Leí en un periódico digital hace unos días que en Tokio se habían instalado barreras especiales anti-suicidas en los andenes del metro. Tokio tiene 37 millones de habitantes, la ciudad más poblada del mundo y la de mayor índice de suicidios, uno cada veinte minutos, casi 30.000 al año, una cifra superior a la de muertes por accidentes de tráfico. En la cultura japonesa siempre ha existido la percepción de que el suicidio era una honorable forma de asumir el fracaso con dignidad, pero ahora se han encendido las luces de alarma.
En el apartado de suicidas míticos destacan los samuráis, que salvaban su honor clavándose una espada en el vientre (harakiri), y los kamikazes, que ondeaban la bandera del suicidio en la segunda guerra mundial, estrellando sus aviones contra la armada americana. Ahora, suicidarse en grupo o en pareja cada vez es más común en Tokio, parejas suicidas convertidas en modernos Romeos y Julietas, amigos que unen sus fuerzas y el valor suficiente para decirle adiós al mundo. Internet, como punto de encuentro de suicidas y como punto final. El nuevo cine japonés ha retratado fielmente la antología de suicidios que persigue a esta sociedad, reflejando el sufrimiento que padecen los japoneses debido a unas expectativas de éxito y bienestar muy difíciles de alcanzar en una sociedad supercompetitiva.
El suicidio es una plaga que se extiende a todos los países del mundo de manera alarmante, no solo a los desarrollados, de hecho la OMS vaticina que el numero de suicidios en 2020 (actualmente en el planeta se producen más de un millón) se incrementará en un 50%, una previsión desoladora, e insta a los gobiernos a coordinar esfuerzos y así evitar la espiral de perdidas humanas y la devastación emocional y social que produce el suicidio. Todo tipo de personajes célebres han caído en el precipicio del suicidio: Hemingway, Marilyn Monroe, Larra, Jim Morrison, Séneca, Sócrates, Tchaikovsky, Van Gogh, Schumann, y un largo etcétera. Nuestra información genética y todas las circunstancias que nos rodean, son factores influyentes. La desestigmatización del cuidado de la salud mental por parte de la población así como el tratamiento adecuado de la depresión, es una medida preventiva básica contra el suicidio. A pesar de sus efectos secundarios, la vida en pareja disminuye el riesgo de suicidio, mientras que en solteros ese riesgo se duplica, en divorciados se triplica y en viudos se multiplica por cuatro.
Hay una ley no escrita entre autoridades y medios de comunicación para silenciar los suicidios con el fin de evitar el efecto contagio y el profundo desasosiego que produce observar una sociedad que se autodestruye. Se han realizado esfuerzos en muchos paises de nuestro entorno para reducir la tasa de mortalidad en accidentes de tráfico y la violencia de genero, pero los gobiernos se han olvidado de implementar medidas más contundentes contra esta hemorragia de bajas que ya se ha convertido en la primera causa de muerte violenta en el mundo. La visión frontal de una actitud tan dolorosa que nos hiere profundamente, no puede ser un pretexto para convertir el suicidio en un tabú que nos impida comprender sus causas y luchar contra él.





























