25 de agosto de 2013

Publicidad y otras formas de manipulación

        Mario se licenció en marketing, publicidad y ciencias de la comunicación a los veintitrés años, siendo el numero uno de su promoción. Estuvo doce años trabajando en las mejores compañías de Europa, colaborando en importantes spots publicitarios de compresas voladoras, detergentes que blanqueaban tanto que producían cataratas, cervezas que eran el paradigma de la amistad etílica con responsabilidad y latas de refrescos con cuarenta gramos de azúcar (sin mencionar los cien miligramos de cafeína pura). Hasta ese momento había hecho magistralmente lo que le habían pedido, manipular neuronas inconexas. Siempre estuvo limitado por sus jefes y por las empresas anunciantes que querían campañas publicitarias prácticas que produjeran ventas, al margen de la ética y la estética del anuncio, pero él sabía que su verdadero potencial estaba esperando una oportunidad, podía crear arte y vender sin manipular, con buenos productos y empresarios honestos. Esto último era ciertamente bastante difícil, pero él lo tenía que intentar, aunque tuviera que volar quince horas hasta Tokio. 

        Una gran empresa tecnológica Japonesa le dio carta libre para realizar una campaña a nivel mundial, no en vano, Mario era en ese momento uno de los publicitarios más cotizados del mundo. De Tokio voló a San Francisco, compró un cuarto de millón de pelotas de goma, dispuso de los mejores profesionales y medios técnicos del momento y dirigió una obra de arte para televisión e Internet de poco más de dos minutos. Como en el estreno de la ópera prima de un director de cine, su anuncio tuvo excelentes críticas, pero inexplicablemente fue retirado de manera prematura por la empresa anunciante aduciendo un pobre impacto en el potencial cliente. Un anuncio que apuntaba a la fibra sensible y al corazón del cliente, pasó totalmente desapercibido.

        La multinacional japonesa le pago casi un millón de dólares y canceló unilateralmente el contrato. El impacto de esa decisión desestabilizó de tal manera a Mario que abandonó momentáneamente su profesión y se sumió en un peligroso viaje interior durante más de un año, buscando una explicación coherente a lo que había sucedido o quizá intentando encontrar una motivación que le hiciera arrancar del punto muerto en el que se encontraba. Con casi cuarenta años se encontraba saturado, agotado, no quería crear más basura para un prototipo de consumidor manipulable que devoraba felizmente toneladas de mierda impecablemente presentada y envuelta con un hermoso lazo. No sin esfuerzo, su mujer consiguió convencerlo para que recibiera ayuda y saliera de esa profunda depresión en la que había caído. Y ya tumbado en el diván, un psicoterapeuta con las gafas de John Lennon intentó que viera la luz y le dijo que debía adaptar su visión de la vida a la realidad y no al revés. Antes de acabar, Mario se levanto, le pagó la sesión y le preguntó si esa frase era suya o la había leído en un libro de autoayuda.    
                                   
       Viajó  directamente a Illinois y a los tres meses estaba dirigiendo la campaña más ambiciosa que hasta el momento se había realizado, la del gigante de las hamburguesas. Y triunfó por todo lo alto. Gracias a esa campaña, la empresa rebasó en los cinco continentes la cantidad de 25.000 establecimientos. Mario ganó tanto dinero que le permitió retirarse definitivamente de la actividad publicitaria y se dedicó a denunciar los abusos que cometían sus antiguos clientes, las empresas multinacionales, y a escribir artículos sobre las técnicas de manipulación de la publicidad en las revistas más prestigiosas del mundo. Posteriormente la empresa de hamburguesas fue denunciada, junto a otras multinacionales del sector de la alimentación, por originar con sus productos daños irreversibles en las arterias de sus clientes y convertir en obesos a una gran parte de sus consumidores. El final de aquel famoso spot publicitario lo cerraba un eslogan que decía algo así como: “me encanta”.  ¡Hay que joderse con los publicitarios! Un día de estos nos anunciarán misiles nucleares para instalarlos en el jardín, por nuestra seguridad, por supuesto.


Steppenwolf