Mientras preparaba las oposiciones, trabajé en el taxi de mi suegro de diez a dos de la madrugada. Ganaba lo suficiente para pagar el alquiler y los gastos fijos del piso. Fue un año intenso, con fases en las que estuve cerca de la desmoralización, estudiando como un animal, rodeado por todo el té del mundo y algunas pastillas de la vigilia. Conducir el taxi me sirvió para desengrasar de tantos apuntes, para romper la rutina y conocer a la gente más variopinta de la ciudad. Yo diría que en alguna ocasión he tenido que ejercer de confesor y hasta de cómplice.
La conversación más recurrente con los clientes para romper el hielo solía ser la del tiempo, "este año el calor ha empezado antes", "si pones un huevo en el suelo se fríe". El tiempo siempre ha sido un clásico para empezar a hablar, aunque algunos no soltaban ni una sola palabra en todo el trayecto. Los mudos formaban un alto porcentaje dentro de mis clientes, esos que no seguían el hilo de mi primer acercamiento verbal. Miradas aleatorias persiguiendo sombras a través de la ventana, actitudes nerviosas realizando movimientos circulares con los pulgares, respiraciones profundas y suspiros significativos, incluso a más de una se le ha escapado un sollozo entrecortado. El silencio es sagrado y hay que respetarlo.
Los perfumes en el taxi son sensaciones que todavía recuerdo bien y que se han convertido en fetiches desde entonces. No quiero usurpar el personaje principal del libro de Süskind, pero podía adivinar la edad, estado civil e incluso el caracter por el tipo de perfume. Cuanto más joven era la mujer, su perfume era mas fuerte, más penetrante. Las mujeres de mediana edad demostraban su clase con perfumes suaves rescatados de algún paraíso, tan sugerentes que podían dejarte en blanco durante unos segundos. Las maduras, volvían a los perfumes fuertes y otra vez tenía que abrir discretamente la ventanilla.
Por el contrario, algunos de los clientes pecaban de una falta de higiene mortal, nunca mejor dicho. Del asiento trasero se desprendían olores a requesón podrido, a piorrea en estado terminal, a bocadillos de salami derretidos por el sol, a sudor de tres días almacenado en axilas peludas, a chocho de vieja y a semen derramado en calzones tricolores que una vez fueron blancos. No me quedaba más remedio que echar mano de mi mejor amigo en estos casos, el ambientador de pino en spray.
La oscuridad se cerraba sobre la ciudad y en la zona de playas y clubs, la noche resplandecía con insinuaciones de neón. Las mujeres de la noche eran mis mejores clientes, todas ellas sin excepción tenían algo interesante que rescatar, su sentido del humor, su profundidad llana, abrumadora, sus filosofía mundana, su terrible soledad y sus dramas familiares donde siempre aparecía la figura del chulo que se les había cruzado en el camino. Ellas son victimas de enfermedades llamadas mafias, explotación, machismo e hipocresía, mucha hipocresía.

Un cliente de aspecto maduro y tranquilo que frecuentaba los clubs nocturnos, me explicaba su actitud hacia ellas mientras lo llevaba a un club:
- Sé que su trabajo es duro e ingrato, pero yo nunca las trato como esclavas sexuales, más bien como viejas amigas, aunque sé que desde cualquier punto de vista yo soy un cliente más, pero ya ves, mi conciencia está tranquila.
- Es difícil saber si los que solicitan los servicios de las prostitutas son realmente otro eslabón de la cadena que las esclaviza - le insinué.
- ¿Estás casado? - me preguntó.
- Si - le contesté lacónico, evitando entrar en temas personales.
- Si no lo estuvieras y tu forma de vida no fuera compatible con una relación estable, quizás las visitarías de vez en cuando, pero te entiendo, eres joven, pareces feliz, puede que vivas una fase romántica. Mira, tengo sesenta años, felizmente separado, estoy de vuelta de todo y me río de la palabra amor. He conocido a prostitutas inteligentes, cariñosas, con personalidad y con más cultura que cualquiera de las momias del congreso de los diputados, y por supuesto mucho más atractivas. Si puedes tener a mujeres inteligentes, bellas y no tienes que cargar con su lado oscuro, qué más puedes pedir, ¿no es una bendición de dios?
Le sonreí como respuesta a su pregunta y paré el taxi en el club Sirena Azul de Santa Pola. La carrera eran 410 pesetas, me dio quinientas pesetas y cuando me iba se acercó a la ventanilla y me dijo en voz baja:
- ¿Si puedes comprar la leche, porqué vas a comprar la vaca?
Se alejó riendo y saludando con la mano a modo de despedida hasta que entró en el tugurio. Como si estuviera hipnotizado, me quedé mirando la puerta del club mientras en mi mente seguían flotando sus palabras sobre los productos lácteos.


































