13 de abril de 2014

Enemigo mio



         No hay nada que nos una más que un enemigo común, no importa si el enemigo es injusto o lo somos nosotros. Unidos ganaremos las elecciones, recuperaremos nuestra tierra, aplastaremos a los herejes con la bendición de dios, nos vengaremos de ese o de aquel sin piedad, y todo lo que se nos ocurra, pero lo más importante es tener un enemigo. Nos da igual que sea un enemigo terrible, cruel, sanguinario, cercano, o quizá un enemigo imaginario y abstracto, cualquiera es bueno. ¿Qué sería de nosotros sin enemigos?, no lo quiero ni pensar. No puedo imaginar a una suegra sin el bala perdida de su yerno, al Barsa sin el centralismo del Real Madrid, a los americanos sin el peligro atómico de los rusos, a los gatos sin las torpes embestidas de los perros, al trabajador sin el yugo del empresario, ni a Dios sin la desenfadada concupiscencia de Satanás.     
                                                                                         
Podríamos hacer una lista de nuestros enemigos y si todos ellos fueran abducidos por una nave extraterrestre, por esas cosas del destino, posiblemente poco después aparecerían otros ocupando el lugar de los anteriores. Ante este escenario me atrevería a decir que la lucha contra nuestros enemigos no nos solucionaría ningún problema, es más, gastaríamos inútilmente unas energías que podríamos utilizar en otras cosas más placenteras como por ejemplo hacer el amor y no la guerra, que ya lo dijo Aznar; entonces, ¿donde está el problema?  Seguramente si miramos hacía adentro y deshojamos las capas que nos impiden ver, aparecerá la respuesta. 

Sartre acuñó la frase de "el infierno son los otros", intentando explicar las limitaciones de nuestra libertad por los otros, por las leyes y las normas que nos prohíben y nos marcan un camino obligatorio. Sería pretencioso contradecir a Sartre, pero añadiría que ese infierno, el otro, el enemigo, es una proyección de nosotros mismos y una escenificación de nuestro miedo hacia lo exterior. Si aceptáramos esta hipótesis, la confrontación contra el enemigo sería un error; debe haber otra manera de actuar en la que no haya vencedores ni vencidos y que nos permita converger en un mismo camino, y únicamente nuestra comprensión nos puede llevar hacia él. 

Un gran reto para superar el síndrome del enemigo es sin duda la convivencia con nuestro enemigo íntimo, con nuestra pareja. Cuantos factores deben encajar para que una relación de pareja no sea un infierno y cuantas batallas silenciosas debemos disputar y ganar, como la de reactivar nuestra curiosidad por todo lo que nos rodea, la necesidad de acrecentar nuestra consciencia para conquistar lo invisible y el adiestramiento para domesticar nuestro orgullo y dejar de defender a capa y espada el honor de ese impostor que siempre sale muy poco favorecido en las fotos del carnet de identidad, y todo esto hay que hacerlo por duplicado. Es una verdadera prueba de fuego.

 No lo entiendo, juro que antes de que se colara este tratado de filosofía barata con reminiscencias de Elena Francis, iba a contar por qué Pancho, mi gato, estaba interesado por el estado de salud de mi perro Diego, pero bueno, creo que la sangre no llegará al río. Un día de estos les invitaré a comer, porque no existe casi nada que no se pueda solucionar sentados frente a una mesa, sin mucha luz, con un poco de charla tranquila y una copa de vino.

25 de marzo de 2014

Cucharadas de limón

       

        Cucharadas de limón se mezclaban con el deseo blanco, bajo un cielo mojado que observaba minuciosamente los grilletes que esclavizan a los ángeles caídos. Ella vino del frío siendo todavía una niña, de una tierra donde el sol es extranjero, sin protección, tan frágil, tan vulnerable, tan pálida y tan flaca, vendiendo jirones de piel a cincuenta euros el completo.   

        La providencia siempre le fue esquiva y el destino la volvió a herir, esta vez accediendo a su deseo de conocer las profundidades del alma a través de grutas mugrientas y de las estrechas galerías del conocimiento envenenado.
El lago onírico, donde los sueños sueñan con la dama negra, la envolvió en la más absoluta oscuridad, y detrás de una noche vino otra. Las cuerdas que sostenían sus latidos se rompían lentamente mientras los buitres volaban sobre ella, pero un buen día salió el sol.   

        Agitando su plumaje anaranjado, renació de sus cenizas como el Ave Fénix para recomponer todas las piezas del puzzle esparcidas sobre su soledad. Al fin y al cabo ella solo es una flor que ha crecido entre la basura, como todas las demás, pero vuela por encima de las que mirando hacia arriba la desprecian. Ahora, la dignidad juega con su pelo rubio y su sonrisa ilumina la cara oculta de la luna.


16 de marzo de 2014

Problemas de comunicación


        No desvelamos ningún secreto si decimos que siempre hemos tenido problemas de comunicación por las diferentes interpretaciones que hacemos de una misma palabra, de una frase o de una mirada; cuantos malentendidos y cuantas guerras se podrían haber evitado si comprendiéramos lo que nos quiere decir el otro........ o la otra.

        Lo mismo podemos decir de la comunicación con los extranjeros, esos que hablan lenguas extrañas, como por ejemplo el inglés. Las malas lenguas confirman que ostentamos el dudoso honor de hablar el peor inglés de Europa, y nuestros políticos y otros personajes siniestros nos lo demuestran a diario. Una completa encuesta realizada a tres personas, nos revela información importante sobre lo que piensan los españoles al respecto: dos de los encuestados proponen cursos intensivos de español a los ingleses que visiten España, y el último cree que los que hablan ingles se lo inventan.

        De aquellos polvos vienen estos lodos, y es que todavía recuerdo a Botín, el presidente del Banco de Santander, hablando como un Sioux ante los inversores internacionales, o a Aznar, que no se conformo con maltratar el idioma de los hijos de la Gran Bretaña, sino que intento inventar el idioma tejano con aquel inolvidable “estamos trabajando en ellooo”, y si alguien podía mejorar la linea marcada por el expresidente, esa persona estaba en casa. Ana botella mejoró esa perla de Aznar, y vaya si lo logró; la habilidad con el inglés es algo que le viene de familia y presentando la candidatura olímpica de Madrid, la lió parda con el famoso “relaxing cup of café con leche”. 

        Oír hablar ingles a los presidentes Zapatero y Rajoy es una sensación muy fuerte; esos balbuceos en spanglish, más que risa, ponen los pelos de punta. Pero todo tiene un límite y una nueva generación viene a redimirnos del desastre lingüístico. Nuestros jóvenes pronuncian el inglés como nadie (yoniualquer, pleiesteison o feirbu), y que decir del dominio de este idioma por nuestros futbolistas internacionales: “...de vol tu mi......”

2 de marzo de 2014

El borrador de recuerdos


        Hace quince años que iniciamos la investigación sobre el deterioro de la memoria y el síndrome de korsakoff, y gracias a los importantes avances que conseguimos, una empresa privada, la Clínica Borsay, se fijó en nosotros y así acabo nuestra precaria situación económica de becarios. Comencé trabajando junto al doctor Martín, tratando problemas crónicos de memoria con cobayas humanas mediante terapias electroconvulsivas, una técnica que utilizaba descargas eléctricas y que dejó como un vegetal a más de uno. Eran daños colaterales necesarios hasta llegar cinco años más tarde al definitivo TEC, un sistema borrador de recuerdos que nos permitía ver en la pantalla de un ordenador las secuencias de la memoria del paciente con nitidez y en riguroso orden cronológico. Podíamos borrar episodios no deseados e insertar nuevos recuerdos, construyendo por un módico precio el nuevo pasado de nuestros clientes. 

        Tuvimos que borrar secuencias horribles en las neuronas del hipocampo de los clientes: violaciones, asesinatos y todo tipo de sufrimientos físicos y psicológicos, pero después de una sesión de apenas dos horas con impulsos radioeléctricos sobre la zona seleccionada de la corteza cerebral, devolvíamos a la sociedad a individuos sanos y felices. El lanzamiento del TEC fue todo un éxito, pero con los primeros clientes comenzaron a aflorar extraños efectos secundarios, como con Malena, victima de malos tratos cuando era una niña. Le insertamos recuerdos de un mundo feliz, pero ella nunca fue capaz de adaptarse a la cruda realidad. Al cabo de unas semanas intentó suicidarse y fue recluida en un centro psiquiátrico.


        Bertrand, un administrativo de ocho a tres, nos pidió que borrásemos su aburrida vida de rata de biblioteca. Él quería acción y vaya si se la dimos; le suplantamos sus recuerdos por unos en los que su vida estaba llena de aventuras arriesgadas, chicas de playboy y peleas de karate donde siempre vencía a sus enemigos. El fin de semana siguiente a la operación, disfrutando de su nuevo pasado y de su luminosa vida, Bertrand estuvo en una discoteca de la playa. Además de no ligar con nadie, tuvo la mala fortuna de no sobrevivir a una pelea. Al funeral solo acudió el enterrador. 

        Como el doctor Jekyll, había experimentado conmigo mismo intentando olvidar de una vez a Virginia. Al principio todo fue bien, hasta que al inhalar por casualidad el perfume Rive Gauche, empecé a notar como se desvanecía mi memoria. Ese olor estaba asociado a ella y mi mente buscaba esa relación, pero siempre recibía el mismo mensaje: "ningún elemento coincide con el criterio de búsqueda". Había borrado todos sus recuerdos, pero los enlaces hacia ella seguían allí creando un bucle que me producía una amnesia temporal durante unos minutos, lo que me obligó a tener mis datos básicos en un block de notas de bolsillo que siempre iba conmigo, como un flotador en caso de naufragio. 

        A los pocos días, aparcando el coche en el garage, comencé a notar los efectos de la amnesia, quedando mi memoria en blanco. Sabía que era de manera temporal, así que me tranquilicé y mire mi block de notas de emergencia donde decía entre otras cosas que me llamaba Javier Romero y que vivía en el piso 3º-2. Cuando llegué a mi piso intente abrir con la llave, pero no entraba en la cerradura. ¿Me habría equivocado de llaves? Oí ruidos dentro del piso y supuse que sería mi actual pareja. Pulsé el timbre y a los pocos segundos me abrió un negro de color de mas de dos metros de altura, me miró sonriente y me dijo cariñosamente: "Hola Javier".

        ¡Joder! Es duro enterarse de esta manera, ¡me había convertido en homosexual! ¡Vivía con un negro! No lo entendía, a mí siempre me había gustado el pescado, y ahora......... Por un momento me imagine lanzando piropos a algún albañil descamisado: “que no me entere yo que ese culito pasa hambre” y cosas así. Debía afrontar el hecho y no esconder la cabeza como un avestruz. Pero ¿qué tenía que
hacer en estos casos con mi presunto novio?, ¿darle un beso? Esa opción me parecía repulsiva, pero dar la mano sería un protocolo frío y de ámbito comercial, y este no parecía el caso. Me fijé en su mano izquierda y me pareció que lucía un anillo como el mío. La posibilidad de que estuviéramos casados me dejó helado.

        Solo habían pasado dos segundos y probablemente había reflexionado más que Aristóteles y Platón juntos, o eso me había parecido a mí. Debía aceptar mi condición sexual actual y no podía comportarme como un racista homófobo, pero justo antes de hablar, oí una voz conocida desde el piso de enfrente, el 3º-3, y todos mis recuerdos volvieron de golpe: “Javier, te estoy esperando para cenar” dijo Claudia , mi novia. Entonces el piso equivocado era el 3º-2, el de Robert, mi vecino y jugador del equipo de baloncesto Estudiantes. Sin saber muy bien que decir delante del gigante, le pedí un sacacorchos, lo primero que se me ocurrió para salir del paso.

        Claudia me preguntó para que quería el sacacorchos, pero ignoré su pregunta y la abracé como lo hubiera hecho un pulpo, sondeando todas las lineas curvas de su cuerpo hasta que se me pasó el susto. Ese mismo día dejé mi trabajo y desde entonces conservo todos mis recuerdos, no solo los buenos y reconfortantes, sino también los recuerdos dolorosos y negativos, esos que utilizo como una brújula que me indica donde no ir.
                                                                            

2 de febrero de 2014

And no religion too

       
      Si el nivel de despropósitos avanza con la inercia actual, es posible que tengan razón los que dicen que con Franco se malvivía mejor. Si agudizamos los sentidos, podremos sentir como se acercan los tambores que anuncian la llegada del pasado, podremos olfatear el sonido rancio del narrador del Nodo en los cines de doble sesión y avistar a lo lejos la nube decibèlica que se eleva sobre los colegios de educación primaria entonando el cara al sol. El Capitán Trueno defenderá la dignidad y el honor, Elena Francis aconsejará sobre el amor casto, la televisión emitirá en blanco y negro series de Bonanza y Crónicas de un pueblo, los policías se apuntarán a la moda gris de primavera y las mujeres volverán a ser un cero a la izquierda,

        La represión sexual se estrenará en un cine de Perpiñan, el sudor reseco viajará en los tranvías roñosos de los años sesenta y la semana santa nos dejará sin música. Repicarán las campanas anunciando la misa de doce y un pegajoso olor a incienso húmedo recibirá a los feligreses para una nueva reprogramación. Crucifijos por doquier, figuras religiosas entre miradas iconoclastas y exorcistas expulsando a diablos: ”...yo renuncio a satanás...”.   El coche de Carrero volará sobre el cielo azul de Madrid, Franco nos deleitará con soflamas embaucadoras luciendo su voz de pito, distorsionando los recuerdos (de militar golpista a salvador de la patria) y  anestesiando a la población con inyecciones de fútbol y toros.

        Aún haciendo un gran esfuerzo de empatía, no puedo comprender como alguien que cree en historias tan surrealistas como las que acarrea la religión, esté empeñado en implantar esas creencias al resto de los mortales de manera obligatoria, con lo que eso conlleva: adoración, sumisión, "....tu eres mi pastor, yo soy tu siervo", "por mi culpa..." y una larga lista de palabras más propias de un manual de prácticas sadomasoquistas. Ningún gobierno puede obligar a sus ciudadanos a aceptar una religión y sus normas mediante la fuerza o leyes impuestas. Replicantes azulados, vosotros podéis creer en lo que queráis, a mí me parece bien, así pues, dejarnos que nosotros creamos en el desembarco de alienígenas sobre Ganímedes, en la ciencia, o que no creamos en ninguna absurda doctrina engendrada por fumadores de opio.

        ¿Es tan difícil entender que la política es una cosa y el credo de cada uno, otra? ¿No es más lógico y sencillo situar la religión en el ámbito privado sin interferir en un escenario público y social? Todavía recuerdo como hace un montón de años, los que se confesaban ateos, no se casaban por la iglesia o no bautizaban a sus hijos, era mal vistos o incluso marginados por los religiosos más radicales; ojalá que no volvamos allí.

        Llamarme raro, pero a mi me da que la monja de la foto, la de la nariz de perro perdiguero, está intentando olfatear clínicas abortivas clandestinas. Si esto sigue así, existe la posibilidad de que  la masturbación sea declarada genocidio, vamos, que estamos jodidos.
Políticos de doble moral, estáis legislando al dictado de barrigas orondas y de sotanas negras y fucsias, cada día hay más ojos abiertos y más gente cansada de manipulaciones. Es tiempo de cambio.  


15 de enero de 2014

Sustancias tóxicas


       Entre chute y chute podía hacer vida normal, hasta que la heroína le pasó factura. Los picos perdieron su magia y solo eran útiles para aliviar el mono. Hipólito estuvo veinte días debatiéndose entre la vida y la muerte en la UVI del Hospital de la Paz después de meterse un pico de heroína cortada con estricnina, y esa etapa de reflexión obligatoria le sirvió para desengancharse. Cuando le dieron el alta y como un acto automático de compensación, aumento su consumo de alcohol, de anfetaminas y de cocaína, embarcándose en un viaje enloquecido de viernes a domingo. El valium apenas le permitía dormir unas horas hasta aparecer en su trabajo con ojeras de vampiro y una palidez que Michael Jackson ya hubiera querido para él. Su mujer lo convenció para que ingresara en un centro de desintoxicación para politoxicómanos y consiguió curarse de sus adicciones en menos de un año, pero él ya no era el mismo ni su mujer tampoco, y un buen día ella se marchó. Había dejado una nota pegada al frigorífico que decía: “me voy de casa, esto no funciona”, pero él no podía entenderlo, el frigorífico enfriaba de puta madre. Poco después se dio cuenta de que se había quedado solo.

             

        Ante tanta adversidad, Poli intentó rehacer su vida apoyándose en una dieta vegetariana y en el deporte. Cada mañana corría durante dos horas, le daba igual que nevara, que fuera domingo o lunes, la salud era su nueva obsesión. Corría y pensaba en la cantidad de venenos que había ingerido cuando era adicto a la heroína, mientras respiraba a pleno pulmón el monóxido de carbono que vomitaba el tubo de escape del autobús de la linea 7. Se sentía orgulloso por haber derrotado a la cocaína, mientras le caía una fina lluvia ácida sobre la cabeza. Recordaba los dos años largos que llevaba sin probar ni una gota de alcohol, mientras reponía fuerzas comiendo una manzana con la piel llena de pesticidas. Cuando cruzó el río de aguas turbias que había junto a la central térmica, se encontró con una serpiente que presentaba mutaciones extrañas en su ADN, tenía dos cabezas y en lugar de cascabel usaba pandereta. Unos metros antes de llegar a su casa, cayó desplomado victima de un paro cardíaco. El forense que realizó la autopsia, declaró que su muerte fue debida a la ingesta de sustancias tóxicas de procedencia indeterminada.  


6 de enero de 2014

Un agujero en Navidad




      
      La Navidad siempre me ha parecido, como mínimo, una época arriesgada. Un periodo irreflexivo que nos transforma en actores secundarios dentro de la parodia religiosa de la familia unida, entre gambas, polvorones y un montón de alcohol. Durante estos días de botellón familiar, intentamos ser amables y generosos con los que están a nuestro alrededor, como si esta representación nos diera derecho a actuar de una manera menos comprensiva durante el resto del año. De manera progresiva, la fauna se va transformando y te puedes encontrar en plena cena con Martínez el facha, con Santa Teresa de Calcuta, o con el cultureta gafapastas que intenta venderte una película de Ingmar Bergman contra el aburrimiento.   
                                                                                                
       Debido a la inercia, esa noche me encaramé en el techo y observé desde un plano astral la cena de Jesucristo y los doce apóstoles; la maría no era nada del otro mundo pero perdí el hilo de lo que decía mi interlocutor sobre marejadas, anticiclones, marejadillas y una presentadora de Telecinco. Yo acompañaba sus conjeturas con leves movimientos rítmicos de cabeza, aunque no me importaban ni un capullo sus delirios climáticos, y mientras se incorporaban algunos tertulianos en tan interesante cháchara, pensaba en la teoría de la idealización de los desconocidos, esas personas a las que otorgamos el beneficio de la duda hasta que intuimos que sus esquemas mentales y sus mecanismos automáticos pertenecen a la misma especie de homínidos, seres extraños e imperfectos rodeados de problemas insolubles que están a medio camino entre el mono y el ser humano liberado, y como en una ley no escrita de igualdad universal, antes de terminar la tesis de maduración descubrimos que todos chapoteamos en la misma balsa.   

       Después de descorchar la enésima botella de cava, comencé a oír cosas como que "la realidad es una alucinación producida por la falta de alcohol", o que "la vida es una barca, como dijo Calderón de la mierda". Era evidente que el alcohol solapaba las ideas, y entre tanto desvarío que amenazaba con crecer indefinidamente, volví a deambular por realidades distintas montado en una voz en off que pedía con fuerza la aparición de un agujero negro que limpiara el escenario. En ese momento alguien dijo que en el estado de Colorado habían legalizado la marihuana para uso recreativo y empezó a cundir el pánico entre el personal más ebrio y ortodoxo. Discretamente me levanté de la mesa buscando la navidad y coincidí con ella en la cocina, quedándome accidentalmente encallado entre el frigorífico y sus pantalones vaqueros.



17 de diciembre de 2013

¿Ley de inseguridad ciudadana?


        El vértigo que sientes cuando el coche patina levemente sobre una placa de hielo y rezas oraciones blasfemas para que no se desplace hacia ningún lado, lo he sentido cuando he leído el anteproyecto de la ley para la protección de la seguridad ciudadana que amenaza con fuertes multas a quien se manifieste pacíficamente sin permiso y otras cosas como esta:   “Las manifestaciones efectuadas a través de cualquier medio de difusión cuya finalidad sean las injurias o calumnias a las instituciones públicas, autoridades, agentes de la autoridad o empleados públicos, cuando no constituyan delito..."(infracción grave: hasta 600.000€, leve: hasta 1.000 €).

        Este regreso a las cavernas tiene un tufillo casposo que recuerda a otros tiempos, porque en pleno siglo XXI es como mínimo anacrónico que nos puedan sancionar por manifestar nuestra opinión "en cualquier medio", esto incluye a periodistas, redes sociales, blogueros y cualquier bicho viviente que hiera la sensibilidad de las autoridades. Si esta escalada de derechización salvaje continua en progresión, no me sorprendería nada que en breve nos presenten un anteproyecto de ley donde se ampare la tortura, eso sí, siempre por nuestro bien y con eufemismos como: "reeducación mental y física de los detenidos", o quizá vuelva la censura a su máximo esplendor sobrevolando nuestras cabezas, con sus alas negras y su pico afilado, dispuesta a aterrizar a las primeras de cambio, amenazando con azotar a cualquier perroflauta radical que se atreva a mirar a los ojos de las autoridades y a pensar por sí mismo. 

       Cualquiera que haya ojeado los artículos de esta desproporcionada ley de seguridad ciudadana, se tiene que preguntar cosas como: ¿Sabrá el gobierno algo fundamental que nosotros ignoramos? ¿Temen un estallido social? ¿Existe una voluntad decidida para construir una pseudo-dictadura democrática? Sea lo que fuere, la ley representa una merma de los derechos ciudadanos, un recorte de las libertades a todos los niveles, excepto para políticos y banqueros, y un intento de cerrar la boca a cualquier manifestante mediante una nueva herramienta donde los jueces quedarán al margen y los sancionados estarán en manos del político de turno o de la policía. Si se persigue a los vándalos que agreden y rompen escaparates, no se entiende el afán de ampliar el radio de acción de la ley hasta aquellos que con su presencia o sus palabras manifiestan una disconformidad de manera pacífica. Quizá hubiera sido más adecuado dirigir esta ley hacia algunos elementos descontrolados de las fuerzas de seguridad de porra fácil o de miembros de la administración que con sus comportamientos chulescos azuzan el clima de confrontación. Es decir, la ley viene a decirnos que si no estamos de acuerdo con las medidas impuestas por los bancos o las autoridades, no debemos manifestarnos porque entonces nos puede caer todo el peso de la ley y algún par de porrazos. Pagar impuestos, votar y callar, es lo que "ellos" nos proponen. 

        A pesar de ser un agnóstico tirando a ateo, rezo todas las noches y cuento las bolitas del rosario como si de un bingo religioso se tratara para que la ley definitiva de seguridad ciudadana no sea de carácter retroactivo, porque si es así, más de uno tendrá que ir borrando contenidos "inapropiados" que ha vertido en la red, como yo mismo. Para que voy a negarlo, antes me divertían las apariciones de los políticos, era como ver un trailer de una película de los hermanos Marx, con ese humor tan absurdo y surrealista, pero ahora tengo pesadillas provocadas seguramente por el dichoso borrador de la ley de seguridad ciudadana. Sueño que el sistema político se cae a pedazos, que los seguratas nos detienen a su criterio, que el gobierno compra camiones cisterna antidisturbios, como en tiempos del blanco y negro. En mis pesadillas aparece, como no, el ministro Montoro amenazando con desvelar las vergüenzas financieras de los medios de comunicación no afines a su credo. Y también aparecen en mis sueños peticiones surrealistas, como que para tocar música en las calles de Madrid, la Botella exige un casting. Pero cuando despierto y compruebo que las pesadillas permanecen en la realidad ordinaria, siempre me acuerdo de mi amiga Paca, Paca Garse. 


28 de noviembre de 2013

Los ojos del cielo


        La urbanización de Amelia consta de tres bloques de diez plantas cada uno. Hay dos cámaras de vigilancia por bloque y ocho para zonas comunes, y las catorce cámaras las puede ver en su televisor como el resto de canales de televisi
ón. Si realizáramos un sondeo sobre el share de estos canales en la comunidad de propietarios, seguramente estaría en segundo lugar, muy cerca de los reality shows de Telecinco.


        Amelia pasa la mayor parte de su tiempo intentando conocer la vida y desventuras de los demás, y ahora está esperando que llegue Jon, su nuevo vecino, para averiguar algo más sobre él. La última vez vino acompañado por una pelandusca que parecía estar borracha. ¡La que armaron! Y lo peor, todavía no sabe de donde saca el dinero, porque apenas sale de casa y se pasa todo el día pegado al ordenador.

Jon llegó a su casa después de desayunar, sacó las llaves, y a pesar de que a veces no advierte ni el estruendo de una bomba, oyó un sonido casi imperceptible que ya había etiquetado anteriormente, era la mirilla de la vecina de enfrente, de Amelia. Antes de cerrar la puerta, levantó la mano enseñando sus dedos indice y meñique a modo de saludo heavy y sacando la lengua hasta la campanilla le regaló la mueca más horrorosa que pudo. La mirilla se cerró súbitamente.

       Jon Noriega es un detective privado, pero no vigila a la gente ataviado en una gabardina y con gafas de sol, él es un hacker y espía por Internet. Es un trabajo arduo y rutinario, y para desengrasar y como hobby, entra en todos los ordenadores que quiere, para fisgonear, para hacer travesuras y enterarse de como funcionan las vidas de los demás, de hecho, tiene en el escritorio de su ordenador un archivo con el que puede visualizar la cámara web de su vecina Belén.
Hackear las cámaras web es uno de los trabajos espías más sencillos que uno puede imaginar. Con unos conocimientos básicos de informática y un mínimo contacto con el ordenador de la víctima, lanzamos un troyano mediante un email, el Flux o el Nuclear Rat por ejemplo, y ya podemos ver y grabar durante las veinticuatro horas del día la cámara en cuestión. Jon lleva más de tres largos meses espiando a Peter Green y está a punto de provocar un terremoto político de consecuencias imprevisibles.

          Peter Green es el embajador estadounidense en España. Está casado, tiene dos hijos adolescentes y fama de ser ultra religioso, homófobo y políticamente reaccionario. Green en realidad es un espía, como casi todos los embajadores. Ha conseguido información sensible sobre políticos y banqueros españoles que ya ha mandado a Washington para facilitar la presión y ayudar a los intereses americanos en España, pero Jon le ha seguido la pista y en unas semanas el chantaje del embajador será publicado en los periódicos más importantes del mundo. Por cierto, Green tenía escondida una revista de Barazoku en una carpeta del ordenador, y es que le pasa a todos los diestros, su moral nunca es acompañada por sus instintos sexuales.

           Quizá estamos demasiado ocupados intentando evitar que políticos y banqueros nos roben hasta la dignidad y no le damos importancia al hecho de estar vigilados por miles de cámaras y dispositivos móviles. Cada vez que salimos a la calle, cuando pagamos con tarjeta, cada pregunta que le hacemos a google y cada vez que encendemos nuestro smartphone, estamos dejando huellas indelebles en discos duros tan lejanos y profundos como el océano Pacífico. De seres anónimos, pasaremos a protagonizar el papel principal del Show de Truman, el deseo oculto de más de uno.

        Algunos piensan que esos puntos brillantes que a veces recorren el cielo pueden ser ovnis o aviones militares, pero no, son satélites espías. En condiciones óptimas podemos verlos a simple vista, son los nuevos satélites NGEO (Next Generatión Electro Optical). Leerán nuestros labios, detectarán nuestra presencia en nuestra propia casa con sus cámaras térmicas y rebañarán hasta la última gota de nuestra intimidad. A partir de ahora sería conveniente salir de casa pulcros y 
presentables por si estamos siendo grabados, y si es posible, vamos a evitar rascarnos la bragueta. Que nadie piense que esto va a ser otro Gran Hermano, será el nacimiento del nuevo dios, el omnipresente, el que todo lo ve.
                                                      
Polaris - Zero 7

14 de noviembre de 2013

Una noche en Barcelona




        La ultima vez que estuve en en Barcelona con motivo de la Fira, me alojé en un hotel cercano para no tener que utilizar el coche. Después de cenar con los colegas de profesión y tomar algunas copas, me dirigí al hotel entre las estrechas y oscuras calles del centro de Barcelona. Voluntariamente desorientado, absorbí el aire de las calles y me mezclé con el enjambre multicolor de las Ramblas. Cuando estaba a punto de llegar, vi como se acercaba corriendo un individuo con gorra y una porra en la mano. Sin presentaciones previas y levantando un tubo metálico, me dijo con los ojos desorbitados:

        - Dame la cartera y el reloj o te doy un palo que te dejo tieso. Rápido!

        - Joder, que susto, por un momento creí que era un mosso de escuadra – le dije aliviado.

        - Oiga, me insulta con esa insinuación, yo no voy pegando palizas por ahí, soy un delincuente honrado que se gana el pan con el sudor de su frente – contestó airado.

        - No era mi intención ofenderle, señor......delincuente, pero ya sabe que hoy en día nadie puede estar seguro por la calle. Bueno, estará muy ocupado y no quiero hacerle perder más tiempo, aquí tiene la cartera y el reloj, y por cierto, tengo que confesarle que nunca me habían atracado tan profesionalmente – Este último halago le hizo bajar la guardia.

        - Aguánteme el palo que me voy a probar el reloj – me dijo el atracador guardándose
mi cartera en el bolsillo trasero de su pantalón mientras miraba fascinado el Lotus. En ese momento vi la oportunidad para recuperar mis pertenencias, me lo puso a huevo.

        - Lo siento señor delincuente, devuélvame lo que me ha robado o le abro la cabeza - le hablé con firmeza mientras levantaba amenazante el tubo de hierro.

        Me miró aturdido durante unos segundos sin entender muy bien el cambio de papeles, hasta que oímos un ¡alto!, eran dos mossos de escuadra que se acercaban. El delincuente me quito el tubo de hierro, lo tiro entre dos coches y me dijo que me fuera por la calle de la izquierda que él se iría por la derecha. Me deseo suerte y me dijo que si necesitaba algo que fuera al barrio del Raval y preguntara por él, pero no no pude entender su nombre porque su voz se iba distorsionando por el efecto Doppler a la misma velocidad que se alejaba mi cartera y mi reloj. Salimos corriendo a ritmo de cien metros libres a pesar de que los mossos no corrían, decidieron no dividirse y nos dejaron escapar. Cuando vi que no me seguían, mi cerebro empezó a funcionar y me pregunté por qué corría, y esa pregunta fue dura. No había hecho absolutamente nada, solo era la víctima de  un atraco, y además, estaba sin dinero ni documentación. Corría y corría sin notar el menor cansancio, quizá porque la adrenalina había salido de sus depósitos y no quería perderse lo mejor de la película.

        Me dirigí al Raval por la Avenida del Paralelo y durante mi carrera aparecieron por mi mente preguntas extrañas que no esperaban respuesta, quizá solo buscaban desfilar en el teatro de la consciencia a lomos de unas cuantas miles de neuronas: ¿De quien huimos?  ¿Quienes son nuestros enemigos?  ¿Por qué desde hace unos años me duelen las rodillas? Incluso aparecieron intercalados ese tipo de pensamientos vacíos y edulcorados que acaban subiéndose en la canción de un anuncio de patatas fritas.

29 de octubre de 2013

Una hora gratis



        Ese sábado por la mañana estuve haciendo gestiones telefónicas, mandé por email un montón de curriculums y me pateé todas las tiendas de la calle Mayor sin éxito. Después de tres años sigo en paro, sin un trabajo estable y sin ninguna perspectiva para conseguirlo a corto plazo, y además, tengo que templar mis nervios cada vez que veo por televisión al ministro `Montoro Sex Pistols´ asegurando ver la luz al final del túnel, pero la verdad es que nunca le he hecho ni puto caso. Creo que este tío toma mucha medicación, se le nota en la voz y en las tonterías que dice un día sí y otro también. La realidad a pie de calle es otra, está llena de cadáveres andantes, de tiendas cerradas, de carteles que se venden y de una falta de ilusión que no recordaban ni los más viejos de la ciudad, de esta ciudad donde los carros de Mercadona llenos de chatarra atascan la circulación en las calles mientras sus nuevos dueños escarban en los apestosos contenedores de basura.

        Nubarrones negros planean sobre nuestro futuro, sí, pero por lo menos ese sábado nos consolamos viendo el partido Barsa-Madrid: birras, whisky y Mary Jane. Las risas acompañaron la locura del gol y también las maldiciones blasfemas cuando el gol era en contra, pero aunque quisimos ocultarlo, nuestras miradas delataban desesperación, y es que el opio del pueblo solo es un escondite transitorio. El partido de fútbol no fue mi único consuelo, esa noche nos daban una hora y esa si que era una gran noticia. Damián decía que solo era una devolución de la hora que nos habían quitado en abril, pero a mí me daba igual, a las tres de la madrugada las agujas del reloj volverían a marcar las dos en punto. Retroceder en el tiempo entra en la categoría de la magia y debía pensar con celeridad lo que iba a hacer durante esa hora.

        Pensé que durante esa hora regalada, un baño nocturno en la playa podría ser una buena idea. El día anterior habíamos llegado a los veintinueve grados, podía nadar mar adentro durante media hora para volver viendo las luces de la ciudad rebotando en el agua hasta chocar en mis ojos, sería una experiencia excitante y única. O quizá podía jugarme en el casino los últimos cinco mil euros que me quedaban. Sincronizaría las vibraciones de la ruleta con mi respiración y en el ultimo minuto de esa hora me lo jugaría todo a un número, esperando ansioso que los giros contrapuestos de la bola y la ruleta coincidan en el 10 negro. Un río de adrenalina derraparía por las curvas de mis venas, y si acertaba, solucionaría durante un par de años mis problemas económicos, sin sudores nocturnos ni pesadillas con los ministros del PP. Pero no quería ocultar la realidad, estadísticamente tenía muchas más probabilidades de acabar en la ruina total. Mi futuro dependería de una bolita caprichosa, aunque pensándolo bien, siempre dependemos de factores externos que no podemos controlar, o dicho de manera bucólica, solo somos hojas de otoño a merced del viento.

        Descarté todas esas peligrosas opciones y quedé con Claudia a las tres de la madrugada. Le dije que era una sorpresa muy especial, que cuando cerrara el pub viniera corriendo a mi casa, pero no quise decirle que el motivo de la sorpresa era que nuestro gobierno nos había regalado una hora coincidiendo con el cambio de horario, porque Claudia es un poco rara y seguramente no lo hubiera entendido. Me gasté más de doscientos euros en dos latas de caviar de Beluga y una botella de Moet Chandon, la ocasión lo valía. Apagué las luces de la terraza del ático, quedando únicamente alumbrada por la luz pálida de la luna y de algunas estrellas en blanco y negro, y de fondo sonaba la trompeta de Miles Davis tocando el Autumn Leaves. Todo estaba ya preparado, estaríamos follando en la tumbona toda la hora, como si el mundo fuera a explotar en mil pedazos al finalizar esa hora extra.

        Antes de continuar con mi relato quiero aclarar la utilización del verbo follar. Hay gente que considera malsonante esta palabra para describir el acto sexual, pero debo decir en mi descargo que he rechazado utilizar eufemismos porque me parecen mucho más radicales y ofensivos que el verbo inicial. Vamos a ver:
Hacer el amor: Como la realización de un trabajo manual llamado amor no está mal, pero esta expresión no tiene ni un gramo de pasión, pues bien, a la mierda con hacer el amor.
Joder: Incluye connotaciones agresivas que no refleja el respetuoso verbo follar, también lo deseché.
Yacer: Si utilizamos este verbo muerto, inevitablemente se enfriarán nuestros ánimos: “¡vamos a yacer!”  Si alguien lo ha utilizado temerariamente o por error, es mejor que la fiesta la deje para otro día, además corre el riesgo de que lo tomen por necrófilo.
Fornicar: Un verbo que resuena a pecado original por todas partes, ¡y por dios!, no podemos empezar una buena faena de esta guisa.
Mantener relaciones sexuales: Una frase impertinentemente larga, carente de alma e inapropiada, o copular, que recuerda a el apareamiento de las hormigas tibetanas.
En la jerga de a pie, tenemos una gran cantidad de expresiones plebeyas que también he desechado porque intentan sustituir, sin la categoría necesaria, al auténtico verbo follar: pegar un polvo, acostarse con, echar un kiki, meterla en caliente, zumbar, ponerla mirando a Cuenca, chingar, etc, etc, etc.

        Una vez aclarado este contencioso lingüístico, vuelvo al relato de los hechos: ......una hora gratis es un botín. Seguramente cabría la vida entera de la tierra, desde que era solo una simple mezcolanza de materias desechadas por el sol, hasta el día que volvamos a reunirnos con nuestra estrella en el panteón estelar de la vía láctea. Una voz desde la calle interrumpió mis pensamientos espaciales, me acerqué corriendo a la terraza para ver si era Claudia, pero en la semioscuridad no calculé bien el impulso y durante unas décimas de segundo interminables fui deslizándome lentamente hacia el exterior hasta caer. Seguramente el miedo y la desesperación consiguieron que me pudiera agarrar a la barra metálica del toldo del piso de abajo, y después de un balanceo, rompí el cristal de la terraza acristalada con los pies y entré en el salón de mi nuevo vecino al que no conocía de nada, pero para mi desgracia era policía y no creyó que fuera su vecino ni tampoco se explicaba por qué había entrado en su casa sin llamar. Le relaté paso a paso la caída, le dije que no tenía la documentación encima porque estaba en mi piso, pero las llaves también estaban allí. Todos mis intentos fueron infructuosos, pero tampoco podía esperar un índice elevado de comprensión por su parte, era un policía. Me esposó y me llevó personalmente a comisaría.

        Antes de salir del edificio me encontré con Claudia, y su cara pálida como la tiza al verme esposado añadió más zozobra a mi estado ya muy agitado. Le dije que era un malentendido, que no se preocupara y que llamara a mi abogado. Le aseguré que en media hora estaría en casa, pero ni ella ni yo creímos en mi afirmación. A las tres de la madrugada que volvían a ser las dos por el cambio horario, ingresé en una celda común de la comisaría.

        Esa hora que en un principio iba a ser inolvidable, la iba a pasar con tres maleantes, soportando el hedor que residía permanentemente en la celda, y como paradigma de la pintura naíf, nos acompañaban las numerosas zurraspas y versos peregrinos que decoraban las paredes de la celda. Empecé a desmoralizarme y pensé que los momentos anodinos y de poca calidad no debería ser vividos. Estaba dispuesto a pedir la devolución de la hora, como esos regalos siniestros que a veces recibimos y no sabemos como quitárnoslos de encima, hasta que entablé conversación con mis colegas de celda y a los pocos minutos estábamos debatiendo apasionadamente, intercambiando nuestras distintas maneras de ver el tinglao, y todos mis prejuicios sobre ellos se derrumbaron. Fue una experiencia intensa y surrealista, todavía recuerdo las risas flotantes y los lazos que se formaron durante esa hora mágica hasta que vino mi abogado y a regañadientes abandoné el calabozo, no sin antes intercambiar los números de teléfono. Hoy todavía nos vemos de vez en cuando para organizar algún que otro trabajo, pero eso ya es otra historia.
    

16 de octubre de 2013

El tiempo es agua




         Volver a la civilización es zambullirse en un mundo dinámico, vertiginoso y permanentemente cambiante. Todo es diferente con el paso del tiempo, pero el sol siempre es el mismo. Una explosión silenciosa nos aniquila lentamente y es posible que en un momento de lucidez veamos sus efectos, correremos el velo y descubriremos a millones de pilotos en sus naves espaciales lanzando desesperados maydays, y en el rostro de los mayores veremos con nitidez el dolor y la soledad que han acumulado durante años y que sus escasos momentos de felicidad no han podido neutralizar. Han sido derrotados por el tiempo.

        Observo con resignación como desaparecen los sueños y los ideales, como el paso del tiempo en lugar de hacernos más sabios y tolerantes nos esclaviza todavía más a un mundo material y descubre nuestros instintos más básicos. Desearía negarlo, pero adivino en las canas infiltradas, en las arrugas traicioneras y en las tripas henchidas, la bandera blanca de la rendición. Otra generación vencida por el tiempo.

        La maison en petits cubes es un entrañable cortometraje que refleja de una manera sutil las etapas de la vida desde un enfoque retrospectivo. Realizado intencionadamente en  dos dimensiones, utiliza el agua como una alegoría del tiempo, las plantas del edificio como la lucha por la supervivencia y la inmersión en el agua como un recorrido nostálgico y sereno por los recuerdos. Este corto es un constructor de sentimientos, es fácil comprobarlo. 


25 de agosto de 2013

Publicidad y otras formas de manipulación

        Mario se licenció en marketing, publicidad y ciencias de la comunicación a los veintitrés años, siendo el numero uno de su promoción. Estuvo doce años trabajando en las mejores compañías de Europa, colaborando en importantes spots publicitarios de compresas voladoras, detergentes que blanqueaban tanto que producían cataratas, cervezas que eran el paradigma de la amistad etílica con responsabilidad y latas de refrescos con cuarenta gramos de azúcar (sin mencionar los cien miligramos de cafeína pura). Hasta ese momento había hecho magistralmente lo que le habían pedido, manipular neuronas inconexas. Siempre estuvo limitado por sus jefes y por las empresas anunciantes que querían campañas publicitarias prácticas que produjeran ventas, al margen de la ética y la estética del anuncio, pero él sabía que su verdadero potencial estaba esperando una oportunidad, podía crear arte y vender sin manipular, con buenos productos y empresarios honestos. Esto último era ciertamente bastante difícil, pero él lo tenía que intentar, aunque tuviera que volar quince horas hasta Tokio. 

        Una gran empresa tecnológica Japonesa le dio carta libre para realizar una campaña a nivel mundial, no en vano, Mario era en ese momento uno de los publicitarios más cotizados del mundo. De Tokio voló a San Francisco, compró un cuarto de millón de pelotas de goma, dispuso de los mejores profesionales y medios técnicos del momento y dirigió una obra de arte para televisión e Internet de poco más de dos minutos. Como en el estreno de la ópera prima de un director de cine, su anuncio tuvo excelentes críticas, pero inexplicablemente fue retirado de manera prematura por la empresa anunciante aduciendo un pobre impacto en el potencial cliente. Un anuncio que apuntaba a la fibra sensible y al corazón del cliente, pasó totalmente desapercibido.

        La multinacional japonesa le pago casi un millón de dólares y canceló unilateralmente el contrato. El impacto de esa decisión desestabilizó de tal manera a Mario que abandonó momentáneamente su profesión y se sumió en un peligroso viaje interior durante más de un año, buscando una explicación coherente a lo que había sucedido o quizá intentando encontrar una motivación que le hiciera arrancar del punto muerto en el que se encontraba. Con casi cuarenta años se encontraba saturado, agotado, no quería crear más basura para un prototipo de consumidor manipulable que devoraba felizmente toneladas de mierda impecablemente presentada y envuelta con un hermoso lazo. No sin esfuerzo, su mujer consiguió convencerlo para que recibiera ayuda y saliera de esa profunda depresión en la que había caído. Y ya tumbado en el diván, un psicoterapeuta con las gafas de John Lennon intentó que viera la luz y le dijo que debía adaptar su visión de la vida a la realidad y no al revés. Antes de acabar, Mario se levanto, le pagó la sesión y le preguntó si esa frase era suya o la había leído en un libro de autoayuda.    
                                   
       Viajó  directamente a Illinois y a los tres meses estaba dirigiendo la campaña más ambiciosa que hasta el momento se había realizado, la del gigante de las hamburguesas. Y triunfó por todo lo alto. Gracias a esa campaña, la empresa rebasó en los cinco continentes la cantidad de 25.000 establecimientos. Mario ganó tanto dinero que le permitió retirarse definitivamente de la actividad publicitaria y se dedicó a denunciar los abusos que cometían sus antiguos clientes, las empresas multinacionales, y a escribir artículos sobre las técnicas de manipulación de la publicidad en las revistas más prestigiosas del mundo. Posteriormente la empresa de hamburguesas fue denunciada, junto a otras multinacionales del sector de la alimentación, por originar con sus productos daños irreversibles en las arterias de sus clientes y convertir en obesos a una gran parte de sus consumidores. El final de aquel famoso spot publicitario de hamburguesas lo cerraba un eslogan que decía algo así como: “me encanta”.  
¡Hay que joderse con los publicistas! Un día de estos nos anunciarán misiles nucleares para instalarlos en el jardín, por nuestra seguridad, por supuesto.


29 de julio de 2013

Barreras Generacionales



        Dicen que existen unas barreras entre generaciones que se forman como los arrecifes de coral y día a día las sedimentaciones construyen muros invisibles.
Carmen llevaba unos meses trabajando con nosotros, era guapa, extrovertida y sobre todo muy joven. Durante la interminable comida de navidad con los compañeros del banco y antes de los postres, decidimos escaparnos a un bar de copas cercano para fumarnos unos cigarros, y pongo a dios por testigo que no había por mi parte ninguna intención deshonesta en ese encuentro al más puro estilo Lost in Translation.

        En la terraza del bar me pidió mi dirección de twitter mientras tecleaba algo en el smartphone a una velocidad de vértigo. Le contesté que no tenía y en su cara aparecieron signos de incredulidad. Empezamos mal y para romper el silencio que se había creado, saqué el asunto de los políticos corruptos que habían arruinado el banco. Su respuesta me hizo abrir levemente la boca: "la política nunca me ha interesado, pero voto a los conservadores para que los zánganos no se aprovechen del trabajo de los demás". ¡Vaya por dios!

        Se declaró una apasionada del cine, y analizando sus filias y sus fobias cinematográficas me di cuenta de que todas sus predilecciones se situaban sistemáticamente en el siglo XXI.
        No le gustaban las películas de Woody Allen porque le parecían especialmente paridas para gafapastas introvertidos:  ".....y además, un tío que se ha casado con su hija......¿qué se puede esperar de él?”  Yo le dije que tenía razón, intentando crear cierta empatía. Le hablé de `Réquiem por un sueño´ y antes de acabar me dijo que las películas de yonkis le parecían repugnantes. 
Otro pinchazo en hueso, y sin darme ninguna tregua me bombardeó con historias del flickr, el mp4, las series de Antena 3, el myspace, el tuenti y la última película de Justin Timberlake, y sin entender muy bien lo que me decía, me sentí igual que una monja de clausura viendo un desfile de carrozas del orgullo.

        Pensé que las películas de ciencia ficción podrían ser el primer punto de encuentro y antes de confesarle mi fascinación por Blade Runner, me dijo que esa película pertenecía a la prehistoria y que le molaba más el Lobezno del Jackman. Dirigí la mirada al cielo para recibir indicaciones divinas y cambié de tercio con una película bélica: `Apocalypse Now´, pero el nombre le sonó a chino.

        Mi empeño por reducir nuestra distancia generacional estaba resultando un fracaso y probé en el terreno de la música, constatando que ella lo tenía muy claro: “Me encanta oír los 40 Principales y creo que El Canto del Loco ha tocado la cima de la música, el mismo día que sacó su último disco fue trending topic", dijo Carmen preguntándome por el tipo de música que me gustaba a mí. Oculté mi desconocimiento sobre los nuevos términos de audiencia y mi nulo interés por determinado pop actual y le dije que me gustaba todo, desde Joni Mitchell hasta José Gonzalez. Me miró como si hubiera blasfemado y me contestó con bastante sorna que José Gonzalez le sonaba a un mariachi y que yo era el segundo que ella supiera, además de su madre, que le gustaba Joni Mitchell. Solo se me ocurrió decirle que su madre tenía muy buen gusto, pero me acordé también del resto de su familia.

        Con cierto nerviosismo miramos el reloj al mismo tiempo mientras pagaba las copas. En ese momento vino a mi memoria una canción de Steely Dan que relataba la primera y única cita entre un músico de jazz que había pasado de los cuarenta y una veinteañera, y en la que ambos fueron incapaces de intercambiar un par de frases con sentido. 

10 de julio de 2013

Sin rumbo


         Sin apenas darme cuenta y arrastrado por la inercia, convertí mis 
principios fundamentales en certezas absolutas y en dogmas inamovibles, pero al escudriñar detenidamente esas certezas desde otras perspectivas, he acabado encallando en una zona rocosa entre la duda y la confusión. Ahora contemplo aturdido como se han erosionado todos los pilares que mantenían hasta ahora mi frágil mundo artificial. Este sentimiento circular me ha situado en el punto de partida, una vez más. 

        Sin opciones ni alternativas, he apostado por dar el control de la situación a mi departamento de dudas para que se encargue de interrogar a los representantes de la ortodoxia y de los conceptos lógicos e irrefutables. Nada es como parece ser. Dudo de místicos y ateos, de la existencia del alma y de sus señorías los asesinos de sueños; desconfío de los bondadosos por omisión, de los pecadores por afición y también de mis siete máscaras.

        Mis recuerdos tampoco se salvan del banco de pruebas de la duda. Pulsé el play y apareció aquella pareja de recién casados desayunando en la terraza del hotel de Playa Sant Pol, muy temprano, cerca del mar y disfrutando de la sensación de libertad que les daba el todavía tímido sol asomando por esa enorme ventana azul por la que, entre nubes caprichosas, se colaba el universo. Entre sorbos de café, la charla se mezclaba en una proporción perfecta con el traqueteo de las piedras torneadas por el mar y arrastradas al ritmo que imponían las olas.

        Me sentí exultante subido en aquel recuerdo, como el que descubre una nueva estrella semioculta entre la nebulosa. ¿Sería fruto de mi imaginación? Retomé el hilo y los recordé riendo como niños hasta caer al suelo jugando a provocar la risa del otro, mirándose fijamente y empleando el viejo truco de bizquear los ojos.

        Hay  mucha gente que es feliz sin saberlo, acaso lo intuyen, pero la felicidad de alta intensidad pasa tan rápidamente que solo son conscientes cuando ven esa felicidad plasmada en el recuerdo. Si la sabiduría fuera una de mis virtudes, miraría la vida con los ojos de un niño, con la única expectativa de navegar sobre las veinticuatro horas que me presta el día.

Steppenwolf