de desempleo y la pensión de la abuela para alimentos básicos, luz y agua, renunciando a pagar la hipoteca a la espera de mejores tiempos. Román comenzó a recoger chatarra y cartones de los contenedores de basura mediante un carro de madera que él mismo había fabricado, mientras que ellas recogían hierbas del Parque del Laberinto para cocinar sopas experimentales.

        Abril de 2015 fue un mes muy duro para ellos, el pesimismo se reflejaba todos los días a la hora de comer, apenas hablaban, solo la abuela balbuceaba algunas frases sin ton ni son. Tenían algo de leche que utilizaban para el desayuno y la cena, y el menú fijo para las comidas era pan y sopa de finas hierbas con sal. Antes de empezar a comer, el gato acudió para pedir las sobras y Román lo miró fijamente, después miró a Carmen, y esta a la abuela. Los tres se relamieron. La abuela fue la encargada de matarlo, pero al intentar darle un golpe en la cabeza, el gato se movió y la abuela se rompió dos dedos al golpear con el puño sobre el fregadero. Carmen le rompió el cuello al gato con gran destreza, como si fuera una experta en estas lides, entablilló los dedos de la vieja para evitar el copago del hospital y media hora después, el gato estaba desollado, cortado en piezas, y llenando de alegría esos platos de sopa con ….... carne.

        En junio de 2015 la crisis se agudizó más todavía. Apenas se podía transitar por las calles sin ser atracado, violado o asesinado, en medio de un escenario de basura y escombros habitado tan solo por las ratas, ya que los gatos habían desaparecido misteriosamente. Román y Carmen ya no hablaban, utilizaban un sistema de comunicación telepático para ahorrar energía. Habían perdido tantos kilos que parecían caricaturas de ellos mismos, absortos casi todo el día, mirando el televisor incluso cuando estaba apagado. Mientras sorbían la sopa de hierbas de manera ruidosa, la abuela disparató sobre una noticia que había visto en televisión: “en china se comen a los perros y dicen que tienen buen sabor”. En ese momento, Tobi dormía tranquilamente en su cesta, pero se despertó al sentir sus miradas torvas e inquisidoras, y sin un ápice de compasión fue reducido por los tres, lo llevaron a la bañera y lo mataron con un cuchillo jamonero. La alegría iluminó sus caras, había dálmata para una semana y mientras lo despiezaban, la abuela no pudo evitar salivar repetidamente. La comida fue espectacular, aderezada con ajos y finas hierbas, y mientras comían a dos carrillos, empezaron a experimentar una nueva forma de alimentarse hasta entonces desconocida para ellos, nuevos sabores y nuevos horizontes, rompiendo tabúes occidentales. El perro dálmata era un manjar de dioses.

        En septiembre de 2015, Román pidió al banco una refinanciación de la hipoteca, y a la semana siguiente vino la procuradora para conocer la situación económica familiar in situ. Quiso saber donde estaba la abuela, pero no tuvo una respuesta convincente. Román le dijo que se había ido unos días al pueblo de su hermana, pero la procuradora se levantó y le dijo que hasta que no apareciera la abuela no habría refinanciación. Sin duda, el dinero de su pensión era importante para el pago de la hipoteca. Cuando se dirigía hacia la puerta, Román le corto el paso con un fémur en las manos, mientras Carmen, imitando la voz de la abuela con la dentadura postiza en la mano, dijo: “procuradora, estoy aquí”. Aterrorizada, la procuradora se dio cuenta que de la abuela solo quedaban los huesos. El miedo provoco un goteo rítmico de orina sobre sus pies mientras Carmen babeaba e imaginaba los solomillos, chuletas e hígado que iban a degustar ese mismo día, y ella parecía estar en buen estado, no como las dos testigos de jehová que vinieron a visitarlos el mes pasado. La carne de las religiosas no estaba tierna, más bien les pareció algo reseca. Antes de que intentara escapar, Román la golpeó con fuerza con el fémur de la abuela. La procuradora quedó  semiinconsciente, pero vio como la introducían en la bañera y ordenaban meticulosamente un surtido de cuchillos, artilugios de carnicero y bolsas para el empaquetado de la carne; y como en una pesadilla, los oía hablar con voces graves y pausadas:

            --  Por favor Carmen, dame el cuchillo numero cuatro. 
            --  Toma, pero todavía está viva.
            --  Si, ya lo sé, pero por poco tiempo.


27 de febrero de 2013

Sicario Sunset



        Los reflejos del sol sobre la Smith and Wesson alumbraban las paredes de la habitación, simulando el efecto de las bolas de espejos de las discotecas. Era un ritual, Martín limpiaba y revisaba todos los mecanismos de la pistola un día antes de realizar el trabajo. Presionó el gatillo y comprobó el bloqueo del percutor, introdujo mecánicamente los diecisiete cartuchos en el cargador, con muescas en la punta de las balas para provocar un agujero de salida en el cuerpo de las víctimas del tamaño de una ciruela. Repasó meticulosamente todos los datos del empresario Enrique Byass, sobre todo el horario en el que iba a llegar al chalet de Las Rozas y su itinerario, ese era el momento en el que Byass estaría totalmente solo, porque un sicario profesional, y él lo era, siempre evita que los daños colaterales arruinen su trabajo. Salió a la terraza para contemplar como el sol buscaba otros continentes, se sentó en su sillón de mimbre y vio pasar todos los colores mágicos de la puesta de sol. Nunca había sentido esa atracción por los atardeceres, ni siquiera recordaba haber sido consciente de su existencia, pero desde hacia unos meses los contemplaba como si fueran estrenos de cine.

        Siguió desde una prudente distancia al Mercedes E550 que conducía el empresario, esperó a que llegara y cuando accionó el mando a distancia de la puerta del chalet, Martín aceleró su coche y entro junto a él, quedando los dos coches dentro del chalet. Byass comprendió al instante la situación y salió corriendo hacia la puerta trasera, pero Martín con las dos manos en su pistola le alcanzo en la espalda, Byass gateó moribundo hasta que Martín le puso la pipa en la cabeza y le descerrajó un tiro de gracia. Como ya le había pasado en su último “trabajo”, sintió una extraña sensación de repugnancia, como la que sienten los que ven a un muerto por primera vez.

        El aire se impregnó de un olor dulzón y nauseabundo. Martín lo conocía muy bien, era el olor de la sangre, esa que en sus primeros asesinatos formaba un charco armónico, pero ahora aparecía como una luz roja de alarma. La mayoría de sus víctimas eran voraces empresarios de la construcción, concejales corruptos, mafiosos y traficantes, y sus muertes nunca le habían importado un carajo, pero hoy sentía ganas de vomitar, esa cabeza destrozada no era el mejor aperitivo para cenar.
Salió del chalet y cambió de coche a unos pocos kilómetros de allí, se quito los guantes y el pasamontañas, y mientras conducía pasaron por su mente las caras de terror de sus ya treinta victimas, con la mirada inerte y sus manos intentando alcanzar alguna escapatoria. Esas víctimas ocupaban un lugar fijo en sus pesadillas todas las noches.

        Comenzó a matar hace diez años, a los veinticinco. Su segunda víctima fue un sicario duro y correoso que no merecía una muerte rápida. Ese fue el encargo, y le metió quince balazos. Empezó por las piernas, después le reventó las pelotas y acabó por el vientre. Esperó junto a su víctima hasta que murió, con todas sus tripas por el suelo y varios litros de sangre derramados por toda la casa. Cuando terminó, se ducho y se fue a comer. Eran otros tiempos, él era un depredador que vivía en la selva.

        Al salir de una curva vio un cuerpo sobre la carretera, bajó del coche y comprobó que era un perro atropellado, seguramente uno de los miles abandonados todos los años por sus dueños. Tenia las patas traseras rotas, varias costillas dañadas, y en su agonía, el perro sufría convulsiones. Martín arrancó el coche para irse, pero durante unos segundos se mantuvo allí mirando fijamente al perro. Volvió a parar el motor, lo subió con cuidado en el asiento trasero y lo llevó a una clínica veterinaria.
Después de una revisión inicial, el veterinario le confirmó que se salvaría, debería permanecer un par de semanas en la clínica y podría llevárselo si quería. Martín le dio al veterinario quinientos euros como adelanto, le dejo su teléfono para recoger al perro después de la operación y le pidió un formulario para realizar los trámites de la adopción.
Al despedirse, el veterinario le dio la mano y le dijo:

          -- Ojalá hubiera más hombres como usted, lo que ha hecho es un ejemplo de bondad.
        --Gracias, pero no me considero ningún ejemplo de bondad. No se fíe de las apariencias, puede que sea un asesino, quién sabe. – replicó Martín sonriendo
        -- No creo, usted es de esas personas en las que confiaría mi vida, lo dice mi intuición y no suele equivocarse. 
       
        Entró en el coche y cerro los ojos, sabía que las palabras del veterinario calificándolo de bondadoso habían destapado algo en su interior que inconscientemente ocultaba. Esas palabras habían sido como una carga de profundidad que tarde o temprano estallaría. Sí, no sabía como había ocurrido pero empezaba a amar la vida, desde su más amplio sentido, la vida en mayúsculas, pero ya era muy tarde. Lo único que sabía hacer era matar e intuía que la ley del karma no le permitiría vivir de incógnito. Su pensamiento buscó al perro que acababa de salvar, solo esperaba que alguien lo adoptara, alguien que amara la vida como él y que no tuviera un pasado.

        Al atardecer, Martín se sentó en el sillón de mimbre de la terraza de su ático del centro de Madrid, el cielo estaba despejado y su campo de visión era una espectacular puesta de sol que llenaba de luz rojiza la ciudad. Cuando el cielo se vistió de azul oscuro, sonó un disparo y se apagaron todas las luces.

4 de febrero de 2013

El circo de la corrupción



        Adelante señores, pasen y vean el mundo mágico del circo de la corrupción, tenemos todas las atracciones que harán las delicias de los contribuyentes: una ministra de sanidad que se encuentra un Jaguar en el parking de su casa, prestidigitadores que evaporan dinero público y lo transportan a bancos de Suiza y a los bolsillos de políticos de bien, y nuestro plato fuerte: Mariano Pepero, protagonizando Corrupción en Génova y El Padrino IV.

        Últimamente he leído reflexiones profundas como: “tenemos lo que nos merecemos”, “nuestros políticos son el reflejo de la sociedad”. Bueno, parece el pecado original heredado de Adán y Eva, pero ¿esto justifica la corrupción política?  Entre los confundidos y los que nos quieren confundir, nos va a costar trabajo distinguir a los ladrones de los que pagamos (de momento) la fiesta.
La salvaje corrupción política e institucional que estamos viviendo, propia de una república bananera, indigna y sonroja al mismo tiempo. Cuantos millones de trabajadores y parados habrán votado al partido del gobierno esperando que solucionara sus problemas, y a la postre se han encontrado que dentro de este partido estaban Ali Babá y los cuarenta ladrones escondidos bajo una piel de cordero, tras una vetusta noción excluyente de familia y un dudoso fervor religioso que han utilizado para engañar y manipular a la gente que ha confiado en ellos.

        La trama Gürtel ya plasmaba claramente la corrupción generalizada del Partido Popular, pero los documentos de cobros irregulares de dinero negro que han aparecido en los periódicos el Mundo y el País, ha sido la gota que ha colmado el vaso. Mariano Rajoy y sus acólitos, insultan nuestra inteligencia con excusas que ya no se llevan ni en el colegio. No se puede defender lo indefendible, no basta con decir yo no he sido o no me consta. Y si esto no fuera suficiente, tenemos a los periodistas pesebreros que intentan ocultar y encubrir de la manera más bochornosa los desmanes del gobierno con la estrategia del ventilador: “todos son corruptos”, "la herencia", "y tú más" o  con un acto de fe: "yo creo en ellos". 

        Cualquier manzana podrida de cualquier signo político debe responder ante la justicia, sean socialistas, catalanes, la corona o la iglesia. ¿Qué más da? Ellos son el otro bando, pero lo vergonzoso del asunto es que hemos pillado infraganti a la cúpula del gobierno con las manos en la masa, los que nos tienen que sacar de la crisis y cuidar de nuestro dinero son los que nos roban. Todos somos iguales ante la ley, es la esencia de la democracia, por lo tanto todos los implicados en escándalos de corrupción deben ser juzgados, y si procede, ingresar en la trena, o en su defecto, salir del gobierno y acabar en la puta calle.


21 de enero de 2013

El tiempo duerme en el futuro





        Hace seis meses que vivo con Claudia, una de las camareras del pub irlandés. No tenemos planes a largo plazo, ¿para qué?  La vida es demasiado caprichosa y volátil como para intentar reconducir todos los parámetros que nos rodean mediante una planificación. Tengo dieciocho años más que ella, sé que todas las relaciones tienen fecha de caducidad, pero la diferencia de edad me hace pensar más de lo habitual. El paso del tiempo me ha cogido desprevenido y ahora lo considero un enemigo, una maldición, una enfermedad progresiva e irreversible. De repente y sin previo aviso empiezan a hablarte de usted, y la primera vez duele, ya no eres joven, te lo acaban de confirmar. Sí, vivir es perjudicial para la salud. 
Cuando miro hacia atrás, todos los años de mi vida parecen haber transcurrido en solo unas horas. Me repito que lo mejor puede estar por venir, que la experiencia me permitirá vivir el momento, pero la angustia existencial me lo pone difícil, aparece camuflada en una cana reivindicativa o en el manto de hojas muertas de un parque vacío, y esa angustia me recuerda que ahora viene la cuesta abajo.

        Mi vida actual es sencilla, he introducido novedades en mis actividades y me he especializado en programas de lavadora con centrifugado, en productos de limpieza, me defiendo en la cocina, paseo a mi perro Diego, ayudo en el pub, y a veces consigo mirar a mi alrededor con los ojos de un niño. Con Claudia he recompuesto mi vida de nuevo, pero a menudo miro el horizonte con recelo, como si temiera ver aparecer en algún momento un tsunami imparable.
A veces imagino un cambio de dirección en el tiempo para evitar lo inevitable, a lo Benjamin Button, para huir del paso del tiempo y revivir etapas que quedaron desiertas, incompletas, desconocidas, como si quisiera alumbrar lagunas de memoria. Intento sobrepasar la velocidad de la luz cuando hago footing, corriendo cada vez más rápido y así conseguir retroceder en el tiempo, pero a diez kilómetros por hora no espero grandes resultados.

        La semana pasada conocí a un anciano cuando paseaba a Diego por el parque, delgado y con una gorra marrón que dejaba entrever su escaso pelo blanco. Estaba sentado en un banco y de vez en cuando mascullaba alguna palabra ininteligible. Diego se acercó a él como si esperase una respuesta y el viejo comenzó a hablarle pausadamente hasta dejarlo casi hipnotizado. En lugar de contar las típicas batallitas, describía situaciones actuales con claridad, alumbrando esas preguntas que flotan en el aire sin respuesta. Se había quedado solo. Año tras año había ido perdiendo a sus amigos, después a su mujer, y así hasta quedar aislado lentamente, como cualquier viejito de su edad, marginado por viejo.  

El concepto de amistad lo tenía muy claro:
        -- Siempre estamos solos, a pesar del gesto altruista de nuestros amigos intentando acompañar nuestra soledad.
Hablaba frecuentemente sobre la realización personal, dando prioridad a la búsqueda de una armonización interior antes que a la ciega persecución de la felicidad:
        --La distancia que hay entre una persona "común" y la persona realizada, es equiparable a la que existe entre el chimpancé y la persona común. Los mensajes del viejo no estaban sacados de un libro de autoayuda, sino más bien de la experiencia y la observación lúcida.

        Al día siguiente estuve pensativo e inquieto, como si el viejo tuviera las respuestas que buscaba, pero al mismo tiempo me negara a conocerlas. Eran las seis de la tarde y él estaba sentado en el mismo banco. Me saludó con un toque de su dedo indice en la gorra y proseguimos la charla del día anterior. Comencé hablándole de temas intrascendentes para romper el hielo y después estuvimos unos segundos en silencio, el viejo estaba esperando que disparara mi pregunta y lo hice sin más preámbulos: 
        --¿Que me puede decir sobre el ocaso, la vejez, sobre el paso del tiempo? - él se quitó la gorra, se rascó la cabeza y dijo: 

        -¡Vaya pregunta!  El tiempo no es el que marca nuestro reloj, ni es el mismo para todos, es relativo y subjetivo. Podríamos considerar nuestra vida como un gran cuadro, poco a poco recorremos todas sus zonas en un breve paseo, podemos modificar la velocidad de movimiento, mirar hacia atrás e imaginar el futuro, pero el tiempo siempre ha estado allí. Todos somos viejos o jóvenes dependiendo de la zona del cuadro donde estemos. Cuanto más cerca estemos de la vejez, más cerca estaremos de una nueva juventud. Derivando la cuestión a una relación personal, la edad siempre debe ser algo circunstancial y secundario, da igual que tengas veintisiete o cincuenta años, la química que surge en una relación no tiene nada que ver con la edad, y si no fuera así, la relación no pasaría el control de calidad y sería mejor abandonarla. Para saber que es el tiempo, debemos observar detenidamente un segundo e intentar pararlo, todo el mundo lo ha parado alguna vez sin darse cuenta.

        Cerré los ojos imaginando ese cuadro gigante y cuando los abrí, el viejo ya no estaba. Todavía desconcertado y sin saber muy bien por qué, observé el movimiento del segundero de mi reloj, empecé a oír el tic-tac de la aguja, al principio casi imperceptible, pero cada vez más fuerte, hasta sonar como un tambor marcando pesadamente el ritmo de una enorme maquinaria. Y en el segundo veinticinco, el tiempo se paró. Me inundó un silencio ensordecedor, nada se movía, Diego estaba inmóvil junto a mí y la gente del parque estaba detenida. Lo que yo veía en ese momento era un gran cuadro tridimensional.

        Tenía razón el viejo, se podía parar el tiempo. Comencé a andar hacía atrás y pude ver hora a hora toda mi vida hasta ese día, como las viñetas de un gran cómic, como las confesiones de los que han estado en coma. Me entretuve viendo mis años de color, mi infancia corría y buscaba la adolescencia, hasta llegar a los veinte años. Mis primeros años con Virginia aparecieron en el centro del cuadro, quizá los mejores años de mi vida, éramos inocentes y soñadores. La prudencia me decía que debía quedarme en el presente, pero la curiosidad me hizo avanzar hacia el futuro y los años fueron pasando frente a mí mientras lentamente envejecía. En el último tramo de mi vida vi a un anciano esperando un tren en la estación, por un momento me pareció que giró su cara y me sonrió.
Su sonrisa era el mensaje; me invadió una extraña tristeza, y por miedo a perder la razón, regresé al segundo veinticinco de mi reloj. El sonido volvió a navegar por el aire, los niños corrían sin rumbo fijo, mi perro olisqueaba restos de un bocadillo abandonado y las hojas de los arboles caían lentamente como paracaidistas preparando su aterrizaje.

         El tiempo me había dejado husmear entre bastidores, permitiéndome conocer su secreto: el tiempo duerme en el futuro, solo es un decorado que necesitamos para ubicar los acontecimientos. 
Si comparamos nuestro ciclo vital con el del sol, cinco mil millones de años, podría decirse que somos como algunos tipos de mariposas que solo viven un día. 
Ahora valoro mucho más los días de tormenta, las sombras, los minutos colgados entre dos fases, las miradas fugaces, los pequeños detalles que se esconden en ese cuadro, y lo más importante, he dejado de tomar las pastillas para dormir, esas que me producían extrañas alucinaciones cuando paseaba por el parque.
  

21 de diciembre de 2012

Adictos a la música

            
        Todas las adicciones tienen un denominador común: la búsqueda de la felicidad. La música es una adicción atípica, el enganche no es progresivo, no viene primero una dosis de pop, otro día unas rulas de rock, el fin de semana un gramo de jazz, barra libre de blues y ya eres adicto….....no. El adicto a la música no sabe que lo va a ser, es atacado a traición. De vez en cuando oye música que circula suelta por aquí o por allá, de manera aleatoria, pero cuando la música inocula su veneno en la víctima, este es poseído de tal manera que nunca vuelve a ser el mismo. Hay distintos niveles de adicción, desde los que sienten un cosquilleo constante que les hacen buscar sin descanso sonidos nuevos que los transporten a mundos mágicos, hasta aquellos que investigan como Sherlock Holmes el origen y el autor de esos veinte segundos escasos de una canción que han oído en la cafetería o en la radio, y digo más, hay testimonios que indican que algunos superadictos a la música, poco antes de abandonar este mundo, han pedido que se les permita seguir oyendo hasta el final esos sonidos mezclados con silencios.

        Creo que tenía doce años cuando descubrí en el salón de mi casa un equipo de música reluciente de varias piezas y un montón de discos extraños que parecían haber venido de otro planeta. Eran de Zappa, Patti Smith, Lou Reed, Jethro Tull y Janis Joplin, material suficiente para convertir un convento de monjas en una comuna hippy y a una rata de biblioteca en un cowboy de media noche. Mi hermano me dijo que no los tocara, que se podían rayar. Desoyendo esa sabía advertencia, coloqué el Horses de Patti Smith sobre el plato y la aguja aterrizo a trompicones, como un caza sobre su portaaviones, provocando que una extraña canción, Gloria, reptara poco a poco como un felino buscando a su presa, hasta que empezó a despegar. Ella no cantaba, arrastraba y escupía las frases, con una voz que pasaba de una fase aguda a otras graves en cuestión de segundos, y cuando entraron en acción las dos guitarras sobre el bajo y la batería que llevaban la canción al ritmo de una locomotora, mis pulsaciones subieron tanto que podía notar el paso de la sangre por mis venas. Así me hice adicto a la música.

         Este hecho aparentemente simple cambió el resto de mi vida. Desde entonces, la música ha sido un salvoconducto, un lenguaje secreto para comunicarme con los adictos. Eramos como una secta, podíamos pasar horas enteras hablando de música en las terrazas de los bares de copas de la playa, entre el ruido de las olas, siempre un poco desorientados y huyendo de las primeras luces azules que aparecían por el cielo. Si yo fuera un emperador con poder ilimitado, ordenaría que la música sonara en las iglesias, en los funerales, en los mercados y en los campos. Los solos de guitarras enloquecidas recorrerían de punta a punta las calles, los pianos solitarios recibirían con notas serenas los primeros rayos de sol al amanecer, baterías y elementos de percusión lanzarían misiles de ritmo sobre toda la ciudad, y el sonido cristalino de los violines flotaría sobre los parques. Bueno, vale, nos conformaremos con el Spotify.

         Damián y su hija son dos ilustres adictos a la música y a pesar de pertenecer a diferentes generaciones, él, de 47 años, y ella, de 20, coinciden al cincuenta por ciento en sus gustos, pero el resto del espectro no lo comparten. Hace un par de semanas, en el pub Irlandés, me pidieron que me decantara por uno de los dos, por la música de los setenta o la del siglo veintiuno. ¿Quién en su sano juicio puede atreverse a discriminar entre varios tipos de música? Nuestra percepción siempre es subjetiva y no admite listas ni etiquetas. Si daba mi veredicto, uno de los dos me odiaría de por vida, así que intente desmarcarme y ocupar una zona neutra. Escribí en una servilleta mis diez falsos mejores grupos, inspirándome en el punk español y en google. Durante varias semanas, ninguno de los dos me habló ni una sola palabra. Esta era la lista:
  
   10 - Maria y sus Cogollos
   09 - Blanca tocha y los siete Gramitos           
   08 - Tetallica
   07 – From Lost to the River
   06 – Porros Folares
   05 – El oso Yonki
   04 – La venganza de Mimosin
   03 – Porcus Cristi
   02 – Frank Sikiatra
   01 – Don Simon y Garrafunkel

27 de noviembre de 2012

Androides urbanos



        Sentado junto a un contenedor de basura, con la mirada perdida en el suelo y el frió de la desesperación metido en el cuerpo, recapitulaba los últimos episodios que me habían llevado hasta allí.  Hasta ayer llevaba una vida ordenada y rutinaria, sin aventuras salvajes pero disfrutando del día a día, de las pequeñas cosas, de lo cotidiano. Mi mundo y mi vida giraban alrededor de la tienda de moda en la que trabajaba. 

       Nosotros no vendíamos faldas, vestidos de noche o bragas de encaje, vendíamos ilusiones, drogas de tela, eramos los camellos de la vanidad de nuestros clientes. Ellos no compraban ropa, sino un billete hacia un mundo paralelo y fantástico. Cuando pagaban sus compras con la tarjeta visa oro, sentían una euforia similar a la que produce la mejor coca de Colombia. La serotonina corría rápida por sus venas y sus pupilas se dilataban como el cazador que acaba de avistar a su presa. Imitan a los grandes actores y utilizan el método Stanivslasky, su ropa y su actitud modifican su personalidad, pero nunca saben quien es la persona y quien es el personaje.

       Esta mañana, un furgón de transporte urgente descargó chaquetas de cuero, pantalones de campana y jerseys de punto grueso, un claro guiño a los setenta, además de una maniquí envuelta en plástico con nombre y apellido: Stella 2442. La desembalé en la trastienda y cuando la cogí por la cintura para vestirla, vi como movía sus ojos llenos de vida hacia mi. Su cuerpo espectacular me dejo con la boca abierta, se me antojó la mujer más bella que había visto, una obra de arte de plástico mágico. Intente disimular mi reacción y seguí realizando otras tareas pero durante toda la mañana no pude dejar de pensar en Stella ni un solo instante. Estaba seguro que compartíamos alguna clave secreta, alguna seña de identidad que provocaba una atracción tan fuerte. Esa fantasía estaba empezando a preocuparme, me avergonzaba ese sentimiento antinatural, era como si ya me hubiera convertido en un pervertido. No podía creer que esto me estuviera sucediendo a mí, ya me veía como un psicópata depravado, un enfermo sexual incurable que saldría en la sección de sucesos de los telediarios.

       Hipnotizado por ella, apenas me dí cuenta de que uno de los operarios de la tienda me cogía de las piernas y me llevaba hasta un contenedor de basura. No entendía nada, no podía mover ni un solo musculo de mi cuerpo, era una parálisis total e ignoraba por qué me habían dejado allí, ¿qué estaba pasando?  Como un resplandor, una revelación inquietante abrió mis ojos:  yo solo era un maniquí, solo bastaba mirar mi cuerpo desnudo de plástico. Era un replicante sin tiempo que acababa de despertar. Había vivido dentro de un personaje, fabricando recuerdos, construyendo sentimientos, y ahora había dejado de ser útil, era el fin. 

        Mientras apuraba mis últimas horas recordando, observé otra realidad que no había visto antes, miles de maniquíes distribuidos por toda la avenida llenando tiendas, coches, pasos de cebra y edificios. Solo son la sombra de un sueño, puede que ninguno de ellos sepa que son maniquíes de carne. En medio de esta elucubración existencial, apareció una señora con su perro, me miró detenidamente hasta que me agarró del brazo y me llevó a su casa. Actualizando mi percepción de la situación llego a varias conclusiones:  de momento no voy a acabar en el vertedero de basura y seguramente mi nuevo trabajo, por la manera en la que me mira la señora, será la de gigoló. Bueno, tampoco voy a quejarme de vicio, puede que sea un trabajo creativo y digno. Lo primero que voy a hacer es imponer mis condiciones para que no haya malos entendidos y  por supuesto no voy a aceptar tarjetas de crédito, solo cash, no faltaría más. 



13 de septiembre de 2012

Domingo triste




        La mañana se ha despertado muy fría para un mes de septiembre, como si el verano hubiera perdido el norte. La leche humeante dialoga de manera rutinaria con el aceite que recorre la tostada y mi gato también reclama su desayuno con la mirada, sin dejar traslucir ningún sentimiento, aceptando las cosas tal como son. Intuyo que él sabe más de lo que creo y seguramente los dos pretendemos saber menos de lo que realmente sabemos, quizá porque a veces nos hace daño y simplemente dejamos que ciertas cosas se nos olviden lentamente. Él parece que lo ha conseguido, pero yo todavía no.


        Mis pensamientos juegan al ajedrez con la luz que se desliza por el gres de la cocina y alumbra un copo de cereales que cae desde la mesa. Inconscientemente comienzo a contar las milésimas de segundo que tarda su vuelo hasta que choca sin remedio contra el suelo, pero yo sigo la jugada esperando un desenlace excepcional, una señal que me guíe, que me indique el camino, pero solo veo a mi gato comiéndose el cereal sin ningún remordimiento.

        Un halo narcótico rodea a estos domingos lluviosos, con sus mañanas oscuras y grises que se comportan como notas de música confinadas bajo las teclas de un piano, esperando que alguien las libere. Vuelvo a la cama buscando sueños mágicos, pero los rugidos de la tormenta me lo impide. Las gotas de agua que se agarran al cristal de la ventana me piden una ayuda que yo no puedo prestarles, no puedo impedir que se pierdan por los desagües. Después de haber volado orgullosas entre la tierra y el cielo, convertidas en nubes blancas como el algodón y también en oscuras y amenazantes como el Réquiem de Mozart, acabar en las cloacas es un triste final. 

        Como un náufrago, intento enviar mensajes codificados en botellas de palabras, pero hoy no se me ocurre nada. 

25 de agosto de 2012

Buscadores de oro


        A los inmigrantes y parados se les acusa veladamente de parásitos sociales. El negro, el amarillo o el moreno, no son los colores preferidos en los hospitales, y el ocioso de larga duración debe justificar que tiene a alguien a su cargo y que nadie en su familia tiene ingresos, no sea que con los 400€ se vaya a Miami con Julio y con Ricky Martin. Es un palo descarado a los más jóvenes.

        Dinero para los bancos y recortes para la plebe. Que nadie se extrañe, siempre ha sido así, de hecho, la clase dirigente siempre ha manejado  un conciso y claro decálogo que explica como sacarle el dinero a la gente de a pie, antes era el diezmo y ahora es el veintezmo. Y digo yo ¿no hay otras alternativas para pagar la deuda? Por ejemplo: nacionalizar los cepillos en las iglesias, vender obras de arte, yo tengo un reloj de bolsillo de valor incalculable. ¿Qué pasó con el proyecto de la plantación masiva de marihuana en un pueblo de Cataluña? Esa sería una manera de colocar a los casi seis millones de parados trabajando en los campos de la alegría. Si yo fuera presidente.......

        Una maldición certera impacta de lleno en nuestros bolsillos cada viernes, pero seguimos andando con una sonrisa forzada, ocultando el miedo que sentimos ante ese tsunami llamado crisis. La vida es muy diferente en la galería azul, por el día se apropian de los bienes ajenos, por la noche rezan sus plegarias, y por la mañana, en la rave misa de doce, se hace balance; a dios rogando y con el mazo dando. Pero no tiramos la toalla, siempre hay alguien por quien luchar, algo que nos reconcilia con nuestra raza y nos convierte en buscadores de oro.


                                                                              
                              

23 de julio de 2012

Crónicas desde el infierno



              A veces nos sorprende, es caprichoso, absurdo, justiciero, y aunque luchemos con todas nuestras fuerzas, siempre acaba derrotándonos. Todo comienza como una comedia, poco a poco nos sumerge en el terreno del drama e inexorablemente acabamos en las garras de la tragedia. Estoy hablando del destino.


              Pero a veces el destino no sigue esa pauta. Nunca he contado lo que me sucedió aquel día, pero siempre hay una primera vez.................era una mañana fresca de marzo, las nubes pintaban de gris el monótono paisaje de la autopista y el zumbido del motor era la banda sonora de la película. 

               Durante todo el viaje tuve la sensación de que las cosas sucedían de una manera predeterminada, al margen de mi voluntad. En el aire flotaba una tensa calma que se rompió cuando la rueda izquierda delantera del Audi reventó, cruzando sin control la mediana. El coche impactó lateralmente contra una furgoneta negra, volviendo a cruzar la mediana hasta ser embestido violentamente por un trailer de gran tonelaje que circulaba en mi sentido original. El golpe me saco de la carretera y comencé a dar vueltas de campana. El coche aguantó bien el zarandeo de las primeras vueltas hasta que el sonido desapareció, y en la enésima vuelta de campana se apagaron las luces.

                A los pocos segundos, estaba en una de las múltiples colas que había en un pabellón vetusto y metálico, como un hangar de la segunda guerra mundial. Aturdido y confuso me preguntaba donde coño estaría, ¿en un nuevo Mauthausen producto de la crisis? Tenía algunas heridas superficiales pero ese lugar no era un hospital, y por más que lo intentaba, no conseguía recordar nada después del accidente. Quise preguntar a una anciana que estaba delante de mí, pero tenía clavado un hacha en la cabeza y preferí no importunarla. 
      Alguien me llamó por mi nombre en la mesa de al lado, alcé la vista y vi a un funcionario de pelo blanco indicándome con la mano que me acercara. Se llamaba Rodrigo y parecía recién salido de la película Casablanca. Me acerqué y le pregunté donde me encontraba, confesándole mi fundado temor de haber perdido la memoria. Sin inmutarse, el funcionario  me ordenó que me sentara, recitándome de memoria un texto estándar que habría repetido miles de veces en en el que decía de manera ambigua que me encontraba en una estación, en un proceso crucial que decidiría si mi destino final era el cielo o el infierno. Ante tal declaración, pensé y pregunté al mismo tiempo temiendo la respuesta:

        - ¿Estoy muerto? 

        - Técnicamente sí, igual que yo, igual que todos los que estamos aquí. Está en la estación de transición, también llamada purgatorio. Me llamo Rodrigo Pisano  - se presentó con un marcado acento porteño, los argentinos están en todas partes, pensé  - nuestra función es dirigir a cada difunto al lugar más adecuado para su nueva vida, dependiendo de los pecados que haya cometido, de sus merecimientos y de otro tipo de parámetros. Realizaré cien acusaciones sobre presuntos pecados de los que tenemos constancia y de los que usted debe defenderse. ¿Preparado? - me preguntó mirándome por encima de las gafas.

        - ¿Esto es un juicio? - le devolví la pregunta.

        - Si lo quiere llamar así, sí. En este caso, para usted es el juicio final.

        - Ah.... claro, estoy listo, adelante – le conteste preparando mentalmente la estrategia a la que debía jugar para ganarme el cielo: negar y mentir.

        El funcionario comenzó a leer mi curriculum completo, incluyendo hechos en los que me encontraba totalmente solo, luego era cierto, dios estaba en todas partes y mira que me lo habían dicho: "cree en dios, aunque solo sea por precaución".

        - Javier Romero, nacido en Madrid, …....... transbordo a la estación transitoria desde la autopista AP-7 por accidente de tráfico...........la primera acusación.........veo aquí que defraudó a hacienda100.000 € en el ejercicio 2005, ¿qué tiene que decir sobre esto?

          - Es falso, el banco en el que trabajaba inflaba las cifras de gastos pero nos pagaba menos y así conseguía pagar menos impuestos. Me imagino que me va a creer a mí antes que a un banquero, ¿no? 

          - Le creo Javier, todavía recuerdo el corralito cuando estaba vivo. Políticos y banqueros especulaban con nosotros a su antojo. Los que tienen la plata son los dueños y permiten que soñemos con un mundo democrático, pero no es una democracia real.

          El primer asalto lo había ganado, además había creado una atmósfera de complicidad. La táctica funcionaba.

          - Señor Romero, según mis datos, la sinceridad nunca fue su mejor virtud. ¿Es cierto?

          - Rodrigo, tendrá que convenir conmigo que decir la verdad es duro e hiriente, incluso se podría calificar como forma sádica de maltrato. Yo no soy un sádico, y si mis mentiras piadosas son un pecado, que conste en acta que son producto de mi amor por el prójimo – mentí descaradamente.

          El funcionario dio su veredicto positivo a mi defensa y ya estábamos en la tercera acusación, la guerra.

              
        - ¿Participo en la guerra de Irak de manera activa?

          La pregunta me pilló a contrapie, frío, sin capacidad de reacción. Pagaría lo que fuera por un método científico que me devolviera al pasado y evitar la vergüenza de haber sido un mercenario. Si encontrara esa fórmula, rectificaría más de un error aunque suene extraño. Ahora nadie se arrepiente de nada, si eres un asesino en serie no te arrepientes porque te ha servido para aprender. Sí, seguramente anatomía.

                Sabiendo que no podía seguir esquivando preguntas, decidí atajar y tocar la fibra sensible de Rodrigo, debía intentar que se sintiera identificado conmigo, que recordara que yo era solo un simple pecador, indefenso y desamparado, y como tal, una victima que merecía la redención y la gloria.

        - Rodrigo, permítame que le diga que por su manera de hablar y su mirada directa y certera, sé que usted es una persona que conoce perfectamente a cada difunto que tiene enfrente, ¿acierto?

        - Modestia aparte, cuando veo a alguien por primera vez, sé si es una alma pura o es un pecador empedernido, y siempre acierto.

        - Bien, pues hoy es viernes, ahórrese trabajo y certifique lo que esta viendo, dígame si merezco el cielo o el infierno. Sea cual sea su decisión la acataré sin rechistar y me declararé inocente o culpable, lo que proceda.


          - Señor Romero, si me pide sinceridad, allá va: usted merece ir al infierno, sobre todo por su desordenada vida sexual, pero tengo que decirle que se defiende mejor que algunos abogados que he conocido y si sigue con las preguntas, seguramente se salvará del infierno, pero ..... ¿está seguro del destino que prefiere?

                   El giro en el interrogatorio y el extraño comportamiento del funcionario me abrió los ojos, era el momento más importante de mi muerte y no podía fallar. Quise indagar sobre mis dos posibles destinos y me animé a pedir información reservada.

        -  ¿Que menús hay en el cielo, Rodrigo? ¿Hay conciertos de rock? ¿Sexo, aunque sea casto?


                                    - Romero, en el cielo no hay sexo, ni 
          los ángeles ni los humanos que ingresan en el cielo tienen ningún tipo de apéndice ni orificio de entrada, los deseos sexuales se subliman con los cantos gregorianos. Allí no es necesario comer ni beber, y todo el día se reza en infinitas columnas, como un gran ejercito de seres perfectos que se arrodillan al paso de dios. La población del cielo esta formada por las cúpulas del vaticano, políticos, personajes ricos e influyentes, delincuentes de cuello blanco, traficantes, y los millones de avispados que han trabajado su llegada al cielo como un plan de pensiones.

           La descripción que hizo Rodrigo del cielo, cambió mi punto de mira.

        - ¿Temperatura media del infierno?   - le pregunté con la intención de que se explayara.

        - Desde el año 1950 hay aire acondicionado,  - sonrió - el infierno es una estación parecida a la que vivíamos en la tierra, pero sin políticos ni religiosos, sin maleantes, sin dinero y sin propiedades. Cada uno trabaja en lo que realmente le gusta y las tareas menos demandadas son realizadas por robots fabricados por la colonia de japoneses residentes en el infierno. Todos los días hay festivales de jazz, blues, bossa, cine y fiestas de todo tipo. El sexo es uno de los productos principales de ocio, allí ya saben que eso del amor de pareja es un camelo, que solo es un proceso químico pasajero. Los productos autóctonos de la zona destacan por su calidad, plantaciones de  marihuana curativa y sobre todo los destilados de malta que ya están siendo exportados a la tierra, de estrangis por supuesto. Ah, de esto ni una sola palabra  - dijo el funcionario con el indice sobre la boca.

        - Confieso que merezco ir al infierno , adelante, proceda   -  la decisión ya la había tomado, solo rezaba para que el funcionario estuviera en lo cierto.

        Rodrigo se aclaró la voz y leyó de manera solemne un contrato que curiosamente ya tenia preparado, declarándome culpable y condenándome a pasar el resto de mis días en el infierno. 

         - ¿Alguna pregunta más antes de partir, Romero? 

        - ¿Voy a volar en primera o en clase turista? 

        - Al infierno se va en metro - Sonrió y me estrechó la mano. Sin duda fue el inicio de una gran amistad.

          ............... Sentado en una terraza acuática, puedo saborear el extraño color verde de este mar situado al sur del infierno. Jimi Hendrix toca la guitarra sobre un liviano puente de madera y juraría que ha mejorado con el tiempo, como los buenos vinos. Amy toma un whisky a palo seco, celebrando su primer aniversario. Ella tenía razón, no necesitaba la rehab, ahora es más valorada por todos. Una satánica compañía con bikini negro me quita la tablet justo antes de despedirme, y ........que le vamos a hacer, estoy a su entera disposición.
                              
                  
     

Steppenwolf