El pesimismo se había mezclado con el aire oscuro, espeso e irrespirable que se pegaba a la piel como un chicle viscoso. Salí temprano de la colmena de apartamentos donde había pasado la noche, miré hacia arriba con cuidado para evitar que me cayera algún suicida víctima de la crisis y me adentré en una de las calles bombardeadas, llenas de escombros, de vehículos calcinados, de restos humanos chamuscados y amoratados. Los edificios registraban las marcas de viruela producidas por las esquirlas de las bombas de racimo, y por más que lo intentaba, no recordaba cuando había empezado esta guerra ni por qué, solo sabía que el fin del mundo era inminente. Necesitaba una respuesta antes de que todo acabara.
Los predicadores callejeros apostados en las esquinas anunciaban la llegada del juicio final sin conseguir la atención de los supervivientes que deambulaban por las calles. Uno de los predicadores se giró hacia mí con sus ojos alucinados, no hablaba del fin del mundo como los demás y por su manera de comportarse juraría que estaba esperándome. Se tambaleaba ligeramente subido a una especie de barril semidestruido y una sucia túnica blanca cubría parcialmente su cuerpo. Extendió los brazos hacia mí y gritó:
“¡Tenéis el tesoro más valioso que jamas hayáis imaginado!, la estructura más compleja, misteriosa y mágica que existe en el universo: el cerebro. No busquéis respuestas fuera de este mundo ni en el fondo del mar, están dentro de vosotros”.
Yo seguía caminando sin perderlo de vista, sin fiarme demasiado. Podría ser un neurocirujano contratado por el gobierno, o quizá peor, un antropólogo en paro.
El mensaje del predicador penetró como una bala entre mis ojos y despertó mi fascinación dormida por el cerebro humano. Desde los primeros homínidos hasta hoy, su volumen se ha multiplicado por cuatro y si continúa esta pauta de crecimiento desproporcionado, en un millón de años podríamos ser grandes cerebros con patas. Si para entonces no hemos destruido el mundo, es posible que tengamos la suficiente madurez como para utilizar el cerebro correctamente, vamos, sin joder a los demás, ni a los animales, ni a nuestro propio planeta. Como una alcahueta ociosa, solo por ver desde una mirilla angular el desarrollo de esa época, vendería una vez más mi alma al diablo.
Una de las características más destacadas del cerebro es la plasticidad. El aprendizaje y la información alteran el mapa de conexiones de las células cerebrales modificando su funcionamiento y la forma del cerebro. Un pensamiento, una canción o un libro, pueden modificar la estructura física de nuestro cerebro. Una sonrisa crea una encrucijada de neuronas positivas y un mal día nos sumerge en las entrañas del infierno, pero el guión, el decorado, la banda sonora y los protagonistas, los perfila ese director de películas cotidianas que es el cerebro, un dios en formación que puede crear mundos a la carta.
Dentro de un tímido rayo de sol, millones de partículas en suspensión bailaban extrañas danzas. Me detuve y dirigí las palmas de las manos hacía el sol para empaparme de toda su energía, recordé los pasajes especiales y mágicos que había vivido hasta ese día y comprendí que esos momentos no se perderían en el tiempo “como lagrimas en la lluvia”, sino que formarían parte del gran cerebro colectivo que lucha por recordar.
En mi camino de vuelta habían desaparecido todos los predicadores, solo veía aliados, las calles eran valles húmedos, los pájaros eran envidiados en silencio por los almendros y una atmósfera fresca envuelta en perfume de mujer susurraba palabras dulces como la miel.






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