19 de junio de 2016

Hombre del tercer mundo


            Hombre del tercer mundo, la culpa no la tienen tus genes, solo has tenido la mala suerte de nacer en un mal momento y en el lugar equivocado. Estás envuelto en la locura de guerras locales, nacionales y en la enésima guerra mundial que siempre has perdido. Hombre del tercer mundo, no nos importas nada.

Han asesinado a tus padres, han violado a tus hermanas, te han convertido en niño soldado y te han contagiado el virus de la locura. Sabes que en el norte hay un mundo feliz que tú no puedes siquiera imaginar, pero es mejor que no vengas a nuestro maravilloso bunker porque no conoces nuestra lengua ni nuestras costumbres, no tienes nuestro nivel intelectual y con tu placido viaje en patera de primera, corremos el peligro de que nos quites nuestro trabajo, a pesar de saber que tú y tus hijos son necesarios para continuar con nuestro privilegiado way of life, y es que realmente no nos importas absolutamente nada.

Tú, hombre del tercer mundo, tienes la culpa de que en una zona muy escondida de nuestro cerebro sintamos vergüenza. Cuando dormimos, nuestro subconsciente vomita sin piedad nuestro podrido egoísmo y nuestra complacencia con la injusticia en forma de pesadillas, pero al despertar, desayunamos nuestro sentimiento de culpa con galletas, cereales y zumo de naranja, y olvidamos esos putos sueños, porque hombre del tercer mundo, no nos importas ni una mierda.

Jugamos a la política sin ser conscientes de que no pintamos nada en este tablero de ajedrez, pero somos unos privilegiados, y eso es lo único que nos importa. Condenamos con pena y miedo los actos terroristas que pueden atentar a nuestro estatus social y económico. Escondemos nuestra angustia en las redes sociales mostrando nuestra felicidad, y presumimos de una inteligencia artificial de la cual mi perra se partiría el culo leyendo nuestras diatribas.

Hablamos con personas de otros continentes al mismo tiempo que desconocemos el nombre de nuestro vecino. Huimos como de la peste de los indigentes y desamparados que viven junto a nosotros; están a pocos metros de distancia, recogiendo cartones y chatarra de los contenedores de basura, pidiendo en los semáforos y haciendo cola en los bancos de alimentos. Cuando nacieron, compraron todos los billetes que llevan a la marginación. Ellos viven con nosotros, pero son hombres del tercer mundo, esos que no nos importan ni una puta mierda.


Steppenwolf