El sol de esta mañana de domingo me ha llevado a la playa de Campello, andando tranquilo por el centro del paseo, sin prisas ni objetivos, sin filtros ni ansiedad, en un viaje turístico por mis sentimientos, deshojando capas de realidad hasta descubrir los colores brillantes que ve un niño. Por alguna razón inexplicable ha cambiado mi forma de ver las cosas en veinticuatro horas, y hasta me siento afortunado y vivo.
Desayunaba en la terraza de una cafetería mientras compartía miradas entre un libro de Jung, la gente que pasaba frente a mí y las palmeras de la playa, pero esa calma se rompió cuando una camarera derramó el zumo de naranja sobre el libro,
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- Perdona, te traeré otro zumo, y siento lo del libro - dijo la camarera tuteándome.
- No te preocupes, me has hecho un favor, este libro es infumable - le dije con toda sinceridad.
Después de traerme la cuenta, me dio un libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Me negué a aceptarlo pero ella insistió aduciendo que no era un pago por el accidente de mi libro, sino un bookcrossing, una vez que lo leyera debía dejarlo de manera anónima en otro lugar. En la primera página había un número de teléfono, pero no quise preguntar. Acepté el libro y le dí las gracias mirándola a los ojos mientras toda la gente que había a nuestro alrededor desaparecía.

































