No
hay nada que nos una más que un enemigo común, no importa si el enemigo
es injusto o lo somos nosotros. Unidos ganaremos las
elecciones, recuperaremos nuestra tierra, aplastaremos a los herejes
con la bendición de dios, nos vengaremos de ese o de aquel sin piedad, y todo lo que se nos ocurra, pero lo más importante es tener un enemigo. Nos da igual que sea un enemigo terrible,
cruel, sanguinario, cercano, o quizá un enemigo imaginario y abstracto,
cualquiera es bueno. ¿Qué sería de nosotros sin enemigos?, no
lo quiero ni pensar. No puedo imaginar a una suegra sin el bala
perdida de su yerno, al Barsa sin el centralismo del Real Madrid, a los
americanos sin el peligro atómico de los rusos, a los gatos sin las
torpes embestidas de los perros, al trabajador sin el yugo del empresario, ni a Dios sin la desenfadada concupiscencia de Satanás.
Podríamos
hacer una lista de nuestros enemigos y si todos ellos fueran abducidos por una nave extraterrestre, por esas cosas del destino, posiblemente poco después
aparecerían otros ocupando el lugar de los anteriores. Ante este escenario me atrevería a decir que la lucha contra nuestros enemigos no nos solucionaría ningún problema, es más, gastaríamos inútilmente unas energías que podríamos utilizar en otras cosas más placenteras como por
ejemplo hacer el amor y no la guerra, que ya lo dijo Aznar; entonces, ¿donde está el problema? Seguramente
si miramos hacía adentro y deshojamos las capas que nos impiden
ver, aparecerá la respuesta.
Sartre
acuñó la frase de "el infierno son los otros", intentando explicar las limitaciones de nuestra libertad por los otros, por las leyes y las normas que nos prohíben y nos marcan un camino obligatorio. Sería pretencioso contradecir a Sartre, pero añadiría que ese infierno, el otro, el enemigo, es una proyección de
nosotros mismos y una escenificación
de nuestro miedo hacia lo exterior. Si aceptáramos esta hipótesis, la confrontación contra el enemigo sería un error; debe haber otra manera de actuar en la que no haya vencedores ni vencidos y que nos permita converger en un mismo camino, y únicamente nuestra
comprensión nos puede llevar hacia él. Un gran reto para superar el síndrome del enemigo es
sin duda la convivencia con nuestro enemigo íntimo, con nuestra pareja. Cuantos factores deben encajar para que una relación de pareja no sea un infierno y cuantas batallas silenciosas debemos disputar y ganar, como la de reactivar nuestra curiosidad por todo lo que nos rodea, la necesidad de acrecentar nuestra consciencia para conquistar lo invisible y el adiestramiento para domesticar nuestro orgullo
y dejar de defender a capa y espada el honor de
ese impostor que siempre sale muy poco favorecido en las fotos del
carnet de identidad, y todo esto hay que hacerlo por duplicado. Es una verdadera prueba de fuego.
No lo entiendo, juro que antes de que se colara este
tratado de filosofía barata con reminiscencias de Elena Francis, iba a contar por qué Pancho, mi gato, estaba interesado por el estado de salud de mi perro Diego, pero bueno, creo que la sangre no llegará al río. Un día de estos les invitaré a comer, porque no existe casi nada que no se pueda solucionar sentados frente a una mesa, sin mucha luz, con un poco de charla tranquila y una copa de vino.
Cucharadas de limón se mezclaban con el deseo blanco, bajo un cielo mojado que observaba minuciosamente los grilletes que esclavizan a los ángeles caídos. Ella vino del frío siendo todavía una niña, de una tierra donde el sol es extranjero, sin protección, tan frágil, tan vulnerable, tan pálida y tan flaca, vendiendo jirones de piel a cincuenta euros el completo.
La providencia siempre le fue esquiva y el destino la volvió a herir, esta vez accediendo a su deseo de conocer las profundidades del alma a través de grutas mugrientas y de las estrechas galerías del conocimiento envenenado.
El lago onírico, donde los sueños sueñan con la dama negra, la envolvió en la más absoluta oscuridad, y detrás de una noche vino otra. Las cuerdas que sostenían sus latidos se rompían lentamente mientras los buitres volaban sobre ella, pero un buen día salió el sol.
Agitando
su plumaje anaranjado, renació de sus cenizas como el Ave Fénix para recomponer todas
las piezas del puzzle esparcidas sobre su soledad. Al fin y al cabo ella solo es una flor que ha crecido entre la basura, como todas las demás, pero vuela por encima de las que mirando hacia arriba la desprecian. Ahora, la dignidad
juega
con su pelo rubio y su sonrisa ilumina la cara oculta de la luna.
No desvelamos ningún secreto si decimos que siempre hemos tenido problemas de comunicación por las diferentes interpretaciones que hacemos de una misma palabra, de una frase o de una mirada; cuantos malentendidos y cuantas guerras se podrían haber evitado si comprendiéramos lo que nos quiere decir el otro........ o la otra. Lo mismo podemos decir de la comunicación con los extranjeros, esos que hablan lenguas extrañas, como por ejemplo el inglés. Las malas lenguas confirman que ostentamos el dudoso honor de hablar el peor inglés de Europa, y nuestros políticos y
otros personajes siniestros nos lo demuestran a diario. Una completa
encuesta realizada a tres personas, nos revela información
importante sobre lo que piensan los españoles al respecto: dos de
los encuestados proponen cursos intensivos de español a los ingleses
que visiten España, y el último cree que los que hablan ingles se
lo inventan.
De aquellos polvos vienen
estos lodos, y es que todavía recuerdo a Botín, el presidente del Banco de Santander, hablando como un Sioux ante los inversores internacionales, o a Aznar, que no se conformo con
maltratar el idioma de los hijos de la Gran Bretaña, sino que intento
inventar el idioma tejano con aquel inolvidable “estamos trabajando
en ellooo”, y si alguien podía mejorar la linea marcada por el expresidente, esa persona estaba en casa. Ana botella mejoró esa perla de Aznar, y vaya si lo logró; la habilidad con el inglés es algo que le viene de familia y presentando la candidatura olímpica de Madrid, la lió
parda con el famoso “relaxing cup of café con leche”.
Oír hablar ingles a los
presidentes Zapatero y Rajoy es una sensación muy fuerte; esos
balbuceos en spanglish, más que risa, ponen los pelos de punta. Pero
todo tiene un límite y una nueva generación viene a redimirnos del
desastre lingüístico. Nuestros jóvenes pronuncian el inglés como nadie (yoniualquer, pleiesteison o feirbu), y que decir del dominio de este idioma por nuestros futbolistas internacionales: “...de vol tu mi......”
Hace
quince años que iniciamos la investigación sobre el deterioro de la memoria y el síndrome de korsakoff, y gracias a los importantes avances que conseguimos, una empresa privada, la Clínica Borsay, se fijó en nosotros y así acabo nuestra precaria situación económica de becarios. Comencé trabajando junto al doctor Martín, tratando
problemas crónicos de memoria con cobayas humanas mediante terapias electroconvulsivas, una técnica que utilizaba descargas
eléctricas y que dejó como un vegetal a más de uno. Eran daños
colaterales necesarios hasta llegar cinco años más tarde al
definitivo TEC, un sistema borrador de recuerdos que nos permitía
ver en la pantalla de un ordenador las secuencias de la memoria
del paciente con nitidez y en riguroso orden cronológico. Podíamos borrar episodios no
deseados e insertar nuevos recuerdos, construyendo por un módico
precio el nuevo pasado de nuestros clientes.
Tuvimos que borrar secuencias horribles en las neuronas del hipocampo de los clientes: violaciones, asesinatos y todo tipo de sufrimientos físicos y psicológicos, pero después de una sesión de apenas dos horas con impulsos radioeléctricos sobre la zona seleccionada de la corteza cerebral, devolvíamos a la sociedad a individuos sanos y felices. El lanzamiento del TEC fue todo un éxito, pero con los primeros clientes comenzaron a aflorar extraños efectos secundarios, como con Malena, victima de malos tratos cuando era una niña. Le insertamos recuerdos de un mundo feliz, pero ella nunca fue capaz de adaptarse a la cruda realidad. Al cabo de unas semanas intentó suicidarse y fue recluida en un centro psiquiátrico.
Bertrand, un administrativo de ocho a tres, nos pidió que borrásemos su aburrida vida de rata de biblioteca. Él
quería acción y vaya si se la dimos; le suplantamos sus recuerdos
por unos en los que su vida estaba llena de aventuras arriesgadas,
chicas de playboy y peleas de karate donde siempre vencía a sus
enemigos. El fin de semana siguiente a la operación, disfrutando
de su nuevo pasado y de su luminosa vida, Bertrand estuvo en una
discoteca de la playa. Además de no ligar con nadie, tuvo la mala
fortuna de no sobrevivir a una pelea. Al funeral solo acudió el enterrador. Como el doctor Jekyll, había experimentado conmigo mismo intentando olvidar de una vez a Virginia. Al principio todo fue bien, hasta que al inhalar por casualidad el perfume Rive Gauche, empecé a notar como se desvanecía mi memoria. Ese olor estaba asociado a ella y mi mente buscaba esa relación, pero siempre recibía el mismo mensaje: "ningún elemento coincide con el criterio de búsqueda". Había borrado todos sus recuerdos, pero los enlaces hacia ella seguían allí creando un bucle que me producía una amnesia temporal durante unos minutos, lo que me obligó a tener mis datos básicos en un block de notas de bolsillo que siempre iba conmigo, como un flotador en caso de naufragio. A los pocos días, aparcando el coche en el garage, comencé a notar los efectos de la amnesia, quedando mi memoria en blanco. Sabía que era de manera temporal, así que me tranquilicé y mire mi block de notas de emergencia donde decía entre otras cosas que me llamaba Javier Romero y que vivía en el piso 3º-2. Cuando llegué a mi piso intente abrir con la llave, pero no entraba en la cerradura. ¿Me habría equivocado de llaves? Oí ruidos dentro del piso y supuse que sería mi actual pareja. Pulsé el timbre y a los pocos segundos me abrió un negro de color de mas de dos metros de altura, me miró sonriente y me dijo cariñosamente: "Hola Javier".
¡Joder!
Es duro enterarse de esta manera, ¡me había convertido en
homosexual! ¡Vivía con un negro! No lo entendía, a mí siempre me
había gustado el pescado, y ahora......... Por un momento me imagine lanzando
piropos a algún albañil descamisado: “que no me entere
yo que ese culito pasa hambre” y cosas así. Debía afrontar el
hecho y no esconder la cabeza como un avestruz. Pero ¿qué tenía que
hacer en estos casos con mi presunto novio?, ¿darle un beso? Esa opción me parecía repulsiva, pero dar la mano sería un protocolo frío y de ámbito comercial, y este
no parecía el caso. Me fijé en su mano izquierda y me pareció que
lucía un anillo como el mío. La posibilidad de que estuviéramos casados
me dejó helado.
Solo
habían pasado dos segundos y probablemente había reflexionado más
que Aristóteles y Platón juntos, o eso me había parecido a mí.
Debía aceptar mi condición sexual actual y no
podía comportarme como un racista homófobo, pero justo antes de hablar, oí una voz conocida desde el piso de enfrente, el 3º-3, y
todos mis recuerdos volvieron de golpe: “Javier, te estoy esperando
para cenar” dijo Claudia , mi novia. Entonces el piso equivocado era
el 3º-2, el de Robert, mi vecino y jugador del equipo de
baloncesto Estudiantes. Sin saber muy bien que decir delante del gigante, le pedí un sacacorchos, lo primero que se me
ocurrió para salir del paso.
Claudia
me preguntó para que quería el sacacorchos, pero ignoré
su pregunta y la abracé como lo hubiera hecho un pulpo, sondeando
todas las lineas curvas de su cuerpo hasta que se me
pasó el susto. Ese mismo día dejé mi trabajo y desde entonces
conservo todos mis recuerdos, no solo los buenos y reconfortantes, sino también los recuerdos
dolorosos y negativos, esos que utilizo como una brújula que me indica donde no ir.
Si el nivel de despropósitos avanza con la inercia actual, es posible que tengan razón los que dicen que con Franco se malvivía mejor. Si agudizamos los sentidos, podremos sentir como se acercan los tambores que
anuncian la llegada del pasado, podremos olfatear el sonido rancio del
narrador del Nodo en los cines de doble sesión y avistar a lo lejos la nube decibèlica que se eleva sobre los colegios de educación primaria
entonando el cara al sol. El Capitán Trueno defenderá la
dignidad y el honor, Elena Francis aconsejará sobre el amor casto, la
televisión emitirá en blanco y negro series de Bonanza y Crónicas de
un pueblo, los policías se apuntarán a la moda gris de primavera y las mujeres volverán a ser un cero a la izquierda,
La represión sexual se estrenará en un cine de Perpiñan, el sudor reseco viajará en los tranvías roñosos de los años sesenta y la semana santa nos
dejará sin música. Repicarán las campanas anunciando la misa
de doce y un pegajoso olor a incienso húmedo recibirá a los
feligreses para una nueva reprogramación. Crucifijos por doquier, figuras religiosas entre miradas iconoclastas y exorcistas expulsando a diablos:
”...yo renuncio a satanás...”. El
coche de Carrero volará sobre el cielo azul de Madrid, Franco nos deleitará con soflamas embaucadoras luciendo su voz de pito, distorsionando los recuerdos (de militar golpista a salvador de la patria) y anestesiando a la población con inyecciones de fútbol y toros.
Aún
haciendo un gran esfuerzo de empatía, no puedo comprender como alguien que cree en historias tan surrealistas como las que acarrea
la religión, esté empeñado en implantar esas creencias al resto de
los mortales de manera obligatoria, con lo que eso conlleva: adoración, sumisión, "....tu eres mi pastor, yo soy tu siervo", "por mi culpa..." y una larga lista de palabras más propias de un manual de prácticas sadomasoquistas. Ningún gobierno puede obligar a sus ciudadanos a aceptar una religión y sus normas mediante la fuerza o leyes impuestas. Replicantes azulados, vosotros podéis creer en lo que queráis, a mí me parece bien, así pues, dejarnos que nosotros creamos en el desembarco de alienígenas sobre Ganímedes, en la ciencia, o que no creamos en ninguna absurda doctrina engendrada por fumadores de opio.
¿Es tan difícil entender que la
política es una cosa y el credo de cada uno, otra? ¿No es más lógico y sencillo situar la religión en el ámbito privado sin
interferir en un escenario público y social? Todavía recuerdo como hace un montón de años, los que se confesaban ateos, no se casaban por la iglesia o no bautizaban a sus hijos, era mal
vistos o incluso marginados por los religiosos más radicales; ojalá que no volvamos allí.
Llamarme
raro, pero a mi me da que la monja de la foto, la de la nariz de perro perdiguero, está intentando olfatear clínicas abortivas clandestinas. Si esto sigue así, existe la posibilidad de que la masturbación sea declarada genocidio, vamos, que estamos jodidos. Políticos de doble moral, estáis legislando al dictado de barrigas orondas y de sotanas negras y fucsias, cada día hay más ojos abiertos y más gente cansada de manipulaciones. Es tiempo de cambio.
Entre chute y chute
podía hacer vida normal, hasta que la heroína le pasó factura. Los
picos perdieron su magia y solo eran útiles para aliviar el mono.
Hipólito estuvo veinte días debatiéndose entre la vida y la muerte en la UVI del Hospital de la Paz después de meterse un pico de heroína cortada con estricnina, y esa etapa de reflexión obligatoria le sirvió para desengancharse. Cuando le dieron el alta y como un acto automático de compensación, aumento
su consumo de alcohol, de anfetaminas y de cocaína, embarcándose en un
viaje enloquecido de viernes a domingo. El valium apenas le permitía
dormir unas horas hasta aparecer en su trabajo con ojeras de vampiro y una palidez que Michael Jackson ya hubiera querido para él.Su mujer lo convenció para que ingresara en un
centro de desintoxicación para politoxicómanos y consiguió
curarse de sus adicciones en menos de un año, pero él ya no era el
mismo ni su mujer tampoco, y un buen día ella se
marchó. Había dejado una nota pegada al frigorífico que decía:
“me voy de casa, esto no funciona”, pero él no podía entenderlo, el
frigorífico enfriaba de puta madre. Poco después se dio cuenta de
que se había quedado solo.
Ante tanta adversidad, Poli intentó rehacer su
vida apoyándose en una dieta vegetariana y en el deporte. Cada mañana corría durante dos horas, le daba igual que nevara, que fuera domingo o lunes, la salud era su nueva obsesión. Corría y pensaba en la cantidad de venenos que había ingerido cuando era adicto a la heroína, mientras respiraba a pleno pulmón el monóxido de carbono que vomitaba el tubo de escape del autobús de la linea 7. Se sentía orgulloso por haber derrotado a la cocaína, mientras le caía una fina lluvia ácida sobre la cabeza. Recordaba los dos años largos que llevaba sin probar ni una gota de alcohol, mientras reponía fuerzas comiendo una manzana con la piel llena de pesticidas. Cuando cruzó el río de aguas turbias que había junto a la central térmica, se encontró con una
serpiente que presentaba mutaciones extrañas en su ADN, tenía dos cabezas y en lugar
de cascabel usaba pandereta. Unos metros antes de llegar a su casa, cayó desplomado victima de un
paro cardíaco. El forense que realizó la autopsia, declaró que su muerte fue debida a la ingesta de sustancias tóxicas de procedencia indeterminada.
La Navidad siempre me ha parecido, como mínimo, una época arriesgada. Un periodo irreflexivo que nos transforma en actores secundarios dentro de la
parodia religiosa de la familia unida, entre gambas,
polvorones y un montón de alcohol. Durante estos días de botellón familiar, intentamos ser amables y generosos con los que están a
nuestro alrededor, como si esta representación nos diera derecho a
actuar de una manera menos comprensiva durante el resto del año. De manera progresiva, la fauna se va transformando y te puedes encontrar en plena cena con Martínez el
facha, con Santa Teresa de Calcuta, o con el cultureta gafapastas que
intenta venderte una película de Ingmar Bergman contra el aburrimiento.
Debido a la inercia, esa noche me encaramé en el techo y observé desde un plano astral la cena de Jesucristo y los doce apóstoles; la maría no era nada del otro mundo pero perdí el hilo de lo que decía mi interlocutor sobre marejadas, anticiclones, marejadillas y una presentadora de Telecinco. Yo acompañaba sus conjeturas con leves movimientos rítmicos de cabeza, aunque no me importaban ni un capullo sus delirios climáticos, y mientras se incorporaban
algunos tertulianos en tan interesante cháchara, pensaba en la teoría de la idealización
de los desconocidos, esas personas a las que otorgamos el beneficio de la duda hasta que intuimos que sus esquemas mentales y sus mecanismos automáticos pertenecen a la misma especie de homínidos, seres extraños e
imperfectos rodeados de problemas insolubles que están a medio camino entre el mono y el ser humano liberado, y como en una ley no escrita de
igualdad universal, antes de terminar la tesis de maduración descubrimos que todos chapoteamos en la misma balsa.
Después
de descorchar la enésima botella de cava, comencé a oír cosas como que "la realidad es una alucinación producida por la falta de alcohol", o que "la vida es
una barca, como dijo Calderón de la mierda". Era evidente que el
alcohol solapaba las ideas, y entre tanto desvarío que amenazaba con crecer indefinidamente, volví a deambular por realidades distintas montado en una voz en off que pedía con fuerza la aparición de un agujero negro que limpiara el escenario. En ese momento alguien dijo que en el estado de Colorado habían legalizado la marihuana para uso
recreativo y empezó a cundir el pánico entre el personal más ebrio y ortodoxo. Discretamente me levanté de la
mesa buscando la navidad y coincidí con ella en la cocina,
quedándome accidentalmente encallado entre el frigorífico y sus
pantalones vaqueros.
El vértigo que sientes cuando el coche patina levemente sobre una placa de hielo y rezas oraciones blasfemas para que no se desplace hacia ningún lado, lo he sentido cuando he leído el anteproyecto de la ley para la protección de la seguridad ciudadana que amenaza con fuertes multas a quien se manifieste pacíficamente sin permiso y otras cosas como esta: “Las
manifestaciones efectuadas a través de cualquier medio de
difusión cuya finalidad sean las injurias o calumnias a las
instituciones públicas, autoridades, agentes de la autoridad o
empleados públicos, cuando no constituyan delito..."(infracción grave: hasta 600.000€, leve: hasta 1.000 €).
Este regreso a las cavernas tiene un tufillo casposo que recuerda a otros tiempos, porque en pleno siglo XXI es como mínimo anacrónico que nos puedan sancionar por manifestar nuestra opinión "en cualquier medio", esto incluye a periodistas, redes sociales, blogueros y cualquier bicho viviente que hiera la
sensibilidad de las autoridades. Si esta escalada de derechización salvaje continua en progresión, no me sorprendería nada que en breve nos presenten un
anteproyecto de ley donde se ampare la tortura, eso sí, siempre por nuestro bien y con eufemismos como: "reeducación mental y física de los detenidos", o quizá vuelva la censura a su máximo esplendor sobrevolando nuestras
cabezas, con sus alas negras y su pico afilado, dispuesta a aterrizar a
las primeras de cambio, amenazando con azotar a cualquier perroflauta radical que se atreva a mirar a los ojos de las autoridades y a pensar por sí mismo.
Cualquiera que haya ojeado los artículos de esta desproporcionada ley de seguridad ciudadana, se tiene que preguntar cosas como: ¿Sabrá el gobierno algo fundamental
que nosotros ignoramos? ¿Temen un estallido social? ¿Existe una voluntad decidida para construir una pseudo-dictadura democrática? Sea
lo que fuere, la ley representa una merma de los derechos
ciudadanos, un recorte de las libertades a todos los niveles, excepto para políticos y banqueros, y un intento de cerrar la
boca a cualquier manifestante mediante una nueva herramienta donde los jueces quedarán al margen y los sancionados estarán en manos del político de turno o de la policía. Si se persigue a los vándalos que agreden y rompen escaparates, no se entiende el afán de ampliar el radio de acción de la ley hasta aquellos que con su presencia o sus palabras manifiestan una disconformidad de manera pacífica. Quizá hubiera sido más adecuado dirigir esta ley hacia algunos elementos descontrolados de las fuerzas de seguridad de porra fácil o de miembros de la administración que con sus comportamientos chulescos azuzan el clima de confrontación. Es decir, la ley viene a decirnos que si no estamos de acuerdo con las medidas impuestas por los bancos o las autoridades, no debemos manifestarnos porque entonces nos puede caer todo el peso de la ley y algún par de porrazos. Pagar impuestos, votar y
callar, es lo que "ellos" nos proponen. A pesar de ser un agnóstico tirando a ateo, rezo todas las noches y cuento las bolitas del rosario como si de un bingo religioso se tratara para que la ley definitiva de seguridad ciudadana no sea de carácter retroactivo, porque si es así, más de uno tendrá que ir borrando contenidos "inapropiados" que ha vertido en la red, como yo mismo. Para que voy a negarlo, antes me divertían las apariciones de los políticos, era como ver un trailer de una película de los hermanos Marx, con ese humor tan absurdo y surrealista, pero ahora tengo pesadillas provocadas seguramente por el dichoso borrador de la ley de
seguridad ciudadana. Sueño que el sistema político se cae a pedazos, que los seguratas nos detienen a su criterio, que el gobierno compra camiones cisterna antidisturbios, como en tiempos del blanco y negro. En mis pesadillas aparece, como no, el ministro Montoro amenazando con desvelar las vergüenzas financieras de los medios de
comunicación no afines a su credo. Y también aparecen en mis sueños peticiones surrealistas, como que para tocar música en las calles de Madrid, la Botella exige un casting. Pero cuando despierto y compruebo que las pesadillas permanecen en la realidad ordinaria, siempre me
acuerdo de mi amiga Paca, Paca Garse.
La urbanización
de Amelia consta de tres bloques de diez plantas cada uno. Hay dos
cámaras de vigilancia por bloque y ocho para zonas comunes, y las catorce
cámaras las puede ver en su televisor como el resto de canales de televisión. Si realizáramos un sondeo sobre el share de estos canales en la comunidad de propietarios,
seguramente estaría en segundo lugar, muy cerca de los reality
shows de Telecinco.
Amelia pasa la mayor parte de su tiempo intentando conocer la vida y desventuras de los demás, y ahora está
esperando que llegue Jon, su nuevo vecino, para averiguar algo más sobre él.
La última vez vino acompañado por una pelandusca que parecía estar
borracha. ¡La que armaron! Y lo peor, todavía no sabe de donde saca el dinero, porque apenas sale de casa y se pasa todo el día pegado al ordenador.
Jon llegó a su casa
después de desayunar, sacó las llaves, y a pesar de que a veces no
advierte ni el estruendo de una bomba, oyó un sonido casi
imperceptible que ya había etiquetado anteriormente, era la mirilla
de la vecina de enfrente, de Amelia. Antes de cerrar la puerta,
levantó la mano enseñando sus dedos indice y meñique a modo de
saludo heavy y sacando la lengua hasta la campanilla le regaló la mueca más horrorosa que pudo. La
mirilla se cerró súbitamente.
Jon Noriega es un
detective privado, pero no vigila a la gente ataviado en una
gabardina y con gafas de sol, él es un hacker y espía por
Internet. Es un trabajo arduo y rutinario, y para desengrasar y como hobby, entra en todos los ordenadores que quiere, para
fisgonear, para hacer travesuras y enterarse de como funcionan las
vidas de los demás, de hecho, tiene en el escritorio de su ordenador un archivo con el que puede visualizar la cámara web de su vecina Belén. Hackear las cámaras web
es uno de los trabajos espías más sencillos que uno puede imaginar. Con unos conocimientos básicos de informática y un mínimo
contacto con el ordenador de la víctima, lanzamos un troyano mediante un email, el Flux
o el Nuclear Rat por ejemplo, y ya podemos ver y grabar durante las veinticuatro horas del
día la cámara en cuestión. Jon lleva más de tres largos meses espiando a Peter Green y está a punto de provocar un terremoto político de consecuencias imprevisibles.
Peter Green es el embajador estadounidense en España. Está casado, tiene dos hijos
adolescentes y fama de ser ultra religioso, homófobo y
políticamente reaccionario. Green en realidad es un espía, como casi todos los embajadores. Ha conseguido información
sensible sobre políticos y banqueros españoles que ya ha mandado a
Washington para facilitar la presión y ayudar a los intereses americanos en España, pero Jon le ha seguido la pista y en unas semanas el chantaje del embajador será publicado en los periódicos más importantes del mundo. Por cierto, Green tenía escondida una revista de Barazoku en una carpeta del ordenador, y es que le pasa a todos los
diestros, su moral nunca es acompañada por sus instintos sexuales.
Quizá estamos demasiado ocupados intentando evitar que políticos y banqueros nos roben hasta la dignidad y no le damos importancia al hecho de estar vigilados por miles de cámaras y dispositivos móviles. Cada vez que salimos a la calle, cuando pagamos con
tarjeta, cada pregunta que le hacemos a google y cada vez que
encendemos nuestro smartphone, estamos dejando huellas indelebles
en discos duros tan lejanos y profundos como el océano Pacífico. De seres anónimos, pasaremos a protagonizar el papel principal del Show de Truman, el deseo oculto de más de uno. Algunos piensan que esos puntos brillantes que a veces recorren el cielo pueden ser ovnis o aviones militares, pero no, son satélites espías. En condiciones óptimas podemos verlos a simple vista, son los nuevos satélites NGEO (Next Generatión Electro Optical). Leerán nuestros
labios, detectarán nuestra presencia en nuestra propia casa con sus cámaras térmicas y rebañarán hasta la
última gota de nuestra intimidad. A partir de ahora sería conveniente salir de casa pulcros y presentables por si estamos siendo grabados, y si es posible, vamos a evitar rascarnos la bragueta. Que nadie piense que esto va a ser otro Gran Hermano, será el nacimiento del nuevo dios, el omnipresente, el que todo lo ve.
La
ultima vez que estuve en en Barcelona con motivo de la Fira, me alojé
en un hotel cercano para no tener que utilizar el coche. Después de
cenar con los colegas de profesión y tomar algunas copas, me dirigí
al hotel entre las estrechas y oscuras calles del centro de
Barcelona. Voluntariamente desorientado, absorbí el aire de las
calles y me mezclé con el enjambre multicolor de las Ramblas. Cuando
estaba a punto de llegar, vi como se acercaba corriendo un individuo
con gorra y una porra en la mano. Sin presentaciones previas y
levantando un tubo metálico, me dijo con los ojos
desorbitados:
- Dame
la cartera y el reloj o te doy un palo que te dejo tieso. Rápido!
- Joder,
que susto, por un momento creí que era un mosso de escuadra – le
dije aliviado.
- Oiga,
me insulta con esa insinuación, yo no voy pegando palizas por ahí,
soy un delincuente honrado que se gana el pan con el sudor de su
frente – contestó airado.
- No
era mi intención ofenderle, señor......delincuente, pero ya sabe que
hoy en día nadie puede estar seguro por la calle. Bueno, estará muy
ocupado y no quiero hacerle perder más tiempo, aquí tiene la cartera y el reloj, y por cierto, tengo que confesarle que nunca me
habían atracado tan profesionalmente – Este último halago le hizo
bajar la guardia.
- Aguánteme
el palo que me voy a probar el reloj – me dijo el atracador
guardándose
mi cartera en el bolsillo trasero de su pantalón
mientras miraba fascinado el Lotus. En ese momento vi la oportunidad
para recuperar mis pertenencias, me lo puso a huevo.
- Lo
siento señor delincuente, devuélvame lo que me ha robado o le abro
la cabeza - le hablé con firmeza mientras levantaba amenazante el tubo de hierro.
Me
miró aturdido durante unos segundos sin entender muy bien el cambio
de papeles, hasta que oímos un ¡alto!, eran dos mossos de escuadra
que se acercaban. El delincuente me quito el tubo de hierro, lo tiro
entre dos coches y me dijo que me fuera por la calle de la izquierda
que él se iría por la derecha. Me deseo suerte y me dijo que si
necesitaba algo que fuera al barrio del Raval y preguntara por él, pero no no pude entender su nombre porque su voz se iba distorsionando por el efecto Doppler a la misma velocidad que se alejaba mi cartera y mi reloj. Salimos corriendo a ritmo de cien metros libres a pesar de que los mossos no corrían, decidieron no dividirse y nos dejaron escapar. Cuando vi que no me seguían, mi cerebro empezó a funcionar y me pregunté por qué corría, y esa pregunta fue dura. No había hecho absolutamente nada, solo era la víctima de un atraco, y además, estaba sin dinero ni documentación. Corría y corría sin notar el menor cansancio, quizá porque la adrenalina había salido de sus depósitos y no quería perderse lo mejor de la película.
Me dirigí al Raval por la Avenida del Paralelo y durante
mi carrera aparecieron por mi mente preguntas extrañas que no
esperaban respuesta, quizá solo buscaban desfilar en el teatro de la consciencia a lomos de unas cuantas miles de neuronas: ¿De quien huimos? ¿Quienes son
nuestros enemigos? ¿Por qué desde hace unos años me duelen las
rodillas? Incluso aparecieron intercalados ese tipo de pensamientos vacíos y
edulcorados que acaban subiéndose en la canción de un
anuncio de patatas fritas.
Ese sábado por la
mañana estuve haciendo gestiones telefónicas, mandé por email un montón de curriculums y me pateé todas las tiendas de la calle Mayor sin éxito. Después de tres años sigo en paro, sin un trabajo
estable y sin ninguna perspectiva para conseguirlo a corto plazo, y además, tengo que templar mis nervios cada vez que veo por televisión al ministro `Montoro Sex
Pistols´ asegurando ver la luz al final del túnel, pero la verdad es que nunca le
he hecho ni puto caso. Creo que este tío toma mucha
medicación, se le nota en la voz y en las tonterías que dice un
día sí y otro también. La realidad a pie de calle es otra, está
llena de cadáveres andantes, de tiendas cerradas, de carteles que se venden y de una falta de ilusión que no recordaban ni los más viejos
de la ciudad, de esta ciudad donde los carros de Mercadona llenos de chatarra atascan la circulación en
las calles mientras sus nuevos dueños escarban en los apestosos
contenedores de basura.
Nubarrones negros planean sobre nuestro futuro, sí, pero por lo menos ese sábado nos consolamos viendo el partido Barsa-Madrid: birras, whisky y Mary Jane. Las risas acompañaron la locura
del gol y también las maldiciones blasfemas cuando el gol era en contra, pero
aunque quisimos ocultarlo, nuestras miradas delataban desesperación, y es que el opio del pueblo solo es un escondite transitorio. El partido de fútbol no fue mi único consuelo, esa noche
nos daban una hora y esa si que era una gran noticia. Damián decía
que solo era una devolución de la hora que nos
habían quitado en abril, pero a mí me daba igual, a las tres de la madrugada las agujas del
reloj volverían a marcar las dos en punto. Retroceder en el tiempo entra en la categoría de la magia y debía pensar con
celeridad lo que iba a hacer durante esa hora.
Pensé que durante esa hora regalada, un baño
nocturno en la playa podría ser una buena idea. El día anterior habíamos llegado a los veintinueve grados, podía nadar mar
adentro durante media hora para volver viendo las luces de la ciudad rebotando en el agua hasta chocar en mis ojos, sería una experiencia excitante y única. O quizá podía jugarme en el casino los últimos
cinco mil euros que me quedaban. Sincronizaría las vibraciones de la
ruleta con mi respiración y en el ultimo minuto de esa hora me lo
jugaría todo a un número, esperando ansioso que los giros
contrapuestos de la bola y la ruleta coincidan en el 10 negro. Un río de adrenalina derraparía
por las curvas de mis venas, y si acertaba, solucionaría durante un par de años mis problemas económicos, sin sudores nocturnos ni pesadillas con los ministros
del PP. Pero no quería ocultar la realidad, estadísticamente tenía muchas más probabilidades de acabar en la ruina total. Mi futuro
dependería de una bolita caprichosa, aunque pensándolo bien, siempre dependemos de factores externos que no podemos controlar, o dicho de manera bucólica, solo somos hojas de otoño a merced del viento.
Descarté todas
esas peligrosas opciones y quedé con Claudia a las tres de la
madrugada. Le dije que era una sorpresa muy especial, que cuando cerrara el pub viniera corriendo a mi casa, pero
no quise decirle que el motivo de la sorpresa era que nuestro gobierno nos había regalado una hora
coincidiendo con el cambio de horario, porque Claudia es un poco rara
y seguramente no lo hubiera entendido. Me gasté más de doscientos euros en dos
latas de caviar de Beluga y una botella de Moet Chandon, la ocasión
lo valía. Apagué las luces de la terraza del ático, quedando únicamente alumbrada por la luz pálida de la luna y de algunas estrellas en blanco y negro, y de fondo sonaba
la trompeta de Miles Davis tocando el
Autumn Leaves. Todo estaba ya preparado, estaríamos follando en la
tumbona toda la hora, como si el mundo fuera a explotar en mil
pedazos al finalizar esa hora extra.
Antes de continuar
con mi relato quiero aclarar la utilización del verbo follar. Hay gente que considera malsonante esta palabra para describir el acto sexual, pero debo decir en mi descargo
que he rechazado utilizar eufemismos porque me parecen mucho más
radicales y ofensivos que el verbo inicial. Vamos a ver:
Hacer el amor: Como
la realización de un trabajo manual llamado amor no está mal, pero
esta expresión no tiene ni un gramo de pasión, pues bien, a la
mierda con hacer el amor.
Joder: Incluye connotaciones agresivas que no refleja el respetuoso verbo
follar, también lo deseché.
Yacer: Si utilizamos este verbo muerto, inevitablemente se enfriarán nuestros ánimos: “¡vamos
a yacer!” Si alguien lo ha utilizado temerariamente o por error, es
mejor que la fiesta la deje para otro día, además corre el riesgo
de que lo tomen por necrófilo.
Fornicar: Un verbo
que resuena a pecado original por todas partes, ¡y por dios!, no podemos empezar
una buena faena de esta guisa.
Mantener relaciones
sexuales: Una frase impertinentemente larga, carente de alma e
inapropiada, o copular, que recuerda a el apareamiento de las
hormigas tibetanas.
En la jerga de a pie,
tenemos una gran cantidad de expresiones plebeyas que también he
desechado porque intentan sustituir, sin la categoría necesaria, al
auténtico verbo follar: pegar un polvo, acostarse con,
echar un kiki, meterla en caliente, zumbar,
ponerla mirando a Cuenca, chingar, etc, etc, etc.
Una vez aclarado
este contencioso lingüístico, vuelvo al relato de los hechos: ......una hora gratis es un botín. Seguramente cabría la vida entera de la tierra, desde que era solo una simple mezcolanza de materias
desechadas por el sol, hasta el día que volvamos a reunirnos con nuestra estrella en el panteón estelar de la vía láctea. Una voz desde la
calle interrumpió mis pensamientos espaciales, me acerqué corriendo a la
terraza para ver si era Claudia, pero en la semioscuridad no calculé bien el impulso y
durante unas décimas de segundo interminables fui deslizándome
lentamente hacia el exterior hasta caer. Seguramente el miedo y la desesperación consiguieron que me pudiera agarrar a la barra metálica del toldo del piso de abajo, y después de un balanceo, rompí el cristal de la terraza acristalada con los pies y entré en el salón de mi nuevo vecino al que no conocía de nada,
pero para mi desgracia era policía y no creyó que fuera su vecino
ni tampoco se explicaba por qué había entrado en su casa sin llamar. Le
relaté paso a paso la caída, le dije que no tenía la documentación encima porque estaba en mi piso, pero las llaves también estaban allí. Todos mis intentos fueron infructuosos, pero tampoco podía esperar un índice elevado de comprensión por su parte,
era un policía. Me esposó y me llevó personalmente a comisaría.
Antes de salir del edificio me encontré con Claudia, y su cara pálida como la tiza al verme esposado añadió más zozobra a mi estado ya muy agitado. Le dije que era un malentendido, que no se preocupara y que llamara a
mi abogado. Le aseguré que en media hora estaría en casa, pero ni ella ni yo creímos en mi afirmación. A las tres de la
madrugada que volvían a ser las dos por el cambio horario, ingresé
en una celda común de la comisaría. Esa hora que en un principio
iba a ser inolvidable, la iba a pasar con tres maleantes, soportando
el hedor que residía
permanentemente en la celda, y como paradigma de la pintura naíf,
nos acompañaban las numerosas zurraspas y versos peregrinos que
decoraban las paredes de la celda. Empecé a desmoralizarme y pensé
que los momentos anodinos y de poca calidad no debería ser vividos.
Estaba dispuesto a pedir la devolución de la hora, como esos regalos
siniestros que a veces recibimos y no sabemos como quitárnoslos de
encima, hasta que entablé conversación con mis colegas de celda y a
los pocos minutos estábamos debatiendo apasionadamente,
intercambiando nuestras distintas maneras de ver el tinglao, y todos
mis prejuicios sobre ellos se derrumbaron. Fue una experiencia
intensa y surrealista, todavía recuerdo las risas flotantes y los
lazos que se formaron durante esa hora mágica hasta que vino mi
abogado y a regañadientes abandoné el calabozo, no sin antes
intercambiar los números de teléfono. Hoy todavía nos vemos de vez en cuando para organizar algún que otro trabajo, pero eso ya es otra historia.
Volver a la civilización es zambullirse en un mundo dinámico, vertiginoso y permanentemente cambiante. Todo es diferente con el paso del tiempo, pero el sol siempre es el mismo. Una explosión silenciosa nos aniquila lentamente y es posible que en un momento de lucidez veamos sus efectos, correremos el velo y descubriremos a millones de pilotos en sus naves espaciales lanzando desesperados maydays, y en el rostro de los mayores veremos con nitidez el dolor y la soledad que han acumulado durante años y que sus escasos momentos de felicidad no han podido neutralizar. Han sido derrotados por el tiempo.
Observo con resignación como desaparecen los sueños y los ideales, como el paso del tiempo en lugar de hacernos más sabios y tolerantes nos esclaviza todavía más a un mundo material y descubre nuestros instintos más básicos. Desearía negarlo, pero adivino en las canas infiltradas, en las arrugas traicioneras y en las tripas henchidas, la bandera blanca de la rendición. Otra generación vencida por el tiempo.
La maison en petits cubes es un entrañable cortometraje que refleja de una manera sutil las etapas de la vida desde un enfoque retrospectivo. Realizado intencionadamente en dos dimensiones, utiliza el agua como una alegoría del tiempo, las plantas del edificio como la lucha por la supervivencia y la inmersión en el agua como un recorrido nostálgico y sereno por los recuerdos. Este corto es un constructor de sentimientos, es fácil comprobarlo.
Mario se licenció en
marketing, publicidad y ciencias de la comunicación a los veintitrés años, siendo el numero uno de
su promoción. Estuvo doce años trabajando en las mejores compañías de Europa, colaborando en importantes spots
publicitarios de compresas voladoras, detergentes que blanqueaban tanto que producían cataratas, cervezas que eran el paradigma de la amistad etílica con responsabilidad y latas de refrescos con cuarenta gramos de azúcar (sin mencionar los cien miligramos de cafeína pura). Hasta ese momento había hecho magistralmente lo que le habían pedido, manipular neuronas inconexas. Siempre estuvo limitado por sus jefes y por las empresas anunciantes que querían campañas publicitarias prácticas que produjeran ventas, al margen de la ética y la estética del anuncio, pero él sabía que su verdadero potencial estaba esperando una oportunidad, podía crear arte y vender sin manipular, con buenos productos y empresarios honestos. Esto último era ciertamente bastante difícil, pero él lo tenía que intentar, aunque tuviera que volar quince horas hasta Tokio.
Una gran empresa tecnológica Japonesa le
dio carta libre para realizar una campaña
a nivel mundial, no en vano, Mario era en ese momento uno de los
publicitarios más cotizados del mundo. De Tokio voló a San Francisco, compró un cuarto de millón de pelotas de goma, dispuso de los mejores profesionales y medios técnicos del momento y dirigió una obra de arte para televisión e Internet de
poco más de dos minutos. Como en el estreno de la ópera prima de un director de cine, su anuncio tuvo excelentes críticas, pero inexplicablemente fue
retirado de manera prematura por la empresa anunciante aduciendo un pobre impacto en el potencial cliente. Un anuncio que
apuntaba a la fibra sensible y al corazón del cliente, pasó totalmente desapercibido.
La multinacional japonesa le pago casi un millón de dólares y canceló unilateralmente el contrato. El impacto de esa
decisión desestabilizó de tal manera a Mario que abandonó momentáneamente su
profesión y se sumió en un peligroso viaje interior durante más de un año, buscando una explicación coherente a lo que había sucedido o quizá intentando encontrar una motivación que le hiciera
arrancar del punto muerto en el que se encontraba. Con casi cuarenta años se encontraba saturado, agotado, no quería crear más basura para un
prototipo de consumidor manipulable que devoraba felizmente toneladas de mierda impecablemente presentada y envuelta con un hermoso lazo. No sin esfuerzo, su mujer consiguió convencerlo para que recibiera
ayuda y saliera de esa profunda depresión en la que había caído. Y ya tumbado en el diván, un psicoterapeuta con las gafas de John Lennon intentó que viera la luz y le dijo que debía adaptar su visión de la vida a la realidad y no al revés. Antes de acabar, Mario se levanto, le pagó la sesión y le preguntó si esa frase era suya o la había leído en un libro de autoayuda.
Viajó directamente a Illinois y a los tres meses estaba dirigiendo la campaña más ambiciosa que hasta el momento se había realizado, la del gigante de las hamburguesas. Y triunfó por todo lo alto. Gracias a esa campaña, la empresa rebasó en los cinco continentes la cantidad de 25.000 establecimientos. Mario ganó tanto dinero que le permitió retirarse definitivamente de la actividad publicitaria y se dedicó a denunciar los abusos que cometían sus antiguos clientes, las empresas multinacionales, y a escribir artículos sobre las técnicas de manipulación de la publicidad en las revistas más prestigiosas del mundo. Posteriormente la empresa de hamburguesas fue denunciada, junto a otras multinacionales del sector de la alimentación, por originar con sus productos daños irreversibles en las arterias de sus clientes y
convertir en obesos a una gran parte de sus consumidores. El final
de aquel famoso spot publicitario de hamburguesas lo cerraba un eslogan que decía algo así
como: “me encanta”. ¡Hay que joderse con los publicistas! Un día de estos nos anunciarán misiles nucleares para instalarlos en el jardín, por nuestra seguridad, por supuesto.
Dicen que existen unas barreras entre generaciones que se forman como los arrecifes de
coral y día a día las sedimentaciones construyen muros invisibles.
Carmen llevaba unos meses trabajando con nosotros, era guapa, extrovertida y sobre todo muy joven. Durante la interminable comida de navidad con los compañeros del banco y antes de los postres, decidimos escaparnos a un bar de copas cercano para fumarnos unos cigarros, y pongo a dios por testigo que no había por mi parte ninguna intención deshonesta en ese encuentro al más puro estilo Lost in Translation.
En la terraza del bar me pidió mi dirección de twitter mientras tecleaba algo en el smartphone a una velocidad de vértigo. Le contesté que no tenía y en su cara aparecieron signos de incredulidad. Empezamos mal y para romper el silencio que se había creado, saqué el asunto de los políticos corruptos que habían arruinado el banco. Su respuesta me hizo abrir levemente la boca: "la política nunca me ha interesado, pero voto a los conservadores para que los zánganos no se aprovechen del trabajo de los demás". ¡Vaya por dios! Se declaró una apasionada del cine, y analizando sus filias y sus fobias cinematográficas me di cuenta de que
todas sus predilecciones se situaban sistemáticamente en el siglo XXI. No
le gustaban las películas de Woody Allen porque le parecían especialmente paridas para gafapastas introvertidos: ".....y
además, un tío que se ha casado con su hija......¿qué se puede
esperar de él?” Yo le dije que tenía razón, intentando crear cierta empatía. Le hablé de `Réquiem por un sueño´ y antes de acabar me dijo que las películas de yonkis le parecían repugnantes. Otro pinchazo en hueso, y sin darme ninguna tregua me bombardeó con historias del flickr, el mp4, las series de Antena 3, el myspace, el tuenti y la última película de Justin Timberlake, y sin entender muy bien lo que me decía, me sentí igual que una monja de clausura viendo un desfile de carrozas del orgullo.
Pensé que las películas de
ciencia ficción podrían ser el primer punto de encuentro y antes de confesarle mi fascinación por Blade Runner, me dijo que esa película pertenecía a la prehistoria y que le molaba más el Lobezno del Jackman. Dirigí la mirada al cielo para recibir indicaciones divinas y cambié de tercio con una película bélica: `Apocalypse Now´, pero el nombre le sonó a chino.
Mi empeño por
reducir nuestra distancia generacional estaba resultando un fracaso y probé en el terreno de la música, constatando que ella lo tenía muy claro: “Me encanta oír los 40 Principales y creo que
El Canto del Loco ha tocado la cima de la música, el mismo día que sacó su último disco fue trending topic", dijo Carmen preguntándome por el tipo de música que me gustaba a mí. Oculté mi desconocimiento sobre los nuevos términos de audiencia y mi nulo interés por determinado pop actual y le dije que me gustaba todo, desde Joni Mitchell hasta José
Gonzalez. Me miró como si hubiera blasfemado y me contestó con bastante sorna que José Gonzalez le
sonaba a un mariachi y que yo era el segundo que ella supiera, además
de su madre, que le gustaba Joni Mitchell. Solo se me ocurrió decirle que su madre tenía muy buen gusto, pero me acordé también del resto de su familia.
Con cierto nerviosismo miramos el reloj al mismo tiempo mientras pagaba las copas. En ese momento vino a mi memoria una canción de Steely Dan que relataba la primera y única cita entre un músico de jazz que había pasado de los cuarenta y una veinteañera, y en la que ambos fueron incapaces de intercambiar un par de frases con sentido.
Sin apenas darme cuenta y arrastrado por la inercia, convertí mis principios fundamentales en certezas absolutas y en dogmas inamovibles, pero al escudriñar detenidamente esas certezas desde otras
perspectivas, he acabado encallando en una zona rocosa entre la duda y la confusión. Ahora contemplo aturdido como se han erosionado todos los pilares que mantenían hasta ahora mi frágil mundo artificial. Este sentimiento circular me ha situado en el punto de partida, una vez más.
Sin opciones ni alternativas, he apostado por dar el control de la situación a mi departamento de dudas para que se encargue de interrogar a los representantes de la ortodoxia y de los conceptos lógicos e irrefutables. Nada es como parece ser. Dudo de místicos y ateos, de la existencia del alma y de sus señorías los asesinos de sueños; desconfío de
los bondadosos por omisión, de los pecadores por afición y también de mis siete máscaras.
Mis recuerdos tampoco se salvan del banco de pruebas de la duda. Pulsé el play y apareció aquella pareja de recién casados desayunando en la
terraza del hotel de Playa Sant Pol, muy temprano, cerca del mar y disfrutando de la sensación de libertad que les
daba el todavía tímido sol asomando por esa enorme ventana azul por la que, entre nubes caprichosas, se colaba el universo. Entre sorbos de café, la charla se mezclaba en una proporción perfecta con el traqueteo de las piedras torneadas por el mar y arrastradas al ritmo que imponían las olas.
Me sentí exultante subido en aquel recuerdo, como el que descubre una nueva estrella semioculta entre la nebulosa. ¿Sería fruto de mi imaginación? Retomé el hilo y los recordé riendo como niños hasta caer al suelo jugando a provocar la risa
del otro, mirándose fijamente y empleando el viejo truco de bizquear los ojos. Hay mucha gente que es feliz sin saberlo, acaso lo intuyen, pero la felicidad de alta intensidad pasa tan rápidamente que solo son conscientes cuando ven esa felicidad plasmada en el recuerdo. Si la sabiduría fuera una de mis virtudes, miraría la vida con los ojos de un niño, con la única expectativa de navegar sobre las veinticuatro horas que me presta el día.