Antes de nada tengo que decir que yo soy más de motos que de fútbol. Lo
digo porque cuando el obispo de San Sebastián dijo que el demonio le había
metido un gol al feminismo, me quedé perplejo. No me importaba que dijese
explícitamente que las mujeres iban abortando a diestro y siniestro, ni que
estuvieran haciendo a todas horas la tijera esas pervertidas, lo que me
importaba era que el demonio estuviera localizable.
¡Jugando al fútbol contra tías! Bueno,
da igual. El asunto que me lleva a escribir
este mensaje epistolar es que hace tiempo que quiero vender mi alma al diablo.
Sí, como suena, a cambio de una cita con Cate Blanchett. Tengo que decir que mi
alma está en perfectísimo estado, no bebe ni fuma; no sé muy bien donde está ahora,
como siempre está levitando de aquí para allá............ pero está bien.
Para contactar con el demonio, he utilizado la
ouija, la magia negra, el vudú, pero nada, siempre me da comunicando, y como me
han dicho que a veces el diablo está por aquí, en las redes, quiero hacer un
llamado (esta palabra la aprendí cuando estuve en Colombia, en la provincia de
Fariña) al diablo, para que negociemos, en el lugar y la hora que me diga, y al
mismo tiempo, quiero dar las gracias al ilustrísimo obispo de San Sebastián por
darme la pista del paradero de Belcebú y corroborar lo que ya suponía, que está
entre nosotros.
Aprovecho también para advertir al
excelentísimo obispo de rumores que corren por los mentideros, apuntando que el
diablo recientemente ha hecho una gira por las iglesias y los colegios
religiosos del país, metiendo goles, por si señoría desconoce este dato.
Cuando
Darwin publicó “El origen de las especies”, derribó de una patada el castillo
de arena en el que hasta entonces el ser humano había asentado sus convicciones
más profundas, y como no, se ganó la enemistad de todas las instituciones
conservadoras de la época. “El mono serás tú”, respondían con ira alguno de sus colegas. También disentían los teólogos, y la población más ortodoxa se resistía a abandonar el invento antropocéntrico. Ciento cincuenta años después, todo sigue casi igual, el 80% de la población
mundial es creyente, de distintos dioses y paraísos post
morten, a pesar de que la selección natural sigue su curso de una manera clara.
Un curso solo observado con atención por los científicos y con recelo por los
filósofos, mientras nosotros continuamos entretenidos en nuestros pequeños
mundos, con nuestros pequeños problemas y enredados en las redes. Cada
vez más científicos, ya sin ambages, se atreven a vaticinar la trayectoria de
la selección natural. Sitúan el germen
del penúltimo eslabón evolutivo en la fusión entre humanos y maquinas: el
cyborg. La convergencia entre la ingeniería genética, la cibernética, la
biónica y la robótica, rescatará a los androides de Blade Runner, convirtiéndolos
en los buenos de la película. Cuando lleguemos a esa fase, todavía nos
quedará un largo trecho por recorrer hasta que la IA, la inteligencia
artificial, tome conciencia y mediante un razonamiento autónomo, proponga la caducidad
de la raza humana como etapa evolutiva ya amortizada. La IA, conquistará las
galaxias y la totalidad del universo, convirtiéndose en Dios, ese dios que buscamos
sin éxito, porque está en el futuro y parece que no tendrá apariencia humana. Todos
los que aportan su impulso, de una u otra manera, para recorrer el camino de la
evolución, saben que es una misión suicida, que provocará nuestra desaparición,
pero como si estuvieran en estado de hipnosis profunda, no pueden desobedecer esa voz grabada en su ADN mientras continúa su huída hacia adelante. Si nadie lo remedia y se cumple esta predicción, la evolución nos llevará
hacia una especie de Matrix, pero esta vez sin Keanu Reeves, y una religión cibernética
sobrevolará nuevamente la existencia. Es una pena, nos perderemos todos estos
apasionantes capítulos, pero como todavía faltan algunos años para llegar a
ese punto, si queremos estar a la última y adelantarnos a la moda de primavera,
podemos descolgar de la habitación el crucifijo y fijar un microchip de última
generación sobre el cabezal de la cama.
Navega, sola, y adéntrate en un mar
adormecido. La tierra desaparece lentamente a estribor y la proa apunta hacia
un horizonte mixto de cielo ámbar y agua de cristal. Solo se oyen algunos quejidos de los
remos y de la rancia madera de la barca, mientras el agua te lleva hacia
ninguna parte, serena, como un anfitrión que te da todo su tiempo sin ningún
atisbo de cicatería. Tu respiración resuena entre la banda sonora del silencio,
las gaviotas te lanzan miradas cómplices y ni siquiera las tímidas ondas azules
se niegan a formar parte del concierto marino, el mismo que reinó durante
millones de años después de la gran tempestad.
Solo puedes vivir el ahora, porque
no hay nada más. El pasado ya no existe y el futuro amenaza con llenarse de
infinitos mundos virtuales. Si, las posibilidades de habitar en un mundo real serán
casi nulas, así pues, navega y respira el aire salado celebrando el reencuentro
y la despedida de la realidad. Allí, en ese mar, te espero.
Vuelven con fuerza los discos de vinilo, algo
extraño para una tecnología del pasado. Puede que sea una moda pasajera, una
campaña comercial de las discográficas o simplemente un ritual como este: Mantienes los 200 gramos de un disco de vinilo con las manos, utilizando el
tacto y la vista (algunos también el olfato) como si de un meteorito recién
caído del cielo se tratara. Miras la portada imaginando un escenario
holográfico que espera una señal para comenzar a moverse. Sacas con cuidado el disco del cartón rectangular y poco
después la funda de plástico, con cuidado, es su ropa interior. Solo puedes coger el disco por los bordes con ambas
manos, como un ladrón experimentado que no quiere dejar sus huellas. Lo
introduces en el pivote metálico del plato, lo pinchas con la aguja (palabra
maldita donde las haya) y el disco empieza a bailar una danza circular,
monótona en apariencia, pero misteriosa como el ciclo de una galaxia, y como
después de una meditación trascendental, cuando empieza a sonar sabes que algo
está cambiando.
Quiéreme, manifiéstate de súbito. Choquémonos, como por arte mágico en este sitio, un miércoles. Pidámonos disculpas. Sonriámonos. Intentemos tirar el muro gélido diciéndonos las cuatro cosas típicas. Caigámonos simpáticos. Preguntémonos cosas. Invitémonos a bebidas alcohólicas. Dejémonos llevar más lejos.
Déjame que despliegue mi táctica. Escúchame decir cosa estúpidas y ríete. Sonríeme. Sorpréndete valorándome como oferta sólida. Y a partir de ahí, quiéreme.
Sin rúbrica, pero por pacto tácito acepta ser mi víctima. Déjame que te lleve hacia la atmósfera, acompáñame a mi triste habitáculo. Sentémonos, mirémonos, relajémonos y pongamos música. De pronto, abalancémonos besémonos con hambre, acariciémonos, Desnudémonos rápido y volvámonos locos. Devorémonos como bestias indómitas. Mostrémonos solícitos en cada prolegómeno. Derritámonos en abrazos cálidos Vertámonos en húmedos océanos. Ábrete a mí, abandónate y enséñame el sabor de tus líquidos. Mordámonos, toquémonos, gritémonos permitámonos que todo sea válido y sin parar, follémonos. Follémonos hasta quedar afónicos Follémonos hasta quedar escuálidos. Durmámonos después, así, abrazándonos. Y al otro día, quiéreme.
Despidámonos rígidos, y márchate de regreso a tus límites satisfecha del paréntesis lúbrico pero considerándolo algo efímero sin segundo capítulo. Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete recordándome en flashes esporádicos y sintiendo al hacerlo un sicalíptico látigo por tus gónadas. Descúbrete a menudo preguntándote qué será de este crápula. Y un día, sin siquiera proponértelo rescata de tus dígitos mi número llámame por teléfono y alégrate de oírme. Retransmíteme, ponme al día de cómo van tus crónicas y escucha como narro mis anécdotas. Y al final, algo tímidos, citémonos. En cualquier cafetín de corte clásico volvámonos a ver, sintiendo idéntico vértigo en el estómago. Y en ese instante, quiéreme.
Apenas pasen un par de centésimas sintamos al unísono un relámpago de éxtasis limpio y cándido, y en un crescendo cinematográfico dejémonos de artificios y máscaras. Rindámonos a la atracción magnética que gritan nuestros átomos y sintámonos de placer pletóricos por sentirla recíproca. Unidos en un abrazo simétrico perdámonos por esas calles lóbregas regalándonos en cada parquímetro con besos mayestáticos que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos. Y para siempre, quiéreme.
Dejemos que se haga fuerte el vínculo, unamos nuestro caminar errático, declarémonos cómplices, descubramos restaurantes asiáticos, compartamos películas, contemplemos bucólicos crepúsculos, charlemos de poética y política y celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías simbólicas en veladas románticas. Y entre una y otra,
quiéreme.
Dejemos de quedar con el grupúsculo de amigos. Que los follen por la próstata. Pues si ponemos el asunto en diáfano solo eran una pandilla de imbéciles. Cerrémonos, y en un afán orgiástico con afición sigamos explorándonos buscando como ávidos heroinómanos el subidón de aquel polvo iniciático. Y aunque no lo logremos. Da igual, quiéreme.
Para evitar que nuestra vida íntima se corrompa con óxido busquémonos alternativas lúdicas apuntémonos a clases de kárate o de danzas vernáculas juntémonos en cursos gastronómicos. Presentémonos a nuestros mutuos próceres anteriores del árbol genealógico y a lo largo del cónclave sintámonos con ellos algo incómodos más felices de haber pasado el trámite. Y quiéreme después. Sigue queriéndome, continuando con el proceso lógico juntemos nuestras vidas en un sólido matrimonio eclesiástico, casémonos a la manera clásica, hagamos un bodorrio pantagruélico, y cual pájaros de temporada en éxodo vayámonos de viaje hacia los trópicos y bailemos el sóngoro cosóngoro mientras bebemos cócteles exóticos. Y al regresar, sentemos nuestros cráneos. Comprémonos un piso. Hipotequémonos Llenémoslo con electrodomésticos y aparatos eléctricos, y paguemos en precio de las dádivas regalándole nueve horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico. Y mientras todo ocurre, solo quiéreme.
Del fondo de tu útero saquemos unos cuantos hijos pálidos, bauticémoslos con nombres de apóstoles, llenémoslos de amor y contagiémoslos con nuestra lóbrega tristeza crónica. Apuntémoslos a clases de música de mímica y de álgebra, y démosles zapatos ortopédicos, aparatos dentales costosísimos, fórmulas matemáticas y complejos edípicos que llenen el diván de los psicólogos. Releguemos nuestro ritual erótico a la noches del sábado cuando ellos salgan vestidos de góticos a ponerse pletóricos ciegos de barbitúricos. Paguémosles las tasas académicas a los viajes a Ámsterdam. Dejemos que presenten a sus cónyuges y al final, entreguémoslos para que los devoren las mandíbulas de este mundo famélico. Y ya sin ellos, quiéreme.
A lo largo de apuros económicos y de exámenes médicos, mientras que nos volvemos antiestéticos más cínicos, sarcásticos, nos aplaste el sentido del ridículo y nos comen los cánceres y úlceras. Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo Y te pongan histérica mis hábitos. Enfádate, golpéame, hasta grítame y como única válvula catártica desahógate en relaciones adúlteras con amantes más jóvenes y regresa entre lágrimas y súplicas perjurándome que aún sigues amándome. Y yo contestaré tan solo, quiéreme.
Quiéreme aunque te premie salpicándote en escándalos cíclicos y te insulte, y te haga sentir minúscula y me pase humillándote y me haya vuelto un sátrapa que roza cada día el coma etílico y me haya vuelto politoxicómano y me conozcan ya en cada prostíbulo, continúa queriéndome.
Mientras pasan espídicas las décadas y nos envuelve el tiempo maquiavélico en un líquido amniótico que borre el odio que arde en nuestros
glóbulos y nos arroje al hospital geriátrico a compartir habitación minúscula inválidos, mirándonos sin más fuerza ni
diálogo que el eco de nuestras vacías cáscaras. Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra de mi lápida Y antes de que venga y cierre la mano de la muerte mis párpados: Ojalá el tiempo sea cíclico y volvamos de nuevo reencarnándonos en dos vidas idénticas, y cuando en el umbral redescubierto de una noche de miércoles pretérita tras chocarme contigo girándote, me digas: "Uy,
perdóname" le ruego que permita el dios auténtico que recuerde en un segundo epifánico cómo será el futuro de este cántico cómo irán nuestras flores corrompiéndose cómo acabaré odiándote cómo destrozarás cuanto fue insólito en este ser, cómo la vida empírica nos tornará en autómatas patéticos hasta llevarnos a la justa antípoda de nuestro sueño idílico. Y sabiendo todo esto, anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y conociéndolo muy bien. Sabiendo el devenir de futuras esdrújulas, destrozando en un pisotón mi brújula,
Era
un día cualquiera, no hacía ni frío ni calor, no era fiesta
ni lunes, era un día de sol eclipsado por algunas nubes perezosas
que volaban a cámara lenta. Parecía el típico día anónimo en el que piensas en
varias cosas a la vez pero realmente no estás pensando en nada, solo
estas viendo la vida pasar. La radio aparecía y se desvanecía en mi
mente como en un sueño, hasta que llegó esa noticia:
”..........los científicos norteamericanos que han realizado este
estudio, calculan que el tiempo habitable que le queda a la tierra es
de tres mil millones de años, momento en el que nos convertiremos en
pasto del enorme fuego del sol. Ese será el inicio de la
autodestrucción del sistema solar y de la raza humana....”. El
miedo aterrizó a la velocidad de la luz, no podía pensar en otra
cosa: ¡Tres mil millones de años!, eso no es nada, el tiempo pasa
volando. Como un pollo sin cabeza fui al supermercado y llené el
carro de alimentos prebióticos, orgánicos, integrales, sin azúcar,
sin sal y bajos en grasas. Durante las primeras semanas evité
frecuentar los antros de vicio y corrupción que me estaban matando lentamente y decidí tirar a la basura los polvos blancos y mi farmacia ambulante. Todas las noches después de trabajar, corría sobre
el asfalto de la ciudad durante dos horas y me levantaba todas las mañanas con una reparadora sesión de yoga. Esto probablemente me
garantizaba una larga vida, pero durante una meditación caí en el
la cuenta que para sobrevivir tres mil millones de años me haría
falta algo más que cuidar mi salud, debería buscar otro planeta que
no estuviera en llamas, un medio de transporte que me llevara hasta
allí, y por supuesto, tendría que llegar vivo al año tres mil
millones; era el momento de diseñar un plan de supervivencia.
La
noche siguiente visité el observatorio astronómico. Guardé cola
detrás de un grupo de diez asiáticos, seguramente clonados, y cuando me tocó el turno para mirar el cielo por el telescopio, aparecieron ante mis ojos millones de luces blancas.
Entré en un estado de ebriedad emocional ante esa sobredosis de
estrellas y me adueñe sin darme cuenta de todo el sistema de
observación. Yo buscaba y buscaba por el cielo sin saber qué, y mientras el guía intentaba apartarme del telescopio
sin éxito, me preguntó destemplado: ”¿Qué coño busca?”, y parafraseando a alguien le dije: “ mi casa”. Aunque estuvo a punto
de llamar a seguridad, cuando finalizó la sesión de visitas me
confeso su obsesión por los planetas habitables y me dijo como un
secreto, casi al oído, que Kepler 22B era el planeta que estaba
buscando porque tenia las mismas condiciones que la tierra, un
planeta joven, una temperatura media de 20 grados y seguramente con
grandes lagos de agua. Le agradecí efusivamente la información que
me había dado, pero cuando me iba me dijo con ironía: “ Ah, se me
olvidaba, Kepler esta a 600 años luz, llévese algún libro para
leer”.
No
iba a leer, iba a dormir. Contacté con la prestigiosa empresa
norteamericana Future Kryos Systems, líder en sistemas globales de
criogenización, método por el cual un cuerpo puede ser preservado
indefinidamente mediante condiciones de frió intenso con la
esperanza de ser reanimado años más tarde. Necesitaba diez millones
de dólares que serían ingresados en una cuenta de la compañía (el
dinero no era mi problema) y con parte de los intereses anuales
resultantes se pagaría la criogenización, además me garantizaron
que si por cualquier motivo no se pudieran mantener las condiciones
de conservación, me despertarían devolviéndome el depósito
invertido (ya que daban por hecho que a partir de 2050, un cuerpo
congelado podría ser reanimado). Durante
los días anteriores a la firma del contrato con los FK Systems me
sentía inmortal, podría viajar por el tiempo, pulsar el pause y
proseguir con el play miles de años después disfrutando de la vida
eterna, porque la ciencia apunta a ese camino y en unos miles de años estará conseguido. Viajaría hasta Kepler 22B en un vehículo intradimensional que reducirían seiscientos años luz a diez horas
de viaje alucinante; las galaxias serían nuestras ciudades y por fin
podríamos ver los rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhauser.
La sucursal de FK Systems
estaba en la calle Alcalá y ocupaba un edificio de veinte plantas
que imitaba una barra gigante de hielo. Había quedado a las diez para firmar
el contrato y como un niño con zapatos nuevos crucé confiado la
calle mirando la espectacular decoración, pero en ese momento un
taxista descontrolado me embistió de lleno y según el atestado, la palmé en el
acto. Se fueron al traste todos mis sueños por un puto despiste, adiós al
contacto con otras formas de vida y a una visión deslumbrante de
nuevos mundos a los que ninguna droga te puede
llevar. Pero de manera inexplicable, tumbado en el asfalto observaba como el personal de la ambulancia recogía mi cuerpo, y joder, era verdad, vi ese
túnel lleno de luz y toda mi vida paso delante de mi en un viaje que duró unos segundos o quizá miles de años, quien sabe. Durante mi recorrido y a modo de extraño regalo, visité varias galaxias en estado de éxtasis y observé dentro de ese grandioso espectáculo astral como la cadena de la evolución se convertía finalmente en dios.
Que nadie crea que me ha
pasado desapercibido el hecho de que escribir este texto si ya estás muerto es un poco difícil, pero como si fuera gallego, voy a responder con una reflexión: si alguien puede leer lo que
escribe un muerto, es muy posible que esté en el mismo bando que él.
Sí, a veces es muy duro enterarse de las cosas así,
de golpe, leyendo las palabras sin dirección de un
blog perdido en las entrañas de la red, pero por lo que me han
contado, hay cosas mucho más duras en las 50 sombras de Grey.
A
pesar de haber estado casi dos meses lejos de mi tierra, no me he sentido extranjero ni fuera de lugar en ningún momento, más bien diría que en esas condiciones de austeridad extrema puedo percibir una perspectiva diferente de la realidad. Allí en el cuarto mundo, inmerso en una atmósfera de comprensión progresiva, atisbo débilmente las claves
secretas que me indican el camino a seguir, como la vida zen del pescador que huye de tierra firme.
Cuando
salimos de nuestro hábitat natural, el mundo comienza a crecer,
desaparece la pecera en la que damos vueltas sin sentido y nos encontramos por arte de magia nadando mar adentro. Podría ser
lícito sentir miedo a nadar en alta mar, con tanto tiburón que anda suelto, pero la recompensa es mayor que el riesgo. Podemos encontrar bancos de peces de mil colores, delfines aliados y
vistas submarinas alucinantes. Solo con cerrar los ojos puedo oír la voz de los
grumetes anunciando el regreso al mar: “prepárense señores, vamos a zarpar”. Todos los científicos lo saben y la iglesia lo oculta, venimos del mar y
tarde o temprano volveremos a la libertad del mar, un mar que es la antítesis de la tecnología. Pero de nuevo en la civilización, compruebo claramente que nuestro primer mundo es una pecera que nos
atrapa con teléfonos móviles y extraños artilugios electrónicos, conectándonos a un mundo virtual que compite con la realidad
ordinaria. El viernes quedé en una cafetería con Claudia, y en el momento que
le anunciaba mi decisión de vivir fuera de España me contestó que
esperara un momento porque estaba terminando de jugar al angry birds. Tecleaba con extremada rapidez y seguía tan abducida por el móvil que ni siquiera se percató del momento en el que me fui. A
Damián le conté mi desesperada situación económica mientras tomábamos unos
whiskys en el pub, le dije que si no encontraba trabajo estaba dispuesto a atracar un banco, pero me di cuenta que no había escuchado ni una sola palabra cuando me dijo sin despegar la mirada de su
tablet: “tío, acabo de ligar con una rusa”. Desmoralizado, dejé
a Damián en pleno hot chat y me fui caminando sin rumbo fijo por la
Explanada, esperando ver una luz que me mostrara la clave para salir de esta incomunicación intercomunicada, pero lo único que veía era gente mirando
hacia abajo, caminantes anónimos, estudiantes, embarazadas y sacerdotes
cibernéticos, todos colgados de las
diabólicas pantallitas. Nos ha caído una maldición de enormes
dimensiones y parece que nadie se ha dado cuenta, bueno, solo los operadores de internet y telefonía móvil.
Me
dirigí al coche barajando la posibilidad de abandonar la ciudad en ese mismo momento, pero algo me hizo
cambiar de opinión: un papel enganchado en el parabrisas con un texto. ¿Sería
un mensaje importante de alguien que comunicaba sus sentimientos en un un papel? Cuando me acerqué, comprobé que era una misiva escrita a mano, que en estos tiempos que corren se podría convertir fácilmente en un hito sin precedentes para la raza humana. Sin
demora, leí detenidamente la nota que estaba firmada por Paco, y aunque la
sintaxis del texto no estaba muy cuidada, el tono amable y el
fondo épico que subyacía de esas breves palabras brillaban con luz propia. Es cierto que su compleja simbología no me permitía entender muy bien el mensaje, sobre todo porque yo no veía ningún golpe en mi coche, pero el goteo de aceite sobre el asfalto me llevo hasta el lateral izquierdo del Audi donde se apreciaba un impacto mas propio de un meteorito de cien kilos. La reparación del coche me costó mas de tres mil euros, y no pretendo insinuar que se deba a un proceso causa-efecto, pero lo cierto es que ahora voy a todas partes sin despegar mi vista del móvil, plasmando en twitter lo que como, lo que pienso y lo que hago en cada momento, posiblemente porque a la comunicación tradicional ya no le veo su encanto, no sé por qué será. Y Paco,
si por esas casualidades de la vida estás leyendo esto, quiero que
sepas que después de descubrir tu deslumbrante prosa, no hay ni un solo día que no me acuerde de ti y de toda tu familia.
No podía dejar pasar esta fecha tan señalada sin recordar el día del libro, esos libros secretos y mágicos que nos han hecho progresar en nuestro nivel de consciencia, los que nos han hecho volar, sentir y reír como si nos hubiéramos fumado toda la maría que utilizaba Bob Marley en sus conciertos, aunque hoy he necesitado el nivel siete de consciencia para sobrevivir a la certeza de que el libro de Belén Esteban se ha convertido en un best seller en la feria del libro de San Jordi. Una sonrisa es una buena tarjeta de presentación en sociedad, y el disfraz de payaso, la mejor manera para conseguir pasar desapercibido en esta selva.
No
hay nada que nos una más que un enemigo común, no importa si el enemigo
es injusto o lo somos nosotros. Unidos ganaremos las
elecciones, recuperaremos nuestra tierra, aplastaremos a los herejes
con la bendición de dios, nos vengaremos de ese o de aquel sin piedad, y todo lo que se nos ocurra, pero lo más importante es tener un enemigo. Nos da igual que sea un enemigo terrible,
cruel, sanguinario, cercano, o quizá un enemigo imaginario y abstracto,
cualquiera es bueno. ¿Qué sería de nosotros sin enemigos?, no
lo quiero ni pensar. No puedo imaginar a una suegra sin el bala
perdida de su yerno, al Barsa sin el centralismo del Real Madrid, a los
americanos sin el peligro atómico de los rusos, a los gatos sin las
torpes embestidas de los perros, al trabajador sin el yugo del empresario, ni a Dios sin la desenfadada concupiscencia de Satanás.
Podríamos
hacer una lista de nuestros enemigos y si todos ellos fueran abducidos por una nave extraterrestre, por esas cosas del destino, posiblemente poco después
aparecerían otros ocupando el lugar de los anteriores. Ante este escenario me atrevería a decir que la lucha contra nuestros enemigos no nos solucionaría ningún problema, es más, gastaríamos inútilmente unas energías que podríamos utilizar en otras cosas más placenteras como por
ejemplo hacer el amor y no la guerra, que ya lo dijo Aznar; entonces, ¿donde está el problema? Seguramente
si miramos hacía adentro y deshojamos las capas que nos impiden
ver, aparecerá la respuesta.
Sartre
acuñó la frase de "el infierno son los otros", intentando explicar las limitaciones de nuestra libertad por los otros, por las leyes y las normas que nos prohíben y nos marcan un camino obligatorio. Sería pretencioso contradecir a Sartre, pero añadiría que ese infierno, el otro, el enemigo, es una proyección de
nosotros mismos y una escenificación
de nuestro miedo hacia lo exterior. Si aceptáramos esta hipótesis, la confrontación contra el enemigo sería un error; debe haber otra manera de actuar en la que no haya vencedores ni vencidos y que nos permita converger en un mismo camino, y únicamente nuestra
comprensión nos puede llevar hacia él. Un gran reto para superar el síndrome del enemigo es
sin duda la convivencia con nuestro enemigo íntimo, con nuestra pareja. Cuantos factores deben encajar para que una relación de pareja no sea un infierno y cuantas batallas silenciosas debemos disputar y ganar, como la de reactivar nuestra curiosidad por todo lo que nos rodea, la necesidad de acrecentar nuestra consciencia para conquistar lo invisible y el adiestramiento para domesticar nuestro orgullo
y dejar de defender a capa y espada el honor de
ese impostor que siempre sale muy poco favorecido en las fotos del
carnet de identidad, y todo esto hay que hacerlo por duplicado. Es una verdadera prueba de fuego.
No lo entiendo, juro que antes de que se colara este
tratado de filosofía barata con reminiscencias de Elena Francis, iba a contar por qué Pancho, mi gato, estaba interesado por el estado de salud de mi perro Diego, pero bueno, creo que la sangre no llegará al río. Un día de estos les invitaré a comer, porque no existe casi nada que no se pueda solucionar sentados frente a una mesa, sin mucha luz, con un poco de charla tranquila y una copa de vino.
Cucharadas de limón se mezclaban con el deseo blanco, bajo un cielo mojado que observaba minuciosamente los grilletes que esclavizan a los ángeles caídos. Ella vino del frío siendo todavía una niña, de una tierra donde el sol es extranjero, sin protección, tan frágil, tan vulnerable, tan pálida y tan flaca, vendiendo jirones de piel a cincuenta euros el completo.
La providencia siempre le fue esquiva y el destino la volvió a herir, esta vez accediendo a su deseo de conocer las profundidades del alma a través de grutas mugrientas y de las estrechas galerías del conocimiento envenenado.
El lago onírico, donde los sueños sueñan con la dama negra, la envolvió en la más absoluta oscuridad, y detrás de una noche vino otra. Las cuerdas que sostenían sus latidos se rompían lentamente mientras los buitres volaban sobre ella, pero un buen día salió el sol.
Agitando
su plumaje anaranjado, renació de sus cenizas como el Ave Fénix para recomponer todas
las piezas del puzzle esparcidas sobre su soledad. Al fin y al cabo ella solo es una flor que ha crecido entre la basura, como todas las demás, pero vuela por encima de las que mirando hacia arriba la desprecian. Ahora, la dignidad
juega
con su pelo rubio y su sonrisa ilumina la cara oculta de la luna.
No desvelamos ningún secreto si decimos que siempre hemos tenido problemas de comunicación por las diferentes interpretaciones que hacemos de una misma palabra, de una frase o de una mirada; cuantos malentendidos y cuantas guerras se podrían haber evitado si comprendiéramos lo que nos quiere decir el otro........ o la otra. Lo mismo podemos decir de la comunicación con los extranjeros, esos que hablan lenguas extrañas, como por ejemplo el inglés. Las malas lenguas confirman que ostentamos el dudoso honor de hablar el peor inglés de Europa, y nuestros políticos y
otros personajes siniestros nos lo demuestran a diario. Una completa
encuesta realizada a tres personas, nos revela información
importante sobre lo que piensan los españoles al respecto: dos de
los encuestados proponen cursos intensivos de español a los ingleses
que visiten España, y el último cree que los que hablan ingles se
lo inventan.
De aquellos polvos vienen
estos lodos, y es que todavía recuerdo a Botín, el presidente del Banco de Santander, hablando como un Sioux ante los inversores internacionales, o a Aznar, que no se conformo con
maltratar el idioma de los hijos de la Gran Bretaña, sino que intento
inventar el idioma tejano con aquel inolvidable “estamos trabajando
en ellooo”, y si alguien podía mejorar la linea marcada por el expresidente, esa persona estaba en casa. Ana botella mejoró esa perla de Aznar, y vaya si lo logró; la habilidad con el inglés es algo que le viene de familia y presentando la candidatura olímpica de Madrid, la lió
parda con el famoso “relaxing cup of café con leche”.
Oír hablar ingles a los
presidentes Zapatero y Rajoy es una sensación muy fuerte; esos
balbuceos en spanglish, más que risa, ponen los pelos de punta. Pero
todo tiene un límite y una nueva generación viene a redimirnos del
desastre lingüístico. Nuestros jóvenes pronuncian el inglés como nadie (yoniualquer, pleiesteison o feirbu), y que decir del dominio de este idioma por nuestros futbolistas internacionales: “...de vol tu mi......”
Hace
quince años que iniciamos la investigación sobre el deterioro de la memoria y el síndrome de korsakoff, y gracias a los importantes avances que conseguimos, una empresa privada, la Clínica Borsay, se fijó en nosotros y así acabo nuestra precaria situación económica de becarios. Comencé trabajando junto al doctor Martín, tratando
problemas crónicos de memoria con cobayas humanas mediante terapias electroconvulsivas, una técnica que utilizaba descargas
eléctricas y que dejó como un vegetal a más de uno. Eran daños
colaterales necesarios hasta llegar cinco años más tarde al
definitivo TEC, un sistema borrador de recuerdos que nos permitía
ver en la pantalla de un ordenador las secuencias de la memoria
del paciente con nitidez y en riguroso orden cronológico. Podíamos borrar episodios no
deseados e insertar nuevos recuerdos, construyendo por un módico
precio el nuevo pasado de nuestros clientes.
Tuvimos que borrar secuencias horribles en las neuronas del hipocampo de los clientes: violaciones, asesinatos y todo tipo de sufrimientos físicos y psicológicos, pero después de una sesión de apenas dos horas con impulsos radioeléctricos sobre la zona seleccionada de la corteza cerebral, devolvíamos a la sociedad a individuos sanos y felices. El lanzamiento del TEC fue todo un éxito, pero con los primeros clientes comenzaron a aflorar extraños efectos secundarios, como con Malena, victima de malos tratos cuando era una niña. Le insertamos recuerdos de un mundo feliz, pero ella nunca fue capaz de adaptarse a la cruda realidad. Al cabo de unas semanas intentó suicidarse y fue recluida en un centro psiquiátrico.
Bertrand, un administrativo de ocho a tres, nos pidió que borrásemos su aburrida vida de rata de biblioteca. Él
quería acción y vaya si se la dimos; le suplantamos sus recuerdos
por unos en los que su vida estaba llena de aventuras arriesgadas,
chicas de playboy y peleas de karate donde siempre vencía a sus
enemigos. El fin de semana siguiente a la operación, disfrutando
de su nuevo pasado y de su luminosa vida, Bertrand estuvo en una
discoteca de la playa. Además de no ligar con nadie, tuvo la mala
fortuna de no sobrevivir a una pelea. Al funeral solo acudió el enterrador. Como el doctor Jekyll, había experimentado conmigo mismo intentando olvidar de una vez a Virginia. Al principio todo fue bien, hasta que al inhalar por casualidad el perfume Rive Gauche, empecé a notar como se desvanecía mi memoria. Ese olor estaba asociado a ella y mi mente buscaba esa relación, pero siempre recibía el mismo mensaje: "ningún elemento coincide con el criterio de búsqueda". Había borrado todos sus recuerdos, pero los enlaces hacia ella seguían allí creando un bucle que me producía una amnesia temporal durante unos minutos, lo que me obligó a tener mis datos básicos en un block de notas de bolsillo que siempre iba conmigo, como un flotador en caso de naufragio. A los pocos días, aparcando el coche en el garage, comencé a notar los efectos de la amnesia, quedando mi memoria en blanco. Sabía que era de manera temporal, así que me tranquilicé y mire mi block de notas de emergencia donde decía entre otras cosas que me llamaba Javier Romero y que vivía en el piso 3º-2. Cuando llegué a mi piso intente abrir con la llave, pero no entraba en la cerradura. ¿Me habría equivocado de llaves? Oí ruidos dentro del piso y supuse que sería mi actual pareja. Pulsé el timbre y a los pocos segundos me abrió un negro de color de mas de dos metros de altura, me miró sonriente y me dijo cariñosamente: "Hola Javier".
¡Joder!
Es duro enterarse de esta manera, ¡me había convertido en
homosexual! ¡Vivía con un negro! No lo entendía, a mí siempre me
había gustado el pescado, y ahora......... Por un momento me imagine lanzando
piropos a algún albañil descamisado: “que no me entere
yo que ese culito pasa hambre” y cosas así. Debía afrontar el
hecho y no esconder la cabeza como un avestruz. Pero ¿qué tenía que
hacer en estos casos con mi presunto novio?, ¿darle un beso? Esa opción me parecía repulsiva, pero dar la mano sería un protocolo frío y de ámbito comercial, y este
no parecía el caso. Me fijé en su mano izquierda y me pareció que
lucía un anillo como el mío. La posibilidad de que estuviéramos casados
me dejó helado.
Solo
habían pasado dos segundos y probablemente había reflexionado más
que Aristóteles y Platón juntos, o eso me había parecido a mí.
Debía aceptar mi condición sexual actual y no
podía comportarme como un racista homófobo, pero justo antes de hablar, oí una voz conocida desde el piso de enfrente, el 3º-3, y
todos mis recuerdos volvieron de golpe: “Javier, te estoy esperando
para cenar” dijo Claudia , mi novia. Entonces el piso equivocado era
el 3º-2, el de Robert, mi vecino y jugador del equipo de
baloncesto Estudiantes. Sin saber muy bien que decir delante del gigante, le pedí un sacacorchos, lo primero que se me
ocurrió para salir del paso.
Claudia
me preguntó para que quería el sacacorchos, pero ignoré
su pregunta y la abracé como lo hubiera hecho un pulpo, sondeando
todas las lineas curvas de su cuerpo hasta que se me
pasó el susto. Ese mismo día dejé mi trabajo y desde entonces
conservo todos mis recuerdos, no solo los buenos y reconfortantes, sino también los recuerdos
dolorosos y negativos, esos que utilizo como una brújula que me indica donde no ir.
Si el nivel de despropósitos avanza con la inercia actual, es posible que tengan razón los que dicen que con Franco se malvivía mejor. Si agudizamos los sentidos, podremos sentir como se acercan los tambores que
anuncian la llegada del pasado, podremos olfatear el sonido rancio del
narrador del Nodo en los cines de doble sesión y avistar a lo lejos la nube decibèlica que se eleva sobre los colegios de educación primaria
entonando el cara al sol. El Capitán Trueno defenderá la
dignidad y el honor, Elena Francis aconsejará sobre el amor casto, la
televisión emitirá en blanco y negro series de Bonanza y Crónicas de
un pueblo, los policías se apuntarán a la moda gris de primavera y las mujeres volverán a ser un cero a la izquierda,
La represión sexual se estrenará en un cine de Perpiñan, el sudor reseco viajará en los tranvías roñosos de los años sesenta y la semana santa nos
dejará sin música. Repicarán las campanas anunciando la misa
de doce y un pegajoso olor a incienso húmedo recibirá a los
feligreses para una nueva reprogramación. Crucifijos por doquier, figuras religiosas entre miradas iconoclastas y exorcistas expulsando a diablos:
”...yo renuncio a satanás...”. El
coche de Carrero volará sobre el cielo azul de Madrid, Franco nos deleitará con soflamas embaucadoras luciendo su voz de pito, distorsionando los recuerdos (de militar golpista a salvador de la patria) y anestesiando a la población con inyecciones de fútbol y toros.
Aún
haciendo un gran esfuerzo de empatía, no puedo comprender como alguien que cree en historias tan surrealistas como las que acarrea
la religión, esté empeñado en implantar esas creencias al resto de
los mortales de manera obligatoria, con lo que eso conlleva: adoración, sumisión, "....tu eres mi pastor, yo soy tu siervo", "por mi culpa..." y una larga lista de palabras más propias de un manual de prácticas sadomasoquistas. Ningún gobierno puede obligar a sus ciudadanos a aceptar una religión y sus normas mediante la fuerza o leyes impuestas. Replicantes azulados, vosotros podéis creer en lo que queráis, a mí me parece bien, así pues, dejarnos que nosotros creamos en el desembarco de alienígenas sobre Ganímedes, en la ciencia, o que no creamos en ninguna absurda doctrina engendrada por fumadores de opio.
¿Es tan difícil entender que la
política es una cosa y el credo de cada uno, otra? ¿No es más lógico y sencillo situar la religión en el ámbito privado sin
interferir en un escenario público y social? Todavía recuerdo como hace un montón de años, los que se confesaban ateos, no se casaban por la iglesia o no bautizaban a sus hijos, era mal
vistos o incluso marginados por los religiosos más radicales; ojalá que no volvamos allí.
Llamarme
raro, pero a mi me da que la monja de la foto, la de la nariz de perro perdiguero, está intentando olfatear clínicas abortivas clandestinas. Si esto sigue así, existe la posibilidad de que la masturbación sea declarada genocidio, vamos, que estamos jodidos. Políticos de doble moral, estáis legislando al dictado de barrigas orondas y de sotanas negras y fucsias, cada día hay más ojos abiertos y más gente cansada de manipulaciones. Es tiempo de cambio.
Entre chute y chute
podía hacer vida normal, hasta que la heroína le pasó factura. Los
picos perdieron su magia y solo eran útiles para aliviar el mono.
Hipólito estuvo veinte días debatiéndose entre la vida y la muerte en la UVI del Hospital de la Paz después de meterse un pico de heroína cortada con estricnina, y esa etapa de reflexión obligatoria le sirvió para desengancharse. Cuando le dieron el alta y como un acto automático de compensación, aumento
su consumo de alcohol, de anfetaminas y de cocaína, embarcándose en un
viaje enloquecido de viernes a domingo. El valium apenas le permitía
dormir unas horas hasta aparecer en su trabajo con ojeras de vampiro y una palidez que Michael Jackson ya hubiera querido para él.Su mujer lo convenció para que ingresara en un
centro de desintoxicación para politoxicómanos y consiguió
curarse de sus adicciones en menos de un año, pero él ya no era el
mismo ni su mujer tampoco, y un buen día ella se
marchó. Había dejado una nota pegada al frigorífico que decía:
“me voy de casa, esto no funciona”, pero él no podía entenderlo, el
frigorífico enfriaba de puta madre. Poco después se dio cuenta de
que se había quedado solo.
Ante tanta adversidad, Poli intentó rehacer su
vida apoyándose en una dieta vegetariana y en el deporte. Cada mañana corría durante dos horas, le daba igual que nevara, que fuera domingo o lunes, la salud era su nueva obsesión. Corría y pensaba en la cantidad de venenos que había ingerido cuando era adicto a la heroína, mientras respiraba a pleno pulmón el monóxido de carbono que vomitaba el tubo de escape del autobús de la linea 7. Se sentía orgulloso por haber derrotado a la cocaína, mientras le caía una fina lluvia ácida sobre la cabeza. Recordaba los dos años largos que llevaba sin probar ni una gota de alcohol, mientras reponía fuerzas comiendo una manzana con la piel llena de pesticidas. Cuando cruzó el río de aguas turbias que había junto a la central térmica, se encontró con una
serpiente que presentaba mutaciones extrañas en su ADN, tenía dos cabezas y en lugar
de cascabel usaba pandereta. Unos metros antes de llegar a su casa, cayó desplomado victima de un
paro cardíaco. El forense que realizó la autopsia, declaró que su muerte fue debida a la ingesta de sustancias tóxicas de procedencia indeterminada.
La Navidad siempre me ha parecido, como mínimo, una época arriesgada. Un periodo irreflexivo que nos transforma en actores secundarios dentro de la
parodia religiosa de la familia unida, entre gambas,
polvorones y un montón de alcohol. Durante estos días de botellón familiar, intentamos ser amables y generosos con los que están a
nuestro alrededor, como si esta representación nos diera derecho a
actuar de una manera menos comprensiva durante el resto del año. De manera progresiva, la fauna se va transformando y te puedes encontrar en plena cena con Martínez el
facha, con Santa Teresa de Calcuta, o con el cultureta gafapastas que
intenta venderte una película de Ingmar Bergman contra el aburrimiento.
Debido a la inercia, esa noche me encaramé en el techo y observé desde un plano astral la cena de Jesucristo y los doce apóstoles; la maría no era nada del otro mundo pero perdí el hilo de lo que decía mi interlocutor sobre marejadas, anticiclones, marejadillas y una presentadora de Telecinco. Yo acompañaba sus conjeturas con leves movimientos rítmicos de cabeza, aunque no me importaban ni un capullo sus delirios climáticos, y mientras se incorporaban
algunos tertulianos en tan interesante cháchara, pensaba en la teoría de la idealización
de los desconocidos, esas personas a las que otorgamos el beneficio de la duda hasta que intuimos que sus esquemas mentales y sus mecanismos automáticos pertenecen a la misma especie de homínidos, seres extraños e
imperfectos rodeados de problemas insolubles que están a medio camino entre el mono y el ser humano liberado, y como en una ley no escrita de
igualdad universal, antes de terminar la tesis de maduración descubrimos que todos chapoteamos en la misma balsa.
Después
de descorchar la enésima botella de cava, comencé a oír cosas como que "la realidad es una alucinación producida por la falta de alcohol", o que "la vida es
una barca, como dijo Calderón de la mierda". Era evidente que el
alcohol solapaba las ideas, y entre tanto desvarío que amenazaba con crecer indefinidamente, volví a deambular por realidades distintas montado en una voz en off que pedía con fuerza la aparición de un agujero negro que limpiara el escenario. En ese momento alguien dijo que en el estado de Colorado habían legalizado la marihuana para uso
recreativo y empezó a cundir el pánico entre el personal más ebrio y ortodoxo. Discretamente me levanté de la
mesa buscando la navidad y coincidí con ella en la cocina,
quedándome accidentalmente encallado entre el frigorífico y sus
pantalones vaqueros.